De un golpe, abro los ojos, como si hubiese despertado de una horrible pesadilla. Respiro por la boca y trago saliva con dificultad en lo que trato de habituarme a mi nuevo alrededor. Aún me encuentro inquieto, más que nada porque no reconozco el lugar. Todo es tan… monocromático.
A mi derecha se encuentra Theodore. Luce tan inmutable como la primera vez que nos vimos. Cuando trato de moverme, reparo en las correas que me atan con fuerza a la camilla donde estoy recostado.
—¿Dónde está Astra? —le exijo, sintiendo una punzada de dolor en la cabeza.
—No te preocupes por ella. Está bien. El temblor provocó que los protocolos de transporte a K-L8 se adelantaran.
Mientras habla, toma una jeringa metálica que contiene un líquido púrpura de aspecto inquietante.
—¿Qué es eso?
No puedo apartar la vista de la aguja. El miedo se aferra a todas mis esperanzas con la crueldad de unas filosas garras.
—Es el compuesto que te ayudará a ingresar al sueño criogénico. Cuando despiertes, estarás en tu nuevo hogar —sonríe. Logro advertir un ligero titubeo que me genera desconfianza—. Tranquilo, volverás a verla. Te lo prometo.
Theodore se acerca a mi cuello y yo comienzo a retorcerme contra las correas entre suspiros intranquilos. ¿Será verdad lo que dice? ¿Me dará la oportunidad de vivir mi propia vida? ¿Qué habrá pasado con Astra? ¿Estará bien?
Puede ser que muera en este instante. Puede que todo haya sido una mentira cuidadosamente planeada desde el principio. Tal vez nuestro despertar nunca fue un accidente; tal vez solo formaba parte de otra prueba. Un experimento diseñado para observar nuestras reacciones, modificar patrones y perfeccionar a los próximos Astra y Theo.
O quizá estoy pensando demasiado. Quizá sigo soñando.
Siento el piquete de la aguja hundirse en mi cuello. El líquido invade mi organismo y, lentamente, la realidad me desampara. En mi mente, el rostro de mis padres se desintegra, las calles de Gemina se esfuman con un soplido, la rutina del trabajo se convierte en polvo gris y el atardecer se pierde entre cortinas desvaídas. Recuerdo tras recuerdo, Theodore me los arranca con la misma facilidad con la que me los implantó.
Mientras la oscuridad me devora, me aferro a una única certeza: si Astra sigue viva, la encontraré.
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