Partitura de Tamuz

Por la música, misteriosa forma del tiempo,

los días hablan unos a otros en partituras.

El jueves conversa con el viernes,

el viernes responde con notas quebradas,

y el miércoles devuelve un eco de metales y sirenas.

HaYom Jamishí,

veinticuatro de Tamuz del año cinco mil setecientos ochenta y seis.

Desde esta trinchera escribo.

No desde un palacio,

sino desde una de las cuarenta y dos estaciones del camino.

El tres de julio

extraños entraron en la morada de mi hermano.

No les bastó tomar las cosas;

arrojaron sus vestidos al suelo,

como si quisieran sembrar humillación

además de la pérdida.

Entonces recordé al salmista:

«Busqué consoladores y no los hubo.»

Y cuando aún el polvo del robo permanecía sobre el corazón,

llegó el octavo día de julio.

Un golpe por detrás,

un estruendo en la carretera,

un compañero proyectado por el aire,

y la sombra de una tragedia pasando a pocos centímetros.

El que provocó el caos huyó.

Como los antiguos opresores,

desapareció entre el ruido de la ciudad,

dejando preguntas sin responder.

Pero el Dios de Israel

anota las estaciones de los hombres

como anotó los viajes de Israel.

Nada se pierde en Su memoria.

Ni una lágrima.

Ni una injusticia.

Ni un vestido arrojado al suelo.

Ni el instante en que un hombre calló por temor,

mientras otro escapaba de su responsabilidad.

Tú conoces su nombre,

Dios de Abraham, Isaac y Jacob.

Nosotros soltamos el peso.

Lo dejamos en Tus manos.

Porque los jueces de la tierra pueden ignorar,

pero el Juez de toda la tierra ve.

Y porque toda partitura termina resolviendo

la tensión de sus acordes.

Amén.

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