La lluvia no cesaba en una ciudad que nunca dormía, pero no por la excesiva vida y actividad de sus ciudadanos, sino por el ruido constante de los drones patrulleros. Las fábricas de prótesis cibernéticas y el bullicio de la desesperación humana. En esta urbe de acero oxidado y luces cegadoras, los que no eran «mejorados», por así decirlo, eran relegados a la marginalidad social. Salvo si contaban con un implante, un exoesqueleto o un chip de mejora cognitiva, en caso contrario no existían para el sistema. Para Rhett Sylvane, este mundo era un diario castigo. Había nacido con un trastorno neuromuscular que lo dejó con movilidad limitada en sus piernas. Durante años, fue invisible en una sociedad obsesionada con la perfección física y la productividad, lo que otros podían sacar de ti. No podía correr, no podía pelear en los cuadriláteros de boxeo cibernéticos que estaban de moda, y no podía costearse los implantes que «solucionarían» su condición. Pero podía tocar la guitarra. La música era su refugio, la única arma que este mundo le dejaba para defenderse. Con una guitarra eléctrica modificada, tocaba en los callejones y plazas olvidadas de la ciudad, su sonido resonaba como un grito de protesta contra un mundo que lo había abandonado. La ciudad lo conocía como «Azul», un apodo que surgió tanto por el fulgor de las luces que rodeaban con su guitarra como por su estilo de lucha improvisado: rápido, impredecible, y siempre con un aire fantasmal, que usaba para defenderse de truanes y bandidos que abusaban de él y su discapacidad.
La verdadera oscuridad no era el cielo perpetuamente cubierto de smog, sino el cártel tecnológico que monopolizaba la fabricación de prótesis y dispositivos de mejora. Liderado por Krell Solmara, un hombre que había reemplazado casi todo su cuerpo con cibernética avanzada, el cártel gobernaba con mano de hierro. Era el otro lado que sacaba el resentimiento por la discapacidad, era “me hicieron daño, yo tengo derecho a hacer daño” y para eso creaba prótesis a las que cobraba cantidades exorbitantes de dinero para tener algo que nunca tuvo, poder económico. Ya para Krell, la perfección física y mental no era solo un ideal: era una herramienta de control. El cartel no solo suministraba los implantes; también traficaba con drogas que muchos usaban y con las que esclavizaba sus mentes. Cualquier persona que no cumpliera con los estándares de productividad era «mejorada» a la fuerza, convirtiéndose en una pieza más del engranaje que sostenía la maquinaria del cártel. Rhett había perdido a su hermana Lyra de esa forma. Un brillante hacker que se había atrevido a rebelarse contra el sistema, Lyra había descubierto los secretos más oscuros de esta organización que se aprovechaba del sistema y de las necesidades de quienes no encajaban en él, al descubrirlo lo había pagado con su vida de manos de los matones del cartel. Sin embargo, antes de morir, logró encriptar un archivo con información crucial, un archivo que solo Rhett podía desbloquear.
Una noche, mientras tocaba en una plaza por unas monedas, Rhett fue interrumpido por una mujer de cabello blanco y un brazo cibernético que destellaba bajo la lluvia. Ciel Ashford, una ex-agente del gobierno, había estado siguiéndolo durante meses.
—»Rhett Sylvane» —dijo ella con voz firme—. «Necesito tu ayuda».
Él levantó la mirada. Sus lentes reflejaban los edificios y luces de la ciudad.
—»¿Qué puede necesitar alguien como tú de alguien como yo?».
—»Justicia» —responde Ciel, acercándose—. «Quiero destruir al cartel y sé que tienes lo que necesito».
A pesar de esta revelación, Rhett hace que esté confiando en la dama, cuando Ciel menciona a Lyra. Ella había trabajado brevemente con el joven hacker, y sabía del archivo encriptado. Pero para acceder a él, necesitaban infiltrarse en el corazón del cártel. Ciel le plantea un plan era suicida: entrar en el rascacielos central sede de la esta maligna organización, descargar los datos desde su núcleo principal y usar esa información para liberar las mentes esclavizadas. Pero Rhett no estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados, pero tampoco era tonto. Así que se ayuda de Echo, un androide con conciencia propia y una vieja amiga de Lyra, Rhett y Ciel, para sorpresa del músico, esto ya era merecedora de entregar al menos un 38% al 50% de confianza, comenzaron a preparar su incursión.
Mientras avanzaban, Rhett enfrenta no solo los peligros externos de deslizarse en un edificio bien vigilado o reducir guardias, también a sus propios miedos. Durante toda su vida, el mundo le había dicho que era «menos», que nunca podría ser un héroe. Pero cada paso, cada enfrentamiento, era una rebelión contra ese discurso que golpeaba su autoestima. En un momento, Rhett utilizó su guitarra como arma, emitiendo ondas sónicas que utilizaron las prótesis cibernéticas de los guardias que iban a abordarlo en un pasillo.
—»¿Quién necesita piernas perfectas cuando tienes esto?» —dijo, con una sonrisa que brillaba más que las luces de neón.
Después de deslizarse por toda la instalación durante varios minutos, llegaron al núcleo del cartel. Krell Solmara los esperaba, rodeado de guardias robots.
—»Un lisiado, una desertora y una máquina defectuosa». —Krell rió, su voz amplificada por un modulador—. «¿De verdad creen que pueden detenerme?».
En ese momento, la mujer de cabellos blancos no se dejó rendir antes las palabras de Krell; usó su brazo cibernético para enfrentarse cuerpo a cuerpo con los guardias, mientras Echo hackeaba los sistemas de seguridad. Rhett, aunque limitado físicamente, utilizó su guitarra para generar un campo electromagnético que desactivó a sus enemigos.
Cuando finalmente se enfrentó a Krell, Rhett recordó las palabras de Lyra: «No necesitas ser perfecto para ser poderoso. Solo necesitas ser tú».
Con un último acorde, canalizó toda la energía de su guitarra en un pulso sónico que desintegró los sistemas de Krell, dejándolo indefenso. Con Krell derrotado, Rhett y Ciel subieron los datos de Lyra al núcleo principal. Las mentes esclavizadas comenzaron a liberarse por medio de la influencia mental de las prótesis y sus microprocesadores. Por primera vez en años, sintió el peso de la opresión cibernética desvanecerse. Rhett, exhausto, miró el horizonte. La lluvia seguía cayendo, pero esta vez, parecía más limpia, más prometedora.
—»Por ti, Lyra» —murmuró, mientras su figura se desvanecía entre las sombras. La ciudad había despertado, pero la lucha por la igualdad estaba lejos de terminar.
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