El templo capítulos 1-7 (En revisión ;-))

El templo capítulos 1-7 (En revisión ;-))

Tete

20/02/2026

CAPÍTULO. EL ÁRBOL

Aquella noche mi abuela entró en la habitación y me susurró al oído:

—Ven conmigo y no me hagas preguntas.

Con mucho sueño y sin ganas, me levanté y la seguí. No tenía idea de lo que tramaba, pero no era normal que me despertara a medianoche. Nunca fue lo que se entiende como «una abuela al uso», de esas que se empeñan en que te comas las croquetas, o de las que se pasan el día tejiendo mientras ojea de vez en cuando a su alrededor. A ella le encantaba contar historias. Nuestra Sherezade particular; cada noche encadenaba relatos de seres imaginados, de árboles escondidos en sitios sagrados, de música, de sueños con barcos. Las narraba de forma que quedábamos petrificados siguiendo los gestos de su cara, el movimiento de sus manos. Esa forma suya de escenificar las historias, haciendo que nos sumergiéramos en mundos desconocidos, producía en mí cierta inquietud, pues no las reproducía como producto de su imaginación, sino que pareciera que las recordara de otra época de su vida.

—Abuela, ¿qué pasa? —le dije.

—Chist, ven conmigo.

La seguí hasta su habitación; ya dentro, cerró de forma sigilosa la puerta.

Abrió su armario. Mientras desplazaba una montaña de sábanas con una mano, con la otra buscó en uno de los bolsillos de su bata de casa. Sacó una herramienta en forma de ele con restos de óxido. La herramienta encajó en una muesca que se difuminaba con la veta de la madera. Con un ligero movimiento de muñeca hizo saltar una pieza que escondía un mecanismo. Se escuchó entonces un crujido mecánico que desplazó un portón, mostrando una oquedad. El mismo mecanismo deslizó una plataforma que portaba una guitarra. La tomó entre sus manos y me la ofreció al tiempo que me besaba la mejilla.

Lo primero que se me pasó por la cabeza fue por qué mi abuela escondía esa guitarra, cuando en su casa había instrumentos repartidos por doquier, en cualquier estancia. Puso la guitarra en mis manos.

—Siéntate a mi lado y préstame atención. Necesito que entiendas lo que te voy a contar.

No paraba de mirarme. Había sido elegido por mi abuela de entre todos sus nietos para contarme una historia, pero el tono empleado no era el de siempre. Me pareció divertido en ese momento. De esta manera comenzó todo, con lo que parecía un relato más de mi abuela:

**********************************************

Anchurica era una isla perdida en el mar de las zozobras. No estaba cerca de ningún sitio habitado, por lo que no fue visitada por el hombre durante muchos siglos. Algún barco osó acercarse demasiado, pero eran conocidas las historias sobre naufragios cerca de sus costas. Según relatos antiguos de algunos supervivientes, no albergara nada de valor.

En Anchurica solo había un bosque que cubría todo lo que la vista podía alcanzar. Árboles de todas las especies crecían en él. Oculto en aquel mar verde, un ser oraba a los pies de un inmenso ejemplar.

El anciano árbol siempre estuvo allí y, junto a él, desde el comienzo de los tiempos, adorándolo, una tribu de chamanes oraba. Eran seres cubiertos de harapos y no se adivinaba nada de su fisonomía. El único detalle que saltaba a la vista era su envergadura; por lo demás, los rastrojos de tela se encargaban de ocultar con pericia cualquier tramo de su figura.

Un día, empezaron a aparecer por el bosque leñadores que observaban los árboles y realizaban marcas siguiendo criterios, a veces, azarosos. El bosque protegía a su ejemplar más querido; la espesura lo ocultaba, a pesar de que su tamaño hacía difícil tal empeño. Avanzaban dejando tras su paso un reguero de árboles desechados, siempre los ejemplares más grandes, los más ancianos, que fueron cayendo uno tras otro.

La naturaleza, intentó defenderse tendiendo trampas para hacerlos desistir de lo que parecía una misión errática. Los cauces subían de nivel, dejando impracticables los senderos; otras, una simple picadura de un insecto podía diezmar la expedición, sembrando el miedo.

Cuando llegaron hasta él, al elevar la mirada, no fueron capaces de pronunciar palabra; no habían visto jamás nada parecido. No era solo el árbol lo que impresionaba: la ubicación, en algunos momentos, se les antojó laberíntica. Se hacía invisible hasta encontrarse justo delante.

Parados frente a él, el capitán Tanenbaum musitó:

—Más que un árbol, me atrevería a afirmar que es una catedral orgánica. Este sitio es… —paró para tomar aire despacio — Me noto en calma, como cuando era pequeño y acompañaba a mi padre al bosque.

James dejó caer la mochila resoplando. Sin pedir permiso, se acercó a tocar la corteza.

—Es una locura… —murmuró, recorriendo las grietas con los dedos. —No recuerdo ver un ejemplar como éste ni en los viejos libros de botánica. Mire estas raíces. Son monstruosas. —Se volvió hacia Tanenbaum con el ceño fruncido—. No es solo talar un árbol, las raíces se extienden tocando cuanto aquí crece. Yo no quiero mancharme las manos con esto.

—Lo siento tanto como usted, se lo aseguro, James, pero tenemos una misión que cumplir. Aseguramos que lo encontraríamos y lo hemos hecho. Ahora toca hacer el trabajo sucio.

Una mueca de resignación apareció en su rostro. De una cosa estaba seguro: no podrían hacer frente al volumen de la deuda. También sabía que se arrepentiría de su acción.

—Está oscureciendo, refrescará seguro. Pongámonos en marcha y busquemos dónde montar el campamento antes de que sea tarde. Vamos a estar una temporadita por aquí ¡Adelante!, me empieza a agobiar tanta vegetación. —Tanenbaum hostigó a los hombres para que no se relajaran.

La naturaleza conmovía, invitando a la contemplación. Fueron relajando la presión sobre el trabajo dejando que los días transcurrieran.

—Estoy harto de sugerencias sobre cómo debe ser talado. Estáis colmando mi paciencia. Será difícil, pero no imposible. Cortaremos por la zona de umbría para que se deje caer ladera abajo; tiene una ligera inclinación hacia ese punto.

Era temprano en la mañana cuando emprendieron el trabajo. Los rayos del sol empezaban a desplegarse por el horizonte sobre las cumbres. El silencio que precede al alba siempre es solemne, pero aquella mañana era amenazante. Apenas se escuchaba el canto de los pájaros. El riachuelo que se desviaba en el barranco proveniente de las cumbres, disminuyó su cauce, dejando de oírse el borboteo de sus aguas.

Los hombres se percataron de la ausencia de ruido; ni siquiera el viento agitó las hojas. Alguno dudó de que fuera posible derribar un árbol de tales dimensiones; incluso hubo quien se opuso a lo que consideraban un despropósito.

—Tenemos que sacar la boca. Hasta que no extraigamos la cuña de madera de este lado, no se vencerá. Todos a una en esta zona; la tenéis marcada. Solo golpead y golpead hasta que la parte superior y la inferior se encuentren; entonces será nuestro —gritaba James.

La quietud que acompañaba las jornadas de trabajo los asfixiaba. Hasta el día en que la cuña se desprendió sin avisar tras varios meses. Agotados, les costó creer que había sido derrotado. El árbol se mantuvo en pie decidiendo cuándo sería vencido y lo hizo justo al caer el sol sobre el horizonte.

James se volvió y gritó:

—¡Árbol va!

Un tambaleo anunció el desplazamiento hacia la vertiente. Se dejó caer parsimonioso, en una despedida anunciada. Fue acogido por el arbolado, amortiguando su caída, parapetando con su cuerpo el de su viejo amigo. Nada de ello evitó el estruendo ni el temblor que se dejó sentir a decenas de kilómetros. Uno de los leñadores dijo que el ruido al caer le recordó un quejido, un alarido doloroso. No fue capaz de decírselo a nadie, pero se sintió observado.

— Talar un árbol no te convierte en un desalmado —musitó James.

—¡Celebrémoslo!, ¡esto bien merece una borrachera, muchachos! ¡Volvamos al campamento! —quiso alejarlos de allí para olvidar lo que acababa de suceder.

Una lengua de aire invadió por sorpresa la meseta resultado de la tala. Ligeramente elevado sobre el suelo, el tocón unido a la tierra desprendía un profundo olor a madera antigua, impregnando a los seres que sigilosos se acercaron para certificar el deceso. Velaron su cuerpo del ocaso al alba, como si de un ser vivo se tratara, orando junto a él.

Fue justo antes del amanecer, cuando el ser que hacía las veces de gran jefe tomó su hacha. Arrodillado, acarició la corteza del ejemplar, acercando su rostro a la superficie mientras palpaba sus rugosidades, buscando una zona concreta. Golpeó clavando la herramienta en la corteza hasta que ahondó lo suficiente. Topó con lo que parecía un trozo deforme de madera encajado en su interior. De forma ceremoniosa lo extrajo y clamó:

—Naxa aquin lag takka —«Todos somos tú».

El chamán lo elevó, mostrándolo.

Aquel ser, con las facciones irreconocibles por la pintura y cuyo cuerpo se asemejaba a cualquier cosa menos al de un ser humano, tomó el trozo de madera y, llevándolo junto a su pecho, lo apretó con fuerza. Después comenzó a realizar movimientos involuntarios. Los cánticos inundaron el bosque; el viento se encargó de trasladarlos colándose en cada rincón del follaje. Los leñadores, atrapados en un sueño profundo, permanecieron ajenos a lo que sucedía.

La exaltación fue creciendo hasta que la energía que ondulaba de un lado a otro dio paso a un haz de luz proveniente de las entrañas de la tierra. Atravesó el tronco anclado al suelo y se perdió en lo más profundo del universo. Tras ello, corrieron a ocultarse.

************************************************

—Abuela, ¿estás bien? —La zarandeé. Se había quedado perpleja; apenas reaccionaba a los movimientos que le propinaba.

—Héctor, no me interrumpas, debo seguir.

CAPÍTULO. EL BARCO

CAPÍTULO. EL BARCO

—¡Buenos días! —El señor Ferrer se dirigió al grupo de hombres evitando fijar la mirada en alguien en concreto. La gravedad del tono no hacía presagiar nada agradable. Nadie devolvió el saludo por miedo a incomodar.

—Os he vuelto a reunir para hablar sobre el último informe que ha llegado a mis manos, — levantó las cejas oteando por encima de las gafas para la presbicia que se habían desplazado hacia la punta de la nariz. Esta vez detuvo la mirada en cada uno de ellos, indicando con las cejas el nivel de desagrado.

—No entiendo dónde se encuentra la dificultad…, — les dirigió la palabra acomodándose en el sillón. Revisando al mismo tiempo los planos de un barco.

—Hemos dado con un bosque en el interior de la isla de Anchurica. No estamos seguros de poder encontrar lo que buscamos, pero tenemos noticias de que allí puede quedar una reserva de árboles milenarios. James lo ha comprobado revisando documentos de exploraciones hechas varios siglos atrás. Sería la última oportunidad para dar con lo que quiere. No hay más lugares en los que buscar. —Tanenbaum como capitán, le contestó sin evitar la mirada esta vez. Estaba tranquilo, no se dejaría avasallar.

—Último intento, Tanenbaum. Ya sabes los términos de nuestro contrato. Doy por terminada la reunión. — Siguió jugando con el papel en la mano mientras se mecía. —Construiré este barco en tu memoria, padre…—se dijo mientras una mueca de desprecio apareció en su rostro—. Será un barco de recreo donde descansar y divertirme, allí haré mis mejores negocios—la venganza pasó a un segundo plano.

Al salir de la sala, James tomó al capitán del brazo parándolo con brusquedad haciendo que se girara frente a él.

—¡Estás loco! no vamos a encontrar nada, lo que él quiere no existe.

—Hemos ganado tiempo, si no existe lo inventaremos— lo cortó soltándose de su brazo. — No se acueste muy tarde esta noche, mañana salimos temprano.

La expedición en busca del ejemplar se convirtió en una odisea. La empresa de trasladar los tablones al astillero se dilató en el tiempo más de lo deseado.

—Hemos ganado una fortuna, pero perdido una vida, James— tumbados en la tierra junto a los restos de virutas le confesó Tanenbaum.

—Ciertamente estás más viejo, capitán, y asumo que yo ya no soy el mismo muchacho que aquel día desembarcó en esta isla por primera vez. — lo miró y sonrieron a la vez por primera vez en mucho tiempo.

—Ya no quedan tablones que cortar, ni trabajo que nos retenga, sin embargo, siento que no hemos terminado capitán. — el rostro agotado remarcaba las arrugas sin sutilezas.

Tanenbaum no supo que decirle, no sentía nada porque estaba seguro de que nada de lo que pudiera comprar tras la gesta que había realizado, podría proporcionarle placer. Había perdido las ganas.

***********************

El día de la botadura, fue todo un acontecimiento que trascendió las fronteras. Ferrer no había colapsado, pero estuvo cerca de la desesperación tras los frecuentes inconvenientes a los que debía enfrentarse. Tomó la decisión de alejarse del proyecto, ya se había implicado demasiado con el árbol como para perder la salud con la construcción del barco.

—No tengo la intención de poner el pie en ese astillero hasta el día que tenga que botarlo. No me mancharé de polvo. —de esta manera los despedía relegando la toma de decisiones.

Eran las tres de la tarde cuando llegó al astillero acariciando a un pequeño caniche. Siempre que podía lo llevaba consigo acurrucado contra su pecho. El sol se hacía notar en demasía para la época del año. Al alzar la vista, cuando se encontró frente a él por primera vez, no pudo reprimir una exclamación de asombro:

—¡Es glorioso! ¡Tanenbaum! —se giró buscando entre los asistentes que fueron invitados a la ceremonia— me hubiera gustado ver el árbol en persona antes de derribarlo. No esperaba algo como esto. Te has ganado con creces el salario— arrancó una carcajada que no encontraba un final.

—¡Terminemos la ceremonia y vayamos a celebrar!, ¿dónde está la botella? — mientras la asía para lanzarla notó las miradas fijas en él.

Tomó la botella y con ímpetu la estampó contra el casco:

—¡Buena mar y buenos vientos! Yo te nombro “El navegante”. La botella rebotó sin romperse. Se acercó para que el impacto fuera más directo, volviendo a fracasar en su intento.

—Me permite, Ferrer —intervino Tanenbaum, — a veces pasa—contrariado accedió a escuchar sus consejos de mala gana. Finalmente, en el tercer intento, consiguió que se rompiera.

—Hace mucho calor, eso es todo— apostilló el capitán.

El barco comenzó a moverse despacio por deslizamiento de popa. Un leve bamboleo sembró cierta inquietud entre los presentes, podía haberse hundido en el fondo al tocar el agua. Se introdujo discretamente en el mar, sus aguas lo acogieron sin estrépito.

—Subamos a cubierta, Sr. Lo mejor está por ver. —le sugirió el capitán consiguiendo de esta manera que retomara el buen humor con el que se presentó en el astillero.

—¿Qué sucede, Cachorro? ¿Por qué gruñes, no quieres subir? — el perro seguía emitiendo gruñidos. Comenzó a ladrar cada vez más fuerte y más enfadado. En un despiste se escabulló de su regazo, descendiendo por la pasarela que llevaba a cubierta. Desapareció entre el decorado que ocultaba a la vista los aspectos con menos esplendor de la puesta en escena.

—Traedlo de vuelta— hizo gestos a sus hombres para que lo buscaran.

Ya en cubierta, revisó de un vistazo el resultado. No podía ocultar su admiración. Se sentía orgulloso de sus hombres y de su empecinamiento por aquella locura.

—¿Dónde está James? — se acordó de pronto del otro facilitador. Lo buscó con la mirada entre los invitados a la ceremonia que merodeaban por la cubierta. Cuando lo tuvo en su punto de mira le indicó que se acercara.

James caminó despacio, con resignación. No le apetecía hablar.

—Esto también es culpa suya. Lo habéis hecho posible, me habéis hecho enormemente feliz, quiero brindar con vosotros.

—Es culpa mía…—James murmuró tragando saliva mientras digería esas palabras.

—Hemos sido capaces de dar forma a su sueño, no siempre es posible. Usted lo ha conseguido, solo espero que lo disfrute. — James no pudo contener una mueca de desagrado.

—No lo dude, muchacho, lo más difícil ya está hecho, ahora solo queda disfrutarlo. Tenga por seguro que pondré el mismo empeño en esta parte que el que he puesto en la anterior. —se jactó.

Al llegar la noche no quedaba nadie más que la tripulación y Ferrer en el barco. Había podido recorrerlo entero recreándose en cada detalle. Era tan perfecto, tan robusto, había tanta belleza en esa madera tallada.

De vuelta a cubierta se detuvo frenando un resquicio de su ímpetu juvenil que le animaba a encaramarse al palo mayor. —Si hubiera sido más joven hubiera trepado por él hasta la cofa. Como cuando era ágil y vigoroso. Entonces podía enfrentarme a cualquiera que me hiciera frente, incluso a ti, padre. ¿Cachorro, dónde estás? te necesito a mi lado— una mueca de dolor apareció en su rostro. Necesitaba a Cachorro a su lado.

—No se preocupe, hemos dejado a alguien encargado de buscarlo en tierra, se encargará de traerlo a bordo cuando lo encuentre. Levaremos anclas en diez minutos.

Con el despliegue de velas, cuando el sol por la mañana reflejaba parte de su luz en la blancura del tejido, la embarcación adquiría otra dimensión. Formar parte de la tripulación de ese navío honraba el oficio de marinero. Cuando atracaban en puerto, la noticia hacía arremolinarse un bullicio de gente atraído por su belleza.

No dio tiempo a visitar muchos. Las quejas de los tripulantes que trabajaban en las bodegas, se unieron a las que progresivamente se extendían al resto de la tripulación. El propio Ferrer pudo comprobar con contrariedad las evidencias. El olor a madera podrida pasó de ser una simple anécdota a una cuestión de supervivencia. El temor a que tras el olor se escondiera un problema de flotabilidad, los obligó a volver a puerto. La línea de flotación cada vez estaba más cerca de cubierta.

No se hundió, pero sí lo hizo el orgullo de quien lo mandó construir y flotaron la rabia y el desprecio hacia el barco. Lejos de abandonar el proyecto tras constantes fracasos, su determinación se enquistaba.

Ferrer cada tarde se acercaba al astillero para contemplarlo, con la excusa de supervisar las reparaciones. Se sentaba frente a él en silencio, queriendo interrogarlo. No pudieron dar solución al problema, tampoco encontraban la causa porque la madera presentaba la misma frescura que el primer día.

Como un juego, cada vez que certificaban que todo estaba en orden, al adentrarse mar adentro para probar la embarcación, erraba en su gobierno. No obedecía a las maniobras de la tripulación, como si contara con voluntad propia.

Desolado, lo abandonó en un cementerio de barcos.

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—Me sugeriste que todo comenzó cuando talaron el árbol, pero todo comenzó cuando ese señor…—traté de que me explicara por qué iba saltando hacia delante y hacia atrás en vez de seguir una línea recta para contar los hechos.

—Se trata de encajar piezas, cariño, ten paciencia.

CAPÍTULO. EL LUTHIER

Quizás fue la suerte, o puede que algo que escapa al entendimiento, lo que hizo que aquel día pasara un luthier por el aserradero donde descansaban los tablones del árbol. Un luthier en busca de madera para nuevos instrumentos. En su larga trayectoria profesional se había labrado un buen nombre, pero no había conseguido llegar más allá de los límites de la vieja ciudad donde residía. Sin embargo, él se sabía poseedor de una gran virtud, sabía que sus instrumentos algún día inmortalizarían su apellido. Construía los instrumentos aportando las cualidades de músico a las de carpintero, sumadas al don que lo acompañó desde su nacimiento y del que no supo nunca su nombre; poseía oído absoluto. Contar con la ventaja de percibir en la madera ciertos matices sonoros inapreciables por el resto de colegas de gremio, convirtió sus instrumentos en objetos de deseo para su círculo de músicos más cercano. Sabedor de su don, era cuestión de tiempo que algún día llegase a oídos de un gran músico sus proezas.

La oportunidad llegó de lejos, de más allá del océano, del nuevo continente. Fue entonces cuando comprendió que necesitaría una madera distinta para sorprender a su cliente especial. Había recorrido durante meses multitud de aserraderos y no había encontrado lo que buscaba, pero aquel día todo cambió, aquella madera era algo fuera de lo común: su color intenso lo animó a sacar de su morral una pequeña maceta con la que comenzó a golpear los tablones para hacer pruebas de resonancia. Buscó entre montañas de piezas, golpeando cada una de ellas escuchando su respuesta. Quería localizar los tablones más próximos al centro del árbol, por experiencia sabía que éstos eran los mejores, pero allí había demasiados para provenir de un único árbol. Eligió uno que sobresalía un poco respecto al montón donde estaba apilado, sus bordes eran irregulares en algunos lados, no habían tenido cuidado al cortarlo. —Todos iguales menos éste—, pensó. Recapacitó y volvió a por él tras desecharlo en un primer instante.

—No está en venta, — gritó el encargado de la custodia de los tablones. — El violero, descendió despacio con su tablón en la mano, haciendo caso omiso a las palabras del guarda. Una vez abajo, metió su mano en el bolsillo sin prisas, sacando una maraña de billetes que sin contar ofreció al vigilante.

—Esto es un negocio entre tú y yo—dijo el violero sin aspavientos, sin despegar los ojos del encargado que mantuvo la mirada sin parpadear, pero que terminó por agarrar el dinero y dar media vuelta.

—Está bien, pero no tarde mucho en marcharse de aquí—murmuró mientras se giraba colocando los billetes para contarlos en la garita.

Era una madera como pocas había visto hasta entonces. No era palosanto, ni ébano o caoba, ni siquiera koa. La estudió a fondo comprobando su densidad y contracción, para obtener información precisa sobre ella. Lo hacía siempre antes de construir un instrumento, pero no obtuvo pistas del tipo del árbol del que procedía. Tampoco nadie supo decirle.

—Quizás proceda de un árbol exótico—, se dijo, centrándose en lo que realmente importaba. No dudó ni por un instante del éxito de su misión, contemplando el tablón veteado de forma singular.

Dedicó años y todo su talento en transformar aquel trozo de madera. Cortó con pericia las ranuras de los trastes para obtener una profundidad homogénea, se encerró en su taller durante días para lograr la belleza de una roseta digna del instrumento que pretendía construir.

En su búsqueda de la perfección se obsesionó con los barnices, buscando en tratados antiguos de alquimia la fórmula que permitiera proteger al instrumento dejando transpirar a la madera. Mezcló tinturas en fórmulas oleosas proporcionando un ligero toque de color que identificara su creación ensalzando su nombre. Cuidó con mimo todos los detalles de la construcción, de sobra sabía que al final cualquier error afectaría a la calidad del resultado, así que decidió que no sería la falta de esmero causa de ello.

La sorpresa llegó a posteriori, a pesar del esfuerzo, la sonoridad no era lo esperado para un instrumento de esa calidad y esto era el menor de sus males. Revisó todo el proceso intentando mejorar la resonancia. Se cuestionaba qué era lo que estaba haciendo mal, pero ensimismado en sus pensamientos giraba la cabeza de un lado para otro negando cualquier fallo por su parte. Su sueño se desvanecía y, en su desesperación por convertirla en algo único, todo se tornaba en lo contrario. Jamás había tenido entre sus manos una materia prima de tanta calidad y que diera peor resultado, no dejó de insistir y de lijar día y noche, alterando sus nervios y su salud.

Daba por seguro que algo extraño sucedía y que se escapaba a sus cortos alcances. Tenía sueños raros y llegó a suponer que la madera estaba hechizada o embrujada, no sabía decir exactamente el qué. Cuando despertaba por las mañanas murmuraba.

—¡Paparruchas!,—negándose a dar una explicación irracional a todo lo que le estaba sucediendo, ni siquiera cuando las cuerdas saltaban al intentar afinarla. —¡Paparruchas!,— gruñía una y otra vez de forma huraña. Finalmente acabó colgándola en el escaparate.

CAPÍTULO. ENCUENTRO

Por fin lo encontró. Habían pasado muchos años desde la última vez que estuvo dentro. Cerró los ojos inhalando y exhalando todo lo despacio que pudo, contemplándolo desde el muelle en el fondeadero de desguace.

La terquedad que heredó de su padre lo llevó hasta allí. De él recordaba casi todo: su fuerza descomunal, su aspecto descuidado y su ternura. Le hacía señales para que estuviera siempre atento. Debía volverse invisible o lo despedirían del trabajo. “Nadie contrata a un carpintero con un hijo pequeño”.

Aprendió a moverse a su lado como una sombra, atento al contratista que aparecía de improvisto, además de a las horas señaladas: las siete, las once y las cuatro de la tarde. Todos le temían, siempre atemorizando con sus voces. La cuadrilla ayudaba a Rodrigo protegiendo al crío.

Los recuerdos de su pasado estaban allí, en ese lugar, todo circunscrito a ese barco, al astillero. Como un flash, vinieron a su mente los días de trabajo. Un hervidero de hombres encaramados a andamios colocando tablones de madera un día tras otro. Su padre era uno de ellos.

Rodrigo entrevió que en no mucho tiempo, si lograba no ser descubierto, podría emplear a su hijo como aprendiz. Ciertos trabajos requerían de pequeñas manos que realizaran labores más precisas, por lo que entendió que explicar todo cuanto allí se hacía y cómo funcionaban las cosas, aunque la edad no fuera la adecuada, podría garantizar un futuro a su lado.

—Ya eres mío. —Ese barco lo entusiasmaba, conocía cada rincón, cada esquina. Había jugado en él miles de veces desde que comenzó su construcción. Lo podía recorrer con los ojos cerrados porque muchas eran las noches que dormía en su interior, cuando las jornadas de trabajo se extendían como algo cotidiano.

Deseaba quedarse dormido porque era entonces cuando sentía la presencia de su madre a su lado, besándolo. Guardó el secreto por expreso deseo de ella. A veces dudaba que se tratara de un sueño. Solo la veía cuando dormía en el barco. Ella le acariciaba el pelo y el rostro mientras musitaba palabras de amor a su oído. Quizás por eso se sentía tan bien en él y lo buscó con tanta vehemencia.

Cuando se vio obligado a abandonarlo, había crecido lo suficiente como para manejar con habilidad gubias, formones y escofinas. “La vista es el mejor maestro”, le recordaba su padre cada día. Ya no se escondía del malhablado capataz, que vio en el muchacho un virtuosismo poco usual para un crío de su edad. Jamás le mostró un buen gesto, pero de vez en cuando hacía la vista gorda con su padre, dejándolo descansar sin hostigarlo.

Cerró los ojos al alcanzar la cubierta, posponiendo la recompensa de contemplarlo de nuevo por dentro.

—¡Cómo han podido hacerte esto! —se arrodilló al abrir los ojos.

—Me duele verte de esta manera, —gimió.

—No para terminar fondeado junto a estas naves muertas. ¡Tú no estás muerto! —sollozó deseando que el barco lo escuchara. Desde el muelle no parecía tan deteriorado. El casco mantenía su grandeza, conservaba el aroma penetrante a aquella madera que podía diferenciar de cualquier otra. Tuvo ganas de maldecir, de enfrentar su rabia contra el culpable de aquello.

Se hincó en el suelo sollozando — La misma furia que lo arrodilló lo impulsó a levantarse. En esa posición el destrozo adquiría mayor importancia. Se dispuso a comprobar el alcance del saqueo. Mirara donde mirara no quedaba nada de la belleza de antaño, pero no le importó. Para él seguía manteniendo su majestuosidad intacta. Corrió a proa, encaramándose al mascarón. Con sus dedos recorrió las facciones de la figura de mujer que un día esculpió con sus propias manos.

—Sigues aquí, madre. No han dañado tu rostro.—Se abrazó de nuevo al mascarón.

Un crujido secó seguido de un brusco movimiento de la embarcación hizo que se descolgara. Asido por las manos y con el cuerpo colgando estuvo a punto de caer al mar. Se alzó con fuerza agarrándose para trepar por el casco, buscando los salientes con la punta de sus botas, sabía dónde estaban. El barco comenzó a moverse con pereza. Tras varios crujidos, se desancló del fondo rompiendo las cadenas que lo amarraban al muelle. Gonzalo no pudo saltar, tampoco lo hubiera hecho de haber podido. Se deslizó mar a dentro.

CAPÍTULO. VIAJE.

El suave bamboleo del mar en calma lo meció. Cayó dormido en cubierta mientras contemplaba la cúpula celeste bordada de estrellas.

La claridad del día mostró con mayor crudeza la barbarie. Recorrió la cubierta en dirección hacia la popa, acariciando las partes que llevaban su impronta y la de su padre. «Padre, esto es obra tuya», recordó a su padre sudoroso amarrando el soguero que asido al palo mayor lo elevaba hasta conseguir la perpendicularidad del enclave. La cuadrilla de hombres, amarrados también a las sogas, evitaban como titanes que se desplazara en el sentido equivocado.

Ya en la popa tomó con ambas manos el timón. Lo giró con parsimonia. Solo unos pocos grados hacia babor, cambiando de nuevo hacia estribor. No desvió el rumbo. Volvió a intentarlo. Como una petición, esta vez puso intención casi de súplica cuando lo maniobraba. El barco giró levemente, sin brusquedad, accediendo al ruego.

—¿Quieres jugar conmigo, —no volvió a suceder en todas las mañanas que pasó dentro? Tuvo la creencia de que fue una especie de bienvenida a bordo.

—Estás hecho un desastre, tal vez quieras que te repare. Tendré que curar tus heridas.

Oteó el horizonte, el mar seguía en calma. No lograba orientarse por mucho que se afanaba en poner en práctica las litúrgicas explicaciones de su padre, marinero de extirpe. Buscó en el cielo las señales. El sentido del viento, la forma de las nubes, cómo volaban las aves. No conseguía ubicar su paradero.

Decidió bajar a las bodegas, por si encontraba algo que llevarse a la boca mientras avistaba tierra firme.

—Necesitaré una vida para limpiar toda la porquería que hay por aquí—se quejó mientras levantaba y desplazaba hacia un montón los restos de cajas y enseres desparramados por doquier. Un sonido entre los trastos lo alarmó. No quiso pensar que fueran ratas, porque si había algo que no soportaba era eso. Se armó de un objeto punzante que encontró tras recorres la bodega. Hizo gestos amenazadores, desplegando su envergadura, mostrando la fortaleza de su cuerpo.

De entre las cajas apareció una figura fantasmal. A contraluz no se apreciaba con nitidez lo que era, pero se intuía la silueta de un hombre. Conforme se aproximaba se vislumbraban los rasgos ennegrecidos de la cara contrastando con la palidez del cano de la barba y el pelo.

Gonzalo retrocedió asustado.

—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? No te acerques más o acabaré contigo.

Cubriéndose el rostro con las manos siguió caminando hacia Gonzalo.

— «Naxa aquin lag takka»

Se arrodilló frente a Gonzalo agarrándolo por los tobillos.

CAPÍTULO . MARÍA

La pequeña niña, a diario, contemplaba absorta el cristal del escaparate. Tras él, una guitarra se ofrecía a la venta. Que ella recordara, siempre estuvo allí. Junto a la guitarra, violines, violonchelos y demás instrumentos de cuerda, componían lo expuesto en la tienda llamada: “CARLOTE E HIJOS”. Le entusiasmaba ese instrumento, aunque no tuviera claro el motivo. Tener la posibilidad de contemplarla a diario le resultaba un privilegio.

“CARLOTE E HIJOS” era un reconocido taller de reparación y construcción de instrumentos de cuerda. También se dedicaban a la venta. Había pasado de padres a hijos por varias generaciones, pero ahora solo quedaba Carlote al frente. Los hijos se marcharon lejos, a las nuevas tierras. Carlote se negó a cerrar para marcharse con ellos. No por eso consintió en cambiar el nombre a su negocio.

–Algún día volverán cuando no consigan que su guitarra suene como han soñado– Se decía haciendo alusión a su particular desgracia.

Adoraba su trabajo, su ciudad, pero sobre todo el olor a madera.

Una tarde, Carlote se percató de la rutinaria visita de aquella niña que miraba fijamente la guitarra como hipnotizada. Desde aquel día, estuvo pendiente de ella, admirando la forma en que pasaba las tardes pegada al escaparate. Se convirtió en un espectáculo para él, casi una costumbre. De reojo y escondido para no ser visto, trataba de entender el interés inusual hacia el instrumento que había supuesto para él un desastre a nivel profesional y una tragedia en lo personal. Observaba cómo de forma sutil se sentaba en el bordillo del escaparate y pegaba su diminuta nariz al cristal, entonces se quedaba absorta, paralizada casi, mirándolo. Tras las cortinas que daban al taller, intentaba entender la obsesión de aquella niña.

En ocasiones se le pasaba por la cabeza animarse a salir y preguntarle por qué hacía eso, por qué ese interés tan inusitado por la guitarra, por esa guitarra. Recordaba el día que, para salir de dudas, la cambió por otra de las muchas que almacenaba en el taller de similar aspecto. La pequeña mostró una mueca de desagrado al que siguió un conato de llanto. Se repuso, conteniendo con una profunda respiración su malestar. Al día siguiente, no fue necesario indicarle que todo estaba de nuevo en su lugar. Llegó y esbozando una sonrisa volvió a colocar ligeramente su nariz frente al cristal, evadiéndose de todo cuanto la rodeaba.

Fueron pasando los meses y un día Carlote decidió intervenir. Tomó la guitarra, salió a la puerta y le dijo:

–¿Te gusta?

Ni lo escuchó, absorta como estaba en su mundo. Sorprendentemente continuó diciendo:

–Te la regalo, es tuya. –En definitiva, la guitarra era un trasto que le había ocasionado muchos quebraderos de cabeza y muy pocos beneficios económicos. Llevaba años en el escaparate. Todos cuantos se interesaron alguna vez por ella, la habían devuelto, reclamando la cuantiosa cifra que habían desembolsado. Tras esto, se preguntaba a qué músico le podría ofrecer una guitarra empeñada en desafinar y cuyas cuerdas se rompían tan fácil. No fueron pocas las veces que ideó hacer una hoguera enorme para verla arder, desprenderse de ella al fin. Pero eso fue justo antes de ver a esa niña.

María no podía creer lo que le estaba pasando, la tomó contra su pecho y agarrándose al cuello de Carlote lo besó y le dijo:

– ¡Gracias!¡gracias!

Por primera vez escuchaba su voz, le resultó curiosa. Temblaba de alegría mientras lo abrazaba.

Sintió sin un atisbo de duda que la guitarra estaba en las manos correctas. Limpiándose las lágrimas le dijo:

–Cuídala mucho, tiene carácter. Me atrevería a decir que es una guitarra rebelde. He dedicado muchos años de mi vida a ella. Es tozuda como una mula vieja, te lo digo yo que la conozco bien.

Hablaba de ella con cercanía, como algo propio, como si fuera su mujer. Una mujer a la que adoraba pese a la diferencia de caracteres. El primer día que vio a la niña junto al escaparate comprendió que tal vez debía dejarla marchar, que su parte en esa historia había concluido, –“todo fluye” –se dijo.

–Seguro que sabrás hacerla sonar – intuía que ella podría conseguirlo sintiéndose feliz y contrariado al mismo tiempo. Dejaba marchar el instrumento que debía haberle dado la fama necesaria para alcanzar la gloria, habría resuelto su jubilación y proporcionado el viaje de sus sueños.

–Solo una cosa más, me encantaría saber tu nombre.

–Me llamo María–dijo mientras sonreía.

Ya no parecía tan excesivamente delgada, ni tan descuidada de aspecto. No mostraba la palidez de otros días o incluso el instante anterior.

–¿Querrás tocarme alguna pieza cuándo aprendas a tocar?, me alegrarías la vida.

–Algún día, señor, no lo dude–afirmó la pequeña mientras se alejaba saltando.

Al volver a casa nadie la vio entrar a su habitación. Con sumo cuidado guardó el instrumento debajo de la cama tapando con la colcha la visión. Bajó a cenar como lo hacía todas las noches. Tan solo su hermano pequeño se dio cuenta que algo había sucedido, cuando notó el leve temblor en la comisura de los labios tratando de evitar que se le escapara una sonrisa.

CAPÍTULO. MÚSICA

No sabía cómo sonaría. Por eso cuando la sacó de su escondite y acarició despacio las cuerdas, el sonido producido no suscitó en ella la emoción que esperaba. Aun así, no paró de rasgar sus cuerdas porque la vibración cosquilleaba, además de sus dedos, su cuerpo entero. Notó un pequeño terremoto.

—Eres una guitarra, ¿tendrás que sonar?, ¿no? —se animó a hablarle, le apetecía hacerlo.

—Tendré que aprender a tocarte, seguro que si lo consigo me contarás tus cosas y yo te contaré las mías.

Cuando rasgaba despacio las cuerdas, en los primeros intentos, los acordes fluían con ciertos matices reconocibles, pero eran pocos los intentos que llegaban a buen término. A pesar de su paciencia, perdía los estribos cuando tras practicar con insistencia, confundía notas, perdiendo el interés al ver el resultado.

—Querías estar conmigo, me llamaste, y ahora no me haces caso—ya no era tan pequeña, pero su hermetismo seguía intacto respecto al resto del mundo. Necesitaba la guitarra para comunicarse, daba igual que fuera un objeto inanimado, ella no lo percibía así.

—Puedo llevarte de vuelta, con Carlote, creo que anhelas tu escaparate, no quieres estar con nadie—la amenazó.

—Tenía razón, eres un instrumento triste, como yo, pero dos tristezas son demasiado para mí. No entiendo por qué me elegiste—le dijo llorando el día que volvió con la ropa destrozada del colegio, tirando la mochila al suelo pateándola. Todos la decepcionaban. Recordó a Carlote, lo mucho que había sufrido, a ella le haría lo mismo. La tomó por el mástil con la intención de llevarla de vuelta a la tienda, pero recapacitó un momento. Debía despedirse antes de deshacerse de ella. Se tumbó en la cama para darle un último abrazo.

En ese momento pensó que nada era como necesitaba que fuera, todo el mundo le fallaba. Necesitaba llorar, para que el llanto se llevara el dolor que sentía. Necesitaba que las lágrimas alejaran las burlas, las risas cómplices. Compartió sin darse cuenta el sufrimiento que albergaba mientras la amarraba a su pecho, para que lo sintiera.

—Tú no tienes la culpa de nada, lo siento, no he debido pagarlo contigo. Sus dedos se acercaron a las cuerdas, pellizcándolas despacio.

—No te preocupes, aunque no quieras sonar no me importa, solo quiero que no me dejes nunca, tu no.

Sus dedos se relajaron, estaba tranquila y se dejaba llevar. Las notas musicales cobraron sentido en forma de una melodía triste pero que la reconfortaba. El instrumento la indujo a un estado de semiinconsciencia donde la música se fundía con visiones que no llegó a entender, templando el dolor.

—Todos somos tú—terminó tarareando mientras acompañaba con su voz a la guitarra.

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