Hardboiled
Veintiséis libras y media
Supo cuando llegó un mensaje a su viejo celular que solo leería malas noticias. Así fue. Las malas noticias nos hablan con boca de muerto. Lengua sin gesto, apenas saliva en clave morse.
Leyó con desgano. Bla, bla, bla. Las palabras escritas en el mensaje se atropellaban nerviosas.
Cuando un mensajero no sabe controlar sus emociones, cuando teclea con torpeza, la noticia tiene que ser necesariamente mala. Letras con hiel interpretando un réquiem que fastidia.
No le agradaba para nada el significado de las palabras escritas. Bla, bla, bla sombrío, cavernoso se podía definir el mensaje sin temor a equivocarse.
La noticia era realmente mala. Peor de lo que esperaba. La caída de una venta siempre es una mala noticia; que se regatee el precio cuando ya se entregó la mercadería puede ocurrir y no es de los peores asuntos. Capturar un espécimen que no estaba indicado, era una mala noticia. Muy mala.
Los especímenes debían mirar al sol con pupilas dilatadas, sus gargantas secas. Deben ser los elegidos. Corderos de Dios que incitan los pecados del mundo. Listos para el trueque inmoral. La carne por el oro. ¡Tan simple! No importan sus nombres, ni el zumbido ambiguo de sus blancas voces infantiles. Solo deben ser los elegidos. Nada más. No hay lugar al error.
Cada par de años, por ese antiguo celular que estaba a nombre de un pobre infeliz, llegaban mensajes para ponerlo al tanto de los lamentos de un comisionado por un incidente. Estaba prohibido hablar por teléfono, nunca debía quedar grabada la voz de ningún integrante de la red. Se trataba de evitar referencias directas, explicaciones comprometedoras. Todo debía ser ambiguo, ridículo. Inverosímil. Violar estas reglas merecía el peor de los castigos. Solo mensajes de texto breves. Los mensajeros tienen la tentación de hablar y hablar sin parar. Creen que cuanto más hablen más lejos estarán de los problemas y no es así. Cuanto más se habla, más se delatan las cosas. Se eleva una Babel ridícula que acaba en una jerigonza que hace el ruido de cien insectos cuando baten histéricos sus alas. Y tras cartón —diría el Hombre de Hojalata—, cae la yuta por coimas más jugosas. El dinero no brota en los árboles. Cada morlaco para un soborno es carne vendida o promesa de mercancía.
Hacía años que nada demasiado grave se le comunicaba. Cierta monotonía en el negocio lo aburría. Compra-venta. Compra-venta. Kilos de carne joven. Kilos de carne infantil. Kilos de carne. Eso era todo. Carne-carne-carne. Carne burguesa o carne plebeya. Daba lo mismo.
La oferta interminable abasteciendo el negocio del placer desde sus formas más simples a las más horrendas. Pero, se preguntaba con cinismo: ¿había algo más horrendo que la incertidumbre de no reconocer ningún sentimiento humano más que el de la codicia? Si se le daba por filosofar, no era sino a causa del aburrimiento.
El aburrimiento no cambiaba su carácter, lo excitaba. Seguía siendo “El Hombre de Hojalata”. Carecía por completo de sentimientos y podía afirmarse que también de pasiones. Hombre sin corazón. Piel de metal. Indiferente a cualquier cualidad humana. Las pasiones le parecían una extravagancia propia del que no tiene nada que hacer. Se apasionan por una mujer, por un juego de póker, por un partido de fútbol. Cosas menudas e intrascendentes.
Respondía a esos entusiastas que los que arriesgan el cuero a cada minuto (poniéndose él como ejemplo), se ahorran las extravagancias. Deben amarse a sí mismos por sobre todas las cosas si quieren sobrevivir. Porque ese amor por sí mismos solía ponerlos a salvo de riesgos impredecibles. Luego, cierta falsa modestia era aconsejable no solo en ese negocio. En la vida había aprendido a pasar inadvertido. Un componedor, un negociador no necesita ser notable, sobresalir por encima del común de las personas. Ser uno más era el secreto. Para el negocio, Hemingway: “dos años para aprender a hablar, sesenta para aprender a callar”.
Pocas cosas podían hacerlo vacilar o confundir. No había miembro de la red que no lo hubiese escuchado repetir sus consignas. No hagas esto, no hagas aquello, no repitas lo que escuchas, sé siempre muy sordo y muy ciego. Parece a un idiota, pero no lo seas. Curarse en salud. No ver, no oír, no hablar. Hemingway-Hemingway-Hemingway.
Quienes lo detestaban tenían por costumbre provocarlo contradiciendo sus afirmaciones. Eso hacía que el tipo repitiera con serenidad pasmosa su litúrgica monserga sobre el negocio que les daba de comer a todos esos crápulas.
—Todo es mercancía. ¿Entienden? —le hablaba a un público cínico y hostil—. Una mercancía puede ser un reloj o una persona. Cuanto más fresco el fruto, más valor tiene. Un reloj, si es un Casio, vale nada, si es un Rolex de oro, mucho. Todo depende de lo que el cliente puede pagar o quiera pagar. No solo lo que pide, sino lo que esté dispuesto a pagar.
El mundo está lleno de mezquinos y mezquinas. Las mujeres son las peores. —Hablaba como si fuera un chamán—. Ellas saben cómo regatear. Lo hacen todos los días con sus maridos. ¿Quieres mi vagina? Es un bien ganancial. Paga por ella antes de que sea viuda. Cuando sea viuda me quedará con todo. Es un bonito final para cualquier mujer.
Si el cliente tiene dinero en abundancia, es rey o incluso Dios. Los dioses siempre han vivido en medio de riquezas que unos cuantos miles de esclavos producen para ellos. Nuestros esclavos salen de sus casas sin tener conciencia de la selva en la que viven. No imaginan que aparecerá un carnívoro a la vuelta de una esquina y los devorará sin compasión. Si los que tienen guita me piden rubio, encargo rubio. Si quieren rubia, rubia. Si me piden negro, encargo negro. O negra. No soy racista. Si lo quieren gordo o flaco, eso reclamo. Amo el bullying pero no lo practico mientras negocio. Hay quien prefiere el crujir de los huesos y quienes las modulaciones de la grasa. Niña, niño, andrógino, lo que pidan. Del color, del tamaño, del peso que prefieren. Yo solo encargo, no cosecho. La captura no es mi especialidad. Cuando el reclutador me muestra la mercancía, le pongo precio. Eso es todo, nada extraordinario. “¿Y dónde aprendió este negocio?”, le preguntaron en cierta oportunidad unos que pretendían pasar por listos.
En el fondo de un pozo ciego. Allí se aprende todo lo que es importante. Ver el mundo desde el fondo de un pozo con mierda, hace cambiar las ideas a cualquiera. Incluso a ustedes. La inmundicia es la esencia de todos los negocios. Donde hay riqueza, hay sangre. Donde hay riquezas, hay mucha mierda. Las monedas no se acuñan en oro, sino en sangre fresca. Como dicen los ingleses, negocios son negocios, y esto los habilitó siempre, entre mocos, lloviznas y nieblas, a traicionar a quien les convenía. La traición es una acción salvadora. La traición es una corrección necesaria a decisiones erradas. La traición es la gran tradición en este negocio. Soy tu amigo, pero si tu hijo vale lo que imagino, te lo quito. Lean. Dediquen algún tiempo a la lectura. No les vendrá mal leer algo. Recuerdo un librito que me prestó uno que está finado. “Elogio de la traición”. ¿Nunca se arrepintió de una decisión equivocada? Le preguntó un recienvenido. Los nuevos reclutadores que ingresaban a la red le parecían cada día más idiotas. Mucho celular. El celular te quema las neuronas. Te achica el cerebro al tamaño de una pantalla. Un cerebro petrificado como vidrio templado, óxido de indio, estaño, cristal líquido, emisores de sombras. Nada de luz. Idiotas.
¿Arrepentimiento? ¡Qué ridiculez! La metanoia bíblica es para chupacirios con dos dedos de frente. No tengo religiosidad en el sentido bíblico. Le doy al cliente lo que el cliente pide. El cliente compra y paga, yo vendo y cobro. El Mago de Oz recauda. Gano mi porcentaje. No tengo sueldo. Lo deposito offshore. No se puede confiar en este país. ¿Pero el presidente no repudia la pedofilia? El presidente clona perros. ¿Qué se le puede exigir? Esos pendejos no van a llegar a viejos. Les damos una vida nueva. Breve. Pero nueva. No se puede negar que somos sus mecenas. Ninguno va a superar los quince años. ¡Y quince es mucho! Es preferible que antes que un degenerado borracho que una mujer retardada metió en la cama de sus hijos consuma esa sabrosa mercancía después de ponerse en pedo con vino de cartón. Prefiero un tipo una bruja de buenos modales y oliendo a perfume francés, que paladean mejor que nadie un bocado genuino. Caviar humano. Perlas blancas y rubias. Perlas negras brillando en la oscuridad. Delicatessen. Como aquel que elaboraba el hígado humano para servirlo como foie gras.
Pensaba en lo más íntimo de su maldad que el mundo era un burdel que se reciclaba. Adán y Eva. Y luego sus hijos reproduciéndose entre hermanos. Bíblico incesto. Y Dios alabó ese incesto. Les ordenó que se multiplicaran. Todo estaba podrido desde el principio. Y así siguió. De una época a otra. Apenas si se sofisticó algo. Esclavos, siervos, proletarios, descartables. Esa había sido la evolución de la humanidad. De mono caminando en dos patas matando a golpes de garrote, a idiota hipnotizado consumiendo basura por la pantalla del celular. TikTok. TikTok. Un poco de Instagram, Telegram, o Mierdegram. Da lo mismo. La estupidez llama a la puerta del mundo. El mundo le abre sus puertas en nombre de una inteligencia artificial que se parece más al pozo de mierda donde aprendí los rudimentos del negocio. Una droga de software y algoritmos que vuelve a la gente más idiota cada día y a los amos del mundo, más perversos que sus predecesores. Lo único que se perfecciona es la maldad. Los demonios huyen de los hombres. Cada época con sus espejismos, sus treinta monedas de plata, sus formas de lavar la mente para “pensar en nada”. ¿No hay una canción que repite pensar en nada? Estaba convencido, aunque no lo decía en público por no parecer un viejo conservador, que con la Inteligencia Artificial será más fácil diseñar el mercado de la carne humana y que un algoritmo exterminador alentará a los futuros mercaderes a proponer trueques más redituables. Metamorfosis impensadas, ADN pervertido hasta que los monstruos conocidos queden reducidos a los relatos del Mago de Oz o de Alicia en el país de las maravillas. Solo se trata de dinero. Al final de los tiempos, cuando la humanidad se haya consumido por completo a sí misma, cuando la regla sea Sodoma y Gomorra, una pústula gigante abrazando el mundo, el ángel exterminador, el Abadón más cruel, vendrá a descartar a la humanidad toda y a devolvernos a nuestra forma original de viscosas y traslúcidas amebas, con su misma inteligencia y con su misma moral. Unicelulares intrascendentes calentándose al sol en el caldo del fin del mundo. Eso sería todo.
***
A veces los compradores se ponen pesados. Quieren regatear. Cretinos. ¿Por qué alguien que compra una satisfacción piensa en tacañear? No es aceptable. Buscó muchas explicaciones a ese comportamiento. Si fueran almacenero y ellos hambrientos que tuvieran apenas unas monedas para comprar alimentos, entendería el lloriqueo. Pero él no es almacenero y no vende comida. A lo sumo proporciona un manjar que se degusta hasta la última piel. Si fuera médico y ellos pacientes afectados por una enfermedad que los persigue hasta matarlos, también lo comprendería. Pero él no es médico. No vende remedios. Si química del placer. Es sensualidad de menudas dimensiones. Lascivia. Erotismo. Impudicia. Para personas que aprecian darse un banquete de hermosa carne lubricada. Pero, mezquinan. Cretinos. Cien veces cretinos. Esconden su riqueza y baratean la mercadería. Piden y luego se quejan porque les resulta muy costoso. ¿Quieren placeres baratos? Pues en las calles de los bajos fondos sobran mujeres y de los otros con sus sífilis y gonorreas que le brotan por los ojos, gotean desde los lagrimales una pasta hedionda de color agusanado. Si no quieren pagar, beban de ese cicuta. Laman las llagas de quienes convulsionan por fiebres incurables. El mercado que ofrece es para exquisitos. Delicatessen. Sentirse como el ave mítica que come el hígado de su prisionero cada noche. Lo devora lentamente. Minúsculos trozos oscuros que invaden los sentidos y los mastican hasta hacerlos una pasta alucinógena. El placer y el sufrimiento en un ciclo perpetuo. Diría como el poeta he domesticado el dolor y lo he convertido en placer. Somos semejantes en esta podredumbre. Les da la estrella de sus ojos y el sol de su naturaleza podrida. Los invita a ser el rey de un país de flores maldecidas. Flores podridas. ¿No merecen esos tacaños la condenación de Ananías y Safira? Que caigan muertos, como ellos. Mi espíritu santo los maldiga y los encierre en la ciudad esmeralda. Compraron por diez y quieren pagar por cinco. Regateo del 50%. ¿Soy un vendedor de baratijas? Se quejan del color de cabello demasiado rubio demasiado negro los ojos pequeños los ojos grandes del tamaño de una guinda piel de una cáscara lubrificada la boca seca la lengua exangüe y así es el lloro y el crujir de los dientes que astillan contra la lengua. Que no era el peso la talla las proporciones las formas los lamentos y mientras la carne estaba aún entre sus dientes antes que la masticaran reclaman rebajas tal si el banquete fuera una oferta en cómodas cuotas de su dorada tarjeta de crédito. Asuntos desagradables. Su naturaleza de Shylock reclama esa libra de carne. Malditos cretinos.
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Leyó ese mensaje que llegó al viejo celular; deseó ser ciego. Una buena y reconfortante ceguera. Una pupila vacía y paranoica le evitaría reconocer en ese texto una desgracia inevitable. ¿De qué se trataba? Había desaparecido un niño. Y a él qué le podía importar ese suceso. Apenas lo leyó reafirmó su creencia de que todos los nuevos mensajeros no solo parecen muy idiotas, lo son. Son anuncios de malos augurios. Son un virus que se propaga entre los milenials recién contratados y los decadentes pospandémicos que sobrevivieron a la hecatombe. Pensó: niños desaparecen todo el tiempo en todo el mundo. Y nadie pasa sus horas enviando mensajes lastimeros por cada uno de ellos. No habría quién quisiera leerlos. La gente quiere beber cerveza y explorar páginas pornográficas. Admira a Mia Khalifa y no a Teresa de Calcuta. Encima la rima no ayuda a los buenos pensamientos. ¡Ha desaparecido un niño! ¡Ha desaparecido un niño! ¿Quería el mensajero que se echara a llorar? ¿Debía orinarse encima por un niño desconocido que tal vez yacía en el fondo de un pozo por ir donde no debía? Debió enfadarse, pero no pudo. Carecía de voluntad para ello. Eran esas unas horas en que hubiera preferido pasar disfrutando la calma y no amargándose con estúpidas noticias. Deseaba un whisky, ver una película intrascendente, acomodarse en un mullido sillón, abrigarse con una manta liviana. No era mucho pedir. Es que estaba viejo. Quería el retiro, pero no podía reclamarlo. Lo supo desde el primer día en que se conchabó en ese negocio. Nadie de él sale para disfrutar la jubilación. Sabía cómo se sale del negocio. Patas adelante. Muerto. Completamente muerto. Y nadie te llorará en un funeral porque no habrá tal. Su alma estaba aún más vieja que su cuerpo. Su edad no correspondía con su aspecto y este era el verdadero reflejo de su vida interior. Bajo la piel, invisible, una pústula en medio del esternón perforaba día a día el hueso con una infección que crecía a cada instante más y más hasta arrimarse al propio corazón. ¿Acaso moriría así, medio podrido, medio infartado? Era posible. Mejor que de un tiro en la cabeza de parte de alguno de los sicarios que respondían al Mago de Oz y que seguro, minutos antes, lo había adulado. La bala rompiendo el cráneo carece de poesía. Y aunque ni lo mencionaba, esperaba que su muerte tuviera algo de poesía. Una muerte perturbadora. Una lenta agonía. Que sus sucesores se vieran en un espejo horrible y no pudieran nunca quitar de sus recuerdo el aspecto espantoso de ese viejo alcohólico podrido hasta los huesos. Podía bien ser su real legado. Tomad y comed todos de esta putrefacción. Sonaba hasta bíblico. Años comprando y vendiendo personas debían dejar un rastro imborrable. Cada día que pasa el caos como la vida y un oscuro enemigo que roe el corazón hasta reducirlo a infinitas hebras rojas. Por eso había que estar siempre ebrio.
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Un niño desapareció. No era una gran noticia. ¿Merecía aquello el mensaje lacrimógeno del mensajero? Balbuceando entre letras, tartamudeando su pánico. Detrás de ese llegó otro. Ese era importante. Venía de La Ciudad Esmeralda. Decía: “No hay lugar como el hogar”. Eso era todo, pero era suficiente. Sabía qué le estaba ordenando El Mago de Oz. “No hay lugar como el hogar” era de las órdenes que más detestaba. Debía entrevistarse con los enviados del Mago. Venían de La Ciudad Esmeralda con sus aires citadinos, de sabios sabelotodo. Chupamedias con poder. De lo peor. No eran más que unos idiotas fanfarrones, alcahuetes que llegaban con sus mensajes como si fueran revelaciones de un oráculo magnífico. Adiós comodidad. Nada de cine, nada de whisky. Adiós cómodo sillón y cálida manta. Cumpliría con todos los ritos de una entrevista. Dejaría su cueva (así la llamaba) y lo haría con la mayor discreción. Se subiría a unos cuantos taxis que lo pasearían por media ciudad hasta llegar al lugar del encuentro convenido con mucha antelación. Cada tres o cuatro meses esas casas de reunión eran cambiadas para dar la idea de cierta seguridad en los encuentros reservados entre mensajeros del Mago de Oz, componedores, correctores y limpiadores. En broma, la Santísima Trinidad de los que ejecutaban lo que se elucubraba en La Ciudad Esmeralda. Tres partes integrantes y ningún dios verdadero. Así era esa santísima trinidad. Pero él no creía en esas medidas de seguridad. Pura jactancia. Solo los tontos podían sentirse seguros en esas casas y en esas reuniones. La vigilancia es un patrimonio nacional asegurado. En un país con veinticinco servicios de inteligencia activos, sin contar los de cada embajada extranjera, ninguna reunión podía pasar desapercibida. Ni hablar de la Gran Prostituta que todo lo observa desde los limpios ventanales de las oficinas estatales.
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En un taxi se acercó al lugar a donde debía dirigirse. Le ordenó al chofer que se detuviera en una esquina. Las calles estaban vacías. Pagó el viaje y le dejó al chofer una buena propina. No mezquinaba en esas oportunidades. Llevarse bien con mozos y choferes era una ley que había aprendido en la escuela de la calle. Estaba a quince cuadras de su destino. No llevaba celular ni tampoco un reloj pulsera. Con su entrenado reloj biológico le alcanzaba para regular su marcha y llegar con puntualidad exacta a la cita que se le había indicado. Bromeaba sobre su talento para llegar siempre a la hora exacta en que era citado. “Soy tan inglés”, decía. Más puntual que un inglés. Igual de borracho también. Aunque el buen whisky es escocés y los ingleses se lo apropiaron como suelen hacer con todas las cosas que desean. Puntuales, borrachos y piratas, podía sentirse completamente identificado.
No tuvo ni que llamar a la puerta. Su presencia era seguida por las cámaras de seguridad del aguantadero. Los últimos cien metros de su caminata hacia el lugar del encuentro habían sido rigurosamente controlados. Por las inmediaciones, alcahuetes vigilaban la cercanía de algunos policías de tránsito que dedicaban su tiempo a observar idiotizados las pantallas de sus celulares.
No conocía al matón que abrió la puerta. Era un gigante. Reparó en el tamaño de sus manos. Bastaría un apretón para romper su cuello como se quiebra un delicado junco. Disimuló al verle el rostro. El esbirro tenía un solo ojo. No era un cíclope, pero podía haber pasado por tal. Un error genético lo volvió un espécimen único. ¿A dónde, sino en La Ciudad Esmeralda, podía servir un tipo con un solo ojo? No daba ni para llamarlo tuerto. No le dirigió ni media palabra. Le señaló con su enorme dedo índice que siguiera hasta el final del largo pasillo. Conocía de sobra ese lugar. Por ese mismo pasillo había caminado en más de una oportunidad. Lo distinto en esa oportunidad era que aún no conocía con precisión cuál era el problema real por el que era convocado de urgencia. Hacia donde le señaló el adefesio caminó como si no supiera a dónde se dirigía. No apuró la marcha. Tiempo al tiempo. Nadie muere en las vísperas. Tenía trabajo que hacer y no tenía responsabilidad alguna por lo que fuere que había sido convocado.
Al final del pasillo, una puerta pequeña. De madera oscura, sin brillo. No precisó golpear. Apenas se paró frente a la entrada, otro engendro abrió la puerta y lo invitó a pasar. No podía haber imaginado que La Ciudad Esmeralda contara con dos cíclopes entre sus filas de matones. Pero así era. Lo tenía frente a sí. Y aunque cierta sorpresa lo distrajo, no tardó en convencerse de que el que lo recibió a la entrada y este eran gemelos. ¿Qué óvulo pervertido y qué esperma espeluznante pudieron unirse para engendrar esos monstruos? No quería ni imaginar el cigoto que dio origen a aquellas malformaciones que insinuaban un carácter menos que amigable. Apenas unos pasos dentro de la habitación que estaba a media luz, una voz desde la oscuridad de un rincón le preguntó si había estado mirando los noticieros de la televisión.
—No miro televisión. Me embola. La televisión me provoca diarrea. Prefiero emborracharme.
La voz le ordenó al monstruo que encendiera un televisor enorme que estaba amurado a una de las paredes de la habitación. Se oía con claridad la voz de un periodista que hablaba del secuestro de un niño. Él miró con cierto desdén la pantalla, como si en verdad no le interesara lo que decía el periodista. Escuchó con claridad “han secuestrado a un niño de cinco años”. No pudo disimular su fastidio. Evitó reírse porque sabía que los jefes carecen por completo de sentido de humor.
—¿Y por esto me mandaron llamar?
—Sí.
—¿Por la desaparición de un niño en un lugar que no conozco? Nunca negoció por esos pueblos.
—Por eso lo mandamos llamar. ¿Todavía no comprende?
—Ya esto medio viejo y lento. ¿De dónde está transmitiendo ese noticiero?
—De un pueblo pequeño. Un pueblo insignificante. Al noroeste. Ahí desapareció ese niño.
La voz le ordenó al cíclope que le entregara una foto del pequeño. La miró con detenimiento. No vio nada extraordinario en ese niño.
—No entiendo. ¿Por este pendejo me mandan a llamar? Soy un componedor no un adivino.
—Es un escándalo nacional. Todos los medios del país están en ese pueblo. Todos. Desapareció un pibe en un pueblo perdido y todo el país habla del asunto. ¿No le parece extraño?
—Extraño es hablar de desaparición. Desapareció es un eufemismo. Disculpe la palabra, no quiero ofender. Si me queda algo de razonamiento, entiendo que ustedes me mandan llamar para que me ocupe de no sé qué quilombo, porque hubo una compra y una venta de un pibe cualquiera. Alguien compró y alguien vendió esa mercadería. Si no fuera así, yo no estaría aquí hablando con una sombra.
—Correcto. No compramos ni vendimos. No fuimos nosotros. Como usted sabiamente ha apreciado, ese “pendejo” es una cagadita cualquiera. ¿Qué puede pesar? ¿Quince quilos? ¿Veinte quilos? Un aperitivo. Como una aceituna negra con carozo. O quizá ni eso, para nuestros clientes habituales. ¿Se da cuenta? ¿Quién podría querer comprar ese enano, cuando tenemos mercaderías de calidad insuperable?
—¿Quién?
—Alguien que la quiere pudrir. Que quiere romper el acuerdo por el que nos repartimos zonas entre las distintas redes. La Ciudad Esmeralda, es la dueña de esa zona.
—Nos tocaron el culo, y metieron a todos los medios para que nos miren cómo nos quedó el ojete.
—¡Qué manera más clara de explicar lo que está ocurriendo! Rápido comprende usted la situación en la que estamos.
Un secuestro en una zona de captura que pertenecía a La Ciudad Esmeralda era un suceso grave. No por la desaparición del niño, que a la postre no les importaba en lo más mínimo a todos ellos. Traficaban todos los días con niñas y niños. Era porque ese secuestro significaba que un grupo había decidido romper el viejo acuerdo que estableció el reparto de zonas de captura y envío de mercadería.
—Además, por esa zona está nuestro puerto de salida.
—Peor aún.
—Peor aún.
—¿Idea de quién pudo ser? —preguntó sabiendo la respuesta que oiría.
—Ni la más mínima. Eso lo tiene que resolver usted. Y lo que sigue, también.
—¿Negociamos con cuanto servicio anda por este país y ninguno sabe de qué se trata?
—¿A su edad le tengo que explicar cómo funciona esto?
—¿Quieren que me haga cargo de este quilombo?
—Correcto. Es una orden de El Mago de Oz. ¿Algún problema?
—Claro que no. Para eso estamos. Así que tengo que prepararme para el viaje. ¿Cuándo salgo para ese lugar de mierda?
—Ya mismo. Busque lo que necesita y nos ocuparemos de su viaje. Gastos incluidos, por supuesto. Conocemos bien su avaricia.
—No es avaricia, es espíritu ahorrativo.
—Salvo en whisky, me dicen.
—Los gustos hay que dárselos en vida. Además compro de buena, muy buena calidad.
—Me imagino.
Tomó una larga bocanada de aire antes de volver a hablar. Tomó coraje y preguntó.
—No estarán pensando mandarme a ese lugar con alguno de estos esperpentos que reclutaron en una cloaca, ¿verdad?
El cíclope ni se inmutó. Pareció que insinuó una cínica sonrisa por el comentario, pero en ese rostro de mutante era muy difícil distinguir un gesto de fastidio o de odio.
—No. Usted viajará solo con un chofer. Cuando llegue, tomará contacto con quienes van a colaborar con usted en arreglar este quilombo: Corrector y Limpiador. El Limpiador, de los mejores. El Corrector, un tipo con experiencia. Sabe que no hay que hacer ruido, método artesanal para corregir errores humanos. El Mago de Oz quiere que descarte a los que usted le indique al Corrector y también al mensajero. Un boludo marca cañones. Habló de más desde que supo del inconveniente. Usted sabe cuánto nos perjudican los habladores.
—¿Dónde debo esperar ese auto?
—En el camino que va a La Ciudad Esmeralda.
—De acuerdo. ¿Quién será mi compañero de aventura? El chofer, digo.
—Antes de dejar esta casa, el guardián le entregará un sobre con todos los datos que importan. Mapas, fotos, crónicas, los datos y foto del chofer. En fin, todo lo que pudimos recolectar para su trabajo y que le puede ser útil.
—¿Qué tiempo tengo para salir de viaje?
—Una hora.
—¿Una hora? Imposible. Solo hacer los cortes al salir de este lugar me llevará casi una hora. No menos de dos horas para llegar a destino y de ahí al encuentro del chofer.
—Bien, Que sean dos horas. Más que suficiente. No lleve ropa. No lleve nada que pueda comprar. Allá nuestra gente le proveerá de todo. ¡Ah! Le pido un favor en nombre de El Mago de Oz.
—¿Qué favor?
—Trate de no ponerse en pedo hasta terminar con la encomienda. La Ciudad Esmeralda apreciaría que se conserve sobrio.
Prefirió no hacer ningún comentario. Estaba seguro de que, si decía una palabra de más, el esperpento lo molería a golpes hasta dejarlo algo más idiota que lo acostumbrado para vengarse de sus burlas. Saludó y se escabulló hacia la salida por el largo pasillo por el que había llegado a la entrevista. Antes de dejar el tugurio, el monstruo le entregó un sobre, tal como se lo había anunciado la sombra.
***
No podía imaginar peor encomienda. Viajar durante horas y luego cumplir su misión vigilado por un chofer de La Ciudad Esmeralda era lo que menos podía desear. No había nada peor que un chofer de la red. Esperar que el mozo de un bar cualunque, donde suelen arreglarse algunos negocios turbios, busque el modo de escuchar una conversación para luego revelarla a sus verdaderos jefes, era algo natural. Salvo que el mozo fuera sordo o idiota, escuchar las conversaciones ajenas estaba incorporado al ADN de esos servidores. Aprendió que siempre es saludable dejarles a los mozos muy buenas propinas. No era el antídoto perfecto, pero podía ayudarlo a olvidar algún fragmento de lo que había escuchado. Que un chofer de taxi no fuera sino un policía haciendo extras, mejorando en algo sus ingresos y prestando atención por si pescaba que llevaba a un fulano que valdría la pena delatar, era también esperable. Por eso también aprendió que a los choferes de taxi había que darles buenas propinas.
Pero los choferes de la red eran de la peor calaña. Alcahuetes todos ellos. Muchos ni se preocupaban en disimular en algo su misión de delatores. Le hacían notar a los vigilados que tomarían nota de todas sus conversaciones, de todos sus encuentros. Y ese no era el peor de sus defectos. Porque si su alcahuetería no resultaba lo esperable para sus superiores, eran capaces de inventar cualquier historia con tal de conformarlos. Eso derivaba en muchas ocasiones en las peores consecuencias para los desgraciados denunciados. Esto va a ser un gran quilombo, se convencía a sí mismo de la dificultad en que lo habían metido. Un pueblo perdido lleno de periodistas. Qué peor combinación. Y todo por un pendejo que no pesaba más de quince kilos.
Supuso que en un pueblo tan pequeño, la desaparición del niño se supo de inmediato. Era imposible que así no fuera. Que apenas corrió la voz, encendió la alarma y todo el villorrio se lanzó a buscarlo. Donde nunca ocurre nada extraordinario, la desaparición de un niño como si se lo hubiese tragado la tierra o se hubiese evaporado, era un verdadero acontecimiento. Seguro que hasta la maldita policía se vio obligada a simular sincera preocupación. Y sin pedirlo ni esperarlo, vaya a saber mandados por quién, llegaron en manada los periodistas, los malditos periodistas, a meter sus podridas narices en la mierda. ¿Si uno revuelve mierda, qué espera oler?
Recién cuando abordó el tercer y último taxi le echó un vistazo al contenido del sobre que el amorfo le dio antes de salir del aguantadero. Había unas cuantas hojas mecanografiadas y dos fotos. Una del niño, que ya había visto. La otra, supuso bien, era del chofer que debía llevarlo a destino.
Cuando llegó a su guarida, sobre una mesita ratona repartió los papeles que llevaba en el sobre. Luego encendió el televisor. Tenía un tiempo antes de salir para dirigirse al auto que lo esperaba para el largo viaje. Pasó de un canal a otro. El zapping le devolvió la misma escena: periodistas hablando y hablando del niño desaparecido. Hablando sin decir nada. Elucubrando. Los vecinos revoloteando detrás de las cámaras. Pajarones embobados que ya se veían reconocidos por millones de televidentes. Revisó con atención los papeles; no revelaban nada extraordinario. No pudo evitar reparar en el nombre del chofer: Milton Centeno. Exclamó: no me jodan. Nadie puede llamarse Milton. Nadie en este puto mundo se puede llamar de ese modo. Debe ser una joda. Milton. Hasta creía que ese nombre no existía realmente. Era un invento del monstruo que lo recibió en el aguantadero. Solo un tipo con un ojo puede imaginar un nombre así. Y el apellido “Centeno”, ni hablar. ¿No fue el buchón que mandó en cana a medio empresariado? Milton Centeno. Se convenció de que si la cosa venía mal, nombre y apellido no podían ser sino de peor augurio.
Para males mayores, no podía ni probar una gota de whisky. Tantas lindas botellas de Glenfarclas 25 Años en la bodeguita y no poder probar ni un sorbo. A esa altura, le resultaba difícil decidir cuál era la peor noticia de ese día. Volvió a la televisión. Si no tienes consuelo, entonces amárgate definitivamente, mira la tele y sufre.
***
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