FRACCION
Una vez concluidos los ratos de piel con “mis princesas” como él titulaba a escondidas los sudorosos revolcones de piernas y vientres que se otorgaba, les exigía tiernamente como testimonio del encuentro, una prenda íntima a su elección, a cambio de ese gesto, en contraparte él les obsequiaba coloridas pañoletas de seda que el mismo compraba de los históricos bazares de Estambul. Agregaba una etiqueta engomada a cada braga, a cada brassiere, registrando con pulcritud fecha y nombre de pila de la dueña, además de una estricta calificación, precisando las bondades del encuentro en una escala de palotes que él mismo inventó.
En las noches que lo atravesaba la nostalgia, sumergía la cabeza en el baúl de sus recuerdos, olfateando prenda por prenda, repasándolas con los ojos cerrados, acercando el promontorio que tenía por nariz hasta quedar colmados sus receptores olfativos y no restara espacio alguno en ellos más que la propia esencia de sus princesas, olía disciplinadamente primero con el orificio izquierdo luego con el derecho, dedicándole todo el tiempo del mundo al juego de la adivinanza consigo mismo, tentando el acierto de la identidad de la propietaria, sujetando entre sus manos en todo momento el lubricante objeto de lencería escogido al azar.
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