Manzanas robadas

Manzanas robadas

Elisa Rivero

16/01/2021

Ella dice que los besos robados saben más dulces. Igual que las manzanas. Por eso colgó el muérdago debajo del manzano de su patio y solo allí me espera cuando el sol ya ha bostezado y las luces son inciertas. Como nuestros besos.

Dice que a esas horas y bajo esa planta, no cuentan. Como si el bicho entendiera de botánica. Así que el resto del día arrastro los pies por el empedrado del pueblo deseando toparme con su mirada esquiva, anhelando intuir una sonrisa en las arrugas de sus ojos. Porque ahora su boca no la veo y, aunque fijara sus formas en mi cabeza ya de mozo, temo que la memoria me la juegue.

Por las noches, al calor de la lumbre, leo el periódico y cuento los días de nuestra cuaresma particular. A veces, la cuenta aumenta porque la curva se desboca y rompemos una nueva barrera. Esos días ella parece relajarse y sus besos saben más intensos, a Gala Royal.

Pero cuando los datos de la prensa mejoran y la gente brinda en el bar, ¡ay, entonces! La cuenta cambia. Se echa encima otra prenda negra y ya no importa la pandemia, solo su luto particular. Esas noches los besos, de haberlos, son ácidos como una Granny.

Sus hijos vienen los fines de semana, cuando los de las barreras y las curvas les dejan. La casa se llena de los chillidos de sus nietos que, como vencejos tempranos, sobrevuelan el pueblo a la velocidad del rayo. Privados ya de abuelo, de pastor, es raro el día en que los reúnen a la hora de cenar. Esos días, el olor a patata guisada y a compota empapa cada recoveco de la calle, y yo dejo la ventana abierta a pesar del frío, para tratar de adivinar con qué variedad ha cocinado el postre.

Reineta, me dice el domingo de anochecida, cuando todos han marchado. Y sus besos son lentos, con un poso arenoso de melancolía.

Pronto hará un año desde que el bicho se llevó a mi hermano y las últimas sidras que embotelló se están acabando. Yo opino que, si las comedimos más, se van a echar a perder. Como mi paciencia. Entonces, ella dice que lo eligió a él porque lo vio más inmaduro y lo de fermentar le venía de familia. Que yo no entiendo de manzanas y me parezco más a un buen vino.

Pero ya no tengo edad para subirme al árbol a robar. Así que algunas noches, cuando encienden las farolas y los besos se me apagan, le recuerdo que el vino, si lo reposas demasiado, también se avinagra.

Esas noches la luz de su cocina brilla hasta tarde y, aunque cierre los postigos de la ventana, sé que el pueblo se acuesta con olor a promesas. Por la mañana, una tarta Tatin me espera en el alfeizar. Sabe a manzano silvestre, de los que pinchan. Como el de su jardín.

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