El penúltimo decimal

El penúltimo decimal

Sergio Alonso

20/03/2018

CAPÍTULO I

Después de cenar en el restaurante, con unas cuantas copas encima, decidí pedirme un café para amenizar mi vuelta a casa. Tenía miedo de dormirme en el tren, así que confiaba en el influjo de ese brebaje negro y cargado para que mantuviera mis ojos abiertos. Después de tomármelo en a penas dos tragos, me despedí de aquellos que se habían ganado mi calificativo de amigos y me dirigí a la estación.

Crucé la puerta mecánica después de introducir mi tarjeta en la ranura que accionaba el movimiento. El revisor me miraba de reojo. No le culpo, era tarde y no tenía motivo alguno para confiar en mi civismo. Bajé las escaleras, más acompañado de lo que esperaba. Almas rezagadas en lo que parecía la laguna estigia: rostros funestos, exhaustos, impacientes y a la vez parsimoniosos. Las emociones se acumulaban en aquellos que queríamos volver a casa después de un largo día, ya sin criterio alguno sobre nuestros actos más que conseguir un asiento en el vagón para sobrellevar el trayecto de vuelta.

El tren chirrió para avisar su entrada a la estación y empezó la carrera. Las almas en pena se convirtieron en feroces alimañas cazadoras, carentes de cualquier decencia o misericordia. Cuidadosamente, agazapados, se levantaban del pétreo banco para acercarse a donde intuían que acabaría estando la puerta del vehículo férreo que todos compartiríamos. Las manos inquietas salían de los bolsillos, los dedos manifestaban su nerviosismo: crujían sin reparo, acariciaban barbas, sacrificaban sus uñas en distintas bocas, rascaban frenéticamente distintas partes de cuerpos… Al fin paró el pedazo de metal que nos iba a acercar a las entradas de nuestras casas y desató el frenesí. Los botones se presionaban con vehemencia. Asomaban gotas de sudor en las perladas frentes de los más deseosos de encontrar su puesto en aquel transbordador, pero las puertas no cedían, como si nos retaran sin el miedo inevitable que genera la posibilidad de perder, pero finalmente ganamos.

Pudimos notar en los ojos el olor del vagón. Rezumaba humanidad, el remanente de un largo día de trabajo. El último tren del día para los últimos noctámbulos, aquellos rezagados, oportunistas y desconsiderados que alargaban la jornada del piloto de nuestra nave. Sí, nuestra nave. Después del espectáculo presenciado antes de adentrarnos en ella, nos merecíamos permitirnos la licencia de referirnos a ella con un posesivo.

El tamaño, como de costumbre, había sido subestimado. Todos cupimos sin vernos obligados a soportar un ambiente hacinado. Al contrario, pude ver cómo un asiento había sobrevivido a nuestra conquista. El ejército de bárbaros no hacía prisioneros, mas la falta de efectivos nos obligó a hacer una excepción.

Todos en sus puestos, el pistoletazo de salida sonó férreo y agudo, las ruedas giraron, todos quietos y empezamos a movernos. Me relajé en mi butaca, pulsé la pantalla de mi teléfono y dio comienzo el concierto. Como por arte de magia, se abrió paso la casualidad e hizo sonar una música ominosa cuando, dos paradas después de mi ingreso en aquel expreso de avanzada media noche, hubo un gran éxodo y prácticamente la mitad del ejército de bárbaros se convirtieron en desertores. En ese momento vi mi oportunidad: podía conquistar ese tren. Los asientos, divididos en pequeñas islas con un aforo de cuatro habitantes, habían quedado repartidas. Yo había clavado mi bandera en aquel pedacito de mundo particular, aquella parte que ahora era tan mía dentro de la nave que todos compartíamos. Sin embargo, se dice de la codicia que es una bebida que no sacia la sed, por lo que necesitaba expandir mi diócesis, mi cruzada había comenzado y toda esa pléyade de impíos debía someterse a mi voluntad. Siguiente parada, dejó de rugir el dragón de hojalata. De nuevo gané terreno. Mi reino ya tenía cuatro islas contiguas, pero había otras más tanto delante como detrás mío. Quedábamos tres conquistadores. Dos compartían las formaciones rocosas que había bautizado como «Castillo Preferencial», ya que tenían en su poder los ocho asientos teñidos de naranja. El resto del vagón, el resto del mundo, era mío.

Siguiente estación, entra alguien. Un cid campeador que parece creerse capaz de arrebatarme lo que tanto esfuerzo me ha costado conseguir, pero se queda de pie. Sabia decisión, habría acabado fácilmente contigo. Siguiente estación y los contrincantes de retaguardia se rinden ante mi poder. El vagón es mío. Sólo queda él, Caronte navegando entre los mares de mis reinos, llevando en la barca los vestigios de sus sueños de conquista.

Siguiente parada, está en frente de la puerta, pero no baja. Se gira y me ve mirándole. Sonríe. Se acerca despacio y mi fantasía acaba rápidamente. Me hace un gesto con la mano y retiro los cascos de mis oídos.

—Te parecerá una locura, pero cuando voy en el último tren del día siempre pienso que quiero quedármelo. Cuando te he visto mirarme he sentido que estabas haciendo algo parecido.

—Bueno… algo así —dije avergonzado.

—¡No, por favor! Que no te sepa mal, no era ninguna crítica. Lo considero una buena práctica para ejercitar la mente y mantenerse despierto. Aún quedan muchas paradas.

—Sí, eso es verdad.

—¿No te parece curioso?

—¿El qué?

—Lo que puede hacer una mirada. Yo no me habría acercado si no hubiera percibido ese ápice de rencor por no verme apretar el botón, esa especie de odio velado por la decencia.

—No digas eso, no quería que lo pareciera. Lo siento.

—No te disculpes, amigo, si me permites el exceso de confianza. Sólo quería destacar lo curioso que me parece. Yo te miro con ojos neutros y percibo en ti tantísimos matices, el «super yo» nietzscheano imponiéndose a los instintos, reprimiendo al salvaje que habría acabado conmigo por un simple pedacito de metal. Y una pequeña decisión, una decisión de proporciones infinitesimales respecto a la que podría tomarse al decidir tener un hijo o casarse, una decisión que ha supuesto una mirada de reojo, y nos ha sentado aquí a los dos, a mantener esta conversación que parece que, tarde o temprano, tenía que acaecer. ¿No te parece artístico? Incluso sublime diría yo, desde un punto de vista kantiano.

—Sí, ha sido una buena casualidad —dije algo incómodo.

—Parece que se haya cerrado el círculo… Verás, yo también tengo mis juegos mentales mientras espero hasta llegar a mi parada. He empezado a trazar una línea al subir al tren, después la he seguido dibujando cuando te has fijado en mí, mientras jugabas en tu cabeza. Cuando se han bajado los otros dos, la línea ha seguido avanzando y ahora estoy aquí, terminando de cerrar este precioso círculo.

Me quedé mirándole en silencio, intrigado y cada vez más asustado. Su aspecto era algo siniestro y me inquietaba cada vez más. Sus palabras parecían caóticas y sin fundamento pero era aterrador el sentido que parecían ir cobrando.

—¿Has leído a Aristóteles?

—No.

—Yo tampoco… me habría gustado hacerlo pero no he podido aprovechar mejor mi tiempo. Sin embargo, citaré algo que sé de él si no te importa. No me gustaría sonar pedante o presuntuoso.

—Adelante —dije, timorato, intentando distraerle.

—Bien, bien. Él creía que la verdad era «decir lo que las cosas son». Suena bonito, ¿verdad? Aunque si lo analizas, ¿qué son las cosas?, ¿acaso podemos saberlo con certeza?

—No…

—¡Exacto! Al menos eso pienso yo. Sin embargo, la ciencia sí que es exacta, sí que puede tomarse como algo cierto, ¿no crees? Es perfecta.

—Tienes razón, sí.

—Pues bien, los griegos simbolizaban la perfección con… ¿lo sabes?

—¿Un círculo?

—Así es, un círculo. Como decía, lo tachaban del símbolo geométrico perfecto porque todos los puntos de la esfera equidistan de su centro. Conceptualmente es algo precioso, al menos a mi modesto entender. Por desgracia, hay un fallo en el planteamiento que siempre me ha parecido algo irritante.

—¿Ah, sí?

—Sí… piénsalo. Las matemáticas son exactas, perfectas. El círculo es perfecto y exacto porque todos los puntos equidistan de su centro, sí. Pero es imposible saber exactamente cuánto mide su radio. Si piensas en la ecuación para calcularlo, una constante necesaria es el número pi, un número incalculable con infinitos decimales. ¿Entiendes la paradoja?

—Lo siento, pero creo que no.

—Que basamos la idea de la perfección en que exista la misma distancia entre todos los puntos de una esfera y su centro, pero nadie podrá saber nunca con exactitud qué distancia es esa, nadie. Entonces, ¿cómo vamos a decir «lo que son las cosas» si no podemos saberlo? Por ese motivo, la perfección se vuelve, automáticamente, mentira. Basamos nuestra existencia en perseguir una quimera, la perfección, la verdad. Pero es tan sencillo como pensar en un círculo y darte cuenta de que todo tu universo perfecto puede derrumbarse por el absurdo influjo de un número infinito de decimales. ¿Es curioso, no?

—Sí que es curioso. Oye, lo siento mucho, pero yo tengo que bajarme aquí.

—Vaya, qué lástima.

—Si, lo sé. Estaba disfrutando mucho de la conversación —dije fingiendo toda la cortesía que pude improvisar.

—No, lo decía por el hecho de que aún no te hayas dado cuenta de que hace un buen rato que dejó de importar lo que tuvieras o quisieras hacer.

En ese momento un escalofrío recorrió toda mi espina dorsal. El vello de mi cuerpo se erizó en su totalidad y no supe cómo reaccionar. Sólo pude espetar una frase estúpida que me arrepentí de entonar mientras lo hacía.

—¿Qué quieres decir?

—Que aquí se ha cerrado el círculo. Sólo tenías que subirte al tren, esperar, bajar y llegar a casa. Era un plan perfecto, sin fisuras. Pero he llegado yo, ese decimal tan improbable, casi imperceptible, que hace de la perfección de tu plan una simple y desvirtuada ensoñación.

Él seguía mirándome fijamente. Llevaba tiempo en silencio pero aún retumbaba el eco de sus palabras en mis adentros. No sabía qué hacer, qué esperar, cómo reaccionar. La tensión se acrecentaba aunque me costaba pensar. Aún no daba crédito a la situación.

En la parada siguiente, cuando las puertas se abrieron, entró un guardia de seguridad del metro. Yo intenté hacer señales con la cara, pero mi interlocutor me miraba fijamente. Cada vez sudaba más, la situación me pesaba sobre los hombros mientras intentaba inventar una señal discreta para alertar al guardia. Finalmente decidí actuar sin reparos.

—Agente, ayúdeme, por favor.

—¿Qué ocurre?

—Este hombre me está amenazando, no sé qué quiere de mí.

El agente se acercó a nosotros y el hombre que tenía en frente sonrió.

—No esperaba menos —dijo él, aún con la sonrisa en la boca.

Se metió la mano en la chaqueta y antes de que pudiera darme cuenta ya había asestado varias cuchilladas al agente de seguridad ferroviaria.

Yo estaba a punto de desmayarme mientras veía a ese hombre con las manos carmesí, goteando la sangre caliente de aquel policía al que yo había sentenciado a muerte.

—Qué gracioso ¿no? Parece que tú también te has convertido en ese pequeño decimal, esa interferencia, la imperfección. Tú que jugabas a conquistar el mundo y ahora parece que soportes su peso sobre tus hombros, ¿verdad? Siempre se me ha dado bien interpretar miradas.

Hizo una pausa y limpió la sangre de su cuchillo con mi camiseta mientras yo, completamente petrificado por el terror más visceral que jamás he sentido, le miraba.

—Supongo que ahora crees que él es el mayor perjudicado —continuó—, y, en efecto, lo parece. Sin embargo, he sido yo quien te ha descubierto el valor de ese decimal perdido a la hora de provocar la escisión de la perfección, la excepción de la cotidianeidad. Por eso creo que merezco ser una interferencia mayor, merezco quebrantar tu perfección en mayor medida de la que tú has quebrantado la suya. Por eso te anuncio que despertarás al lado de un cadáver, con un cuchillo entre las manos y rodeado de policías. Como compensación, te regalo mi conocimiento. Valóralo, tendrás mucho tiempo para pensar.

Entonces vi cómo ese hombre cogió la porra del guardia y la dirigió velozmente hacia el centro de mi frente y todo acabó siendo oscuridad.

Al rato desperté con un fuerte dolor de cabeza, un cadáver delante mío pero en mi mano no había un arma homicida, sino una nota plagada de concisas instrucciones.

SINOPSIS

Por una oscura coincidencia, el protagonista conoce a un sujeto que hará que su vida gire drásticamente hasta convertirse en la marioneta de éste en contra de su voluntad. Una historia que comparten, le hace al protagonista víctima —a nivel personal— y verdugo —a nivel jurídico y social—, por lo que se verá obligado a complacer al nuevo titiritero de su vida.

El carácter timorato y taciturno del personaje, podrá difícil que pueda apoyarse en amigos o conocidos a la hora de intentar resolver su gran problema, por lo que deberá esforzarse como nunca antes se había visto obligado a hacer.

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