La Elección de Rubén

La Elección de Rubén

salazarcuicar

11/02/2026

Encerrado en su cuarto Rubén leía libro tras libro. Pasaba el día entero devorando textos de historia, religión y de filosofía principalmente. En la mesa, sobre todo a la hora de la cena, se dedicaba a contarle a la familia todo lo que había aprendido en los libros. Sus relatos eran extensos y poco conocidos, porque a él le interesaba esa historia oculta, enigmática, poco estudiada. Cosas profundas para un muchacho que apenas llegaba a los catorce años.

Ya para ese entonces sabía de los privilegios a los que gozaba. Su familia era inmensamente rica: Vacaciones en sitios paradisíacos, asistencia a los mejores colegios; en fin, lo mejor del mundo estaba a su disposición. Todo lo que él pedía estaba a su alcance.

Aunado a esto, su familia era muy unida. Su padre y su madre siempre se preocupaban por mostrarle amor y darle cariño. Su hermano mayor era atento y lo cuidaba en extremo. Así que Rubén creció en una familia amorosa, preocupada por él, con valores; pero, además de eso, con mucho dinero, lo que podría representar un sueño hecho realidad para cualquier persona.

Sin embargo, no todo era color de rosa. Él nació con el síndrome del corazón izquierdo hipoplásico, lo que, a sus catorce años, lo había hecho pasar por tres cirugías paliativas para redirigir el flujo sanguíneo y que ahora, lo llevaba a estar a la espera de una operación para trasplante de corazón.

En esa espera por operarse, este joven empezó a tomar clases de meditación con un maestro budista; quería entrenar su mente para liberarse del sufrimiento. Rubén lo tenía todo, el amor de su familia, mucho dinero para darse todo tipo de lujos, pero le faltaba salud para disfrutar todos sus dones.

Meditando, elevando su mente, sintió que llegó hasta las alturas del mismísimo Dios. A él le expuso su sufrimiento, su enfermedad, la agonía de estar siempre bajo cuidados médicos, la incertidumbre de la operación, el impedimento de tener una vida normal como cualquier persona. Dios lo escuchó, pero le dijo que nada se podía hacer, esa fue su escogencia.

El día de la operación, Rubén estaba calmado, la meditación lo preparó para todo lo que vendría. Mientras su familia sufría en silencio, tratando de aparentar fortaleza mental ante el difícil trance por el que debía atravesar su hijo. Todos le dijeron que no iba a sentir nada. Dormiría tan profundamente que no recordaría ni el sueño; pero no fue exactamente así. Después de anestesia algo pasó.

—Préstame atención hijo, tú pediste esto— la voz se escuchó a lo lejos, como un eco perdido.

—¿Cómo voy a pedir sufrir así?

—Yo te di a escoger, te di esa elección. A muy pocos se las doy y tu fuiste seleccionado. Pudiste haber desechado escoger y tu vida seria como la de todos, un acertijo, una lucha por conseguir lo que quieren. Tu obtuviste lo que querías sin luchar, sin incertidumbre.

—Tengo dinero, tengo amor, pero mi cuerpo es muy frágil. ¿Cómo puedo hacer algo con este cuerpo tan maltrecho?

—Cuando hablamos la primera vez desechaste la salud. Creías que con dinero comprarías eso.

—Quiero vivir, quiero mi cuerpo en buen estado, quiero mi salud.

—Puedo hacer una excepción contigo, no quiero que mueras tan joven. Creo que tienes mucho potencial para este mundo. Te daré a escoger nuevamente. Elige dos de tres: Salud, dinero y amor. Tú tienes la palabra.

—Quiero salud, quiero dinero. Quiero hacer cosas buenas por el mundo. Quiero ser recordado y hacer buenas obras y para eso debo tener salud y dinero.

—Así será, tendrás esos dones para lo que desees.

Al despertar, se sintió igual. Tenía un recuerdo lejano de su conversación y se rió pensando en las locuras de la mente. En sus operaciones previas no le había pasado nada igual. Nunca había tenido una experiencia de ese tipo y se lo contó a su familia como un chiste.

En las consultas postoperatorias, los médicos estaban sorprendidos del funcionamiento del corazón del paciente. Era una mejoría increíble, única y milagrosa. La familia de Rubén, el cirujano y el mismo Rubén estaban felices. Era algo único lo que había sucedido, no había explicación para un caso como este.

La madre, de fe muy católica, ofreció promesas por la salud de su hijo desde que este nació y creía que su caso, era un milagro de San Judas Tadeo, el santo de los casos imposibles. Por eso, un año justo después de la operación, organizó una peregrinación de acción de gracia a La Iglesia de San Salvatore en Roma, la cual alberga una reliquia del brazo de San Judas Tadeo; un viaje espiritual que unió más aún a una familia que vivía la máxima felicidad, después de mucho tiempo.

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Treinta años después, luego de firmar los papeles de su tercer divorcio, Rubén pensó en la última vez que se sintió amado. El Presidente de la República alababa su gestión Corporativa, era respetado por la comunidad de sus colegas médicos, era querido por la sociedad debido a sus obras filantrópicas; en fin, era admirado por todos en general. Sin embargo, ni con todo el dinero, la reputación y la buena salud de la que gozaba, podía ser totalmente feliz. El no se sentía amado.

Ya no tenía padres, ni hermano. Los tres murieron cuando regresaban de viaje luego de visitar la Iglesia de San Salvatore. Treinta y cuatro sobrevivientes, incluyéndolo a él, y diecisiete fallecidos, entre los cuales estaban sus padres y su hermano. Desde ahí estuvo solo. Se entregó al estudio, a su carrera de médico y a la empresa que empezó a dirigir. A esta, con el tiempo, la convirtió en un emporio, la Corporación más grande del país y una de las más grandes del Continente. Sus Fundaciones benéficas fueron igual de imponentes y sus obras de caridad causaron admiración en todos; pero siempre le faltó ese impulso vital que solo da el amor.

Sus matrimonios fueron vacíos e infelices; pero el dinero le llovía a cántaros, la plata salía a borbotones en cuanta cosa invirtiera, así fuese lo más estúpido del mundo. Por eso era envidiado. Los problemas del corazón cesaron y su salud era inmejorable; sin embargo, pese a que recordaba levemente su experiencia en la operación, nunca la tomó en serio y menos aún vinculó ese hecho a lo que pasó con su vida.

Tratando de retomar el control de sus sentimientos, de elevar su alma y lograr una solución a su infelicidad, poniendo fin a la desgracia que vivía, regresó a la meditación. Después de varias semanas en ese proceso de sanación, consiguió ese estado de profunda paz interior, logró percibir la verdadera naturaleza de las cosas, alcanzó el “despertar”.

—Yo creía que los recuerdos de la operación era mi cerebro jugándome una broma.

—No, soy yo, esta es la tercera vez que hablo contigo. Algo has hecho para que esto suceda nuevamente. Me tienes intrigado, mejor dicho, la naturaleza de tu alma me tiene intrigado. ¿Cómo haces para elevarte hasta mi?

—¿Quién eres tú?¿Por qué controlas mi vida?

—Tú sabes quién soy. Por otro lado, yo no te controlo. El ser humano tiene libre albedrío; sin embargo, tú, más allá de eso, fuiste escogido y decidiste lo que querías. Concéntrate, lo debes recordar.

—Recuerdo más claramente ahora. Escogí tener salud y dinero y eso mató a mis padres. Muy dentro de mi lo sabía, ahora lo confirmo. Pero lo que escogí fue para hacer algo bueno por el mundo, ¿Por qué dejaste que me pasaran tantas cosas malas? Yo siempre me porté bien, fui buena persona. Hice muchas obras benéficas, doné a buenas causas, impulsé buenas causas.

—Tu escogiste. Yo no valoro si eres bueno o malo. Lo que acordamos hago que se cumpla.

—Pero eres Dios, eso es lo que haces. Valoras las acciones buenas y malas.

—Esos son funciones que ustedes me atribuyen. Yo doy dones, ustedes lo usan; pero su uso implica cosas buenas y cosas malas. Todo es una acción y una reacción y, a ti te lo dije claramente: Tienes amor, salud y dinero, puedes tener dos en abundancia; pero el otro te faltará.

—Quiero escoger de nuevo.

—El tiempo no regresará. Tus padres no regresarán.

—Tu eres omnipotente, todo lo puedes hacer.

—Nuevamente, esos “poderes” me los atribuyen ustedes; sin embargo, te elevaste hasta acá. De los cientos de miles de millones de personas que han poblado la tierra solo un puñado ha llegado hasta donde yo estoy. Solo por eso te voy a dar a escoger por tercera y definitiva vez.

—Quiero tener amor y quiero salud.

—Lo tendrás. ¿Sabes que pasará con el dinero?

—Lo sé, lo asumo y lo acepto.

—Así será.

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En su lecho de muerte, Rubén estaba acompañado por su esposa, dos hijos y dos nietos. Moría en paz, en tranquilidad. Perdió su fortuna. La Corporación que dirigía había quebrado hace ya cuarenta años. Él mismo paso un año preso acusado de un fraude contable masivo y de mala gestión; pero al salir, pudo seguir ejerciendo la medicina. Vivió modestamente de eso; conoció a su esposa, enfermera del hospital público en el que trabajaba y con quien se casó para fundar una muy feliz familia.

A nadie contó su experiencia; sin embargo, les pregonó a sus hijos que lo importante en la vida era ser feliz. Para eso, lo necesario era tener personas a quien amar y que sean reciprocas en su amor; por último, les señaló la importancia de cuidar su salud, el estar sanos les permitiría vivir la vida a plenitud.

Finalmente expiró, su conciencia estaba en paz, ya conocía a Dios y creía ganarse el cielo, el paraíso; sin embargo, no pasaría nada de lo que él esperaba

—Dios, estoy de nuevo frente a ti, creo que cumplí lo que te prometí. Fui buen hombre con dinero, sin dinero, con amor, sin amor, con salud y sin salud.

—No sé qué quieres decir. Yo te envié al mundo para que fueses libre, para que experimentaras, para que sintieras y VIVIERAS. Tu pactaste con el diablo, con Belcebú, con Mefistófeles, con Satanás. Lo mismo que hicieron Fausto, Dorian Gray y el Conde de Saint Germain.

—Pero si yo hablé contigo, tú me diste tres opciones: Salud, amor y dinero. Yo tenía que escoger dos. Debes recordar eso.

—Yo nunca te di opciones. Yo te tenía como un alma pura y fuiste tentado y engañado. El Diablo conocía de tu corazón ambicioso y lo explotó. Ganó tu alma. El ser humano va al mundo en blanco. Va dispuesto a poner a prueba su alma y con ello a aprender de la vida para que regrese al padre habiendo amado, sufrido, disfrutado y también habiendo soportado las tentaciones que se le presenten. Eso lo elevará a otro plano. Tú no pudiste con las tentaciones.

—Traté de portarme bien. Quizás fui engañado, pero pensé que eras tú. A lo largo de mi vida hice las cosas pensando en ti y en tu misericordia. Yo creo en un Dios misericordioso que sabe como es mi corazón y mi alma.

Rubén sintió el alma compungida, quería llorar, pero no podía. La voz del creador no se escuchó más, el alma eterna del hombre se fue desvaneciendo, la incertidumbre de la eternidad estaba frente a él, ya no tenía conciencia, pero muy en el fondo la voz de Dios la escuchó lejana:

-Dios es amor, tienes un reinicio…

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