Al final de la década de los 70, una familia singular, de origen sin duda italiano, hizo irrupción en nuestro barrio popular. Llegaron tal como se fueron: sin muebles ni cajas de trastes; sin saludos de bienvenida ni grandes abrazos de despedida; sin pasado, sin futuro. Desde ese entonces, la paz desapareció de nuestras vidas y, hoy aún, un dolor perenne nos agobia el alma herida.
Vivíamos en un sector de la ciudad relativamente tranquilo. La mayoría de los habitantes provenían del mundo obrero, lo cual suponía que madre y padre trabajaran para asegurar el sustento del hogar. Las familias eran numerosas: entre seis y cuatro hijos, no menos. Grupos de jóvenes se formaban de manera natural, por la edad, por el deporte favorito. Como el origen socioeconómico era similar, los conflictos de juego y amoríos se resolvían con facilidad y poca violencia. Existía también una relativa libertad, ligada a la jornada de estudios, que dejaba toda la tarde de asueto a los estudiantes, tanto de la primaria como de la secundaria.
Jugaban al fútbol en la calle decenas de muchachitos y los adolescentes se paseaban en los parques en busca de una flor. Al final de la tarde, todo el mundo se apresuraba a entrar a sus casas, a la espera de los padres que regresaban de la jornada de labores. Las familias se sentaban entonces alrededor de la mesa, donde tomaban la sopa humeante, hecha con muchas legumbres frescas y poca proteína. Luego se contaban todas las peripecias vividas en la escuela, en la calle, en el trabajo y, al final, después de realizar cada uno sus quehaceres diarios, descansaban tranquilos en sus lechos hasta el otro día.
Parecía, y de cierta manera lo era, un mundo feliz.
La nueva familia colombo italiana se había instalado en el segundo piso de uno de los 42 edificios que constituían el barrio. Se sumaban, pues, a los cerca de cinco mil habitantes censados.
Es necesario aclarar que, antes de su llegada, el mundo feliz tan idealizado por todos había comenzado a nublarse. La producción de mariguana guajira en el país había explotado en los últimos diez años, y algunos jóvenes comenzaban a consumirla con frecuencia, sobre todo en esas tardes de recreo cotidianas. Sin embargo, era un consumo marginal, discreto, y la compraventa se realizaba lejos de nuestro sector.
La joven jefa del hogar de la nueva familia era una madre abandonada y, sin duda, olvidada por el padre extranjero de sus tres hijos. Solo sirvió para preñarla, decían con palabras soeces las malas lenguas. La verdad es que nunca lo vimos por estos lares, aunque se hablaba regularmente de él, sobre todo en los círculos de esas gentes que gustan desteñir la reputación del otro.
La nueva vecina, pues, era una mujer misteriosa, elegante y, definitivamente, bella. Su voz era potente, muy femenina, pero suficientemente grave como para asustar a sus muchachos cuando les daba órdenes desde la ventana del piso en que vivían. Estos regresaban a casa, ipso facto, con el rabo entre las piernas, a pesar de ser ya unos grandulones, por lo menos en lo que se refiere a los dos mayores.
Adelina vestía faldas aireadas en hilo estampado de flores multicolor. En las mañanas, cuando salía de su apartamento, su cabellera negra, húmeda y brillante, le concedía una frescura matinal despampanante. Los hombres la admiraban, la cortejaban; las mujeres la temían, le envidiaban esa belleza hechicera que irradiaba su cuerpo al caminar y que dejaba sin aliento a los varones que desde las esquinas la observaban boquiabiertos al pasar.
Pero, con todo, nadie hubiera osado dudar de sus calidades de buena madre y de vecina cordial y amable.
El mayor de sus hijos, Yusepe, se acercaba a la edad adulta. Desde su llegada, impuso la moda de pasar el día en la esquina, a observar el mundo que pasa. Sus estudios debían limitarse a los primeros años de bachillerato, mal obtenidos, pues su léxico usual era de bajísimo grado. Alto y delgado, siempre bien vestido, ostentaba unos pectorales amenazantes, que contrastaban con su carita de maniquí y los ricitos de sus cabellos dorados. El “Caremuñeca” lo llamaban sus nuevos compinches, de los cuales se convirtió sin tardar en el macho dominante. Coqueteaba sin mucho carisma, pero con insaciable porfía. Muchas de las jovencitas de la cuadra cayeron en sus redes. Con el tiempo, el número de victorias se redujo considerablemente, debido tal vez al consumo cotidiano de alucinógenos de todo tipo, que junto con su hermano menor, Félix, había introducido hábilmente en el barrio, y que degradaron sin tardar su belleza natural.
Entre todas las muchachas caídas a sus pies, una sola permanecía fiel a sus amores. Bella y sana, Vicky parecía ser constante en sus estudios. Se le veía tomar el bus en las mañanas con su uniforme impecable de falda escocesa, blusa blanca y medias estiradas hasta las rodillas. Pero al final de la tarde, cuando regresaba de clases, en lugar de entrar a su casa, como todas las colegiales del barrio, se plantaba en la esquina del vicio, donde se besuqueaba durante horas, rodeada de todo el lumpen, con el que poco a poco se convertiría en un desecho humano.
Patricia, la hija del medio, amiga y compañera de estudios de Vicky, había heredado todo de su madre: la belleza, la simplicidad en el vestir, la frescura de sus gestos. Había ocasionado a su llegada una especie de terremoto entre los quinceañeros que la cortejaron durante meses, sin suceso alguno. Además, aborrecía la esquina, la cual consideraba como el centro de la perdición del barrio y de sus hermanos. Temía que Vicky terminara cayendo también en los vicios de Yusepe, y constantemente la llamaba desde su ventana para tratar de arrancarla al peligro inminente a que se exponía.
Pero la familia traía consigo un mal interior. El hijo menor, Félix, que ahora se sumaba al parche. Dicen que nunca había llorado, ni siquiera al nacer. Tenía la misma prestancia y los mismos rizos que su hermano mayor, pero sus cabellos eran negros. Los ojos oscuros e impenetrables y una nariz aguileña exagerada. Había una nota de tristeza en su rostro, aún infantil. Al parecer, habían huido de su último lugar de residencia a causa de él, pero no se sabía por qué razón. Se notaba además un malestar flagrante en las relaciones con su madre y sus hermanos. Los dominaba a todos. Decidía cuándo asistir a clases y a qué hora regresar de sus rondas nocturnas en el barrio. Por supuesto, pocas veces se le vio con un cuaderno y un lápiz y pensaba que El Renacuajo Paseador era una fábula de Walt Disney.
La esquina se convirtió rápidamente en el centro de distribución del vicio del barrio. Y es que era un barrio enorme. Muchos jóvenes venidos de todos los sectores circulaban, misteriosos, alrededor del “Caremuñeca”, quien distribuía las dosis de la nueva droga mortal que invadía la ciudad: el bazuco. Este veneno, exclusivamente para pobres, era un residuo de la cocaína, cuya producción comenzaba a reemplazar el comercio de la mariguana. Los gringos californianos habían arruinado a los marimberos guajiros.
Químicos de pacotilla mezclaban las sobras de la fabricación de la cocaína con cualquier tipo de sustancia. El efecto en los jóvenes era mortal y el poder adictivo era casi inmediato.
Circulaba también mucho dinero sucio. Los duros se paseaban en ruidosos bólidos y vestían prendas carísimas de marcas extranjeras. El negocio debía, además, producir lo suficiente para pagar la remesa al gran Barón del sector, un ser que nadie conocía, pero que todo el mundo temía.
En toda esta organización, un personaje que tomaba cada día más importancia era Félix. Antes de cumplir sus quince años, ya extorsionaba comerciantes y vecinos, por mandato directo del Barón. También aseguraba en las noches el suministro de los productos ilícitos al lumpen de la esquina y prácticamente le daba órdenes a Yusepe, quien seguía firme en su ruta suicida de la dependencia narcótica.
Los dos hermanos se habían instalado definitivamente en el nuevo comercio de las drogas, en tanto que los habitantes, acostumbrados a una tranquilidad que creían eterna, se despertaban a la realidad del nuevo mundo del narcotráfico, que habría de hundir en la miseria económica y moral al país, por toda la eternidad.
Los negocios iban bien. Tan bien que la policía comenzó a sentirse obligada a pegarle patadas al hormiguero, para dar muestras al vecindario de un tanto de autoridad. Ejecutaban de vez en cuando redadas nocturnas, en las que diez o más policías en moto llegaban por sorpresa y, efectivamente, espantaban a todo el mundo. En medio de la falsa algarabía, los dos duros y sus compinches se escapaban en segundos, pues era evidente que habían sido advertidos de la operación. La policía solo lograba arrestar a unos cuantos consumidores empedernidos, que soltaban la mañana siguiente y que regresaban al lugar tan rápido como se habían ido.
Las calles ya no eran tan seguras, sobre todo en las noches. Las familias comenzaron a encerrarse en sus casas al caer la tarde y, a los más jovencitos, se les prohibió participar en muchas actividades recreativas, sin la presencia de un mayor. La tranquilidad en el barrio se deterioró en muy poco tiempo y sin advertir a nadie, como una bomba de tiempo silenciosa, contaminó los espíritus y los cuerpos de los habitantes. Ya nadie jugaba microfútbol en las canchas del parque, y los campeonatos de básquetbol se redujeron a pequeños encuentros improvisados. La esquina había extendido sus actividades a todos los puntos donde hubiera jóvenes.
Comenzaron también a estallar rivalidades entre las diferentes esquinas del barrio. En esa lucha por el control y la venta de estupefacientes, Félix reveló sus cualidades de guerrero. En una ocasión, persiguió a uno de sus enemigos por todo el barrio. A la vista de todos, a plena luz del día, lo correteó empuñando un enorme cuchillo de cocina, que elevaba sin piedad mientras escupía horrores que reivindicaban su propiedad territorial y los derechos de exclusividad que, según él, le habían sido otorgados por el barón en su sector. Finalmente, la víctima, que tampoco era ninguna perita en dulce, huyó despavorida. Félix, sin la menor vergüenza y, por el contrario, muy orgulloso, regresó a su guarida mostrando a sus secuaces el arma ensangrentada.
A partir de ese día la familia se desfiguró. Patricia comenzó a vestirse con ropas provocadoras, aunque se mantenía lejos de las drogas. Vicky abandonó el colegio y le dedicó tiempo completo a Yusepe, quien, como estaba previsto, se desmoronaba.
Adelina, forzada por su nene Félix, y en parte también debido a la complicidad silenciosa de Yusepe, se vio obligada a aceptar las fiestas nocturnas en el apartamento. Allí se reunían con frecuencia los duros, junto a los mejores clientes. Se veían por las ventanas bocanadas de humo pestilente que envenenaban el aire, y el bum-bum de la música estridente ocultaba los gritos de los asistentes a la parranda orgiástica. El tráfico de drogas se realizaba allí mismo, a la vista y oído de todos los vecinos.
Todas las noches, Adelina se encerraba bajo llave en su habitación. Lloraba el final trágico de sus sueños de familia que, un día, al llegar a nuestro barrio, había pensado reconstruir. En la sala se escuchaba un bullicio incoherente. Como seres suspendidos al mundo irreal en el que los aprisionaba la droga y el alcohol, los entes deambulaban por la vivienda emitiendo chillidos que para ellos representaban cantos.
Vestida, con los oídos tapados bajo las cobijas, lista a levantarse en cualquier instante, Adelina piensa que han tocado el fondo del abismo. Desde hace varios días no sale a la calle. Ahora la gente la detesta, ya nadie osa lanzarle el menor piropo y, de todas maneras, su apartamento está en un estado de destrucción tal, que apenas si logra obtener agua para lavarse la cara en las mañanas.
Durante meses, el sueño de los vecinos no fue más que una pesadilla sin fin. Hasta que un día la lujuria se convirtió en tragedia. Esa madrugada, en la habitación de Patricia, una gritería estalló. Adelina, adormecida a pesar del ruido y los temores, reconoce la voz de su hija que aúlla sin cesar.
—La Pati es lo último que me queda de bien en esta vida, reflexiona.
En un esfuerzo sobrehumano, se precipita a la habitación contigua, empuja la puerta y, allí, perpleja, sin palabras, descubre a Félix tratando de abusar de su hermana. Sin pensarlo un instante, toma el primer objeto que encuentra y le atesta un golpe seco en la cabeza.
—!Maldito! ¡Degenerado!, le grita con su voz todavía imponente. En el mismo instante, Vicky, que se encuentra en medio de la escena, empuja a Félix, aún titubeante, y corre con su amiga agarrada de la mano fuera del apartamento. Lejos, muy lejos. Hasta que ya no ven el edificio. Félix se levanta, titubea, no se defiende. El garrotazo y la noche de farra lo han dejado, al fin, tirado en el piso.
Aquel día la fiesta del segundo piso se calló muy temprano. Hacia las siete de la mañana, los vecinos fueron despertados por las sirenas de las patrullas de policía y los gritos de Adelina, que se desahogaba de una vida de sufrimientos constantes, de una vida que la había acorralado, conducido a la mayor tragedia que pueda vivir una madre.
La policía iba y venía sin dar explicación alguna. Un grupito de chismosos tempraneros se acumuló delante de la puerta del edificio. Los rumores no faltaban, pero los que estaban muy bien informados, decían que alguien había muerto.
-!Tenía que suceder! ¡Era solo cuestión de tiempo!, decían.
Poco después se abrían paso, entre el nutrido grupo de curiosos, dos hombres que portaban una camilla con el cuerpo del muerto, cubierto por una sábana blanca. La noticia se regó pronto. ¡Es Félix, es Félix!, gritaron todos, casi alegres. Muy pocos dijeron, pobrecito.
Adelina salió lívida del edificio. Sus hermosos cabellos negros, ahora desordenados, habían perdido su hechizo. Vestía uno de sus coloridos vestidos de hilo, ahora ajado, y sus ojos expresaban un vacío lúgubre. Se la llevaron esposada, acusada de la muerte de su hijo.
Patricia, Yusepe y Vicky desaparecieron del barrio. La esquina fue atribuida rápidamente a un nuevo Félix, y nosotros aprendimos a vivir en el miedo y la inseguridad que se instalaron por siempre en todos los sectores de la ciudad.
En esta nuestra historia, muchos jovencitos perdieron su futuro y nosotros, los viejos, nos quedamos aferrados a un pasado que no volverá nunca jamás.
Relato publicado originalmente en mi blog: alfilodelosdias.com
OPINIONES Y COMENTARIOS