# El Aura de las Esperas

¿Por qué será que las salas de espera tienen una vibra tan especial? No sé si buena o

mala; no es mi intención hacer un juicio de valor en ese sentido. Solo pienso que, ya sea

una clínica para humanos o una veterinaria, estos espacios poseen un aura diferente.

Aunque, si lo pienso mejor, las salas de las veterinarias suelen ser mucho más

conversadas.

Ese intercambio entre humanos nace del motivo que los condujo allí junto a sus mascotas.

El primer contacto se da al comentar sobre el animal del otro: «¡Qué lindo!», «¡Qué tierno!»,

«¡Qué grande!» o «¡Qué viejito!». Si se piensa bien, todas esas apreciaciones serían

imposibles de emitir —salvo en el silencio de la mente— en un consultorio médico para

personas. No me imagino entrando y diciéndole a una abuela que aguarda al cardiólogo:

«¡Qué linda viejita!». Seguramente lo pensaríamos, pero jamás lo diríamos. O al observar a

un hombre en el turno del nutricionista, exclamar a viva voz: «¡Qué tierno gordito!». No solo

sería tragicómico; sería cruel. Pero todo eso se diluye cuando se trata de una veterinaria.

Allí está permitido decir: «¡Mirá qué negro hermoso!», sin temor a ser tildado de racista o

acosador.

Ahora bien, si entramos en el territorio de lo estrictamente humano y analizamos los

pensamientos de quienes habitan ese ambiente, la cosa se vuelve más densa. Lo primero

que debe establecerse es que el noventa y nueve coma nueve por ciento de las ideas de

estos «parroquianos» se quedarán en eso: meros pensamientos que nunca serán

revelados. Bajo la premisa de que todo lo que se diga podría ser usado en su contra, lo

pensado se queda en el limbo de lo privado y no se transforma en dicho.

Es ahí donde surge la verdadera naturaleza del juicio silencioso. Aparece la idea de que la

«viejita tierna» en realidad se quiere colar y que, haciendo uso de su impunidad etaria, se

cree con el privilegio de ser atendida primero. Se piensa que el «gordo» está allí por no

haber sabido controlar sus impulsos de gula. Incluso se observa a quien tiene rasgos de

una etnia diferente con el recelo de que debería haberse quedado en su país para no

quitarle el lugar a un nativo de esta tierra. En la sala de espera de humanos, la máscara de

la educación es perfecta, pero el tribunal interior es implacable.

Todo termina al abrirse la puerta del consultorio y entrar en escena el profesional esperado,

quien, sin emitir juicios de valor, dará un diagnóstico inapelable.

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