Alejandra era una enfermera con poco más de treinta años. Vivía en un pueblo pequeño, a la orilla del Orinoco; un lugar cuya vegetación y fauna variaban entre el llano y la selva. Donde el misticismo, producto de la exuberante naturaleza, de las leyendas propias de los pueblos llaneros y del mimetismo entre las costumbres aborígenes y el cristianismo, convertía a esa población en un lugar mágico de difícil comprensión para cualquier visitante.
En este entorno Alejandra destacaba. Ella se dedicaba de lleno a su trabajo, pero también al cuidado de sus padres. En el pueblo, como todos conocían su dedicación y su espíritu noble, le tenían una fe ciega a sus conocimientos médicos, por lo que sus diagnósticos y recetas eran más atendidas que los del mismo facultativo.
Ella, una simple enfermera no titulada, era la primera persona a la que se le consultaba. Su día a día giraba en torno a la atención de los pacientes en el ambulatorio o en su propia casa, además del cuidado de su familia. No tenía vicios ni se le había visto ninguna afición salvo el trabajo. No tenía novio conocido. La única actividad social que realizaba consistía en asistir al culto evangélico a escuchar la palabra. Era, como quien dice, una mujer de su casa.
A lo largo de su vida solo se le conoció una posible pareja sentimental. De eso hacía casi diez años y, a la vista de todos, era una relación desapasionada, fría, sin ningún sabor. Parecía que fueran dos amigos hablando en el porche de la casa y no dos personas enamoradas. El pretendiente la visitaba con cierta frecuencia y varias veces a la semana salían al malecón a tomar helado. Pero estas visitas y paseos siempre eran en compañía de algún chaperón. Nunca estuvieron solos y poca gente los vio dándose muestras de cariño; sin embargo, él estaba dispuesto a casarse con ella. Al final se separaron porque el novio quería irse a la ciudad, soñaba con una nueva vida y aspiraba a que ambos iniciaran una familia lejos de las carencias del pueblo. Por el contrario, ella quería seguir en su comunidad y no tenía intención de dejar a su familia.
Su apego a los suyos siempre fue grande. Tanto es así, que, al salir de bachillerato, con muy buenas notas, por cierto, pese al consejo de amigos y familiares que querían verla de médico o al menos de licenciada en enfermería, declinó la idea de ir a la universidad porque eso significaba iniciar una nueva vida. Prefirió hacer un cursito ahí mismo como auxiliar de enfermería y, al terminarlo, se quedó trabajando en el ambulatorio. Todos la vieron como una muchacha sin ambición, pero la realidad es que ella quería una vida simple.
Con poco más de treinta años cumplidos, Alejandra, la hija modelo, la ferviente religiosa, la que se dedicaba en cuerpo y alma a sus padres, hermanos y sobrinos, les notificó a todos que estaba embarazada. La sorpresa fue mayúscula. Todos pensaron que ella se iba a quedar solterona. El embarazo fue un duro golpe para la familia, más aún porque Alejandra no quiso revelar la identidad del padre. Sus hermanos indagaron entre los vecinos, pero se dieron cuenta de que nadie había observado a Alejandra con ningún hombre, salvo con el pastor evangélico, un anciano de casi ochenta años, y con el médico. Sobre este sospecharon, pero al poco dejaron de seguirlo porque se dieron cuenta de su integridad e incluso sospecharon, erróneamente, que tenía ciertas inclinaciones por los de su mismo sexo.
Alejandra no dio explicaciones. Lo que sí dijo fue que iba a criar sola a su hijo si la familia la rechazaba. Finalmente, no la rechazaron. Tuvo su niño y nunca fue tan feliz ni un niño recibió tanto amor.
Con este nacimiento, tanto en su pueblo como en las localidades vecinas, se empezó a correr la voz de una virgen que tuvo un niño, de un nacimiento inmaculado, del parto de una santa. La figura de Alejandra llegó a los altares de las casas, sobre todo entre la gente pobre y quienes vivían en los rincones más aislados de la llanura y de la selva. Para esta gente, más creyente en chamanes y espíritus, Alejandra significó la encarnación de esa virgen de la que hablaban los sacerdotes y misioneros. Ella era la prueba de que esa historia, sucedida hace dos mil años y en una región desconocida, era cierta.
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