La Panadería del Sátiro

La Panadería del Sátiro

La panadería del sátiro, así le llamaban en mi barrio y ha sido una de las mejores, hasta donde tengo memoria y vaya que hasta la actualidad soy muy afecto a comer pan, así era conocida, porque según las pláticas de quienes lo conocieron desde su juventud, el panadero en una edad ya madura, embarazó a una muchacha de 15 años, procreando 3 hijos con ella, de los cuales eran mis amigos de la infancia y por lo mismo, se llevaban jugando a diario en el patio de mi casa. 

Tenía la panadería en su casa, atendida por su familia, con su horno de piedra y ladrillo en color gris lo recuerdo muy bien, había ocasiones en las que me levantaba demasiado temprano y pasaba por su casa y se podía ver la gran humareda que se levantaba hacia el cielo, lo cual significaba que estaban trabajando y miraba al señor Sátiro atizando el horno, corriendo con la leña verde de un lugar a otro, para dar la temperatura exacta y lograr ese sabor tan exquisito y ese aroma que te deleitaba cuando se inundaba nuestro barrio y vaya que era una buena estrategia, porque se te antojaba comer pan .

Esa panadería era la que abastecía a todo el pueblo y a como se veía que trabajaban; no se daban abasto para todas las tiendas, sinceramente no había quién le hiciera la competencia en la cuestión del sabor exquisito de sus panes, recuerdo en mi época de niño, al entrar a la panadería, te recibía el aroma dulce de lo que preparaban, aquellos bolillos con un cocimiento exacto, recuerdo que me encantaba ir a comprarlos aun calientes, recién salidos del horno, aun en las charolas negras que estaban descansando fuera del horno, recién salidas, humeantes, como invitándote a saborearlos. 

Veía embelesado y lleno de admiración al señor sátiro, porque me hacía feliz con sus panes, aquello que hacía con tanto amor, me daba una gran felicidad, que aún la recuerdo y me gustaría tanto volver a mi niñez y volver a saborearlos, sobre todo cuando recuerdo aquel mosaico de colores y sabores lleno de ansias que me apuraban por comerlos, los cortadillos con su color rojo y azucarados, los bollos amarillos, abiertos de la punta como bellas flores en su papel rojo y ni se diga las conchas de chocolate, también había cuernitos, arepas, pan para tortas, bolillos, chilindrinas, pan de nuez y polvorones escarchados de dulces grajeas de colores, era algo exquisito que te embrujaba.

Los que también me gustaban mucho como se veían, eran los cochitos en su color café, el señor Don Sátiro, al ver mis intenciones de querer tomarlos, me decía !Cuidado, no te vayas a quemar muchacho! y rápido me los ponía en una bolsa de papel, mientras sonreía y me guiñaba un ojo amistosamente, quizás para que me retirara luego y seguir en sus labores de panadero y así evitar algún accidente, mientras me iba por la calle emocionado y apresurado, con mi bolsa de papel tibia entre mis manos, llevando en su interior mi gran tesoro, aquellos panes, iba descalzo entre las piedras por la calle de la casa de mi madre, que me importaba andar descalzo, ni el filo de las piedras me detenía, el pan endulzaba mi vida, mientras caminaba me comía esos riquísimos bolillos que eran mis favoritos, sacándole con los dedos el almidón de adentro, lo disfrutaba tanto en mi niñez.

Había ocasiones en las que no tenía dinero y mi madre me daba una moneda de cinco pesos y aun así, no pedíamos mas, con eso éramos felices y corríamos mis hermanos y yo y llegábamos en las tardes a la panadería, cuando ya estaban haciendo la limpieza de los utensilios para el día siguiente y el señor Don sátiro como le decíamos en forma de respeto, salía con su delantal lleno de harina con su cara de seriedad, a veces sacudiéndose, pero así era el señor, serio, pero amable y nos daba una bolsa llena de recortes de pan, que eran las orillas de los cortadillos o pan que recortaban para darle forma, pero que tenían el mismo toque y con eso nos íbamos contentos mis hermanos y yo a saborearlos a nuestra casa y a compartirlos con todos. 

En otras ocasiones en las que comprábamos una soda o bien nos daba nuestra madre, una taza de café y felices nos sentábamos en el patio de nuestra casa a saborear nuestro manjar, ese al que no le poníamos precio, ni lo cambiábamos por nada. Mi hermano el más pequeño de todos, ya sabía cuando comprábamos pan o recortes de pan, en aquella época tenía quizás, 3 años de edad y daba saltos emocionado, porque quería que le dieran pan, de igual manera corría y llegaba con una taza de plástico en color verde, donde normalmente le daban leche o jugo y con su carita chorreada y lo poco que podía hablar, dentro de su inocencia, nos pedía lo que estábamos bebiendo y por supuesto que le compartíamos con mucho gusto. 

Son recuerdos tan bonitos de mi infancia, cuando comíamos el pan de la panadería del sátiro, el señor hace mucho tiempo que murió, pero dejó el secreto a sus hijos, quienes siguen manejando la panadería, aun así, debo reconocer que el pan que venden es bueno, pero no se compara con ese exquisito sabor que le daba el señor don sátiro, aun así, es su manera de trabajar honradamente.

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