Cariño, quisiera que entendieras qué es mi Vacío pero por más que te lo pudiera explicar, confía en mí, jamás lo hubieras podido entender.

Es una ausencia y a la vez un volumen terriblemente pesado; es una falta pero un mundo de voces abrumadoras contando historias que nunca ocurrirán; son ganas de correr para huir o esconderse en un rincón… ¿cómo crees que lo podrías entender si yo casi no lo puedo expresar porque mi lenguaje no tiene palabras para explicar todo esto que está dentro de mí cabeza?

Lo que sí has podido ver estos años, y no sabes cuánto lo siento, es mi dolor.

Lo has visto en mis cortes en la piel que yo disimulaba contando mi torpeza en los paseos por el campo y las caídas por culpa de los perros. Pero claro, no eres tan tonta; ¿los arañazos son siempre paralelos o perpendiculares?

También en mis vómitos, en esos que oías, pero que en un acuerdo tácito decidiste ignorar. No sabes lo mucho que agradecí tus silencios.

Y aunque no supieras que era por dolor, también me viste en borracheras. Afortunadamente, no, no, y no, no fue la «fortuna», fui yo, con la fuerza de mi amor por ti, lo que me permitió romper con el alcohol. Espero que hayas podido olvidar los episodios lamentables. Yo me me acuerdo de algunos; son mi castigo.

Lo importante es que, aunque no puedas percibir ni entender mi Vacío, nunca te sientas culpable de mis hechos. Al fin y al cabo todo esto empezó hace mucho tiempo, cuando yo era pequeña y no sabía que había madres que no quieren a sus hijos.

Capítulo X: La buena madre

Jane Goodall se convirtió en la gran investigadora de los chimpancés. Ahora disponemos de multitud de información sobre estos primates, pero ella, fue la pionera yendo a África en 1960.

Varias veces ella ha destacado que en sus observaciones las madres acostumbran a ser extremadamente pacientes en la cría de sus hijos. En su libro En la senda del hombre publicado en 1986 por Salvat Editores, Jane Goodall relata que en 1967 tuvo a su hijo, y junto a su marido, decidieron aplicar muchas de las técnicas que aplicaban las chimpancés. «En primer lugar, decidimos tratarle con un gran afecto, jugar con él a menudo y proporcionarle contacto físico frecuente. Durante un año se alimentó de la leche materna, sin restricciones de ninguna clase; nunca le dejamos llorar en la cuna y dondequiera que fuéramos le llevábamos con nosotros[…]. Cuando nos veíamos obligados a castigarle, le tranquilizábamos inmediatamente utilizando alguna forma de contacto físico, y a todo lo largo de su infancia procuramos distraer su atención en lugar de prohibirle que hiciera algo indebido».

¿No resulta chocante leer esto, precisamente cuando cada vez se ve y se oye más la vuelta a la importancia del contacto físico con los bebés, el juego en familia, por ejemplo, en las piscinas? Y esto lo aprendió Jane Goodall observando a las mejores madres chimpancés.

Obviamente el hijo de la Dra. Goodall era un humano, así que con el tiempo tuvieron que ir adaptando sus propias técnicas, y cuando escribió el mencionado libro, el niño tenía solo cuatro años, por lo que no había pasado el tiempo suficiente para saber si había sido un éxito o un fracaso, pero sí dice «nuestro hijo es obediente, sumamente activo, muy sociable[…]. Es también, contrariamente a lo que muchos de nuestros amigos nos auguraban, muy independiente».

Curiosamente yo nací también en 1967, pero en esa época los niños no debían cogerse mucho en brazos porque se acostumbraban y se volvían ñoños. Mi madre, desde luego, no lo hizo.

¡Pero yo tenía una madre que siempre estaba pendiente de mis necesidades!

Me dio el pecho hasta que tuve más de 2 años; incluso fue al médico llorando porque yo ya no quería mamar.

Me comía todo lo que había en el plato aunque no me gustase o tuviese el estómago lleno. Las tortas en la cara eran para ayudar a digerir; así crecería mucho.

Hacía caca todos los días, pis, y me lavaba cuando mi madre me lo ordenaba.

Es verdad que nunca jugó conmigo, pero las mamás siempre tenían muchas cosas que hacer. Si me portaba bien la podía acompañar a hacer la compra al mercado y me dejaba llevar el carro un ratito.

Cuando me caía venía rápidamente a ver qué me había pasado. Es cierto que también me regañaba y me llamaba tonta o me echaba la culpa, pero ahí estaba conmigo.

Si me equivocaba, me corregía, llamándome idiota o inútil. Si hacía un dibujo bonito, con suerte me decía «qué bien», otras veces no tenía tanta fortuna.

En la calle a las vecinas les decía que era muy lista, pero en casa rara vez prestaba atención a las notas del cole.

Y cuando íbamos al cine me dejaba cogerla el brazo y yo lo acariciaba una y otra vez mientras pensaba «suave, suave, suave». A veces se hartaba y me rechazaba, pero yo, poco a poco, volvía a meter mi manita.

Me llevaba a la pediatra todas las semanas, que conste. Supongo que como era privada se veía en la necesidad de decir que siempre necesitaba algo: La niña podría tener anemia: ampollas de hierro, o mejor, inyecciones. Las amígdalas y las vegetaciones; media España infantil operada sin necesidad, y yo que sí lo necesitaba me operaron tarde; años de tetraciclinas, es decir, dientes oscuros para el resto de tu vida; operada de urgencia con hemorragia incluida; y fiebres reumáticas.

Y siempre me decía que era una pesada porque yo hablaba mucho. De verdad que no lo podía evitar, me gustaba contar cosas, pero no sabía callarme. Eso a mamá no le gustaba, por eso me decía que mejor que me fuese a otro sitio y que la dejase un rato tranquila porque por las tardes la ponía dolor de cabeza.

Qué felicidad para mi madre poder decir que gracias a ella yo no me había muerto de hambre, y qué lástima que fuera una niña tan enfermiza. Mi madre era feliz controlando cada aspecto de mi vida sin límites; ser sobreprotectora. Quererme o no, no era relevante; lo importante es lo que los demás supieran que era una buena madre.

Y un día yo también fui mamá. Viniste tú. Fue la situación más rara que he vivido jamás. Te trajeron a ti. Podría haber sido cualquier otra, pero eras tú, mi responsabilidad para siempre. No podía creer que sin conocernos absolutamente de nada, sin saber nada de ti, y sin que nadie supiera si yo estaba capacitada o no para ser madre, estábamos unidas para siempre.

Desde el primer día te quise, pero ni parecido a lo mucho que te he ido queriendo cada día de tu vida. ¿Instinto maternal? No lo sé. Yo diría que instinto animal porque todos los seres humanos reaccionamos automáticamente ante el llanto de un bebé; no digamos la madre, es pura biología.

Las clases de pre-parto y todo que había leído no me sirvieron para nada porque en ningún momento me había imaginado la situación. Y ahí estaba la realidad superándome. Los cólicos del lactante, una tortura para ti y para todos, ni siquiera sabía lo que eran Dalsy, Apiretal, que por lo visto es como no saber que la Tierra es redonda, el enorme vocabulario de extraños objetos, las idas y venidas al médico, lo difícil que era conseguir salir de casa a dar un simple paseo…

Así que descubrí que como animales sociales que somos, lo fundamental es el pegarse a otras mamás y poner la antena. Trucos, ideas, consejos… yo iba tomando nota de las cosas que no me gustaban (la madre de los cachetes en el culo y humillación del niño delante de todos), y aprovechar las que me parecía mejores (como poner música a la hora del baño)

Pero aun así necesitaba más ayuda. Estaba mi madre, que cada vez que me daba un consejo automáticamente lo metía en el gran cajón de «las cosas que jamás haré». Así que me fui a comprar un libro, y lo que vi me horrorizó: Come, duérmete, cómo hacer que coma verduras, acabando con las pataletas… así que cuando vi un libro que se titulaba Bésame mucho, y sin tener ni idea de qué iba y ni del autor, lo compré y siempre debo vencer mi baja autoestima para felicitarme por la buena elección.

No voy a decirte que ese libro cambiara mi vida. Tú sí fuiste la que la cambió. Tuvimos muchos momentos malos porque el cansancio después del trabajo a veces nos convierte a las mamás en pequeños monstruos, y los niños tenéis ese sexto sentido de detectarlo para meter el dedo justo en el botón «batalla campal».

Pero fueron muchísimos más los buenos momentos, y esos fueron también gracias a ti. Por mi parte, utilicé un lema: «ante una situación, NUNCA hacer lo que hubiera hecho mi madre». Y de alguna forma, acabé siendo una pequeña mamá chimpancé:

Mucho, mucho, contacto físico. Raya, punto, raya, ¿lo recuerdas?, para echarte la crema en las piernas, y mientras te la untaba se te cerraban los ojos de puro placer. Incluso cuando ibas en la silla de paseo estábamos en contacto; siempre unidas.

Jugar, perdóname que no me gustasen las muñecas ni las cocinitas. Pero sabes que podías contar conmigo para hacer bizcochos y magdalenas. Y dispuesta a salir a la calle siempre, a la «casita encantada del bosque», a patinar, al río, coger hojas… o a traer amigas a casa. Y en invierno los vídeo-juegos, desde los primeros que te tenía que leer todo, a los de ahora en los que me tienes que dejar ganar.

Intentar ser tolerante y no tener una permanente guerra. La infancia es muy larga y no podemos estar todo el día exigiendo que los niños sean perfectos, ¿verdad? Si querías la habitación color rosa chicle, pues rosa chicle; prefiero gastar mi energía en que aprendas a saludar a la gente y ser educada aunque seas muy tímida. ¿Que tardas media hora en elegir la ropa para ir al cole? Pues claro, las niñas de 4 años tienen que sentirte muy guapas. ¿Que quieres dormir con papá y mamá? Por supuesto cariño, un día tú te irás a tu propio espacio, pero mientras, yo estaré aquí, aunque me des patadas y me aplastes.

Te doy la libertad para que aprendas por ti misma, pero te pongo límites para protegerte.

De mí no aprenderás matemáticas, ni música, ni a esquiar, ni a bailar, ni muchas cosas… pero quiero que sepas que pase lo que pase, mi amor por ti es infinito e incondicional. No soy una buena madre, pero lo he intentado, te lo prometo.

Capítulo Y: El ladrón de ilusiones

Estoy en mi oficina, «El Pórtico de la Gloria», aquella cervecería de estudiantes, cuyo nombre a saber quién lo decidió y por qué, donde corrían las cañas, las bravas y el ir y venir de apuntes. El lugar que fuese la hora que fuese era el de «vamos a tomar una». Sitio dirigido por universitarios que esperaban dejar el negocio cuando acabaran la carrera. Pero España es un país en permanente estado de elevado paro, solo que a veces nos «venden la moto» que no, que ha bajado. A mí en concreto me tocó la dura época del paro juvenil de los 90. Así que aquí siguen los universitarios del bar, reconvertido en Café, cervecería artesanal y postres deliciosos, con fotos del Pórtico de la Gloria y la Catedral de Santiago. Para mí ahora, un lugar de té, ordenador, enchufe, wifi y musas.

Hoy la inspiración la voy a tomar de una carta que duele. Es mucho más fácil repasar con la cuchilla las tres cicatrices que siempre llevo en el tobillo para no olvidarme de la historia. Cualquiera que tenga un problema mental sabe que no hay dolor físico que supere la angustia, la ansiedad o ese peso que no te deja respirar.

Los psicoterapeutas te obligan a sacar tu pasado escrito, ese conjunto de papelitos, diarios, felicitaciones y chorradas varias que si llevas años sin leer es porque no hay nada interesante en ellos, ¿no? Pero, maldita sea, guardan trocitos de información privilegiada que, tú como un espía, tienes ir sacando con exquisito cuidado con pinzas para luego construir puzzles que reconstruyen pedacitos de tu vida.

Esta carta es de una amiga especial, muy preocupada por mí. Yo tenía 17 años y ella me dice que es imposible que me haya enamorado a primera vista. Parece ser que yo estaba convencida de que eso era posible. Estas frases a veces son solo palabras, pero otras inesperadamente provocan conexión en mis pensamientos y mi memoria.

Sí, yo tenía 17 años, y era una chica muy lista. Sacaba sobresalientes y notables, años 80, se veía gente rara en la calle y en la tele, veíamos mucha tele, oíamos mucha música, nos dejaban entrar gratis en las discotecas por ser chicas, bailábamos mucho, fumábamos y nos invitaban a copas. Sabía lo que era besarse solo en teoría, intuía lo que era meterse mano, y del sexo, lo que salía en la tele. Tenía 17 años, y con ese currículo decidí que yo no podía ser tan fea ni tan desagradable para que ningún chico me hubiera pedido salir. Sí, era muy lista, tenía mucha información, pero ningún conocimiento.

Así que en El Pueblo, lugar al que me castigaban llamándole vacaciones, estando con mi abuela, decidí que tendría que encontrar a alguien que, bueno, hiciese lo «normal»: pedirme salir, pasear de la mano, besarme, meterme mano y querernos hasta que acabara el verano.

El que no me pidiera salir se le perdona, al fin y al cabo él tenía 21 años, y bueno, vaya suerte la mía la de estar con un hombre y no con un zangolotino de esos de cuatro pelos de bigote. Mi amiga diciendo que no existe el amor a primera vista, por favor, yo estaba dispuesta a cualquier cosa porque él me quería a mí. Qué me importaban a mí las historias que contaban de él. Yo era yo por primera vez en mi vida.

También es verdad que el primer beso no me gustó e incluso me dio asco. Yo sacaba sobresaliente en matemáticas e incluso matrícula de honor en latín, pero nadie me había dicho que alguien te puede meter la lengua hasta el esófago. Entonces tenía una sensación de mucha confusión porque yo sabía que estaba allí con ese chico pero a la vez era como si me viera a mí misma desde fuera, como en una película.

Y yo siempre detrás de él como un perrito, porque por encima de todo no podía perderle.

Una noche volví a casa a las 6 de la mañana, borracha y sin sujetador. Esas cosas ocurren. Mi amiga no me juzga por ello, pero no entiende que yo le hubiera dicho a mi madre que cuando vinieran de Madrid me tenía que pegar y castigar porque había sido muy mala. «Esos remordimientos, ¿qué son?» me escribe.

No sé cómo lo llaman los psicólogos, pero pero para mí es un recuerdo bloqueado. Sí recuerdo los preámbulos como montar en el coche, ir a unas bodegas, beber y salir borracha. Parar en mitad del campo, magreos y el suelo. Desde allí hasta estar en la puerta de mi casa, la nada. Absolutamente nada. ¿Cómo puedes sentir emociones de un hecho que no ha existido para ti?

Pero antes de que mi cerebro me ayudara bloqueando mi dolor, lo recordaba bien, porque le pedí a mi madre que me pegara y me castigara. Yo necesitaba mi castigo porque había sido muy muy mala.

Los recuerdos posteriores han ido surgiendo como pequeñas botellas con mensajes que el mar devuelve a la playa. Era casi un imposible, pero se han juntado y traen un historia.

Al día siguiente tenía moratones en el cuello y en los pechos; no recuerdo si en los brazos, y si me miro de cintura para abajo no me veo. No hablé con nadie de ello. Tampoco recuerdo si volví a verle después. Sí recuerdo que no podía pasar por delante del bar donde trabajaba de camarero; sentía terror.

Un par de años después, cuando ya tuve las que consideré mis primeras relaciones sexuales, acudí al ginecólogo. Era un hombre muy serio que me preguntó:

—Sus primeras relaciones sexuales fueron no consentidas, ¿verdad? —, a lo que yo contesté divertida —no, es que con 9 años me monté en una bici de chico y me clavé la barra —; es una de las típicas anécdotas familiares, cierta. Al año siguiente me preguntó —Su primera relación fue una violación, ¿no? —, y yo volví a insistir con el cuento de la bici. Nunca más, ni él ni ningún ginecólogo/a me han vuelto a mencionar el tema. Creo que no debe ser lo mismo un desgarro del himen que un desgarro vaginal.

¿Será verdad?, ¿será mentira?, ¿será mi historia? Nunca lo sabré. Pero para entonces yo ya tenía una enfermedad mental, cuyo nombre y apellidos no supe hasta mucho tiempo después, pero aquello que pasó fue una gota de dimensiones ciclópeas para mi pobre salud mental. Problemas para dormir, comenzaron los dolores de estómago y los vómitos, falta de concentración y bajada de notas, más ganas de salir con las amigas, mucha discoteca, mucho fumar y, sobre todo, mucho beber, muchas borracheras de fin de semana y luego, vomitar para seguir bebiendo.


Capítulo Z: Final

Tengo ya 53 años, y el Vacío sigue ahí…

SIPNOSIS

La autora, en clave autobiográfica, invita a los lectores a recorrer algunos capítulos de la vida de la protagonista, llenos de emociones y sentimientos muy intensos. Se trata de una senda difícil porque la protagonista es una enferma mental que encuentra piedras en su camino. Vive acompañada de su Vacío, ¿será capaz de acabar con él o al menos llenarlo?

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