Parecían como pan.

Parecían como pan.

Anais Gonzalez

21/07/2023

Unos pequeños y delgados dedos se hundieron en la masa cruda y pegajosa, mientras que otros, unos gruesos, morenos y callosos intentaban despegar con poco éxito la masa embarrada en ellos.

-¡Así, muy bien! Continúa amasando así –ordenó la voz masculina, dueña de aquellos dedos callosos, a la joven que amasaba. Parecía casi una niña, algunos habrían supuesto que aún lo era, pero en realidad ya había cumplido los dieciocho.

Una mirada cercana y a la vez lejana los examinaba. Ella los observó a los dos por un largo rato. Parecían padre e hija, aunque nomás fuera por la cercanía. No envidió por ningún momento esa tarea. Le resultaba engorroso tener que ensuciarse las manos de aquella manera. Cansarse moviendo las manos y los brazos es algo que no planeaba hacer, y sin embargo, algo dentro de ella se retorcía. Parecían las tripas, pero no lo eran. Parecían celos, pero no lo eran. Era esa cercanía que los unía la que en realidad le molestaba. Ella nunca había podido ser cercana a él, no de la forma en que esa pequeña muchacha lo era. Aquellos dos compartían más gustos, los días, la casa y una cocina nueva, tan desconocida para ella como al principio lo fue la nueva familia de su padre. Una cocina en la que no le gustaba cocinar, y en la que, para no verse tan mezquina, se limitaba a ayudar con una que otra encomienda: picar la cebolla, hacer la salsa, mas nunca amasar la masa.

Se preguntaba porque no le había enseñado a hacer pan también a ella. Tal vez en el fondo conocía la respuesta, pero no quería reconocerla. De pequeña veía a su padre como la viva imagen de un héroe de tiempos inmemorables que había sido cirquero, nadador y bombero. Él, que con sus chistes y comedias podía hacer reír a una ciudad entera. Todos lo querían, todos se reían con él. Amaba ver su sonrisa y alegría, eran como arcoíris y rayos de sol que iluminaban el día. Lamentablemente, al igual que el cielo, sucumbía a las inclemencias del tiempo. A veces, como una mañana soleada y fresca en primavera, podía convertirse en una borrascosa tormenta de invierno, que con su frío y tempestad arrasaba con todo. Se llevaba la alegría y las risas, retumbaba en las paredes de la habitación de al lado y se alcanzaba a escuchar hasta debajo de la cama.

Cuando fue creciendo comprendió que todo era mentira, una ilusión que algunos aun creían. Ella ya no le temía y en su lugar, el rencor se anidó en su pecho. Y vio en su propio reflejo al otro lado del espejo, que las nubes oscuras también amenazaban su conciencia. ¿Lo había heredado o aprendido? No lo sabía. Al menos si hubiese aprendido también a crear parodias que divirtieran a todos no se sentiría tan sola.

Ver crecer la masa a través del paño húmedo, era como ver pasar el tiempo velado. Pequeños y sutiles cambios, un lento crecimiento que visto a cada instante parecían no generar ningún cambio. Y aun así, allí estaba al final, la masa había crecido el doble de su tamaño. Pronto entraría al horno y todo el trabajo habría valido la pena.

Ella también había crecido, no solamente en estatura y edad. También había madurado, dejó las tormentas para escasos días porque aprendió que los días soleados eran más bellos, porque descifró que a diferencia del clima ella podía controlar sus cambios de estado, quizá no siempre, quizá habría días que le costaría el doble, y para eso tendría siempre a la mano un capote, a menos que tuviese ganas de bailar bajo la lluvia.

Ella lo aceptó todo, lo bueno y lo malo, lo luminoso y lo oscuro, lo soleado y lo nublado. Aceptó que al igual que para hacer un buen pan, se necesita tiempo, que para crecer primero hay que trabajar con las manos, a veces hay que golpear duro, con esfuerzo y aun con cansancio. No hay dos panes iguales, unos fermentan antes y crecen primero, a otros les lleva más tiempo, pero después de que salen del horno, la capa dura y crujiente guarda un interior cálido y suave.

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