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3. intr. Mar. Remar hacia atrás.

Aprendí a cerrar los ojos para oler el mar: así fue como conseguí llevármelo conmigo a todas partes. Las mañanas de verano, entre la ropa tendida en el jardín, la brisa llegaba desde la playa y agitaba suavemente las ramas de los frutales y las mangas de las camisas. Y por encima de aquel frescor de hierba y jabón, traía el sabor de las olas y la expectativa de tardes soleadas, infinitas.

Después de comidas ligeras y nísperos muy maduros, recorríamos el camino hasta la playa, bordeando las dunas. Algunos días, cuando se levantaba viento del norte, atravesábamos el pueblo y seguíamos un sendero estrecho hasta una cala de arenas gruesas, protegida entre rocas y pinos. En aquellas aguas azul turquesa, con mar picado, mi padre me enseñó a nadar lejos sin perder de vista la costa, a no luchar contra la corriente para no ahogarme y a entender que las cosas importantes hay que guardarlas muy bien siempre.

Crecí en un verano eterno, cubierta de arena y sal. Los años se mezclan, bañados en recuerdos felices: las risas, los intentos por nadar hasta las boyas, mi hermano excavando agujeros de los que acaba asomando solo la cabeza. Mientras mamá leía, buscándonos con la mirada de vez en cuando, yo jugaba a adivinar el punto exacto hasta el que iba a subir la marea e intentaba encontrar la cadencia de las olas en las conchas de la orilla. También descubrí, después de perseguir a algún cangrejo ermitaño escurridizo, lo que puede picar la herida más pequeña. Y al final del día, volvía siempre con la ropa mojada, algas enredadas en el pelo y alguna que otra peca nueva.

Ahora la casa está cerrada y en penumbra. En las habitaciones vacías ruedan pelusas de sal, como cristal algodonoso, y la carcoma sigue agujereando la estantería del salón. Estoy mucho más lejos que la última montaña que se ve desde la ventana de la cocina, pero aún a cuatrocientos kilómetros, me parece oír por encima del silencio de las noches de niebla la sirena del faro, sonando a lo lejos.

Una vida se compone de pequeñas partes. Días de cielos limpios y risas claras. Nombres escritos en la arena que duran un instante. Caminos que nos llevan lejos. El peso de una ausencia. Pero todavía puedo saborear el reflejo del sol en el agua y cómo se intentaba colar entre las pestañas: esos momentos siempre estarán ahí, como el ir y venir de las olas. Y la marea seguirá subiendo.

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