Pequeño bambú

Pequeño bambú

DaelBeek

04/08/2020

El príncipe Akihiko fue encontrado en el interior de una planta de bambú. Era minúsculo y extraordinariamente hermoso, su piel parecía ser de porcelana y sus ojos guardaban una belleza inexplicable. Cuando Miyatsuko, un leñador del antiguo Japón, lo sostuvo entre sus dos manos, una apabullante sensación de tranquilidad lo inundó hasta el último centímetro de su existencia.

“Ha sido un regalo del cielo”, pensaba. Así que con toda la emoción que podía albergar, llevó al bebé con su esposa y juntos decidieron criarlo. El matrimonio residía en una humilde aldea, a las faldas de una montaña. Verdes praderas, tierra de marrones cálidos, un cielo brillante azulado y frutos inimaginablemente jugosos; todo eso formaba parte del exquisito hogar de Akihiko.

Los niños campesinos comenzaron a llamarlo <<pequeño bambú>>, pues crecía con una velocidad sobrehumana al mismo tiempo que su belleza dejaba deslumbrado a cualquiera que se le acercara. Akihiko vivió su corta infancia en la pura esencia de la libertad y la felicidad. Corría por las montañas, su risa convertía los días lluviosos en instantes floreados, el río donde nadaba desnudo le hacía cosquillas la pancita y su melifluo canto convergía con aquel que sería su amor, Sutemaru.

Gira, gira, sigue girando, molino de agua, sigue
sigue girando, y llama al Sr. Sol
sigue girando, y llama al Sr. Sol
Pájaros, insectos, bestias, hierba, árboles, flores
Traigan a la primavera y al verano, al otoño y al invierno

Un día, Miyatsuko volvió a encontrarse grandes tesoros en el tronco de un bambú: oro a borbotones y prendas radiantes, creyendo de esta manera que el cielo le indicaba darle una vida de príncipe noble a Akihiko para que fuera feliz. Con este sentir, mandó a construir una fina mansión en la capital. Lejos de sus amigos y de los seres del bosque, Akihiko abandonó aquel lugar donde su felicidad permaneció.

Bastante triste y vacía, la mansión encerró al pequeño bambú como si se tratara de un ave atrapada en una jaula de oro. Bajo la docencia de Lady Sagami, el príncipe comenzó a aprender las reglas estrictas de la realeza, escuchando los modales con los que ahora debería guiarse.

“Un príncipe noble no retoza y baila por todos lados de esa manera”.
“Un príncipe noble no suda. No abre su boca y ríe”.

Lentamente, el corazón de Akihiko se fue llenando de una melancolía oprimente y sombría. ¿Dónde habían quedado esos días de sentir el pasto debajo de sus pies? ¿De reír a carcajadas y cantar en voz alta? ¿Dónde estaría ahora Sutemaru? La felicidad que su padre le aseguraba al convertirse en príncipe no tenía sentido para él, pero al no desear herir sus sentimientos, decidió apagar lo que por dentro gritaba. Enterró el pequeño bambú que había crecido en la aldea, colocándose una máscara doblegada por la ilusión de alguien más.

Ese año aconteció el invierno más cruel de todos. Akihiko, postrado en la soledad de su alcoba, veía pasar los días nostálgicos, tocando melodías en el koto que carecían de su habitual luminiscencia. Su belleza continuaba siendo maravillosa, pero la luz de sus ojos se había extinguido bajo la nieve.

Fue así que, en una ocasión, cinco de los caballeros más nobles del reino fueron a visitarlo con la intención de contraer matrimonio. Pero, ¿casarse con alguien que no conocía? Qué absurdo, aunque sus mayores insistían en que esa era la única forma de alcanzar la verdadera felicidad. ¿Es que siquiera había sido feliz desde que empezó a ignorar sus propios deseos para complacer a los demás?

El príncipe pidió a cada uno de los caballeros tesoros imposibles de conseguir, mismos que habían utilizado para comparar su belleza. Sin embargo, fracasaron en dicha búsqueda, siendo su fin la muerte, o bien, la falsedad. Akihiko cada vez más se perdía en ese despiadado mundo.

El inalcanzable amor de Akihiko había llegado hasta los oídos de Su Majestad, quién fascinado, llegó corriendo a la mansión del príncipe, trayendo consigo una sombra fría.

—Ven conmigo al Palacio —le dijo al príncipe.

—¿Por qué estás haciendo esto?

—Ningún hombre ni mujer es infeliz cuando lo hago.

—¡Nunca seré suyo!

—Lo serás, si es mi deseo.

En ese instante Su Majestad abrazó al príncipe, provocando un miedo y odio repentino en él. De inmediato lo apartó, molesto; y de manera involuntaria, su corazón gritó en silencio para que vinieran a buscarlo. Por un momento deseó regresar a su origen.

Luego de ese día, Akihiko comenzó a sentarse en el corredor exterior de la mansión y permanecía en silencio, observando la luna. Dejó de tocar el koto y la tristeza pintaba de gris el iris de sus ojos. Los padres del príncipe, preocupados se acercaron para preguntarle qué sucedía.

—¡No quiero volver a la luna!

—¿Volver? ¿A la luna? —cuestionaban sin entender lo que el príncipe les decía.

—¡Les he suplicado que me dejen quedarme! ¡Aquí, en esta tierra! ¡Pero vendrán por mí la noche del quince! —Akihiko lloraba desconsoladamente en el regazo de su madre.

—¿Qué hemos hecho para merecer esto? Todo lo que hemos hecho ha sido para tu felicidad.

—La felicidad que desearon para mí fue difícil de soportar. Sin darme cuenta recé a la luna para que me salvara. Cuando Su Majestad me abrazó, mi corazón gritó «¡No quiero estar aquí!». Ahora que debo irme, finalmente recuerdo porqué bajé a este lugar y para qué. En esta extraña tierra siempre he sabido esa canción: «Pájaros, insectos, bestias…» Así es. ¡Nací para vivir verdaderamente! ¡Justo como las aves y las bestias! ¡No quiero marcharme!

—¿Crees que te dejaremos ir? ¡Desde el día que te tomé de ese brote de bambú te he amado como si fueras mi único hijo! —Miyatusko replicaba entre lágrimas, con las manos temblando—. ¡Cuando te cargué, te cambié, te puse sobre tus pies yo era tan feliz como si estuviera en el cielo!

—¡No es demasiado tarde! ¡Aún estás aquí! ¡Aquí entre mis brazos! —exclamaba la madre.

Esa noche los tres se abrazaron con todo el amor que sentían el uno por el otro. ¿Era esto el comienzo del fin? Una vida que nace destinada a morir. Aunque, si la luna veía que Akihiko era realmente feliz por su cuenta, tal vez lo dejarían quedarse un poco más. No quería irse, no quería regresar.

Entonces, un día antes del quince, escapó de la mansión y con pies descalzos llegó hasta la montaña, su hogar. El olor a hierba fresca y los cálidos rayos solares lograron curvar sus labios en una amplia sonrisa y por primera vez en mucho tiempo, rio a carcajadas.

Los recuerdos de su infancia revolotearon alrededor de su cabeza, abriendo un pasadizo donde se dio cuenta de que todo este tiempo siempre había querido regresar a casa, y que, probablemente hubiera sido posible ser feliz junto a Sutemaru.

—Pequeño bambú, ¿eres tú?

Era Sutemaru, quien apenas regresaba después de 10 largos años. Había crecido y en su rostro se marcaban nuevas expresiones, pero Akihiko se sintió rebosante de alegría por encontrarlo nuevamente. Con una sonrisa tropezó hacia sus brazos y juntos se fueron volando por los aires.

El viento se colaba entre las hebras de sus largos y negros cabellos, y la tibia mano de Sutemaru apaciguaba las sombras del hermoso príncipe. Akihiko pensó inocentemente que le concederían una estancia duradera en esa tierra, hasta que ambos se enfrentaron a las fauces de la noche y la luna los tuvo en la mira.

—Escapemos. ¡Ahora mismo! Te cargaré en mi espalda. Nos iremos muy lejos, donde nadie nos conozca —le decía Sutemaru.

—No puedo escapar ahora —se lamentaba el príncipe.

—¡Seguro que puedes! ¡Si nos encuentran, te protegeré!

—Ya me encontraron.

El príncipe Akihiko despertó de ese agridulce sueño. Realmente, el fin estaba cerca. El día quince, la corte lunar descendió desde lo alto en una deslumbrante nube perleada que conseguía dormir a todos los de la mansión. Música jocosa brotaba de sus instrumentos en tanto se disponían a llamar al príncipe.

Absorto en una dolorosa belleza, el pequeño bambú se vio obligado a desplazarse hacia la vaporosa nube donde los seres lunares aguardaban su regreso con un manto que le haría olvidar todo lo que había vivido en la tierra.

—¡Príncipe! ¡Llévanos contigo! —gritaban sus padres que se habían despertado para detener a su hijo, aferrándose a los bordes de la nube.

—¡Papá, mamá, perdónenme! —Akihiko lloraba con el espíritu hecho pedazos mientras los abrazaba fuertemente.

—Ven, en la pureza de la Ciudad de la Luna dejarás atrás las tristezas e impurezas de este mundo —le incitaban los seres lunares.

—¡No es impuro! —contradijo entre lágrimas el príncipe—. ¡Hay felicidad! ¡Hay pena! ¡Todos los que habitan aquí las viven de diferentes maneras! ¡Hay aves, insectos, bestias, pasto, árboles, flores y sentimientos!

—¡Príncipe! ¡Príncipe! ¡Príncipe! —sus padres no le querían dejar ir.

—¡Perdónenme!

Dicha esta última palabra, Akihiko fue envuelto con el manto del olvido. Les dio la espalda a sus padres, tomando su respectiva posición en la Ciudad de la Luna. Suavemente se alejó de la tierra, dejando atrás todo lo que había amado. Sus padres se quedaron quietos, viéndolo irse para siempre con una infinita tristeza en sus ojos.

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