Mi alma me mira,
no con ojos, sino con ausencia.
Ignorándome me castiga,
como si no existiese.
Me reclama los sueños que enterré,
la promesa que abandoné,
el final que nunca quise enfrentar.
Me dice que si tuviera cuerpo,
uno ajeno al mío,
me mataría,
despedazando cada parte de mi cuerpo,
para que pueda sentir apenas
el uno por ciento
del daño que le he causado.
Me susurra que me cortaría los brazos y las piernas,
que me arrancaría los ojos hasta que lentamente me desangre en pos de ella,
hasta que los insectos se reproduzcan con mi cuerpo,
solo para que mi dolor
le devuelva algo.
Y yo,
sentado atrás de ella en la llanura de la montaña,
la miro desde lejos, la dejo hablar,
porque sé que tiene razón.
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