Detrás de mis piedras.
Desde afuera, su casa parecía un desorden sin lógica: piedras acumuladas en el jardín, bordeando los caminos, apoyadas contra las paredes como si sostuvieran algo invisible. Los vecinos murmuraban al pasar, sin comprender. Decían que no era normal, que algo en ella se había quebrado. Y tal vez tenían razón, aunque no supieran exactamente en qué.
Nadie conocía el significado de esas piedras. Nadie sabía que cada una había sido elegida, tomada entre sus manos y colocada con una precisión silenciosa, como si al hacerlo pudiera contener aquello que no tenía forma. Porque desde muy joven había aprendido a vivir con lo irremediable: la palabra viuda se le había impuesto demasiado pronto, sin tiempo para entenderla, sin hijos que la sostuvieran en otra dirección, sin un después claro al cual aferrarse.
El dolor no encontró cauce en palabras. Se volvió materia.
La primera piedra apareció el día del regreso del cementerio. No la buscó. Simplemente estaba allí, en el camino, y al levantarla sintió algo que no sentía desde hacía días: peso. La sostuvo más de lo necesario, como si ese contacto le devolviera una forma mínima de realidad. Esa noche, por primera vez, logró dormir.
Después vinieron otras. Cada piedra era un gesto. Un modo de organizar el vacío. Un intento de levantar una frontera entre ella y aquello que amenazaba con desbordarla desde adentro. Con el tiempo, su casa dejó de ser solo un espacio: se convirtió en un refugio delimitado, un territorio donde nada inesperado podía irrumpir. Detrás de esas piedras, el mundo quedaba lejos. Las preguntas no entraban. El pasado no avanzaba. Y ella tampoco. Los días transcurrían en una calma sostenida con esfuerzo. No era paz, sino una quietud tensa, como si todo dependiera de que cada piedra permaneciera exactamente en su lugar. Barría el polvo, ajustaba posiciones que no necesitaban ajuste, cocinaba sin hambre. Vivía. O algo parecido. Hasta que un día algo cambió. No hubo anuncio. Solo un sonido breve, seco: una piedra cayendo. Salió al jardín con una lentitud casi ceremonial y la vio en el suelo. Era una de las primeras, la más cercana a la entrada. No recordaba haberla tocado. No había viento. No había razón. Se inclinó para levantarla, pero algo la detuvo. La tierra debajo estaba removida. Apenas. Un desplazamiento mínimo, como si algo hubiese empujado desde abajo. Durante días evitó ese lugar. Pasaba cerca, pero no miraba. Como si el solo hecho de observar pudiera confirmar una alteración imposible. Sin embargo, la inquietud creció. Y junto a ella, algo nuevo: no dolor, no miedo, sino una forma tenue de curiosidad. Una mañana tomó una pala. No sabía qué buscaba. Solo sabía que necesitaba saber. Cavó con cuidado. La tierra cedía con una facilidad extraña, como si ya hubiese sido abierta antes. Y entonces lo vio. Un brote. Pequeño. Verde. Insistente. Se quedó inmóvil, observándolo como si fuera una aparición. Sus manos temblaron, pero no de tristeza. Era otra cosa. Algo que no reconocía, pero que la atravesaba con una intensidad desconocida. Se sentó en el suelo. Por primera vez en años, no pensó en lo que había perdido. No pensó en la ausencia ni en el nombre que ya no pronunciaba. Solo en eso: en esa mínima forma de vida abriéndose paso entre la tierra y el peso de las piedras. Comprendió, sin palabras, que aquello que había construido para protegerse también había estado cubriendo algo más. No volvió a colocar la piedra en su sitio. La dejó a un lado. El hueco quedó abierto. No como una herida, sino como una posibilidad. Esa noche, el silencio fue distinto. No más liviano, pero sí menos cerrado. Y antes de dormir, en lugar de recorrer la memoria de lo perdido, pensó en el brote. En cómo, incluso allí —donde todo parecía detenido—, algo había decidido comenzar.
Norma Beatriz Castillo (marzo del 2026)

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