Con la cara lavada no es gran cosa, pero cuando se pasa su buena hora y media delante del espejo, tirando de secador, pinceles y cremas, el cuadro queda bastante aceptable. Si a esto le añades que de un salto se sube a unos espectaculares tacones que le levantan el culo y que tiene buen tipo, la ropa ajustada negra le sienta de maravilla.

Ingrid sale a la calle pisando fuerte. Se contonea como una pantera mientras saluda a conocidos y desconocidos…. “adiós cariño” …con un deje dulzón, casi colombiano, con una caída de ojos lenta estudiada, como queriendo derretir la materia. 

A Ingrid la espera, arrancado, imponente, un Mercedes CLS negro, banderita de España en la trasera, por eso de llevarse bien con la guardia civil. No es su novio ni lo pretende, pero ocupa plaza interina, rapado al uno, pantalón pitillo, camiseta negra que tapa barriga como la lona de un circo tapa un descampado. No le abre la puerta y apenas baja la música cuando Ingrid sube ahuecándose la melena, la ha mirado antes, cuando su culo encendía los retrocohetes para aterrizar en el asiento de cuero. Ahora no, el macho duro ahora mira el móvil mientras Ingrid se pone el cinturón y se echa otro vistazo en el espejo del parasol.

El tipo duro sale sin intermitente y sin mirar por el espejo. Hace frenar a un Opel Corsa que bajaba la calle distraído igual que su conductor, que apenas tiene tiempo de tocar el freno. No se atreve ni a tocar el claxon, no vaya a ser que sea un chungo y le amargue el día. Hace bien.

Las calles del pueblo son irritantes para ese tipo de coches. Badenes, niños en patinete, señoras con perrito por la calzada, seatleones expulsando tinta negra, más badenes, y aquella rotonda que se quedó tan estrecha que hubo que desviar los autobuses por la calle de atrás.

En los cuatrocientos metros de viaje apenas ha tenido tiempo de engranar segunda: Que desperdicio de W6.

La calle está llena de coches, la terraza del pub abarrotada, pero el Mercedes es el rey de la selva y se sube a la acera de enfrente, tapando el paso de peatones “por aquí no pasan cebras” comenta el conductor con una una carcajada estúpida. 

Ingrid se baja del coche como Norma Duval se subía al escenario, la puta reina; el meneo de su culo podría marcar los segundos en cualquier reloj de péndulo. El maromo se queda solo, mira a los lados buscando no sabe qué y se dirige a la barra.

Lo va a necesitar.

Ingrid se expande, ilumina todo a su alrededor, sonríe y levanta exageradamente los brazos cuando saluda al dueño, que sudoroso, apenas da abasto a poner licores a los sedientos de la tarde.

Como experta y amiga del negocio, observa la saturación y no duda en coger una bandeja y ponerse a servir copas, coqueteando con los parroquianos que babean con el sensual cariño que le pone al saludo, a la toma del pedido y a las idas y venidas entre la terraza y el bar.

Cuando me trae la copa me despliega todo el espectáculo de su repertorio, me saluda con dulzura, me habla como si me conociese, se acerca mucho más de lo que recomienda la educación y las normas del covid, como dándome a entender que hay vacantes en su academia de mariachis de bragueta floja.

Trato de no alterarme y sigo con mi copa y mi conversación, me alivia que me deje tranquilo, me alivia que acabe el show.

Ingrid no dura mucho, una vez se da a conocer, se calza 2 copas en quince minutos y llama al «chófer». Vuelve a sentarse en el carruaje negro, vuelve a ahuecarse la melena, vuelve a ver su reflejo de princesa,  se re-coloca el pantalón, que le aprieta más debido a la enorme erección que lleva.

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