Nací vieja, asumiendo morir prematuramente. Nací entre las mismas paredes que lo hizo mi madre, en la misma cama de mi abuela, con sus mismos ojos de verde marchito, con las mismas arrugas de las adobas. Fui hija única de una progenitora caducada, nieta de una ascendencia disecada en vida, postrada en un lecho de desconfianza. Esa fue mi herencia y dejar flores a sus hombres en una tapia.

La juventud de mi vejez fue enjuta, un símil de mi figura. Nuestro agrietado espejo dejó pronto de interesarme, su compañera, una alicaída palangana, no limpiaba con su agua estancada el sabor de la tristeza de mis facciones. Aprendí a verme en el rostro de mi madre, cuando el Señor decidió que ocupara el surco en el colchón de lana dejado por la abuela. Desde entonces, sopas de pan, tocino de blancas hechuras y las limosnas de un huerto en el desierto monegrino. Cuando ella se fuera, me abrazaría al frío. Sin embargo, conocí el carasol en la misma puerta de mi casa, la mirada arquera del astro rey. Con sus flechas unos se iban, tentándome su mano y otros venían para no quedarse. Yo estaba sin estar.

José me doblaba la edad, pronto enviudaría pensé. Era el tardano entre demasiados hermanos, el desheredado, el que me procuraría el sustento a cambio de mi techo. Con el matrimonio le llegó la extrema unción a mi madre. Nos cedió su cama con el «sí quiero» y me bautizaron en su entierro con su nombre, de Francisca a Paca, sin pasar por Paquita. Viví con ello, esperando tener una única hija que heredara mi muerte. Nació, pero por atributos la llamamos José María, con mis ojos brotados en sus ojos de vana esperanza, con la piel arrugada y amoratada, con el sufrimiento asumido, tras el azote de la comadrona. Le maldije; mi símil hecho hombre quiso matarme, me desangró sin piedad. Vino al mundo con dos pecados y una penitencia por cumplir.

-Tan pronto muere la oveja, como el cordero -le sentencié, mirando despiadada a mi marido.

Él asintió con la pena hacia dentro. Aún así, la criatura creció espigada a base de pan negro, tocino y  las picaresca de sus manos.

Querer reencarnarme me dejó embarazada de nuevo, con los presagios femeninos de la luna. Nació con brío, mas su sexo me desequilibro. No se inmutó con el golpe de la vida. Era rechoncho, de piel blanca esmaltada. Su mirada azul me sonreía con la placidez de quien encuentra un reflejo de felicidad. Me hizo extrañamente feliz pues nació joven. Era totalmente diferente a nosotros, no tenía semejanzas con sus raíces, pero sí un don, la vida. Reemplacé el recuerdo de cuidar a mi madre, por mi total dedicación a Domingo, la sangre de mi sangre. Era inteligente, sin atisbos de fragilidad, mi único hijo.

José María se hizo albañil, el oficio de su padre, un pan sin sal reencarnado en vago, en niñero del ganado. Con las manos agrietadas, construía para otros con la cabeza alta. Con el tocino de blanco inmaculado en los pies, volvía a casa cabizbajo, siendo compensado con aguadas sopas de pan. A cambio, su salario ahogado por una goma de pollo, engrosaba mi colchón de lana y sustentaba la espalda, del esperma inservible de quien dormía conmigo. Comíamos de él, de la ignorancia de un tonto que me llamaba madre. Llegó la mili, mal presagio. Su rostro de muerte anunciada, se exilio con los bolsillos llenos de incredulidad, dejándonos despensa y llevándose hambre. Ahuecamos el alma de nuestro reposo, maldiciendo el verde mimetizado. No hubo correspondencia monetaria. Volvió licenciado, en un cuerpo sin hambrunas y con dinero en el petate. No pregunté, mi hijo tenía que comer.

Domingo leyó el futuro. El pan era la comida más vieja del mundo. Comenzó a trabajar en el horno por una miseria. Amasaba su colchón para ser su propia harina, su sal,  su agua y multiplicarse con la bendita levadura. El ejército le detuvo. Mi carita nacarada, destinado en la capital, volvía para llenarle sus bolsillos con mis billetes encurtidos. Regresaba desvalido, con el alma rota en pedazos, atrofiado, tiroteado tras cada guardia, con su mirada azul de luto. Creyó morir, se sintió muerto. Licenciado, me juré cuidarlo más si cabe. Resucitó meses después, cuando el pan se hizo tortas y de su azúcar cabello de ángel, un ángel a su lado, un ángel llamado Carmen. Tenía las caderas anchas y un pecho prominente, sería una buena madre para mis nietos, una sobria ama de casa, tal como descifré de su cara, al amparo de su olor a vino joven. Todo sería poco para allanarles el camino al altar. 

El otro estaba destinado a convertirse en tión, quedarse en casa, cuidarnos, mantenernos, heredar las erosionadas adobas y que estás le terminasen sepultando. Una muchacha quebró su camino. Una niña de cara lavada, con la piel de porcelana, de pelo ensortijado, de pecas insolentes y unos ojos muy diferentes, de un marrón acogedor, necio, antipático. José María se enamoró de ella, pese a mis advertencias.

-No es mujer para ti, no hay mujer para ti -le insistía. La goma de pollo, se estiraba demasiado, ahogando nuestra garganta y posponiendo el futuro de mi hijo. Ella le planeó una vida, le descubrió los bancos, un futuro, la infelicidad. No teníamos nada en común, pese a tener el mismo nombre bautismal, yo era Paca y ella siempre sería Francisca.

Domingo se casó antes y vareamos el colchón para celebrarlo. Me sentí cada vez más joven a cada paso que me acercaba al altar. La lana bien mullida, esperaba que José María se desencaprichara; mi predilecto debía fermentar. Pero el noviazgo trajo boda y cada paso colgada de su brazo lo ralenticé cuanto pude. Los repudié con el “sí, quiero” y comenzaron su andadura distanciados.

-Abandonas a tus padres, como los corderos se van con el pastor, pero sin saber que se van para morir –me despedí.

Mi nueva vejez y la tercera edad de mi marido, nos aferramos al hambre, a las patatas asadas, a la locura de sentirnos solos. El destino nos trajo nietos a partes iguales, dos parejitas. Los tres primeros en nacer, no eran de mi estirpe, no quisieron parecerse a mí; no eran de mi sangre, eran sangre de sus madres. La cuarta heredó la cara de su padre, mi piel de adobas agrietadas, mis ojos de verdes ortigas. No quisieron que se asemejara a mí y le negaron mi apropiado nombre, siempre sería Paca, aunque sin pecado original la bautizaron con un vulgar Esperanza. No se lo perdoné.

-Para mí naciste muerto -le susurré. Cualquier día volvería con los pies por delante como un miserable cordero.

Domingo montó su propio negocio, obviamos sus ínfimas visitas, las mínimas fotos infantiles. Les halagábamos con la mejor gallina, la obesidad de los huevos, con la sopa de tapioca, con tortas de chicharrones. No teníamos nada y todo era poco.

Llegaron las comuniones, las noticias las traían desde el teléfono público. Unos obtuvieron monosílabos negativos, pese a los ecos infantiles. Como padrinos no faltamos a la cita del pan y el vino. No debimos abandonar las sordas adobas. Domingo había enfermado por dentro. El mal sembraba su cuerpo; germinó, mucha cosecha para su hoz, la de Carmen y la improvisación de quienes decían ser sus hermanos. Los filos gastados trajeron su última visita. Me recogió para enterrarnos juntos. Morí muda, inválida, encerrada en mis recuerdos. El archipiélago familiar de Domingo se disgregó en un mar de viudedad, nosotros en uno de lágrimas.

José agonizaba, yo era su agonía. Su grito de auxilio lo atrapó un desconocido con intereses ocultos. Los huesos de mi sombra tapiaron mi casa, abandoné mi caja de madera. Ahuecaron su morada para recibirnos, sumaron dos platos a su mesa. José comenzó a camuflar su osamenta, a oler a colonia de bebé, a broncearse en un carasol, a mirar el futuro de las casas de muñecas y los balones de fútbol. Yo me alimentaba por el oído y el tacto, de la adolescencia, de sus risas, de sus caricias, de sus abrazos, tomaba postre con sus besos. Me despertaba con una presión en la frente; él se iba creyéndome dormida. En unos días comencé a soñar con el desvelo. Su cara se engendró en mis ojos. Tenía unas arrugas en la cara, nada importante, el pícaro las disimulaba dejándose embargar el rostro por una barba suave, espesa. Sus ojos de un verde inmenso me atraían incomprensiblemente. Regresaba cuando el sol estaba acostado, agotado, pero con las fuerzas suficientes para esbozar sonrisas. Durante la cena de sus bocas brotaba música, siendo imposible descifrar quien era un solista o quien seguía el ritmo. Me sorprendió descubrir el talento musical de mi joven marido, sus habilidades vocales, un tenor de los coloquios. Era un truhan, me había engañado durante mucho tiempo en las tierras del secano. Tenía mano con las macetas, pasaba las mismas horas conmigo que con ellas y de vez en cuando, sin fijarse en la fecha del calendario le regalaba una flor a mi horquilla del pelo. El atrevido hasta sondeaba mis labios para robarme un capricho de novietes. A ratos me perdía viendo las idas y venidas de los peces anaranjados dentro de un cubo cristalino. Me hablaban mudos al otro lado del vidrio, aprendí a responderles. Ellos me enseñaron a pronunciar, primero saludos, después nombres, al fin pequeñas frases.

Una mañana abrí mis ojos, viniendo al mundo dos esmeraldas cuando me iban a dar su habitual beso matutino. Se asustó, retrocedió con brusquedad. Le cogí la mano.

-Ven, acércate –le dije.

Le di un beso, muy profundo, uno por mejilla. Sabía besar, sabía besarle.

-Gracias hijo mío – añadí.

Me respondió con una frase que me desmoronaba y reconstruía.

-Te quiero mamá.

Comencé a hablar de nuevo, en la mesa. Pensaba que quizás era muy tarde para ello. Una voz femenina me respondía:

-Le queda mucha vida por delante yaya.

No entendía el significado. Era una recién nacida en mi propia voz, una voz infantil, la voz de mis arrugas, una promesa adulta de vida, una vieja joven. Por el momento debía tratar de conocerla más a fondo, aunque intuía que me iba a faltar tiempo.

José cumplió su ciclo primero, eso sí, como buen caballero me pidió casarnos, “de nuevo” añadió. Le respondí inmediatamente un rotundo sí, con el beneplácito de cuatro testigos. Se fue deprisa, con el juvenil beso de todas las últimas noches, con un beso de hasta mañana. Nuestra casa monegrina tenía flores en el balcón, las adobas mostraban un rostro inmaculado, sin arrugas, una casa joven para empezar una vida. Tarde un poco en seguir su camino, el suficiente para despedirme de toda la familia, siendo ella quien me acompaño en esos últimos momentos. Siempre estuvo conmigo, preocupándose por mí, aunque pidió a propios y extraños, mantener el secreto. Me miraba a los ojos fijamente, con los lagrimales brillando. Yo la miraba con embargada alegría. Sus ojos marrones me acogían, sus manos se enlazaban con las mías. Teníamos muchas cosas en común, pero nunca el nombre. Yo me llamaba Paca y a ella todos la llamaban Paquita.

-Gracias Paquita. Debo irme, termino aquí.

-Te equivocas, Kika. Anidas en mi recuerdo.

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