Bernardino Casi Miro
La madre y los tres hermanos, como hacíamos cada tanto, íbamos de viaje al pueblo en el que vivían sus tías y tíos. Tías abuelas y tíos abuelos nuestros.
El pueblo al que nos dirigíamos no tenía nada de extraordinario. Los pueblos de la provincia son todos más o menos iguales. Son pequeños. Son pobres. Muchos viejos y pocos jóvenes, porque no hay mucho de qué ocuparse. Los viejos viven de sus magras jubilaciones o pensiones. Los jóvenes buscan mejores horizontes en las ciudades. Los viejos pasan muchas horas en el club de bochas, las viejas tejiendo, elaborando dulces, atendiendo la limpieza de las casas. Lavando ropa. Persiguiendo lauchas. Ir al pueblo donde vivían tías y tíos maternos era una obligación que se nos había impuesto, pero no sabíamos por qué. No importaba si la visita a esos parientes resultaba aburrida y anodina, algo que, por otra parte, no podía ser de otro modo para tres niños de la ciudad.
Vivían allí dos tías y dos tíos maternos. Edelmira y Delicia, Arturo y Francisco. También el tío muerto que hablaba con su esposa, Edelmira.
Debíamos visitarlos porque los lazos familiares lo imponían. Así nos habían educado. “La sangre, la sangre”, nos repetían todos los parientes. La sangre, un imperativo. Respeta tu sangre. La sangre tira como la cabra al monte. Era una sentencia que se nos repetía una y otra vez.
Aunque todos los parientes de nuestra familia se detestaban con mayor o menor intensidad, había que conservar los lazos familiares. Lo mismo ocurría con esos viejos. En algún momento de la estadía, inevitablemente, surgían toda clase de reproches entre mi madre y ellos y entre ellos mismos. Todos, unos contra otros. La pelea era el anuncio de nuestra partida. Cuando la contienda llegaba a su fin, y no había más insultos que decirse, no quedaba más que empacar y marcharse. Un tiempo después, volveríamos y repetiríamos el mismo comportamiento.
El viaje duraba algo más de dos horas. Primero viajábamos en colectivo hasta una estación de tren que siempre estaba vacía. Nunca supimos por qué no topábamos nunca con otros viajeros. Allí tomábamos el tren. La mayoría de las veces debíamos esperar por largos minutos para poder abordarlos. No cumplían con los horarios anunciados. Casi nunca conseguíamos asientos disponibles, que, por otra parte, los que había no eran para nada cómodos. Y no era porque hubiese muchos viajeros. Nada de eso. Tanto el colectivo como el tren transportaban pocos pasajeros. Pero sus asientos o estaban casi todos rotos o habían sido retirados. Solo algunos afortunados, de los pocos que hacíamos el viaje, encontraban una butaca más o menos en condiciones donde acomodar su osamenta.
Al viaje, entonces, se le sumaban las tediosas esperas y la incomodidad de hacer todo el trayecto parados, acompañando los sacudones en el colectivo y el traqueteo monótono en el tren. En verano soportábamos el bochorno del mediodía. En invierno, el viento helado que entumecía las manos, anuncio de indeseables sabañones.
Llegábamos a destino. Descendíamos del tren a las apuradas, aunque no había ninguna razón para ello. El tren permanecía en el andén durante largos minutos. Pero apurarse era parte de la ceremonia del viaje. Nuestro equipaje era escaso; no había mucho que llevar. Pocas mudas de ropa, enseres para la higiene personal y alguna chuchería de regalo. Eso era todo.
Caminábamos por el largo andén hasta la primera calle de tierra. De la estación de tren a la casa había unas diez cuadras de más o menos cien metros de largo cada una. A cada lado de la calle, altísimos álamos se elevaban al cielo. Movidos por el viento, hacían un ruido muy peculiar. Era un canto que alternaba sonidos graves y profundos con agudos silbidos. Parecían hablar entre ellos. Un idioma incomprensible, al menos para nosotros. ¿Los lugareños sabrían de qué hablaban los altos álamos? ¿Cómo saberlo?
Los álamos daban una sombra espesa que, curiosamente, no resultaba protectora. Se la sentía como un gran peso sobre nuestras cabezas y hombros, que pugnaba por estrujarnos contra el polvo en la calle terrosa. Entonces, los peculiares sonidos que producían sus frondosas copas y fuertes ramas se hacían más intensos. Soportar ese peso de la sombra no admitía excusas. Si eras de la familia, lo soportabas sin queja.
Una gruesa capa de polvo cubría toda la calle. Llovía muy de vez en cuando en el pueblo. La tierra, por lo general, estaba reseca. Era una capa de unos diez centímetros de espesor. Por ella iban y venían unos pequeños insectos de color verde metalizado. Iban y venían todo lo rápido que se lo permitían sus numerosas pero diminutas patas. Nunca se sabía de dónde salían y a dónde se dirigían. Se solía comparar a los insectos con los habitantes del pueblo que mostraban un comportamiento semejante, yendo y viniendo, sin saberse de qué casa salían ni cuál era su destino.
Cuando soplaba el viento oeste, el polvo se alzaba por encima de las personas por más de un metro. La densa columna de polvo no alcanzaba nunca la altura de los árboles, pero quienes quedaban envueltos por él parecían desaparecer.
En esos momentos casi no se podía respirar. El viento se pegaba en las mucosas nasales y entraba por la boca a la garganta y llenaba los pulmones haciendo una pasta oscura. Durante varios días escupíamos esa pasta oscura. Nuestros pulmones lidiaban por liberarse de ese menjunje de tierra y moco. Para acelerar la expulsión de ese barrito repugnante, los más viejos nos obligaban a beber un brebaje asqueroso que, según ellos, ayudaba a limpiar el cuerpo de todas las inmundicias que enfermaban nuestros cuerpos. Nunca, nadie, se negó a beber la rara infusión. Era como comulgar en la misa. Se lo bebía de un trago y luego hacíamos la señal de la cruz, encomendándonos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.
Llegábamos al viejo chalet que estaba algo en ruinas. La antigua construcción incluía una planta baja y un primer piso. En la planta baja estaban las habitaciones de las tías y un gran comedor que nunca se usaba. En la planta alta estaban las habitaciones de los tíos. En cada piso había un baño amplio, aunque no muy limpio. El más sucio era el de los hombres. El olor al orín era penetrante.
El frente de la casa tenía cuatro ventanas. Dos abajo y dos arriba. En medio de las ventanas de la planta baja, la puerta de entrada que siempre permaneció cerrada con candado, impidiendo que se entrara o saliera por ella.
Nadie salía a recibirnos, aunque se podía jurar que alguien nos observaba sin quitarnos la vista de encima. Esa mirada se sentía tanto como las densas sombras de los álamos sobre nuestras cabezas y espaldas.
Por un camino hecho con viejos ladrillos, rodeábamos la casa hasta llegar a la entrada de la cocina comedor. Era una puerta ciega, de lata oxidada. En algún tiempo la cubrió una pintura verde. Verde inglés, decían los más tíos. Nos movía a risa imaginar un inglés verde. Una especie de gnomo borracho invadiendo a sus vecinos para contrabandear mercaderías baratas y esclavizar a su pueblo. ¡Verde inglés! Ridículos piratas.
La cocina comedor era amplia, sucia y oscura. El olor de la leña quemándose con cáscaras de naranja era un olor único. La misma mesa de siempre con su mantel de hule engrasado y en medio un gran plato blanco de loza. Era lo único blanco y radiante de todo ese ambiente. Tal vez de toda la casa.
Rodeando la mesa, las mismas ocho sillas de mimbre negras de mugre. En un extremo de la cocina, la salamandra con la leña ardiendo en su interior, fuera invierno o verano, y sobre el hierro candente las cáscaras de naranjas achicharrándose. En el otro extremo, la batea a la que ya no le quedaban más que dos o tres pedazos de azulejos. Solo entonces aparecía la tía más vieja, Edelmira, conocida en el pueblo como Mira. Tía Mire. Otros preferían llamarla Tía Ede. Petisa y algo regordeta, parecía llevar un gran peso sobre los hombros como el de la sombra de los altos álamos pueblerinos. Sus piernas estaban llenas de gordas várices. Siempre decía que eran el recuerdo que le había quedado de coser a máquina durante más de catorce horas diarias durante meses y años, para la casa Gath&Chaves. Su edad no se podía calcular. Menos preguntar. Era, sin duda, la de peor malhumor de todos. Siempre adusta. Ninguna sonrisa. Nunca una palabra amorosa. Apenas nos veía, repetía la misma pregunta de siempre: “¿Otra vez acá?”. A lo que respondíamos a coro “sí”. Ese era el saludo.
Al presentarse, Edelmira llevaba entre sus brazos una enorme pava con la que iba hasta la batea y le cargaba agua. Luego, mirándonos por encima de su hombro, preguntaba: ¿mate? ¿Quién podía negarse? Invariablemente, la respuesta era “sí”. Caminaba hasta la salamandra y apoyaba la pava para calentar el agua. Las cáscaras resecas de naranja crujían aplastadas por el peso de la gran pava llena de agua. Pasaba de la cocina comedor a la también sucia y oscura antecocina, en la que había un destartalado aparador y la vieja heladera Siam. Del mueble rescataba la lata de bizcochos. Era una lata en la que, con cierta dificultad, aún se podía leer “Bizcochos Canale”. Regresaba, sacaba de la lata los bizcochos de grasa y los dejaba sobre el reluciente plato blanco de loza. Eran bizcochos caseros. Ella misma los amasaba. Edelmira detestaba recibir visitas y no poder convidar sus bizcochos de grasa. No amasaba más que bizcochos de grasa, ese era su único arte de panadería. Comer sus bizcochos era como comulgar. Le faltaba decir: este es el cuerpo de Cristo o de Edelmira; al caso, nadie notaría la diferencia. Tomad y comed todos de él, porque este es mi cuerpo que será entregado por vosotros.
Una vez que los bizcochos reposaban en el blanco plato de loza, había que acomodarse en las roñosas sillas y compartir el mate. Era una ceremonia algo desagradable. Edelmira no se babeaba, no escupía trozos de bizcocho cuando hablaba. Nada de eso. Pero nos resultaba detestable compartir el mate con ella. Era un sentimiento que compartíamos todos al observarla chupar con fuerza de la plateada pero carcomida bombilla. Mas nadie, nunca, se atrevió a decirlo. Hubiese resultado en un verdadero escándalo. Después de todo, la amarga Edelmira solo quería agasajarnos. A su forma. Malhumorada. Hasta gruñendo. Por ello amasaba sus bizcochos que, para no faltar a la verdad, eran realmente deliciosos.
Edelmira no tuvo hijos. Ella misma confesó que era estéril. Su esposo había muerto hacía muchos años. No tenía nombre. Era solo una muerte súbita. El cuento era que el hombre se acostó a dormir la siesta y allí quedó. Muerto. Tieso. Pero sonriendo. Vaya a saber en qué pensó en el momento de su muerte. Debió ser algo alegre o agradable y ello le dibujó una última sonrisa. Tal vez su esterilidad, tal vez su repentina viudez, eran las razones por las que siempre Edelmira estaba amargada.
Solo después de unas cuatro o cinco rondas de mate y bizcochos es que Edelmira se decidía a hablar. ¿Viajaron bien? Pregunta obligada. La respuesta, invariablemente, era siempre la misma. Sí. ¿Qué se podía contar de un viaje en colectivo y tren, algo a los tumbos, de pie, sufriendo calor o frío, de acuerdo con la estación del año en que hiciéramos el viaje? Había quien solía inventar historias para amenizar la mateada. Edelmira disfrutaba de algunas historias. No de todas. Pero las que incluían personajes extraños como mancos, jorobados o rengos, las gozaba. Ni hablar si se trataba de historias de adivinadores. Las historias de ciegos no le gustaban. A los tuertos los toleraba, pero no le gustaban para nada los ciegos. Los detestaba. Y eso que nunca había leído ni “El informe sobre ciegos” de Sábato ni el “Ensayo sobre la ceguera” de Saramago. Tampoco había sufrido un incidente con alguien ciego. Sencillamente, sentía aversión por ellos.
Edelmira sabía leer perfectamente, aunque solo había cursado la escuela primaria. En esa época, quien completaba del primero al sexto grado la escuela primaria, demostraba una gran voluntad y hasta cierta inteligencia. Muchos debían ir a trabajar a temprana edad. Nueve años era la edad en que muchos comenzaban a trabajar. El trabajo infantil no estaba prohibido; por el contrario, era muy requerido. Era más fácil que un niño consiguiera trabajo que un adulto. A los niños se les pagaba la mitad y trabajaban las mismas horas que los adultos. Doce, catorce y hasta dieciséis horas por día. De lunes a sábado. Los niños pobres eran descartables, igual que en la actualidad. Trabajaban el tiempo que su cuerpo les permitía hasta que desfallecían de hambre y cansancio. Algunos quedaban tullidos de por vida. Otros morían.
La escuela primaria les daba a sus estudiantes una formación interesante. A todos por igual. Todos con sus blancos delantales amparados en la ley 1420. Terminaban la escuela, sabiendo leer correctamente y escribiendo sin faltas de ortografía y con buena sintaxis. Cometer errores no era lo mejor que le podía ocurrir a una alumna o alumno. Tras la falla, o venía un reglazo en las yemas de los dedos de la mano culpable del error, o un buen coscorrón que solía dejar un chichón como recuerdo. Edelmira recordaba su época de estudiante con su blanco guardapolvo en la escuela primaria. Incluso recordaba algún que otro verso algo ridículo que le habían obligado a memorizar y recitar en las fiestas colegiales. Blanco guardapolvo, blanco como ese plato de loza reluciente que parecía iluminar el rostro de Edelmira cuando ella revolvía recuerdos de la infancia.
La escuela media estaba prohibida para los pobres o casi pobres. Entonces, casi todos eran pobres o casi pobres. Ricos los había, pero eran muy pocos. Los que tiraban manteca al techo y tenían la vaca atada. La universidad solo era para ricos, privilegiados y voluntariosos. Hasta los que eran algo estúpidos podían acceder a la universidad. Si no les alcanzaba con la inteligencia, les sobraba con el bolsillo. Algún título siempre se podía comprar. Sin embargo, la mayoría de los niños ricos eran haraganes, dispuestos a vivir de la fortuna familiar. Verdaderos parásitos. Inútiles importantes.
Al promediar la tertulia, Edelmira decía en tono de confidencia que había estado hablando con su esposo muerto. Nunca evitaba ese comentario. Agregaba estuve toda la tarde. Toda. ¿Con el muerto? ¡Sí! ¿Con quién si no? Toda la tarde hablando. ¿De qué hablaban? De aquello del otro mundo, porque ella quería saber más del otro mundo a donde descartaba que iría a parar cuando muriera. Pero el tío, según Edelmira, no solía entrar en detalles importantes de cómo eran sus días en ese mundo paralelo y tampoco de su paso del inframundo al mundo de los vivos. El inframundo no estaba a tanta distancia del mundo de los vivos, como Edelmira suponía. Una capa apenas por debajo de la realidad cotidiana. Una fisura del mundo del tío, al de la tía Edelmira, por donde se escurría para conversar con su viuda de cosas intrascendentes.
El recorrido del tío muerto, según Edelmira, comenzaba siempre por la cocina comedor, luego pasaba por la antecocina y no se privaba de revisar la heladera. Edelmira insistía en que el tío no soportaba pasar frente a la vieja Siam y no abrir su puerta para saber qué se estaba refrigerando en ese momento. Carne. Verdura. Alguna fruta. Soda. Esas cosas jamás faltaban, aunque nunca eran abundantes. El tío, según Edelmira, decía que el menú no era muy variado, a diferencia del que disfrutaba él. Edelmira no dijo jamás qué comidas disfrutaba su esposo muerto en el submundo que habitaba. Porque no lo sabía o prefería ocultarlo. O tal vez fuera solo un invento de la pobre vieja viuda y estéril, porque los muertos no comen nada; por el contrario, son devorados hasta los huesos por grandes y pequeños gusanos amantes de la carne muerta.
La viudez y la esterilidad son cosas que afectan la capacidad de discernir entre la realidad y la fantasía. Tío era una presencia incuestionable, insistía Edelmira. Pero nosotros no la sentíamos real. Para nada. Algunos hacíamos como si realmente creyéramos en esa historia absurda. Aunque el relato de Edelmira podía resultar convincente si lo tomaba a uno desprevenido. Mamá era la que menos toleraba las historias del muerto “qui parla”. Está muerto, Edelmira, tío está muerto, bien muerto. No vuelve de ningún lado. ¿Dónde lo ocultaste? ¿Bajo tu cama? ¿Lo sacás a la noche y lo ventilás en el jardín? Los muertos no vuelven de ningún lado. Ese era el comienzo de un largo debate sobre la vida terrenal y la espiritual.
Edelmira no soportaba la incredulidad de mamá. Hereje. Esa era la acusación. Atea de mierda. Cuando surgía de los labios de Edelmira la palabra atea, la discusión cambiaba de tono. Atea era una palabra terrible para Edelmira. Ella detestaba a los ateos, los detestaba con toda su fuerza. Pero más a aquellas mujeres que no habían llegado vírgenes al matrimonio. Mujeres que han abierto sus piernas a más de uno antes de contraer cristiano matrimonio. Mujeres hipócritas que van al altar vestidas de blanco como si pudieran engañar al santísimo Padre. Y mamá aseguraba que por eso ella no había querido casarse de blanco, pero su novio, nuestro padre, había insistido en que llevara vestido blanco para la ceremonia religiosa, a pesar de que ya había estado retozando dentro de la vagina de su novia, nuestra madre. Señalando a su hijo mayor, mamá afirmaba con cínica sonrisa. ¿No ves que de este siempre dijimos que era sietemesino, pero no nació antes de término, sino que me casé embarazada y por eso el vestido blanco de novia era una farsa?
Cuando mamá hablaba de su prematuro embarazo y la farsa de su pureza ante el altar vestida de blanco, a Edelmira el rostro se le encendía. Dejaba de hablar por pura prudencia. Si abría la boca, hubiese sido para insultar a su sobrina. Nuestra madre.
Edelmira nunca se atrevió a llamar puta a su sobrina, aunque así pensaba. No era aceptable hablar así de la hija de su hermana menor, nuestra abuela materna.
Cuando el debate entre mamá y Edelmira se hacía acalorado y las dos alzaban la voz, aparecía la otra tía, de nombre Delicia. Delicia venía en auxilio de nuestra madre. Delicia era una de aquellas mujeres que no se habían casado de blanco. Algo que ella recordaba con mucho orgullo. Se había casado, sí, con un compadrito de conventillo. Obrero ferroviario del viejo ferrocarril inglés y luego del ferrocarril nacionalizado por Perón. Un puteador de aquellos. Puteaba fumando cigarrillos rubios y bebiendo moscato. Siempre puteaba. Carajo era su palabra preferida.
Delicia repetía provocativa: ¿quién me quita lo bailado?, y lo decía dando unos saltitos cortos, pero intensos y hasta señalando su entrepierna, diciendo: ¿quieren que hable? ¿Quieren que hable? Puede hablar durante días. Una obscenidad. Ese era el exacto momento en que Edelmira la mandaba a callar. No permitía que Delicia comenzara a repasar los hombres con los que había mantenido amores. Aunque ella prefería decir con los que se había encamado. Edelmira no soportaba esa palabra. Boca sucia. Boca sucia. Degenerada. Qué palabra más fea. Encamado. Acostado. Y otras equivalentes, pero más groseras. El rosario de maldiciones de Edelmira iba en aumento, pero ello no provocaba incomodidad a Delicia, muy por el contrario. Le provocaba risa. Fastidiar a su hermana era un comportamiento tal vez tan placentero como aquellos momentos de amoríos de juventud. Realmente los disfrutaba. Mamá también disfrutaba esa intromisión. Delicia saludaba la supuesta decisión de mamá de no llegar virgen al matrimonio y mamá celebraba las ocurrencias de su tía de asusar a su sexo a hablar de sus amoríos. Todo enfurecía a Edelmira, que solo atinaba a irse a su habitación a mascullar maldiciones en soledad. Cochinas. Asquerosas. Mujeres calenturientas. Y así por largos minutos, hasta que un sonoro chistido desde el piso superior le imponía silencio a la amarga tía.
No se trataba solo de llamar a silencio. Arturo detestaba a Edelmira. Edelmira detestaba a Arturo. Ahí está el carrero chistando como si una fuera mula. Ahí está la vieja maldiciendo porque no quiere que nadie sea feliz. Ambos, casi al mismo tiempo, se devolvían insultos de todos los colores.
Arturo era un hombre difícil de llevar. Fumador, bebedor y puteador. Cigarrillos rubios, moscato y carajo. Los cigarrillos y el moscato eran su dieta básica. Los carajos eran su descarga emocional. Delgado hasta los huesos. Siempre mal afeitado. Lucía con orgullo su camiseta musculosa y su bombacha de campo. Las tenía marrones, negras y azules. Las bombachas de campo marrones para la diaria. Las de color azul para las tardes. Las negras para los bailongos. Era un gran bailarín de chamamé. Solo chamamé. Nada de tango u otros ritmos. Gargajeaba todo el tiempo. Pucho, pitada larga, gargajo corto. Pucho, pitada más larga, gargajo negro. Y Edelmira llamándolo carrero. Criado en un conventillo alumbrado a kerosene. Compadrito al que hubo que matarle las chinches del colchón de lana. Y él respondía estéril. Yerma. Útero inútil. Mala entraña. Mujer reseca. Y si eso no era suficiente, se traía al tío muerto a la conversación. Esta vieja lo mató al pobre santo, porque era un santo varón, siempre en silencio, siempre con una sonrisa. Sí, sí, hasta se murió sonriendo porque ya no iba a ver más a esta vieja maldita. El rosario no caía en saco roto. Edelmira consideraba esa cháchara una puñalada trapera. Edelmira no se ahorraba insultos, entonces. Pero Arturo insistía con que, frente a la amargura de su mujer, el tío había preferido que lo llevara el demonio de las patas. Mirá cómo habrá sido que, aun viendo al diablo, se fue sonriendo.
Francisco era un hombre pequeño. No un enano. Pero no superaba el metro y medio de altura. Era calvo y llevaba siempre cubierta la cabeza con una gorra de frisa marrón. Invierno y verano, la gorra en la cabeza. Como era calvo, no sufría de caspa, seborrea o piojos. Cuidar la pelada era una medida adecuada tanto para el frío invierno como el caliente verano.
Juraba que había sido aprendiz de boxeo en su juventud. Y ponía como prueba su enorme nariz de punta redonda como un pequeño tomate. Nosotros no estábamos muy seguros de que, por ejercitar el boxeo, se termina teniendo una nariz del tamaño y el color de un pequeño tomate. Él, sin embargo, insistía con ello. Francisco fumaba cigarros apestosos y bebía cognac barato. Mala mezcla. Eficaz para espantar moscas y mosquitos. Y también personas. Francisco era de esas personas que habían trabajado desde muy niño. Apenas si llegó a completar el tercer grado de la escuela primaria cuando debió ir a trabajar. Fue carbonero durante su infancia y luego durante varios años. Aportaba con su sueldo a la manutención de toda la familia. Madre viuda y cinco hijos vivos. El padre murió por la tuberculosis, igual que la hija mayor.
Luego, empleado estatal. Ser empleado estatal era lo mejor que le podía pasar a una persona tan sencilla y sacrificada como Francisco. Tal vez barriera el piso de algunas oficinas. Tal vez paleara tierra. Tal vez no hiciera nada útil. Pero era empleado estatal y lo fue hasta que se jubiló. Componía versos. Nada extraordinario. Eran versos de amor, y otros eran graciosos. Al menos así nos parecía a los tres. Mamá los escuchaba, pero es muy seguro que no le gustara ninguno de esos versos. Ella amaba a Rubén Darío y el tío Francisco estaba muy lejos del poeta nicaragüense. Nunca intervenía en ninguna discusión. No le gustaban las discusiones. Cuando empezaba una pelea, se retiraba a su habitación o se marchaba al club de bochas. Si era tarde para ir al club, pero temprano para ir a la cama, ponía fin a la discusión echando el humo de su cigarro ahogando a los contrincantes que entonces se unían para protestar contra la humareda. Pero allí terminaba la pelea. El humo apestoso de su cigarro podía con la voluntad combativa de cualquiera.
Cuando preguntamos por qué el tío muerto no tiene nombre, se produjo un silencio condenatorio. Era tan solo una pregunta. Tal vez nadie estaba preparado para responderla. Todos los seres vivos o muertos merecen un nombre. El tío era hasta ese momento un muerto. O una muerte, como se prefiriera. No tenía nombre. Era el tío que murió con una sonrisa durante la siesta. A decir verdad, eso no alcanzaba a representarlo. Debió tener un nombre que Edelmira se empecinaba en ocultar. Cuando hablaba de él, solo era el tío muerto, el esposo muerto, el finado, o finadito si la oportunidad se prestaba para el diminutivo. Esposo-tío-finado. Eso era todo. Nunca se refería a él como mi amor, el amor de mi vida o el mejor hombre del mundo. Esto último hasta era comprensible, porque tía Edelmira no había conocido otro hombre más que el finado. Lejos estaba de poder establecer una comparación con otros. Además, cuando se hablaba de conocer otros hombres, la conversación derivaba en una disputa interminable entre Edelmira y mamá sobre el derecho de las mujeres a conocer íntimamente más de un hombre antes de casarse y todo aquello de la virginidad prematrimonial con que Edelmira se obsesionaba. Y vociferaba calificativos que siempre fue mejor no repetir.
Nosotros estamos apartados de ese enfrentamiento. Solo abogábamos por bautizarlo, por darle un nombre, incluso aceptábamos uno que fuera ridículo o absurdo. Entendíamos que darle un nombre respondía a una causa humanitaria. Sin embargo, esta cruzada no ablandó el corazón de Edelmira, y nuestra apreciación de que Delicia traicionaría a su hermana revelando el verdadero nombre de su cuñado muerto, no fue así. Delicia se negó a decir lo que su hermana no estaba dispuesta a hacer. Para colmo, madre entendió que nuestro deseo bautismal no respondía a ninguna causa humanitaria, sino que solo deseábamos darle al muerto un apodo que lo caricaturizara para burlarnos de él en cuenta oportunidad se presentara. Madre, no confiaba demasiado en nuestras cristianas intenciones. Nos preguntó con qué nombre, o nombres, nos gustaría llamar a partir de entonces al tío muerto. Pero su pregunta era inquisidora, llena del espíritu maligno de Torquemada. Nos dábamos cuenta de que más que una pregunta era una acusación que abría paso a una penitencia que preferíamos esquivar. Y eso derivó en otra gran disputa, pero esta entre los hermanos. Una amarga disputa, tal vez basada en el temor a la represalia que adivinábamos en la forma de preguntar de nuestra madre. Así, los tres hermanos nos enfrentamos en una pugna ridícula. La competencia por el nombre del tío muerto pudo denominarse Póngale el nombre al muerto. O solo Póngale. O Ponele. Porque Ponele fue una propuesta de tío Arturo. Y llamalo como quieras, la de Francisco. Edelmira estaba a disgusto con todas las propuestas. ¿Por qué no dejan de joder al muerto? Dijo y al instante le recriminó a nuestra madre que no nos reprendiera por nuestro comportamiento que, sostenía, era irrespetuoso para la memoria del difunto marido. Propio de una mujerzuela que no llegó virgen al matrimonio, pero usó un vestido blanco ante el altar, pretendiendo confundir a Dios padre todopoderoso. No fue prudente que el hermano mayor hiciera una comentario intrascendente, un pobre balbuceo en el que nadie reparó, pero sirvió para que Edelmira le reprochara su condición de falso sietemesino. Le dijo bastardo, una palabra que no habíamos escuchado nunca antes. Mamá, luego de escuchar la abominación, soltó una sonora carcajada. ¿Bastardo? Preguntó. ¿Bastardo? La que no da hijos da disgustos. Ni nos atrevimos a preguntar el significado de la palabra bastardo.
Cómo llegamos a ese nombre no podríamos nunca explicar. Bernardino Casi Miro. Bernardino se le ocurrió al mayor. Dijo “Rivadavia”. Hasta ese momento Rivadavia era solo un cuaderno para el colegio. Pero en ese instante nos enteramos de un muerto que se llama Bernardino Rivadavia, al que algunos detestaban, pero la maestra del hermano admiraba. Pero amado u odiado, si estaba muerto, no podía mirar por completo. Estábamos seguros de que los muertos no pueden ver el todo. Por ello dijimos los tres “Casi Miro”. Bernardino Casi Miro. ¿Tuerto? Podría ser. Bizco, algo. Miope, un tanto. Casi Miro porque casi no es todo, es la parte. Si miro la parte, no veo el todo, aunque el hermano diría que de alguna manera la parte expresa el todo. Solo la parte es la que podía ver Casi Miro. Una parte y ni siquiera más conveniente a un muerto. Pueden ver la tierra bajo la que se pudren, pero no el cielo que cobija esa tierra. La nube en la que angelicales pacen etéreos, pero no el árbol que sostiene la nube allá en lo alto. Pueden ver recuerdos del pasado o incluso del futuro. Los recuerdos tienen sustancias propias y su particular manera de manifestarse en el tiempo. Pero solo fragmentos de un recuerdo.
No debimos ni mencionar nuestra invención. Podíamos haber cantado Marcelino pan y vino, pero no soportábamos deshacernos de nuestra creación. Bernardino Casi Miro. Y lo peor fue explicarlo. Tía Edelmira no quiso escucharnos. A nuestro primer comentario, comenzó a gritar. ¡Cómo no van a nacer estos hijos bocasucias de una madre que no llegó virgen al matrimonio! Esas palabras nos dejaron mudos. La virginidad de nuestra madre era un tema incomprensible para los tres, tanto como la virginidad de la Virgen María, que nos obligaban a recitar en las clases de catequesis antes de la primera comunión. Los tres hubiésemos preferido que nos dieran una buena golpiza por inventar un nombre de fantasía para un tío muerto del que nadie mencionaba su verdadero nombre. Dijo casi a los gritos que de una mujer vulgar y licenciosa no podían nacer sino hijos maleducados. Éramos un desastre producto de la irresponsable pérdida de la virginidad de nuestra madre antes de consumar el sacramento del matrimonio. Eso era todo. Un desastre por partida triple. Tres desastres. Pero lo que más nos impresionó fue que, en cada reprimenda, la tía Edelmira alzaba la vista observando sobre la batea una enorme y resplandeciente cuchilla. Enorme. Solo de repasar con la vista su brillante filo, se tenía el temor de sufrir una profunda y enorme herida que de seguro llevaría al observador a una muerte rápida y horrorosa. Los tres nos sentíamos degollados como los pollos que Edelmira decapitaba de vez en cuanto para hacer su famoso puchero de gallina o sus empanadas de pollo de campo. Un observador lúcido podría haber asociado aquella situación a la historia del cuento “La gallina degollada”. No es exagerado decir que los tres hermanos, igual que Bertita, nos sentimos agarrados de las patas por una fuerza brutal y arrastrados hasta la vieja batea para ser decapitados uno por uno solo por haber inventado un nombre a un muerto que carecía de él, por lo menos para nosotros. Como era de esperar, mamá reaccionó violentamente. Tal vez solo esperaba la oportunidad de hacerle pagar a tía Edelmira por sus horribles comentarios sobre la perdida de su virginidad antes del sacramento matrimonial. Esa oportunidad había llegado de la peor manera, con Edelmira llenando de insultos a sus tres hijos. Los tres nos sentimos justicieramente defendidos por nuestra madre. Casi como polluelos bajo las calientes plumas de una gran gallina. Pero notamos que, después de cada reproche, ella también dirigía su mirada a la enorme y reluciente cuchilla de degollar pollos. La competencia verbal entre Edelmira y mamá parecía derivar a una por quien era capaz de alcanzar más rápido la cuchilla y blandirla con fuerza criminal. Y nos invadió algo terrorífico. Nos sentimos como Bertita, acorralados por fantasmas tan idiotas como los hijos de Mazzini-Ferraz. Luego, la visión de unos pies desconocidos chapoteando en medio de un mar de sangre, al tiempo que las voces de los altos álamos repetían Bernardino Casi Miro, Bernardino Casi Miro, no como un nombre inventado, sino como una maldición.
Cottolengo
Visitar el Cottolengo Don Orione nunca fue una obligación para los tres hermanos. Por razones que jamás comprendí, a mí me tocó acompañar a la abuela paterna en aquellas visitas. Mis hermanos se burlaban de mí hasta con crueldad por tener que hacer de nieto faldero de la abuela paterna en su visita a aquel antro. Hacían toda clase de morisquetas para hacerme sentir ridículo. Más de lo que ya me sentía por la ropa que me obligaban a usar para la visita. Pantalones cortos de color azul eléctrico, medias blancas tres cuartos, zapatos charolados, camisa también blanca, la que adornaban con un espantoso moño de color también azul eléctrico. Nunca aceptaron los adultos mis argumentos de por qué esa manera de vestirme resulta inconveniente para ir de paseo a un hospicio.
¡Qué lugar ese Cottolengo! No sé si el padre José Benito imaginó alguna vez que su apellido terminaría asociado a un depósito de seres humanos, cada uno de ellos afectado por un padecimiento brutal. Así lo percibía yo: un depósito de vidas descartadas por quienes debían cuidarlas. Parientes que, amparados en el anonimato y en donaciones bastante mezquinas, abandonaban allí a sus familiares con discapacidades de todo tipo. Había rengos, mancos, paralíticos, ciegos, sordos, desquiciados, dopados de por vida, despojados, simuladores extraordinarios, delirantes místicos.
Mi abuela paterna era habitué de esa institución. Creía canalizar su espíritu solidario asistiendo todos los domingos y actuando como benefactora. En la familia abundaban los “chupacirios”, como los llamaba la rama que renegaba de la religión. Ella, huelga decirlo, pertenecía a esa cofradía. Se había impuesto la obligación de prestar servicios de caridad en una institución católica, y eligió el Cottolengo, al que me arrastraba sin importar lo más mínimo mi opinión. ¿Qué adulto se detiene a escuchar a un niño al que le rapan la cabeza al estilo “media americana”? Ninguno. Nunca comprendí por qué mi madre no se opuso a que me obligaran a esa visita que me llenaba de espanto. Ella podía haberme protegido. Pero no lo hizo. Nunca hice un juicio sobre ese comportamiento; más me hubiera gustado comprenderlo. Tendría sus razones, seguramente, pero no me las dijo jamás y no me animé, ya adulto, a preguntarle los porqués de ese comportamiento. Tal vez temeroso de lo que me hubiera respondido.
Mi padre, muy por el contrario, aprobaba con enjundia que acompañara a su madre a la visita dominical al hospicio. Él prefería que aprendiera a ver qué buena era mi vida comparándola con la del centenar de desgraciados abandonados en el Cottolengo. Así aprendería lo bien que me trataba la vida y lo mal que podía irme si no era sumiso y obediente. Eso sí, nunca me ahorraba un comentario grosero sobre mis ridículos atuendos. En especial su referencia al moño de color azul eléctrico.
Los preparativos para la visita tenían algo de ritual. La abuela se bañaba, perfumaba, exageraba la sombra para ojos de color celeste intenso, usaba un delineador demasiado grueso y luego embadurnaba los labios con un rojo furioso y aceitoso. Prendía del lóbulo de sus orejas grandes aros dorados, lucía conjunto color azul con unas polleras que no disimulaban los rollos de su panza y una especie de chaleco que no ocultaba la incipiente joroba.
La abuela pretendía que, como ella, tomara un baño antes de vestirme. Siempre me negué. Nada de baños para ir al Cottolengo. La ducha solo la admitía antes de cenar o de ir a dormir. Nunca en otro momento. Menos para ir al hospicio. Consideraba a mi mugre un escudo protector. Ningún virus o bacteria podía afectarme mientras estuviera sucio. Los malvados poderes del Cottolengo podían perturbar mi olfato, pero jamás provocarme enfermedad alguna. Además, mis olores corporales resultaban el antídoto perfecto ante las pestilencias del asilo.
La abuela, luego de emperifollarse para la visita, se dedicaba a preparar lo que llevaba para los internados. Llenaba dos termos: uno con coñac, el más codiciado, y otro con chocolate, preferido por los más pequeños o por aquellos que, pese a la edad, seguían comportándose como niños. Añadía una docena de vainillas y otra de galletas marineras para repartir. Y allí íbamos, al Cottolengo. Me despedía de la familia con poco o nulo entusiasmo. La abuela, en cambio, lo hacía de una forma tan teatral que se prestaba a la burla de mis hermanos, que no dejaban de hacer morisquetas para mortificarme. ¿Qué me esperaba? El acoso de toda clase de tullidos y desventurados.
La abuela estaba convencida de que todos los internados esperaban verla entrar con su porte marcial, mirando a todos lados, en aquella enorme sala donde, en cien camas alineadas en cuatro filas de veinticinco, yacían los desventurados, aguardando la muerte. Pero en verdad, nadie esperaba su visita: ella era apenas la proveedora semanal de coñac, chocolate, vainillas y galletas. Una vieja y arrugada muñeca de rostro adusto, labios pintados de rojo furioso. Si alguien preguntaba quién era esa mujer, ninguno de los internados hubiera sabido responder. Ninguno la recordaba en lo más mínimo. Visitar el Cottolengo Don Orione nunca fue una obligación para los tres hermanos. Por razones que jamás comprendí, a mí me tocó acompañar a la abuela paterna en aquellas visitas. Mis hermanos se burlaban de mí hasta con crueldad por tener que hacer de nieto faldero de la abuela paterna en su visita a aquel antro. Hacían toda clase de morisquetas para hacerme sentir ridículo. Más de lo que ya me sentía por la ropa que me obligaban a usar para la visita. Pantalones cortos de color azul eléctrico, medias blancas tres cuartos, zapatos charolados, camisa también blanca, la que adornaban con un espantoso moño de color también azul eléctrico. Nunca aceptaron los adultos mis argumentos de por qué esa manera de vestirme resulta inconveniente para ir de paseo a un hospicio.
¡Qué lugar ese Cottolengo! No sé si el padre José Benito imaginó alguna vez que su apellido terminaría asociado a un depósito de seres humanos, cada uno de ellos afectado por un padecimiento brutal. Así lo percibía yo: un depósito de vidas descartadas por quienes debían cuidarlas. Parientes que, amparados en el anonimato y en donaciones bastante mezquinas, abandonaban allí a sus familiares con discapacidades de todo tipo. Había rengos, mancos, paralíticos, ciegos, sordos, desquiciados, dopados de por vida, despojados, simuladores extraordinarios, delirantes místicos.
Mi abuela paterna era habitué de esa institución. Creía canalizar su espíritu solidario asistiendo todos los domingos y actuando como benefactora. En la familia abundaban los “chupacirios”, como los llamaba la rama que renegaba de la religión. Ella, huelga decirlo, pertenecía a esa cofradía. Se había impuesto la obligación de prestar servicios de caridad en una institución católica, y eligió el Cottolengo, al que me arrastraba sin importar lo más mínimo mi opinión. ¿Qué adulto se detiene a escuchar a un niño al que le rapan la cabeza al estilo “media americana”? Ninguno. Nunca comprendí por qué mi madre no se opuso a que me obligaran a esa visita que me llenaba de espanto. Ella podía haberme protegido. Pero no lo hizo. Nunca hice un juicio sobre ese comportamiento; más me hubiera gustado comprenderlo. Tendría sus razones, seguramente, pero no me las dijo jamás y no me animé, ya adulto, a preguntarle los porqués de ese comportamiento. Tal vez temeroso de lo que me hubiera respondido.
Mi padre, muy por el contrario, aprobaba con enjundia que acompañara a su madre a la visita dominical al hospicio. Él prefería que aprendiera a ver qué buena era mi vida comparándola con la del centenar de desgraciados abandonados en el Cottolengo. Así aprendería lo bien que me trataba la vida y lo mal que podía irme si no era sumiso y obediente. Eso sí, nunca me ahorraba un comentario grosero sobre mis ridículos atuendos. En especial su referencia al moño de color azul eléctrico.
Los preparativos para la visita tenían algo de ritual. La abuela se bañaba, perfumaba, exageraba la sombra para ojos de color celeste intenso, usaba un delineador demasiado grueso y luego embadurnaba los labios con un rojo furioso y aceitoso. Prendía del lóbulo de sus orejas grandes aros dorados, lucía conjunto color azul con unas polleras que no disimulaban los rollos de su panza y una especie de chaleco que no ocultaba la incipiente joroba.
La abuela pretendía que, como ella, tomara un baño antes de vestirme. Siempre me negué. Nada de baños para ir al Cottolengo. La ducha solo la admitía antes de cenar o de ir a dormir. Nunca en otro momento. Menos para ir al hospicio. Consideraba a mi mugre un escudo protector. Ningún virus o bacteria podía afectarme mientras estuviera sucio. Los malvados poderes del Cottolengo podían perturbar mi olfato, pero jamás provocarme enfermedad alguna. Además, mis olores corporales resultaban el antídoto perfecto ante las pestilencias del asilo.
La abuela, luego de emperifollarse para la visita, se dedicaba a preparar lo que llevaba para los internados. Llenaba dos termos: uno con coñac, el más codiciado, y otro con chocolate, preferido por los más pequeños o por aquellos que, pese a la edad, seguían comportándose como niños. Añadía una docena de vainillas y otra de galletas marineras para repartir. Y allí íbamos, al Cottolengo. Me despedía de la familia con poco o nulo entusiasmo. La abuela, en cambio, lo hacía de una forma tan teatral que se prestaba a la burla de mis hermanos, que no dejaban de hacer morisquetas para mortificarme. ¿Qué me esperaba? El acoso de toda clase de tullidos y desventurados.
La abuela estaba convencida de que todos los internados esperaban verla entrar con su porte marcial, mirando a todos lados, en aquella enorme sala donde, en cien camas alineadas en cuatro filas de veinticinco, yacían los desventurados, aguardando la muerte. Pero en verdad, nadie esperaba su visita: ella era apenas la proveedora semanal de coñac, chocolate, vainillas y galletas. Una vieja y arrugada muñeca de rostro adusto, labios pintados de rojo furioso. Si alguien preguntaba quién era esa mujer, ninguno de los internados hubiera sabido responder. Ninguno la recordaba en lo más mínimo.
Caminaba como un zombi junto a la abuela cuando emprendíamos el viaje. La abuela no dejaba de reprenderme: “¡Caminá más rápido, caminá más rápido! Parecés algo idiota caminando tan lento”. Lo intentaba, juro que lo intentaba, pero mis piernas eran demasiado cortas para alcanzar sus zancadas. Sus piernas eran exageradamente largas y su torso algo corto. No había gracia en ese cuerpo.
Cuando no lograba la velocidad que ella reclamaba, venía el sopapo en la nuca. Sopapos recibí muchos en mi infancia, pero el que más me perturbaba era ese, el de la abuela, en la nuca. ¡Paf! “¡Caminá más rápido!”. Como si el golpe pudiera estirar mis piernas y dotar de velocidad a mi andar. ¡Paf! ¡Paf! Nunca menos de cuatro o cinco ¡paf! por visita. No faltaba quien, en la calle, reclamara más rigor: “¡Doña, dele más fuerte para que aprenda!”. ¿Y qué podía aprender de bueno con esos repetidos sopapos en mi pequeña y rapada nuca?
Me esforzaba en caminar lo más rápido que podía, casi trotando, procurando seguir la marcha de la abuela, que lo hacía con paso marcial, como si participara de un desfile militar. La energía de la abuela no me contagiaba: me ponía en permanente alerta, esperando el sopapo correctivo sobre mi ya enrojecida nuca.
A los empujones, subíamos al primer colectivo que debíamos tomar rumbo al barrio de Constitución. Luego otro que nos dejaba a unas cuadras del lugar. No recuerdo qué distancia había desde que descendíamos hasta nuestro destino. La imposibilidad de reconocerla no se debía a mi falta de atención. Por el contrario: estaba demasiado atento a los cachetazos, y eso me distraía de toda otra preocupación.
Lo que sí recuerdo era el particular olor a podrido del Riachuelo. Ese olor no se podía ignorar. No solo penetraba por la nariz y la boca: se impregnaba en la ropa, en el pelo. Eso a pesar de que mi cabello padecía regularmente el corte “media americana”, que dejaba rapada la mitad de mi cabeza. El olor del riacho era premonitorio del olor del Cottolengo. Porque allí una abominación de perfumes se mezclaba en el edificio, combinando el penetrante de las aguas pútridas del riacho brutalmente contaminado con el de los desinfectantes y el orín.
Nunca me animé a tapar la nariz para evitar sentir ese aroma desagradable mientras nos dirigíamos al destino. La abuela no me lo hubiera permitido. Si lo hacía, seguro me ganaría más de un sopapo. Así que estaba obligado a elegir: o soportar el mal olor o soportar un sopapo. Estaba convencido de que si me tapaba la nariz recibiría otro ¡paf! por insolente. Nada me garantizaba que fuera solo un ¡paf! La abuela consideraba que ese comportamiento solo podía provenir de un niño maleducado, un insolente que demostraba su desprecio por los habitantes de esos lugares, que soportaban estoicamente el olor a caca y a orín sin perturbarse ni quejarse. Ella me tenía por niño maleducado. Niño insolente. Malcriado. Un blanducho carente de valor y fortaleza. Alguien poco cristiano. Y solía repetir esas consideraciones muy a menudo. Exigía que siguiera su ejemplo: ella no solo soportaba ese olor rancio y penetrante, sino que lo aspiraba llenando sus pulmones con esas pestilencias, con ganas, como si fuera perfume de rosas o jazmines. Todo para demostrarme su entereza ante lo desagradable.
Después de todo, ¿quién era yo? Tan solo un niño maleducado. Un insolente. Un malcriado. Un arrogante. Un mal ejemplo. Poco cristiano, casi herético, más cerca de un condenado, si no al infierno, al menos a una larga estadía en el purgatorio. Hijo de una madre libertina. De ese modo, la abuela paterna y la tía Edelmira coincidían en las razones que hacían de mí un niño impertinente al que había que corregir a sopapo limpio antes de que fuera tarde. Ambas atribuían sin la menor duda mi deplorable comportamiento a la crianza de una madre que había resignado su virginidad antes del sagrado matrimonio católico, apostólico, romano; una mujerzuela que pretendió engañar al Todopoderoso usando un vestido blanco de novia que no merecía ni apreciaba. Solo tal mujer pudo tener un hijo que caminara tan lento, que pensara en taparse la nariz para no oler el perfume nauseabundo del paisaje suburbano del Riachuelo y que no hacía ningún esfuerzo por imitar el altruismo de su abuela paterna, la que olía mierda como si fuera rosas. Y que además imponía nombres ridículos a un tío que había muerto durmiendo la siesta. Un verdadero fracaso que empezaba a ser considerado incorregible. Como diría Borges: ni bueno ni malo, incorregible.
Cuando llegábamos al Cottolengo teníamos que anunciarnos haciendo sonar un timbre. Minutos después, la gran puerta se abría. Sus bisagras crujían. Era un quejido casi humano. Abierta por completo la puerta, se revelaba ante nuestros ojos una monja. Mi abuela sonreía a boca llena. La monja se mantenía impasible. Yo temblaba. Su presencia me aterrorizaba. Imaginaba que ese pequeño gnomo de manos huesudas, casi raquíticas, me arrancaba con sus afiladas uñas los ojos y luego mi lengua, que al momento comía disfrutando de un manjar inigualable. Por ello, al verla, al instante cerraba mis ojos, como si no ver podía ponerme a salvo de esas filosas uñas. Vana medida protectora. Si la espantosa mujer vestida de negro con un babero blanco hubiese querido vaciar la cuenca de mis ojos, lo hubiera hecho incluso, sospecho, alentada por mi propia abuela. ¡Duro! ¡Duro! ¡Así aprende! ¡Pa’ lo que tiene que ver!
No abría la boca ni para decir hola, procurando defender mi pequeña lengua de su temible canibalismo. La vieja mujer nos intimaba a entrar sin perder tiempo. Entren, entren. Exigía con su voz meliflua pero engañosa. Su blanco rostro contrastaba vivamente con su atuendo negro. La blancura de su semblante no provenía del color exangüe de su piel anciana. Ni de vivir en cautiverio por sus votos. Era la blancura de la muerte. Pero de una muerte no reciente, sino de mucho tiempo atrás. Alguien que entraba y salía de su tumba solo para abrir la puerta del Cottolengo cuando mi abuela llamaba para entrar cargada con sus termos de coñac, chocolate, vainillas y galletas marineras.
Cuando la monja nos ordenaba entrar, la abuela obedecía como si fuera una sumisa pupila. Yo iba detrás de ella. Lo primero que se presentaba al ingresar era un amplio hall. A la izquierda, una escalera que llevaba al piso superior, en donde estaba la gran sala con las cien camas. Antes de esa amplia sala, había un recibidor de medianas dimensiones al que daban los baños. De un lado el de hombres, del otro el de mujeres. El olor que llegaba de ambos era insoportable. El peor olor venía del baño de hombres. Abundante orina y abundante acaroína. Fluidos humanos fusionados con el fluido Manchester. Orina y fenol, una combinación tremenda. Siempre supe disimular mi malestar por ese aroma insoportable. Prefería que la mezcla de olores carcomiera mis fosas nasales antes de que la abuela me descubriera flaqueando y me aporreara en público. Cojos, mancos, ciegos, sordos, delirantes, se hubieran burlado de mí sin compasión. Bastante tenía con las burlas de mis hermanos, como para tener que soportar la de todos esos abandonados. Mi gran temor era que los internados le propusieran a la abuela que me abandonara ahí con la promesa de que ellos me sacarían bueno como ella quería. Como querría mi padre. Y no me lo merecía. Claro, ellos estaban habituados a ser atormentados por esos perfumes. Aunque con seguridad, el martirio de los malos olores debería ser el menos gravoso.
Apenas pasábamos el recibidor, se nos presentaba un hombre al que le faltaba una pierna. A veces la pierna derecha y otras la izquierda. Un fenómeno incomprensible para mí. Mi abuela refutaba mi visión llamándome pequeño idiota. No me gustaba para nada que así me calificara. No veía visiones. Una visita le faltaba la pierna derecha; a la siguiente, la izquierda. Tal vez fuera una habilidad fantástica que tenía y que le permitía embromarme domingo tras domingo. El hombre no usaba muleta. Usaba un palo de escoba en el que se apoyaba para dar saltitos con la pierna de que disponía en ese momento. Todas las veces era él quien aparecía primero y nos repetía su triste historia sobre cómo le habían cortado la pierna por error. La abuela no le prestaba atención. Lo apartaba de su camino con un calculado empujón.
Luego se arrimaba una mujer ciega. Joven, o medianamente joven. Nunca supe cómo era posible que la ciega detectara dónde yo estaba parado, pero, invariablemente, avanzaba en dirección a mí, me atrapaba y apretaba contra su vientre. Su ropa olía a naftalina. Luego me acariciaba la cabeza rapada, me la rascaba, tal vez pensando que estaba lleno de piojos. La abuela me exigía que retribuyera el cariño. Pero yo estaba paralizado. Apenas si podía soportar su manifestación de cariño estrujándome contra su vientre y rascándome la cabeza con sus pequeñas y afiladas uñas. No recuerdo cómo me libraba del abrazo. O si era ella quien optaba por liberarme satisfecha con sus demostraciones de amor fraternal.
Por último, llegaba a la carrera un hombrecito casi de mi altura, pequeño, muy flaco, narigudo y ojeroso. De labios finitos de color violáceo. Casi no tenía dientes. Su boca era extraña. Oscura y gelatinosa. Hablaba sin poder detenerse. Nunca pude entender qué decía. No dejaba de hablar. Tal vez no pudiera hacerlo. Y pocos minutos después de que comenzara su perorata, todos los internados gritaban unos onomatopéyicos que, supongo, imitaban la forma de hablar del hombrecito. El cotorreo se volvía infernal. Irreproducible. Hasta que llegaba la vieja monja, la que nos había franqueado la entrada. Con su sola presencia imponía silencio. No se oía ni un ruido. Ninguno. Todos buscaban su cama. El último en llegar era el hombre al que le faltaba su pierna. Se refugiaban en sus camas bajo las blancas sábanas esperando que la monja desapareciera por donde había venido, de la oscuridad misma.
Magdalena
La abuela materna insistía en que cuando Magdalena murió, o casi murió, como ella nos lo decía, muchas cosas no habían quedado debidamente resueltas. Según ella, es penoso morirse por completo sin haber cumplido con todos los cometidos propuestos. Mamá la contradecía en todo. Rara vez la abuela y mamá confrontaban sus opiniones. Lo evitaban todo lo que podían. Pero no siempre querer es poder. Hasta cierto punto, una polémica entre ellas era cosa de temer. No sabían discutir con paciencia. Eran demasiado apasionadas y la discusión seguía hasta que una de las dos se hartaba, alzaban la voz y a los gritos intercambiaban toda clase de improperios. Aunque la abuela siempre evitaba referirse a la virginidad de mamá y ella a ciertos secretos de familia que la abuela guardaba celosamente.
Nosotros, que no éramos más que unos espectadores incrédulos, no entendíamos por qué disputaban mamá y la abuela, tampoco de qué se trataba ese asunto de las cosas irresueltas tras la casi muerte de esa mujer de nombre Magdalena. No sabíamos quién era Magdalena, la que no había muerto del todo. Tampoco cómo era eso de que esa mujer estuviera un poco muerta y un poco viva. Resultaba difícil de entender.
Enfermedad de familia. Así mamá se refería a eso de hablar con el tío muerto, como aseguraba la tía Edelmira, y suponer que la tal Magdalena podía estar un poco muerta y otro poco viva. Y, como estaba algo viva, también mantenía tratos con la abuela como el tío con su esposa. Los muertos demandan siempre mucha atención. Eso nos parecía. O los vivos se debían a los muertos porque a unos y otros, a todos, les quedaban cuentas pendientes en la tierra.
¿Cuáles serían esos asuntos no resueltos por Magdalena y que hacían que ella no pudiera descansar por completo en paz? No estábamos en condiciones de preguntar. Solo nos manteníamos atentos a toda conversación que nos pudiera revelar algunos de esos misterios.
Siempre nos había parecido que la abuela hablaba sola. Que hablaba para ella misma. Nada loco ni extraño entre las personas. La soledad intensa hace que no sea el compañero y confidente de sí mismo. Así pensábamos cuando descubríamos a la abuela hablando sola. Pero luego supimos que ella hablaba con la tal Magdalena. Nos lo confesó una tarde de otoño. Fue extraño. El ruido del viento en los árboles de la casa describía un silbido delicado que acompañó aquella revelación. No fue mágico, fue extraño. Pobre Magdalena, repitió la abuela en nuestra presencia varias veces. Preferimos mantenernos en silencio porque no sabíamos a qué atenernos. En más de una ocasión hacíamos una pregunta y todo lo que obteníamos era una pregunta desagradable. A vos qué te importa y, peor aún, una comparación odiosa con Juan Copete Meterete. No había algo que nos disgustara más a los tres hermanos que nos llamaran Juan Copete Meterete.
La abuela insistía, mientras iba de la sala al comedor y del comedor a la cocina, con que Magdalena estaría en mejor sitio si hubiera atendido a sus consejos. Hoy estaría o viva del todo o muerta por completo y no de ese modo, un poco aquí y un poco más allá. Así decía la abuela, y agregaba que era algo terrible estar a mitad de camino de dos universos. Porque Magdalena seguía sufriendo como si estuviera viva, pero era incapaz de arreglar sus cosas porque estaba muerta. Un conflicto que no había manera, por lo menos para nosotros, de resolver para alcanzar la paz eterna. Es justo decir que a la edad que teníamos en ese momento, la muerte era solo una entelequia, algo lejano para niños que recién empezaban su vida consciente y que no consideraban ni un poco así estar un tanto vivos y otro tanto muertos. Para nosotros lo único posible era vivir. ¿A qué niño le puede interesar morir a destiempo?
No sabíamos si eso era lo que le había ocurrido a Magdalena, morir a destiempo. Tal vez había vivido demasiado rápido o muerto demasiado pronto. ¿Había manera de despejar esas dudas? No por nuestra inteligencia.
Más un monólogo que le escuchamos a la abuela en algo nos aclaró el asunto. Pero cuando fuimos con el chisme a la madre, ella se encargó de reprendernos por nuestras aseveraciones, por lo que lo único que obtuvimos fue más dudas que certezas. De todos modos ignoramos sus regaños. Como nietos, nos sentíamos con todo derecho a evaluar por nosotros mismos lo que habíamos escuchado.
Es correcto hablar de monólogo, porque nosotros no podíamos escuchar a la contraparte de la abuela. Pero sus expresiones, sus gestos, sus maneras de comportarse, nos daban suficientes pistas para saber de qué estaban hablando la tal Magdalena y la abuela materna.
—¿Ha pasado usted por donde le dije? No lo ha hecho, pues, siempre lo mismo. ¿No le he dicho que lo que usted busca está en un lugar a buen resguardo? ¿Lo sabe? ¿Y si lo sabe por qué no ha ido? El hombre no le va a tener la vela toda la vida. Apúrese antes de que el fulano se vaya para siempre. Digo de este barrio, de este pueblo. No de la vida. Creo que va a vivir largos años. Se lo ve saludable. Fornido. Aunque le digo con franqueza, algo estúpido. Usted también lo notó. Claro. A usted no se le escapaba un detalle. La estupidez en los hombres es demasiado notable y reveladora. No darse cuenta que un hombre es algo estúpido es propio de nosotras que queremos verlos siempre magníficos. Pero nunca es cierto. Me reconforta saber que no es una ingenua fácil de embaucar. Al menos sabe reconocer la estupidez en un hombre. Todos los hombres son algo estúpidos, ya se lo dije. Y en eso estamos de acuerdo. Yo supe tener marido. Era algo estúpido. ¡Claro que lo sabe! Pero era amoroso.
De repente, la abuela se llamó a silencio. Nos confundió. ¿La abuela lagrimeaba? Los tres estábamos seguros de que así era. No sabíamos que la abuela había tenido marido. Debíamos presumirlo, porque ninguna mujer tiene hijos si no tiene un hombre con el que los procrea. Salvo la hermana, que no era estúpida porque era muy inteligente, los varones tuvimos que asumir nuestra propia estupidez. ¿Se amarían? Por lo menos la abuela así lo dejaba entender. Esa sensación de amor nos dio cierto alivio. Éramos los varones algo estúpidos, pero podíamos percibir el amor, que no es poca cosa.
—¿Qué me ve triste? ¿Ve mi tristeza? —La abuela le preguntó a la invisible Magdalena—. Sí, algo de eso sufro desde que se murió. Pero él se fue para siempre, no como usted, que va y viene y jode con todo lo que no pudo hacer en su momento mientras el hombre la espera ya algo cansado de sus idas y vueltas. A la oportunidad la pintan calva, sabe. Los hombres son ligeros como la pluma al viento. Si deja pasar el tiempo, quedará así para siempre. Él se marchará y lo que usted busca hasta puede terminar en el fuego. Horrible. Nada bueno le espera entonces. Pudriéndose en la tumba y flotando por el mundo como una nada, como el humito apestoso de los cigarros que fuma mi hermano.
¿Y qué le revela de mí la tristeza? ¿Mi mirada? Qué observadora. Mi mirada. ¿Y por dónde usted me mira? Usted ya no tiene ojos. A mí no me engaña. ¡Ah! Por el corazón. Claro. Medio muerta debe tener usted el corazón abierto de par en par y así entran y salen sentimientos como mariposas. En cambio, yo lo tengo cerrado por completo. Apretado, mire, así de apretado. No entra ni sale un solo sentimiento desde que él se murió. Cuando muere el aor una queda yerma.
Yo imaginaba aquel monólogo como recuerdos que afloraban desde un universo paralelo. Nunca supe cómo habían tomado mis hermanos lo que escuchamos esa tarde. Ellos no eran muy sentimentales; tendían a reír como marmotas. El mayor, porque tenía que parecernos fuerte y arrogante. La hermana, porque la sola posibilidad de que estuviera rodeada de seres un poco vivos y un poco muertos, la angustiaba y eso le provocaba risotadas. A mí, en cambio, me resultaba fascinante. Salvo cuando venía la madre y nos ponía en caja a los tres y debía dejarme de fantasías. ¡Ridículas! Decía ella con voz más que enérgica. ¡Ridículas fantasías de muertos que no mueren y tíos que hablan con su viuda! Mamá conservaba un gran renocr contra Edelmira. Soportaba firmemente la reprimenda materna. Evité siempre decirle que me sentía próximo a ese ser etéreo de nombre Magdalena. Aunque no sabía quién era, ni qué la unía a la abuela y a la madre.
Me hubiera gustado conocerla. Podía haberlo logrado a través de la abuela materna, pero mi pedido habría sido rechazado al instante por ella. ¿Qué? Me hubiera preguntada poniendo su peor cada de enojo. ¿Qué? Así se aprende que cada uno debe tener sus propios fantasmas, ella los suyos, yo los míos. A Magdalena, como no habría de conocerla, la supuse menudita. Magdalena debía ser, con seguridad, menuda, pequeña, huesuda, tímida, aunque tal vez algo bonita. No mucho. Y debió tener una voz aguda, finita, como un hilo musical.
A mi madre, ni mencionarle nada de aquello que imaginaba. Algún día se revelarían para mí todos los secretos de familia y todos los misterios de vivos y muertos. Aunque con los años descubriría que todos estábamos sumergidos un poco en la vida y un poco en la muerte. Cierto aquello de que empezamos a morir apenas nacemos.
Revelaciones
Tuberculosis. Mal de pecho que consumía a sus víctimas. Tos. Tos. Tos. Hemoptisis, casi como el nombre de una roja y pastosa deidad, salía por la boca de los infectados anunciando la inminente desgracia. Morir de tuberculosis no era una muerte apacible. Candorosa. Las familias ocultaban a sus parientes enfermos para evitar el contagio y la vergüenza social. ¿Qué podía hacer un tuberculoso de una familia que apenas llegaba a poner pan en su boca y dormir en catres de mala muerte entre chinches y pulgas? Morir en soledad. La sola compañía del sonido acre de la tos.
Tos. Tos. Tos. Y sangre. Tres golpes fatales. Tos. Tos. Tos.
Magdalena murió por tuberculosis. Esa mujer que vagaba entre la vida y la muerte resultó ser la hermana mayor de la abuela materna. Eso no fue todo de lo que me enteré. Su padre había muerto un año antes también por la misma peste. Revelador. La hermana y el padre de la abuela materna muertos por tuberculosis. Parece que en esa época morir de tuberculosis era algo habitual.
¿Debí sorprenderme al conocer estas revelaciones? Creo que sí, pero no supe hacerlo. Sorprenderse es también un jeroglífico de la mente. Es posible que mi cerebro ya percibiera que una peste mortal rondaba la familia en tiempos pasados. Para mí, ese pasado era una especie de fotografía. La antigua familia también lo era. La foto de aquellos parientes desconocidos no me ilustraba sobre aquellas muertes, sino sobre personas que parecían un poco vivas y otro poco muertas. Tal vez esa cualidad era la que la abuela materna le achacaba a Magdalena y su penar entre los dos mundos, el de los muertos vivos y el de los vivos muertos. Pero no había fotos de Magdalena. No había fotos de ninguna mujer sola. Y eso que revisé todas las cajas en las que la abuela conservaba sus fotografías familiares. Algunas de niños desconocidos, de miradas turbias o tristes. Niños pálidos y hasta algo deformados. Y solo una de todos los parientes juntos. Tal vez fuera alguna de las mujeres que formaban fila de mayor a menor a la izquierda de un hombrón de rostro adusto, grandes bigotes y mirada vacua. Pero en ninguna de las mujeres retratadas estaba escrito su nombre o una referencia que me permitiera descubrir, al menos, cómo podrían haberse llamado. Por eso elegí a una de ellas, la que me pareció más pálida, más escuálida, más triste. Alguien a quien pudiese identificar con esos tres secos golpes de la muerte: tos, tos, tos. ¿Apenas un capricho infantil? Pudo ser. Los caprichos a cualquier edad son como los agujeros negros de la conciencia. No podemos explicarlos, no sabemos cómo surgen ni qué devendrá de ellos, pero nos devoran hasta hacernos desaparecer, consumidos por una fuerza gravitatoria invensible.
El corpulento hombre al centro de la foto era una curiosidad. Sus enormes bigotes, que terminaban en amenazantes puntas, ocultaban casi por completo su pequeña boca. Un hombre tan grande, con bigotes tan tupidos, y una boca casi femenina escondida tras el mostacho. Sus ojos me resultaron también algo pequeños para una mirada vacía. Exageraba esa sensación de pequeñez porque los tenía entrecerrados, auscultando algo de todo aquello que lo rodeaba. ¿Qué estaría observando mientras se tomaba la foto? ¿Mujeres cuidando el comportamiento de los niños? ¿Otros mayores esperando la oportunidad para tomarse ellos también una instantánea? ¿Los habituales fantasmas que rondaban la familia desde todos los tiempos? El ronco sonido de la tos, tos, tos. ¡Cómo saberlo!
Las fotos apenas revelan algo de la sustancia humana. A la izquierda del hombre, la fila de mujeres. A la derecha, la de varones. En escalerita, de mayor a menor. Los más altos junto al hombre, los más pequeños al final de la fila. Esa disposición creaba una escenografía interesante. Si uno se apartaba lo suficiente, parecía el diseño de un extraño artefacto volador. No un avión, sino un mastodonte algo aerodinámico de carne y hueso que amenazaba con un vuelo inesperado, vaya a saber rumbo a qué cielo.
Los rostros de todos los fotografiados eran algo enigmáticos. El color sepia de la fotografía los tornaba más fantasmales de lo que deben haber sido en vida. Me miraban con insistencia. Yo les devolvía la mirada. En una oportunidad reparé largamente en el hombrón del centro. Cuando mudé a apartar mi mirada de la fotografía, le pregunté a la abuela materna, que a su vez me observaba, quién era ese hombre. “Mi abuelo”, dijo.
—¿Tu abuelo?
—Sí, mi abuelo. Todos tenemos abuelos.
—¿Y cómo se llamaba?
—No lo recuerdo.
Qué extraña respuesta. Nadie olvida el nombre de sus abuelos. Por lo menos yo no lo he hecho. Mi abuela no quería revelar su nombre. O no tenía nombre, como el tío muerto al que habíamos bautizado Bernardino Casi Miro.
Mi conclusión fue inevitable. En la familia, los hombres muertos no tenían nombre. Se los podía suponer, pero no invocar. En cambio, las mujeres muertas, o casi muertas, podían tener nombres, como Magdalena. Pero no tenían rostro. No se podía reconocer su aspecto.
—¿Y tu abuelo está muerto?
—Claro. —Dijo mi abuela. ¡Cómo iba a estar vivo! Me sentía algo estúpido por su respuesta. Si hubiera estado vivo, sería más que centenario. Pero resultó algo interesante que no estuviera a medio camino entre la vida y la muerte como Magdalena.
La prudencia sugería no inventar un nombre para el abuelo muerto. ¿Cuál hubiera sido el elegido? A pesar de mi corta edad, también podía ser prudente. La abuela no lo hubiera tomado con humor. Ella no tenía humor. Era amorosa a su manera, más bien protectora. Una madraza. Pero severa, nunca sonreía, o solo lo hacía en muy contadas oportunidades. Cuando te reprendía, no solía ser piadosa. Nos daba interminables sermones. Acepto que en más de una oportunidad hubiera preferido una buena paliza que esas largas catilinarias.
¿Y qué del padre de Magdalena y la abuela materna? ¿Qué de su temprana muerte?
—No voy a hablar de eso. —Respondió la abuela cuando inquirí sobre su padre.
Fue seguro que pregunté algo indebido. Mas la curiosidad de un niño es mucho más potente que su discernimiento.
—¿Está completamente muerto?
—Absolutamente.
Rara palabra para mí, nunca oída antes. “Absolutamente”. Muy larga y contundente. Si ella era mi abuela, el muerto debía ser mi bisabuelo. No fue una conclusión lógica. Me lo dijo mi madre, que solía precisar todos los parentescos del árbol genealógico de la familia materna mientras jugaba al solitario en la mesa de la cocina.
—Era mi bisabuelo, tengo derecho a saber de él. —Le dije a la abuela materna en señal de varonil protesta. No fue inteligente mi reclamo. La abuela me miró fijamente, escupió algo por el colmillo que le faltaba y terminó la conversación diciendo “mocoso de porquería ¡qué vas a tener derecho!” Así acabó mi investigación.
Una tía abuela (parentesco que también precisó mi madre), muerta por tuberculosis. Un bisabuelo muerto por la misma enfermedad. No era tan insignificante mi pesquisa. Como dijo mi madre, eran pobres como tantos pobres. Morían de enfermedades propias de los pobres. Rodando de conventillo en conventillo hasta que en alguno de ellos pescaron la muerte en forma de bacilo. Comer salteado, trabajar siendo niños, tiritar de frío en invierno y bañarse en sudor en verano era la vida que transcurría entre la peste hasta que la peste te tomaba de los pelos y te llevaba a la tumba. Sin embargo, Magdalena, la hermana mayor de la abuela, aún seguía habitando entre dos mundos y ese sí que era un misterio que merecía revelación. Algún tiempo después la tuve de boca de la abuela materna, por una conversación con mi madre que escuché escondido entre las tantas sombras de la casa familiar. El hombre que le tenía la vela a Magdalena conservaba una carta de amor y muerte que nadie había podido leer. Era una carta para ella, tal vez declarándole su amor o solo anunciando una temprana muerte con los pulmones rotos. Los hombres podemos ser tan amorosos como crueles. La abuela creía que solo Magdalena podría leer la misiva y como no lo había hecho todavía, vagaba entre dos realidades. Era una creencia más que una comprobación. Razonable, después de todo a Magdalena estaba dirigida y el relato sostenía que, por razones totalmente desconocidas, no se decidía a leer la carta de aquel hombre. En esa conversación la abuela afirmó que, con seguridad, la carta fue escrita con una tinta fantástica que solo la muerta podía ver, aunque los gusanos ya le hubieran comido los ojos.
Carta de amor y de muerte
Una carta puede no ser leída. Alguien escribe una carta, larga, corta, de amor o de odio, y el destinatario la recibe, pero no la lee. Está en su derecho. No la lee porque detesta al que le escribe. O le teme. O lo ignora. No hay acción más dolorosa que la indiferencia. El hipotético destinatario recibe la carta, repara en el remitente, frunce el ceño, balbucea algo y la hace a un costado como algo inútil. La carta queda abandonada; papel cualquiera, inservible multitud de letras manuscritas que originan palabras inútiles. Acaso se trate de una carta de amor para alguien que no quiere amar. O una carta de muerte para alguien que no quiere morir.
También una carta puede ser enviada y no recibida. Ocurre más a menudo de lo que uno supone. Los tiempos de la mensajería han cambiado tanto que hoy cuesta pensar en ese viaje que comienza cuando alguien escribe una carta hasta que llega al destinatario luego de varios días o incluso meses. Sin embargo, hay cartas que llegan años después. Y otras, muchos, pero muchos años después.
Tal vez la carta de amor a Magdalena fuera una de esas. Su enamorado la escribió, la guardó en un perfumado sobre blanco y, luego de estampillarla en el correo, la depositó en un buzón para que iniciara el viaje hacia su destino. La maquinaria de la comunicación escrita falló sin tener en cuenta que esa ausencia resultaría en que una frágil mujer no acabada de morir nunca y se mantenía en un círculo que ni el mismo Dante había descrito. Un tanto muerta, un tanto viva. Fluctuando entre la pena y la condena.
Ese asunto de la carta de amor y de muerte de la hermana de la abuela materna me llevó sin proponérmelo a recorrer las ramas de mi árbol genealógico. Debí seguir en un sentido inverso al que la lógica proponía. En vez de iniciar el recorrido por las raíces y luego el tronco, debí asirme de una de sus ramas que tenía escrito en su corteza el nombre de mi madre. Esa rama nacía de otra, que tenía impreso el nombre de la abuela materna. Y esa conducía a otra, más gruesa, que tenía el nombre de su madre, mi bisabuela, María Magdalena. Mi madre lo confirmó, María Magdalena era la madre de Magdalena. La primogénita llevaba el nombre de su madre. Fui corregido por mamá. La tuberculosa no se llamó María Magdalena. Solo Magdalena. Ni me molesté en preguntar si en la familia quedaba alguna foto de María Magdalena. La respuesta sin dudas sería “no”. ¿Si preguntaba por el nombre del escritor de la carta a Magdalena me lo dirían? ¿O tampoco tendría nombre porque estaba tan muerto como el esposo de Edelmira y el bisabuelo de los grandes mostachos?
Mi madre lo dijo sin cambiar el gesto mientras revelaba la última carta del solitario. Dijo sin alzar la voz, mirando fijamente al rey de copas, que un joven varón enamorado de aquella tuberculosa, de haberla sobrevivido por entonces, tenía que estar muerto al momento de mis inquisiciones, “absolutamente” muerto. Lo de “absolutamente” no fue necesario. A ella, sin embargo, le gustaba burlarse con discreción de la forma de hablar de su madre.
Entonces, con cierta resignación, acepté que tampoco el misterioso amante tenía un nombre que lo identificara. ¿Correspondía inventar uno para él? Tenía tiempo para tomar una decisión y más tiempo para inventarlo, si es que, finalmente, me decidía a bautizarlo.
Una joven muerta sin rostro, un enamorado muerto sin nombre, y una carta que nunca fue leída. Pero mi madre no creía en todas esas historias. ¿Acaso no había echado a perder la visita a los tíos en aquel pueblo afirmando que el esposo muerto de Edelmira no vagaba por la casa hablándole de asuntos comunes? Mamá no era incrédula, ni agnóstica, ni atea. Decía que en la familia sobran locos. Todos locos que dicen que hablan con los muertos. ¿Por qué hablan con los muertos? Porque no les pueden contestar. Y agregaba algo que no me atravía ni a oír. Porque si los muertos les pudieran hablar ya se sabe a dónde los hubieran mandado. Que habrían exigido que los dejen bien muertos en sus tumbas y que se ocuparan de asuntos de los vivos. —¿No viste que tu abuela habla con Magdalena cuando se mira al espejo? —Me dijo mi madre con tono acusatorio. En verdad, no había reparado en ello. ¿Qué significado tenía eso? —Ella cree que la tuberculosa está encerrada en el espejo, y por eso no puede leer la carta que le dejó ese italiano que se había enamorado de ella hasta que supo que tenía tuberculosis. Entonces dejó una carta y desapareció. ¿Amor? El bacilo de Koch lo puso a prueba. Nunca más se supo del caballero. Así que le arruinó la muerte a Magdalena. Porque morir enamorada es una cosa, morir con el enamorado tomándote la mano sabiendo que se contagiará y morirá podrido como su amada, es extraordinario. Pero morirse sola como un perro sarnoso, es patético. Los hombres no tienen corazón. Solo bragueta. Ese italiano no fue la excepción. Una bragueta en fuga. Eso fue todo. Nada romántico.”
También me dijo que en la familia era más fácil que pasara un muerto por el ojo de una aguja que una verdad se pronunciara sin eufemismo. Que la familia es un ecosistema que vive al borde del derrumbe todos los días, y aun así prospera en la fantasía de los medios vivos y los medios muertos. “De los que revisan la vieja heladera SIAM y la joven muerta prisionera en una espejo”. La verdad de lo que había ocurrido fue que Magdalena murió en soledad, en una pieza que quedó sellada durante años. Luego, en un ataque de supuesta locura, un pariente a quien ni se menciona, le prendió fuego para acabar con la peste. Solo cenizas quedaron. Y si hubo una carta, se quemó entonces. Madre me tomó del hombro y me dijo: “no hay muerta que deambula, no hay carta que leer, no hay tío que revise la heladera, ni espejo que retenga un alma. Lo único que hay es locos. Completamente locos.” Luego de eso, volvió a sus barajas y no volvió hablar más de toda esa historia. Fue una terrible decepción. Casi sentí la necesidad de recluirme en el Cottolengo, con todos los abandonados que domingo a domingo veía deambular por la gran sala del hospicio. El desamor me frustró completamente.
Pretensiones
Me propuse escribir esa carta de amor y muerte. Yo repararía, aunque de manera tardía, aquel abandono. Tal vez mi composición aliviara un poco la soledad en la muerte de esa tía abuela despechada. En verdad, era un desafío que superaba mi capacidad infantil. Sospecho que las posibilidades de escribir un texto noble eran mínimas o casi nulas. Leer y comprender un texto como fuente de inspiración es absolutamente diferente a saber escribir una carta de amor y de muerte.
Desde muy pequeño podía leer con perfección. Sin embargo, me estaba prohibido leer algunos libros. Fui un niño que aceptó, bajo queja, la orden materna de no leer ninguno de los libros que ella conservaba en un anaquel de su habitación. Eran sus libros y demonizaba a cualquiera que se atreviera a tocarlos. Ni siquiera leerlos, tan solo tocarlos. Acariciarlos, como tantas veces hice trepado a una mesa de luz que resistió mi atrevimiento en cada oportunidad.
—No son libros para niños —repitió cada vez que reclamé mi derecho a la lectura—. Como si hubiera libros para adultos y otros para niños. Quería esos libros y no otros; no los sosos de princesas y príncipes. Ya nacía en mí un sentimiento plebeyo, no necesariamente republicano. Revoltoso. También algo caprichoso. Bastante, para ser sincero. Mi reclamo fue a los gritos: «¡Quiero leer los libros prohibidos!» Mi madre fue contundente: «¡Jamás!» Y no se habló más del tema.
Estaba fastidiado por esa prohibición. Si no podía leer esos libros misteriosos, ¿cómo iba a poder inspirarme para escribir una carta que expresara tanto al amor como a la muerte? ¿Para qué mi hermana me había obligado a aprender a leer y a escribir a los cuatro años? Pero así había ocurrido. Todas las tardes ella me sentaba en un pequeño pupitre que le habían regalado y dictaba su clase sin darme respiro. Lo más aterrador fue recibir las lecciones ante un espejo que amenazaba absorberme como una sopa apetitosa. Mientras intentaba escribir las letras que ella dibujaba, yo veía cómo el espejo estiraba una oscura probóscide. La negra trompa amenazaba penetrar por mi boca hasta las tripas y disolver mis entrañas en un rico jugo de proteínas. Hacía lo imposible por no prestar atención a esa amenaza, seguro de que si no la miraba, no podría engullirme.
Mi hermana me atormentó durante meses sin contemplaciones hasta que logró su propósito. No recuerdo si la calidad de mi escritura era medianamente aceptable. Pero leía a la perfección. Cuando mi madre descubrió esa virtud, sonrió satisfecha. No sabía de aquellas horribles lecciones frente al espejo, pero aprobó los esfuerzos de mi hermana por desasnarme. Entonces me sentaba en otra pequeña silla y me hacía leer el diario La Nación que apenas podía sostener, desde la primera página hasta la última, incluidas las necrológicas. Ella hacía los quehaceres de la casa y yo la seguía a todos lados con la pequeña silla y el enorme diario en mis manos. Era un niño demasiado informado; eso no me ayudó mucho por entonces.
Cuando ingresé a la escuela primaria, me aburrí hasta el hartazgo escuchando a mis compañeros luchar sílaba a sílaba con los textos del libro de lectura obligatoria para el primer grado. ¡Y ese poema “Banquito mío”! Lo recuerdo y aún me da escalofríos. Pudo haber aniquilado mi vocación literaria. No lo logró, pero nunca pude olvidar a aquel banquito alcahuete que denunciaba año tras año a supuestos niños muy malos.
Había un libro especialmente prohibido: Cuerpos y almas. Justamente yo buscaba un libro que se refiriera tanto al cuerpo como al alma humana. ¿Sería ese? Robarlo no era una complicación. Podía robar lo que me propusiese en una casa en la que sobraban chucherías y espejitos de colores. Pero robar ese libro era distinto: por su tamaño mi madre notaría al instante su falta en el estante, y no habría otro culpable más que yo; ella lo sabría sin siquiera iniciar una pesquisa. Mis hermanos no eran afectos a la lectura; tenían otras preferencias. El único curioso sobre el contenido de todos los libros de la casa era yo. A esa altura, leer con perfección —más que una virtud— resultó una condena. Fue como quedar atrapado en aquel espejo de las lecciones, el que estiraba su morbosa probóscide: para no devorarme, solo me permitía repetir sin descanso aquel horror de poema sobre niños malos, muy malos.
Ha muerto Edelmira
Madre no pareció acongojada cuando recibió la noticia de la muerte de su tía Edelmira. Lo tomó con serenidad. La última pelea no pareció haber alterado sus sentimientos hacia ella. Solo dijo “vamos al velorio”. Mis hermanos se negaron a acompañarla. Ellos sentían pavor de acercarse a un muerto. Más si se trataba de la tía Edelmira, la que siempre tenía el gesto duro y la sonrisa escasa. Aquella arremetida contra nuestra madre por su desvergonzada versión de la pérdida de la virginidad prematrimonial los había dejado espantados. Temían que la tía muerta abandonara su ataúd y los tomara de los pelos para samarrearlos hasta hacerles decir que perder la virginidad antes del sacramento del matrimonio era un pecado capital que merecía el infierno. Lo hubieran dicho si la muerta se los hubiese exigido a coscorrones, pero eso hubiera echado a perder la relación con madre, que podía ser muy vengativa si alguien se atrevía a seguir a la tía en sus cuestionamientos sobre sus actos juveniles antes del matrimonio.
Renunciados mis hermanos, la consecuencia fue simple: el niño de las visitas dominicales al Cottolengo debía acompañar a su madrecita al velorio y entierro de la vieja y malhumorada tía.
Edelmira murió una noche. De repente. Sin proponérselo y sin aviso previo. Supimos que cayó redonda al piso luego de la cena. Llevaba los platos de la cena para dejarlos en la batea de la cocina. Ningún plato se salvó por la caída. Francisco nos dijo que la noche que murió Edelmira, antes de desfallecer, dio un par de vueltas en puntas de pie como si estuviera danzando, revoleó los platos por los aires y luego cayó. Pum. Y así quedó. Despatarrada. La barriga a un lado, los senos al otro, los brazos a cada lado, igual las piernas. Imaginé una figura algo grotesca. Una arcaica muñeca dislocada. Mas me reservé el comentario. Reconozco que no pareció una forma digna de morir.
Tal vez hubiese sido prudente no ponernos al tanto de la posición del cadáver sobre el piso de la cocina. Uno siempre quiere conservar de los difuntos una imagen más decente. A Francisco no le preocupó y a cada vecino que se arrimaba para dar el pésame, él les refería la misma historia. Es de suponer que a la mañana siguiente a la muerte de Edelmira, todo el pueblo comentaría el aspecto ridículo de la muerta luego del patatús que la sumergió en el sueño eterno.
A la mañana siguiente de la muerte, comenzaría el sepelio. El velorio duraría veinticuatro horas. Era lo que por entonces se acostumbraba. Luego, el entierro. Más breve y no más solemne si había lugar a ello. Madre no perdió tiempo en emprender el viaje al pueblo. Salimos de la vieja casa a las apuradas.
—Madre: ¿Ni una muda de ropa?
—¿Para qué?
—Para lucir limpios, prolijos. No queremos parecer zaparrastrosos.
—¿La muerta apreciaría nuestra pulcritud?
—Madre: No lo sé. Tal vez el tío le comente nuestra desprolijidad.
—Imposible. Los muertos no hacen esa clase de comentarios. Para ellos, basta una bonita mortaja blanca. Con un rosarito entre las manos, ya están más que conformes.
—Pero a pesar de la mortaja blanca y el rosarito, el tío puede expresar su queja por nuestra desalineada presencia abriendo la vieja heladera durante toda la noche. —Madre me miró extrañada. Tal vez resignada. Movió la cabeza de un lado al otro.
—Lo que me estás diciendo, hijo, ¿es en serio? —No supe qué responder.
—Niño, si abre la heladera, lo único que va a ocurrir es que la comida perderá el frío. ¿Entendido?
Qué podía decir.
El colectivo primero y el tren luego llegaron a término para iniciar el viaje al pueblo donde murió Edelmira. Muy extraño. Siempre había que esperarlos por largo tiempo. La tradición era que nunca cumplían los horarios. Pero más extraña aún fue la velocidad con la que los conductores de los dos medios encararon el viaje. El colectivero parecía poseído. Su cabello estaba completamente despeinado, los ojos desorbitados y el rostro mostraba un rictus que a madre y a mí nos provocó sentimientos diferentes. A mí, preocupación. Miedo. A madre, curiosidad. Se notaba en su cínica sonrisa y el brillo de sus pequeños ojos. Su sentido de la curiosidad era, sin dudas, peculiar.
El chofer pisaba el acelerador con un entusiasmo desmedido y cada tanto profería un gritito, tal el alarido que un gato en celo lanza cuando enfrenta a un contendiente que también pretende aparearse con la misma gata. Debo reconocer que llegamos a la estación de tren sanos y salvos. Asustados, por demás, pero indemnes.
Minutos después de esperar en el andén de la estación, el tren llegó. No había otros pasajeros más que nosotros. Apenas subimos madre y yo, se puso en marcha, y a poco de andar, tomó una velocidad desmesurada. Debimos asir con fuerza las agarraderas. No podíamos observar al conductor, pero la repetición constante de los bocinazos nos daba la pauta de que también debía estar como poseído. Ni me animé a adjudicar a Bernardino el comportamiento de ambos choferes. Estaba seguro de que mi madre hubiese abandonado sus precisas respuestas carentes siempre de verdadera emoción y me hubiese dado muchos mamporros en mi redonda cabeza. Pero tal vez no fuera el tío muerto, sino que ambos choferes actuaban como médiums de Edelmira, que era quien los controlaba para que aceleraran para arribar a destino lo antes posible. Seguro que ella quería que la hereje de su sobrina, la atea que no había llegado virgen al matrimonio ignorando el sagrado sacramento, no se retrasara para el rito funerario. La quería humillada ante su ataúd.
Llegamos a destino. Algo tan extraordinario como el mismo viaje.
Caminamos por aquella calle reseca. El viento arrastraba al polvo y cada unos cincuenta metros hacía remolinos que ascendían y descendían. La sombra de los grandes álamos era mucho más densa que de costumbre. Costaba llevarlas sobre los hombros. Por lo menos así era para mí, un niño; en cambio, madre no parecía percatarse del peso de esa oscuridad. Caminaba a paso firme y tenía el mismo semblante de cuando jugaba su solitario en la mesa de nuestra cocina. Su expresión lo decía todo. Nada me importa. Nada me detiene. Así era madre.
¿No debí sorprenderme al llegar? Tal vez sí. Pero aquella casona siempre podía deparar sorpresas. La muerte había logrado lo que nunca. Su entrada principal, que siempre permanecía cerrada, estaba abierta de par en par. Desde la calle se podía ver el féretro rodeado por viejas vestidas de negro rezando el rosario. La imagen era oscura. Una foto en blanco y negro. Sin grises. Sin matices.
Madre pareció indiferente a aquella escena mortuoria. A mí me espantó. Esas mujeres dejaron de rezar el rosario. Voltearon al mismo momento y no se fijaron en mí, sino en madre. La estaba esperando. No tengo dudas. No las tuve en ese momento. Madre les devolvió la mirada. Más provocativa, extrajo un cigarrillo de su cartera y lo encendió; luego se dirigió a la sala donde estaba el ataúd de Edelmira. Entró echando humo. Yo detrás, casi corriendo. Las viejas murmuraron algo ininteligible. Madre sonrió igual que cuando lograba completar su solitario. Entró a la sala con la misma energía con la que caminó las cuadras entre la estación y la casa. Del mismo modo, me llevó a la rastra tras de sí, disfrutando mi esfuerzo infantil por seguir sus pasos.
No debió preguntar esa vieja quién era la recién llegada.
—Soy la sobrina de Edelmira. Soy la sobrina de todos los que aquí viven. —Las viejas exclamaron ¡oh!
Las exclamaciones solo valen por cómo se las dice y cuándo. ¡Ah!, ¡eh!, ¡oh!, ¡uy!, pueden expresar sentimientos u opiniones muy diferentes. Depende de cómo se las utiliza y cuándo. El ¡Oh! de las viejas sonó despectivo. Vi el cambio en el rostro de madre. De la indiferencia al odio. A pesar de ello, su respuesta fue bastante prudente.
—¿Oh? ¿Oh qué? —dijo madre afectada por ese despectivo de la exclamación colectiva.
—¿Y tu madre? —preguntó una de ellas.
—No vendrá. ¿Algún problema? —Las viejas volvieron al rosario.
La abuela materna detestaba los velorios y los entierros. Siempre repetía que, después de la muerte de su madre, no volvería a estar presente en ninguno. Ni cuando murieran sus hermanos. Descontaba que ella los sobreviviría a todos. Tuvo razón. Fue la última en morir de todos.
Una vieja se apartó del ataúd. Llegó a centímetros de madre. Ni reparó en mi presencia.
Madre preguntó: ¿dónde están los tíos? Ninguna le respondió.
—¿Vos sos la que no llegaste virgen al matrimonio? —En la sala se hizo un silencio insoportable.
—¿Dónde están Delicia, Arturo y Francisco?
La vieja se acercó más a madre. La miró fijamente.
—Sos vos. Lo supimos apenas te vimos. Tu comportamiento te delata.
Ignoro cómo habían descifrado que la presencia menuda de madre correspondía con la mujer que no respetó los votos de castidad antes de recibir el sagrado sacramento del matrimonio. Tal vez el humo de su cigarrillo les dio la pauta de que se trataba de la sobrina herética.
—En efecto —dijo madre—, soy la mujerzuela que se casó de blanco a pesar de que ya no era virgen. Y la pasé muy divertida. ¿Conformes? Ahora: Dejen de repetir los chismes de Edelmira y díganme dónde están Delicia, Arturo y Francisco; vengo a darles el pésame. —Los murmullos crecieron. La vieja que se había arrimado a madre la corrigió.
—¿Chisme de Edelmira? No, querida. Edelmira nunca habló de vos. Y eso que le insistimos. Todo el pueblo sabe de tu libertinaje. Pero no por tu tía. Ella, en los veinte años que vivió en esta casa, nunca salió a la calle. Nunca comentó los pecados de su sobrina.
—Entonces otro chismoso habrá sido.
—Un chismoso que ni te imaginás. —Dijo la vieja intrigando.
—Ni me interesa. Lo que hice o hago con mi entrepierna no es asunto de unas pobres y amargadas mujeres frígidas. Las viejas se santiguaban repetidamente al tiempo que murmuraban maldiciones contra la que llamaron blasfema.
—¿Blasfema? No dije nada injurioso u ofensivo. Solo dije una verdad. ¡Frígidas!
Por suerte aparecieron los tíos de madre. Entraron a la sala velatoria en fila. Primero Delicia, luego Arturo y por último Francisco. Ninguno parecía acongojado. No digo que disfrutaban el momento de la muerte de Edelmira, pero no parecían apesadumbrados.
—¡Querida sobrina! —exclamaron a coro.
—¡Tíos! —respondió madre. Fue asombroso que se abrazaran tan amorosamente.
—Empezamos a morir —dijo Delicia—. Vamos a morir en este orden: primero Arturo, después Francisco y por último yo, la Delicia de los hermanos. Cada tres meses morirá uno de nosotros. En nueve meses, lo que un parto, seremos solo cenizas.
—¡¿Cenizas?! —gritó una vieja horrorizada.
Delicia ni reparó en ella.
—Mis cenizas quiero que las arrojen donde el jazmín del cabo, el que plantamos cuando vinimos a vivir a este pueblo. Arturo quiere que lo hagan en la cancha de bochas. Pasaba más horas allí que en la casa. A Francisco le da lo mismo aquí o allá. Que se las lleve el viento. Él siempre fue así, medio bartolero.
Madre y sus tíos hablaban de la muerte con absoluta naturalidad. No voy a negar que sentí una mezcla de espanto e incredulidad. La muerte, entonces, para mí, era algo extraño y misterioso. No hablaba de morir, solo de vivir. Pero ellos lo hacían como si hablaran de ir al mercado o que iban a cebar mate.
Uno de los empleados de la casa funeraria anunció que había llegado el momento de sellar el ataúd.
Dijo: “Quienes deseen despedirse, háganlo ahora. Es tiempo de partir hacia el cementerio”.
No supe qué mujer dijo “que el niño le dé un beso de despedida a Edelmira”. Fue escuchar esas palabras y sentir un miedo terrible. ¿Besar un cadáver? ¿Tenía que besar un cadáver? Busqué la mirada de madre, pero ella creo que ni escuchó el reclamo de esa horrible mujer. Sentí envidia por mis hermanos. Ellos sabían por qué no era inteligente ir a ese velorio. ¡Yo fui un estúpido! No podía justificarme en mi ignorancia infantil. Debí suponer que una cohorte de viejas malvadas me obligaría a besar a la muerta. ¡Eran como las viejas de Comala que conocí de adulto! A diferencia de Juan Preciado, escapé. Corrí sin mirar atrás. Fui hacia los fondos de la casa, donde crecía el zapallal. Enormes zapallos de cáscara arruigada y verdosa. Me detuve en medio del zapallal. Al principio, horrorizado por la propuesta de besar el cadáver, no reparé en la presencia de enormes ratas que disfrutaban devorando los zapallos. Cuando reaccioné, me vi rodeado de seis gordas y glotonas ratas que me observaban con curiosidad. No parecían dispuestas a atacarme. Solo me observaban con curiosidad. Tal vez solo querían estar seguras de que no venía a privarlas del manjar. Quedé paralizado. Aún hoy me asustan las ratas. Tan pequeño niño huyendo del beso a una muerta para caer en medio de un zapallal lleno de ratas. No atinaba a nada. Las opciones en mi mente eran pésimas. O el beso a la tía muerta con su piel de muerte y sus humores fúnebres, o la custodia de ratas que se alimentaban con los zapallos que crecían en los fondos de la casa. Mi corazón latía con fuerza. Y mis ojos estaban por llenarse de lágrimas. No podía pedir auxilio. Temía que si gritaba, el raterío lo tomara como una declaración de guerra. Y en ese combate llevaba las de perder.
Madre vino a mi rescate. Espantó a las ratas. Me tomó de la mano y me devolvió a la sala velatoria. Me resigné. La vieja malvada se saldría con la suya, haría que me alcen hasta el ataúd para que diese ese beso infantil de despedida. Sin embargo, el ataúd ya estaba sellado. Sentí una alegría inconmensurable. Mi corazón dejó de latir con rabia. Mi cuerpo recuperó la calma.
Madre dijo:
—Vamos al cementerio a cremar este cuerpo. Luego, a casa.
¿Cremar? Hasta ese momento nunca había escuchado esa palabra.
Pregunté: ¿cremar?
—Sí. Prenderle fuego.
La escena que se presentó en mi mente fue más horrible que el beso con la muerte y el acoso de las ratas. Imaginé una pira enorme y en medio el cuerpo de la tía quemándose como un leño de carne vieja.
Una vieja rezadora gritó: ¿¡Cremar!? Nunca. Respetemos el mandato de Dios. Del polvo venimos y al polvo vamos.
Mi madre esbozó una cínica sonrisa. Conocía esa sonrisa impúdica. Cuando hacía trampa en el solitario se le dibuja de manera involuntaria. Dos líneas finitas y rosadas, apenas brillantes por una leve humedad que dejó el paso de su lengua.
—¡Claro! ¡Cómo dice la doña! Del polvo venimos y al polvo vamos. Por eso no quise casarme de blanco.
Cuando fui adulto, comprendí el significado de su respuesta y la expresión de odio de esas viejas vestidas de negro.
El loco Mooms
Mucho antes de que murieran los tíos maternos —mis tíos abuelos—, solía ir de vacaciones a ese pueblo. La abuela materna me llevaba no tanto para que ella disfrutara de mi compañía, sino para aliviar a la madre de sus obligaciones para conmigo, el más pequeño de sus hijos.
Yo no disfrutaba de esa estadía. Si se me hubiese permitido elegir, me habría negado a la permanencia en esa casa y en ese pueblo. Pero el niño de las visitas al Cottolengo rara vez se atrevía a decir qué deseaba o qué le gustaba.
Vecina a los tíos vivía una familia con varios hijos. Uno de ellos, de quien no recuerdo el nombre, solía visitarlos todos los días. Parecía amable. Artificialmente amable. Lo presentía engañoso y violento. Sin embargo, todos lo tomaban por gentil y auténtico. Esa era la razón por la que insistían en que luego de desayunar aceptara jugar con este personaje. Era, para mí, el hijo de los Mooms. Así se lo nombraba.
Era mayor que yo, alrededor de 14 años. Yo tan solo tenía seis, tal vez siete, pero no más que esa edad. El hijo de los Mooms era fuerte, muy fuerte. Acostumbrado a tareas de campo, su pasatiempo predilecto era cortar gruesos troncos para almacenar leña para el invierno. Los hachaba con un hacha enorme. Su filo echaba chispas al cortar los rayos del sol cuando la elevaba por encima de su cabeza para golpear con verdadero poder los troncos que se partían al momento.
Insistía para que yo aprendiera a blandir el hacha como él. Era una empresa imposible. Mi altura no era mucho mayor a la del gran mango del hacha. El peso de ella superaba largamente la posibilidad de usarla no para cortar un grueso tronco, algo imposible, sino para partir por efecto del golpe y el peso unas delgadas ramas. Eso lo exasperaba. Mi fracaso lo ponía violento.
Recuerdo que una mañana, luego del desayuno, de que todos los tíos, incluida la abuela materna, insistieran para que fuera a jugar con el hijo de los Mooms, me hallaba juntando unas ramas con la vaga idea de construir un fuerte. Primero haría la empalizada y luego me ocuparía de construir una suerte de cabaña y un establo. Con seguridad, la obra final en nada se iba a parecer a la imaginada.
Como todas las mañanas, apareció. Ya no se preocupaba de ir a la cocina comedor a saludar a los tíos y a la abuela materna. Se quedaba a mi lado y me dictaba órdenes.
Su tono era marcial. Impartía órdenes como si él fuese un general y yo un soldado tonto e inútil. No recuerdo bien qué pasó ese día. Probablemente me ordenó algo que me negué a cumplir. Lo más seguro es que la orden fuera insignificante, alguna bobada propia de un adolescente que disfrutaba mandoneando a un niño pequeño. Sí recuerdo que comenzó a gritarme. No sé qué le respondí. Pero debo haberle respondido de manera insolente; era lo que hubiese correspondido.
De repente lo perdí de vista. Me sentí satisfecho de que hubiera desaparecido y me dejara jugar solo. Cuando me agaché a colocar las primeras ramas de la hipotética cabaña, sentí, a mis espaldas, el crujido de ramitas y hojas pisoteados. Sentí el olor de un jabón de tocador que yo no usaba. Ese perfume me envolvió por detrás. No alcancé a voltear la vista para ver de quién se trataba. Me tomó por detrás, por el cuello y empezó a estrangularme con fuerza. Fue inútil resistir. Yo era un niño que no podía ofrecer resistencia alguna a un muchachote que cortaba leña con esa gran hacha todos los días, lo que le había dotado de una musculatura poderosa y una fuerza, para mí, invencible.
Quise gritar. No pude. Mi garganta estaba completamente cerrada. Tampoco podía respirar. Intenté quitar su brazo de mi cuello, pero fue inútil. Se aflojaron mis piernas, luego mis brazos. Las ramas que sostenía en las manos cayeron. Es todo lo que recuerdo. Supongo que me desmayé. Nunca supe cuánto tiempo estuve tirado en el piso sin conciencia. Cuando volví en sí, como pude, me puse de pie y llegué tambaleando a la cocina comedor. Mi aspecto no debería ser muy bueno porque la abuela materna no pudo disimular su preocupación. Dijo “estás morado”. Creo que mis ojos exhibían algunas petequias rojas y violáceas, porque ella insistía sobre el aspecto de mis ojos. Luego pregunto: “¿Qué hiciste?” No había hecho nada, pero cómo explicar qué había ocurrido. Algo indebido debía haber hecho para presentar ese aspecto. Si les hubiera dicho lo que ocurrió, ¿alguien me hubiera creído? El hijo de la libertina que se había casado de blanco a pesar de que ya había perdido la virginidad iba a acusar a un buen vecino, que todos los días se preocupaba por el bienestar de cuatro viejos. No, nadie hubiese creído mi historia.
Lo cierto fue que “el hijo de los Mooms”, amable y servicial, había sido presa de un ataque de ira contra un niño indefenso de apenas seis o siete años, y más o menos veinticinco kilos de peso. Tal vez tuvo un momento de lucidez y me dejó caer cuando comprobó que me había desmayado por la falta de aire. Quizás temió matarme en ese momento.
Nunca mencioné el incidente. Él no volvió a la casa. Los tíos y la abuela se extrañaron por su conducta. Estaban apenados porque ya no los visitaba cada mañana. “¿Vos le hiciste algo?” Esa pregunta se repitió durante días. Mi respuesta siempre fue la misma: “Yo no hice nada”. Era la pura verdad. No estaba ni siquiera alegre. Estaba temeroso de que volviera.
Cada noche soñaba con que llegaba hasta mi cama y completaba su ejecución. Desde entonces, cada verano en que la abuela me llevaba con ella, suponiendo que eran unas alegres vacaciones, jamás pude volver a dormir tranquilo. Sentía ese poderoso antebrazo apretar mi frágil cuello y morir en cuestión de segundos.
Un día antes de la locura
La mañana era fresca, no demasiado. El sol no entraba a esa hora en la casa. Las habitaciones en las que dormía la mayoría de la familia daban al patio; no tenían ventanas. Desde el patio se llegaba a ellas por una puerta alta de dos hojas, vidriada, que protegían los postigos más altos aún, pintados de color verde inglés. Ese ridículo verde inglés que cubría todos los metales en la casa. Solo se salvaban los bronces que se lustraban con una pasta de nombre Silvo. El hermano mayor y yo dormíamos en dos habitaciones que lindaban con la terraza. La del hermano era amplia, la mía pequeña.
Todavía había canarios en el patio, en sus jaulas. Amarillos, con algunas plumitas blancas. Cantaban delicadamente. Hermosos. Aún recuerdo con tristeza cuando murió el último de ellos. Después de esa muerte, no hubo más pájaros, ni cantos de aves.
La noche había transcurrido sin que ocurriera nada excepcional. Los hijos nos fuimos a dormir apenas lo ordenaron. Padre, madre y abuela fueron a sus camas tal vez una o dos horas después que nosotros. No hacían ruidos mientras permanecían en la cocina comedor. Tomaban su café negro. Todos lo bebían sin azúcar. El aroma del café llegaba hasta las habitaciones del piso superior. Yo podía olerlo. Era un perfume que me fascinaba.
Hablaban en voz baja para que nosotros no escucháramos sus conversaciones. Los hermanos estábamos convencidos de que ellos no tenían nada interesante sobre qué conversar, por eso nunca nos habíamos escondido para saber de qué hablaban. No valía la pena. Conversaban de que el día de trabajo había sido más o menos agitado, que había aumentado el precio de algunos comestibles, que había que sacar la basura antes de que pasara el recolector. Tal vez en alguna oportunidad algún tema político. Pero en la casa de política no se solía hablar. Las pocas veces que los hermanos asistimos a una discusión de política entre todos los adultos de la familia, fue para comprobar que todo acababa mal, a los gritos, entre insultos y amenazas de distinto tenor. Así terminaba, abruptamente, el encuentro familiar. No comprendíamos mucho de esas peleas. Salvo esas oportunas y poco frecuentes contiendas, los temas eran anodinos. Los adultos lo eran. No había mucha diversión en esa casa. No se podía decir que era una casa triste, pero sí que no era alegre, o que la alegría solo se daba a cuentagotas, en dosis pequeñas y de manera muy espaciada.
Alegría y tristeza van juntas. Son los polos de una contradicción vital. No son caras de una misma moneda. Están ligadas de manera inseparable, pero al mismo tiempo se oponen y es la fuente de venturas o desventuras. No era fácil para un niño que solo arrastraba su pequeña silla siguiendo a su madre por toda la casa, llevando el enorme diario La Nación en su mano, leyendo noticias que casi no comprendía, reconocer esos estados de tristeza de la hermana. Permanecía sentada en una silla tejida con mimbre en el patio de la casona, justo al centro del patio, frente a los altos postigos, mirando en dirección al interior de su habitación, como si viera a una persona dentro de ella.
Su mirada quedaba fija en un punto. La oscuridad de la habitación contribuía a suponer que ahí dentro fluía una sombra de aspecto indefinido. Su introspección solía confundirme. Ocurría con alguna frecuencia. Pero parecía que solo a mí me llamaban la atención esos estados catatónicos con los que quedaba aislada, encapsulada, como si permaneciera ese tiempo dentro de un capullo impenetrable. Hermano pasaba delante de ella, pero no le prestaba atención, ni la miraba. Madre, en cambio, repetía al verla allí sentada: “Otra vez con esta pavada”. La indiferencia de hermano y el reproche de madre me parecían indebidos. El de hermano lo entendía; a él nada de nosotros le interesaba demasiado. Solo si nosotros le permitíamos obtener algún tipo de beneficio. No miento al decir que se interesaba por muy pocos asuntos de los demás. El reproche de madre lo consideraba injusto. Claro, yo no valoraba ese comportamiento como una pavada, una pose caprichosa de alguien que solo intenta llamar la atención. Yo no veía lo que hermana, pero podía sentir rezumar esa sombra dentro de la habitación moviéndose en dirección directa a sus ojos.
En algunas oportunidades salía de esos estados con una risotada que me asustaba. Luego se comportaba como si nada extraño hubiera ocurrido. Esa conducta alimentaba las sospechas de madre. En hermano no provocaba ningún sentimiento. En mí, una mezclada de miedo y curiosidad.
Sin embargo, esa mañana, su comportamiento y su aspecto dejaron entrever que algo no estaba nada bien en ella. Como si esa sombra que fluía en la oscuridad de la habitación hubiera penetrado por sus ojos al interior de su humanidad y alojado tal vez en su cerebro, tal vez en su corazón. Si bien yo no podía definir aquel estado, mi intuición me decía que algo había mutado en ella, algo en ella se había roto. Podía sentir la divergencia entre espíritu y cuerpo. El cuerpo iba adquiriendo una rigidez notable y el color de la piel tornaba oscuro y crujiente, como si se cuarteaba una vasija funeraria de terracota. Se aferraba a la silla estrujando con fuerza los apoyabrazos con sus manos. Entonces su espíritu se volvió tangible, palpable; se desprendió de la materia y se disolvió en una bruma gris. Esta metamorfosis habrá durado segundos, pero como la transformación avanzaba con una lentitud pastosa, provocó una atormentada singularidad de tiempo y espacio, una anomalía que no podía haberla explicado de ninguna manera. Luego lanzó un grito desgarrador. El grito llenó la casa de dolor. Una epifanía del horror; al instante cayó al piso inconsciente y no volvió en sí hasta la noche del día siguiente.
El día de la locura
Del grito en el patio de la casa al sueño abismal hubo un momento breve. Al caer, hermana quedó en posición fetal, envolviéndose sobre sí misma. Padre y hermano llegaron apenas escucharon el grito. Madre y abuela paterna luego de ellos. Yo fui el último en llegar. Temblaba y apenas podía controlar ese escalofrío que sacudía mi pequeño cuerpo en sucesivas ondas.
Padre y hermano observaron su cuerpo con curiosidad. La alzaron del piso y la llevaron a su cama. No parecían angustiados, solo agitados por el esfuerzo que les insumía trasladar el cuerpo muerto de la muchacha. La depositaron en la cama. Madre la tapó con una manta de viaje. Todos permanecimos en silencio a su alrededor, sin decirnos nada. Los rostros de los adultos eran inexpresivos. El que adquirió el aspecto de una máscara cerosa fue el de padre. El de madre estaba ausente, como si no le perteneciera. Los demás eran casi invisibles.
El sueño de hermana duró un día completo. Comenzó un viaje que yo conocí en mis propios sueños. Arribó a una tierra ubicada sombras arriba, algo lejos de la oscura geografía común de los antepasados. Los ancestros, que ocupaban las laderas de una elevación de cenizas, podían simular no conocerla —ellos fueron siempre expertos en encubrir verdades y horrores—, pero todos sabían de quién se trataba y por qué llegaba justo en ese momento. Ella parecía no tener una edad cierta, pero era una confusión posible, porque aún su espíritu conservaba esa condición palpable, desprendido de los átomos que componen carne y hueso, y disuelto en esa bruma gris que, desde su arribo, se adhería a sus formas como un fango impuro, herético. La apariencia que adquirió en esos instantes no podía explicarse con breves palabras. En su rostro se expresaban antiguos padecimientos familiares y un porvenir en el que se dibujaban hondas huellas de incesante dolor. Sufrir sería, desde entonces, su templo.
No padecía ni sed ni hambre. Por eso no buscó alimento para saciar su apetito, ni agua para refrescar su boca. Caminó siguiendo un sendero barroso en el que no se dibujaba horizonte alguno. El dolor, la tristeza, no tienen horizonte posible. Se lo recorre sin fin, no buscando llegar a un destino, sino sabiendo que el andar sin detenerse, salvo por la muerte misma, es puerto de partida y de llegada al mismo tiempo. Como quien se mueve en un eterno círculo perfecto en el que siempre se vuelve al mismo lugar.
Frente a una prominencia con forma de hueso que se elevaba a un lado del camino, se detuvo. De un osario próximo, detrás del promontorio, surgían brillos intermitentes, unos verdosos, otros azulados. Comenzó a hablar. Todos podíamos escuchar su voz. No era fácil para los adultos comprender qué decía. Eran palabras cortas, destellos del idioma repetidos emulando una clave morse incomprensible. Al oír su voz, padre enrojeció. Su rostro adquirió un color bermejo como si estuvieran a punto de llorar sus ojos lágrimas de sangre. Los labios le temblaban; tal vez pensara en decir algo, exigirle a la sonámbula qué explicara de qué hablaba, pero, finalmente, se mantuvo en silencio. Hermano sonrió tontamente. La abuela paterna se mantuvo impasible y madre quedó vacía de todo sentimiento. Hermana murmuró sin detenerse durante muchas horas. No puedo, aún hoy, recordar cuánto tiempo balbuceó esas palabras. Pero fueron horas durante las cuales nadie se apartó de su lado y la oscuridad terminó de sellar la patética escenografía familiar.
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