-Déjala o te va a matar-exageraba mi abuela a mi tío Albano, mientras le suministraba Ventolín para que pudiera respirar mejor.

La causante de tal desarreglo del sistema inmune se llamaba Maite y fue sin duda el amor de su vida. Al principio, eran ojos enrojecidos después de besuquearse en los bancos del parque o en el paseo de la sardinera. Volvía a casa feliz, pero con una conjuntivitis tremenda. Mas tarde cuando pasaron a juegos más adultos fue urticaria, hinchazón y rojez de manos. La lengua permanecía el doble de tamaño tras los besos franceses. Al final, eran problemas respiratorios, rinitis, sinusitis y hasta llego a ser asmático. Aquello ya era de considerar: o el amor o la salud.

-Pero la quiero… ama, no puedo…-se defendía el pobre entre respiraciones entrecortadas y sibilantes.

Lo probaron todo, ella cambió su perfume de pachuli, sus jabones y cremas. Maite desesperada hasta dejó el gato en casa de su tía en Burgos. Nada de eso tuvo efecto hasta el día que, por primera vez, de perdidos al rio, hicieron el amor. Mi tío ingreso en urgencias con necesidad de oxígeno y de reconsiderar su relación.

Después de todo, los consejos médicos de mi abuela prevalecieron y mi tío dejó a Maite para siempre. Se casó con una mujer a la que respetó, pero no amó. Nunca más tuvo esa clase de alergia aunque hoy en día, cuando piensa en ella un estornudo y luego una sonrisa marcan su rostro en una mueca estúpida y enferma por aquello que pudo ser y no fue.

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