SEIS MIL CUATROCIENTOS VEINTE

Ernesto miraba a través de la ventana del autobús. La mañana era lluviosa y el atasco considerable. Se entretenía sumando los números de las matrículas de los coches que pasaban lentamente a su lado. Las probabilidades de series repetitivas de combinaciones sumatorias con resultado igual o superior a veintiuno eran muy altas. Y él, las calculaba mentalmente y luego ordenaba los resultados, extrayendo patrones estadísticos, que luego le servían para relacionar números y colores, marcas de coches y perfiles de conductores. Ernesto recuerda todas las matrículas de los coches de sus conocidos, no le hace falta apuntar los números de teléfono, recuerda fácilmente contraseñas, claves secretas, tallas y fechas de cumpleaños. El universo entero tiene sentido, siempre que sea numérico.

Aquella mañana, decenas de carpetas se amontonaban en su cubículo acristalado, en la cuarta planta del edificio de Data X, la empresa de investigación estadística donde trabaja. Decenas encuestas periódicas sobre diferentes tendencias políticas, sondeos de opinión, muestreos exhaustivos sobre los hábitos predominantes en los distintos niveles de renta; cuestionarios sobre usos y costumbres alimentarias, campañas políticas encubiertas y un elaborado y minucioso análisis científico sobre el llamado efecto marco publicitario, estudiado como fenómeno neurológico que tiene lugar en las amígdalas del consumidor.

Ernesto manejaba miles de perfiles de individuos que suponen la representación modélica de la sociedad actual. Números y datos que se relacionan con personas, encuadradas en espectros preestablecidos a base de respuestas obvias a preguntas triviales. Es necesario multiplicar la cantidad para conocer la verdadera respuesta. La experiencia científica de los grandes números, extrapolados a situaciones concretas nos dicta unos resultados relativos bendecidos por la diosa matemática.

Su trabajo consiste en procesar los datos, asignarles un rango adecuado y avanzar una primera interpretación de los resultados.

Ernesto abre la primera carpeta y se dispone a comenzar su jornada laboral. Todo parece en orden, auriculares, joystick, Einstein sacando la lengua en la pantalla, y, por supuesto, lo de todos los días, números, claves, preguntas, respuestas y columnas de casillas interminables en una sucesión de información, adecuada y suficiente para urdir una buena estrategia.

  • Buenos días, Pitagorín,
  • Buenos días, Charlie, ¿tomamos un café?
  • ¿Cómo va tu investigación? ¿has encontrado ya a la chica perfecta? – pregunta Carlos.
  • Mi proceso se ha ralentizado.
  • Son demasiadas variables, demasiados datos, ¿sabias que en esta ciudad hay mas de un siete por ciento de mujeres solteras de mi edad? Eso significa que son más de diez mil, y si descarto por pura imposibilidad física a la mitad, aún quedan cinco mil.
  • Y eso sin contar las turistas. – dice Carlos, simulando entusiasmo.
  • El programa que he desarrollado se acerca bastante al objetivo, ya tengo procesados los datos de unas trescientas chicas que viven en el centro, y que cumplen más del sesenta por ciento de los requisitos. Este porcentaje supera en mucho mis expectativas, sin embargo, a medida que avanzo en el desarrollo del cuestionario añadiendo matices y perfeccionando los cálculos, voy perdiendo interés por el resultado. Me asusta la idea de llegar al cien por cien. Entonces me digo que es un objetivo inalcanzable, una obsesión, una falacia, y que en realidad, sólo se trata de datos estadísticos, extrapolaciones de sondeos, tal vez inventados, falseados, corruptos.
  • Y entonces, ¿Qué tal si pruebas a salir de tu “laboratorio”?
  • Mi proyecto me hará famoso, y con él, miles de personas solitarias encontrarán la pareja que necesitan. Yo mismo podré, basándome en datos estadísticos oportunamente tratados, encontrar una chica que me venga como anillo al dedo.
  • Tengo que pensar un buen nombre. – Añadió.
  • Espero que no estés hablando en serio. – dice Carlos, cada vez mas preocupado por su amigo.
  • Hoy en día todo se vende con un buen nombre. Algo que sea intrascendente, inmediato y frívolo.
  • La semana pasada dijiste lo mismo sobre un nuevo envase. Práctico y llamativo, dijiste.
  • Bueno, tómatelo como quieras, así les pasa a menudo a las ideas geniales.
  • Tal vez sea mi oportunidad para salir de esta monotonía, dejar este trabajo anodino y dedicarme de pleno a la investigación. Tal vez le proponga a la empresa que me financie la investigación.
  • Estas soñando si crees que van a gastar su dinero en tu aparatito.
  • Bueno, no seria tan extraño. Ya sabemos la importancia que tienen este tipo de datos banales, cotilleos, ecos de sociedad y otras tendencias sexuales.
  • ¿Se puede?
  • ¿Se puede?
  • Si, si, adelante, cariño, pasa a la derecha que enseguida estoy contigo…. – dijo una voz femenina desde el fondo del pasillo.
  • Es que voy,… un poco mojado. – se excusó, Ernesto.
  • Ponte cómodo y espera un par de minutos. – volvió a decir la voz.
  • Hola mi amor, ya estoy aquí, para atenderte,
  • ¿Jessica Sierra? – acertó a decir Ernesto, que se había quedado paralizado.
  • Puedes llamarme Jessi.
  • Perdone, yo solo he venido a hacerle una encuesta, ¿No recibió mi carta?
  • No cariño, y francamente estoy harta de encuestas, así que si no quieres nada mas págame los treinta euros que vale mi tiempo y vete.
  • Pero,… perdone, ¿su tiempo?
  • ¿es Usted, autónoma?, ¿nacionalista?, ¿usa el transporte publico?, ¿Cuál es su plato favorito? ¿le gusta el chocolate?, ¿Fuma? …….
  • ¿Significa algo para Usted el número seis mil cuatrocientos veinte?
  • ¿Qué es esto, un interrogatorio? ¿Es que acaso eres uno de esos loquitos de la red? ¿Quién eres tú? – dijo Jessica.
  • No, perdone, lo siento, – se disculpó torpemente, muy alterado – sólo pretendía, completar mi investigación científica, llegar, por fin, a una solución.
  • Ya es un poco tarde y esta lloviendo, ¿Por qué no me cuentas de que va esa investigación, mientras te doy un buen masaje?

Carlos y Ernesto hacen el mismo trabajo, almuerzan juntos y cumplen el mismo horario, pero, eso es todo. Sólo en eso coinciden.

Contesta Ernesto en un tono lacónico, suspirando, antes de continuar,

Los dos están sentados en unos taburetes altos que hay junto a las máquinas de café y refrescos, en la cuarta planta del moderno edificio acristalado. En el código seis, cuatro, hay una chocolatina y en el dos, cero, rosquillas.

Ernesto observa su reflejo en los cristales tintados, mientras acaba su chocolatina.

Carlos y Ernesto van caminando hacia su puesto de trabajo. Ernesto se lleva un café solo, con azúcar, código: uno, cero.

Carlos se calla, no quiere acabar discutiendo con Ernesto, al menos, tan temprano.

Ambos se preparan para el trabajo. Ernesto se pone sus auriculares y se sienta delante de la pantalla.

Seis. Cuatro. Dos. Cero.

Con un gesto automático, gira la silla para coger el primer expediente, y sin darse cuenta, derrama el vaso de café sobre la primera carpeta. Al momento, ésta queda completamente pringada. Ernesto maldice su suerte e intenta rescatar el papel mojado extendiéndolo encima del aire acondicionado. Entonces se da cuenta del número de registro del expediente, es el seis mil cuatrocientos veinte.

Su número. Ese era el número que en silencio y desde siempre había, de alguna manera sutil, marcado su vida. Desde la primera vez que, en el instituto, le asignaron una clave que abría su taquilla, o el número de embarque en su primer viaje a Londres, o cuando le dieron su primera tarjeta de crédito. Las últimas cifras del teléfono de Laura.

Una vez más, Ernesto se quedó paralizado delante de aquel número que le persigue, dándole empujones, marcándole el camino. Sin hostigarle. Aquello quería decir algo.

Estaba excitado, quiso contarle a alguien el motivo de su euforia, pero reflexionó. Y lo hizo como un científico, dudando de lo evidente. Preguntándose sobre la remota posibilidad de que la casualidad existiese. Permaneció un rato sentado ante la carpeta cerrada, meditando sobre la conveniencia del paso que iba a dar. Después, abrió el expediente en busca de nuevas pistas.

La codificación cifrada impide que los analistas averigüen determinados datos de los encuestados, pero eso no contaba para Ernesto, que alterando el proceso era capaz de decodificar los más recónditos rincones de un código binario. Saltándose las normas, comenzó a recuperar lo que pudo del expediente cifrado.

Seis mil cuatrocientos veinte

Jessica Sierra López. Treinta y cinco años. Soltera. Peluquera. Un metro setenta y cinco; cincuenta y ocho kilos. Calle Menéndez Pelayo, numero dos, cuarto piso, puerta seis.

Ella era una de las cinco mil mujeres solteras y de treinta y tantos que vivían en la ciudad. Los datos no podían ser mejores, Jessica cumplía, de entrada, mas del treinta y cinco por ciento de los requisitos, pero, lo más intrigante para él, seguía siendo el número de su expediente. Ernesto se preguntaba alterado, si contra toda probabilidad habría encontrado, al fin, su media naranja. La curiosidad le llevó a seguir investigando. Así fue como descubrió que Jessica era votante de un pequeño partido marginal de tendencia ecologista, que estaba a favor del aborto controlado, y también del matrimonio homosexual. También supo que gastaba más del doce por ciento de su renta en productos de cuidado personal. No viajaba fuera del país desde los ochenta. No tenía coche, vivía alquilada, y no viajaba al extranjero desde su adolescencia.

No tenía una opinión formada sobre el Juez Garzón, ni sobre el asunto de los trajes de Camps, pero era enérgica en su opinión en contra de la corrupción. Compraba el periódico casi todos los días, y le interesaban esas novelas de terror que a menudo leía en el Metro. A Ernesto le llamo la atención su rechazo a la inmigración y la desconfianza que sentía sobre policías y jueces. Jessica era socia de un gimnasio y acudía a clases de baile de salón. Se confesaba admiradora de Cristiano Ronaldo y manifestaba no saber usar Facebook, ni otras redes sociales, aunque su deseo era aprender a utilizarlas.

La encuesta no era gran cosa, pero Ernesto le otorgó la categoría de feliz hallazgo. Durante el resto de la mañana, estuvo rastreando por la red, buscando referencias, nombres, imágenes. Encontró una Jessie Sierra licenciada en física Nuclear, por la Universidad Católica de Costa Rica, con su diploma y su birrete. También encontró una ferretería que ofrecía distintos modelos de sierras; las fotos de un perrito faldero, de una raza carísima; Una mujer de negocios, con pinta de Ángela Merkel y varias fotografías de lo que parecía ser el botellón de Jessy en la Sierra. Ninguna de estas imágenes serenó su animo, mas bien todo lo contrario. Ernesto pensó que una peluquera de hoy en día, moderna, con estilo y con iniciativa, debía tener su propia pagina Web, pero no la encontró.

Las dos primeras páginas del expediente habían quedado inservibles y el número de teléfono de contacto se había borrado por completo.

Ocasionalmente se permite a los encuestadores repetir las preguntas a un encuestado, pero la empresa no favorece estas prácticas, porque se corre el riesgo de que se entablen relaciones que, con el tiempo, encarezcan y dificulten el proceso.

No lo dudó ni un momento. Cogió papel con membrete de la empresa y comenzó a redactar una carta.

Estimada Srta. Sierra:

Por motivos ajenos a Data X, su fichero de datos recogido en la encuesta del pasado mes de Diciembre ha resultado dañado. El próximo día 15 de Febrero a las 19,00 horas un analista de esta empresa pasará por su domicilio para completar los datos. Le ruego que en caso de no poder atenderle ese día, deje aviso a la atención de Ernesto Medina llamando al teléfono que figura en el encabezamiento.

Sin otro particular, atentamente,…

El día 15 llegó y Ernesto no había tenido noticias de la Srta. Sierra. Desde primera hora de la mañana, Ernesto había estado preparando un cuestionario completo para Jessica. Con el resultado de este test podrá saber si efectivamente ha dado con el objeto de su búsqueda. Las respuestas serán introducidas en su revolucionario programa de análisis de datos, que tras considerarlas minuciosamente, emitiría su veredicto infalible.

Salió del trabajo sobre las cuatro. Cogió su carpeta de piel y se dirigió a la calle Menéndez Pelayo. Mientras iba en el autobús, Ernesto no pudo concentrarse en las matriculas de los coches. Su cabeza era una inmensa pizarra, repleta de funciones, límites y variables. Estaba desbordado. – Tal vez no era buena idea, ¿y si no funciona? – comenzó a repetirse mentalmente.

Al cabo de un momento, recobró la cordura, y se dijo a si mismo que las probabilidades eran escasas, prácticamente nulas, que las corazonadas no son cuantificables, que resulta inaceptable que unos dígitos aleatoriamente combinados puedan llegar a determinar su futuro. No tiene nada de especial el número seis mil cuatrocientos veinte, salvo que es par, en serie decreciente y acabado en cero. Se volvió a repetir que no pasaba nada. La incertidumbre era una sensación que Ernesto no podía permitirse. Se prometió abandonar ese absurdo proyecto y tratar de retomar su vida, salir a la calle, conocer gente. Ernesto quiso bajar del autobús y volver a su casa. No estaba lejos.

En ese momento el autobús paró delante del número dos de la calle Menéndez Pelayo. Ernesto bajó en la parada. Solo tenía que cruzar la calle y darle una oportunidad al caos.

Al cabo de unos minutos Ernesto se decidió y se aventuró hasta la otra acera. Un trueno retumbó el oscuro cielo sobre la ciudad y la tormenta le sorprendió cruzando la calle.

El timbre del cuarto piso, puerta seis, no tenia nombre. Al momento de pulsarlo, sin más, la puerta se abrió. Ernesto entró en el portal y espero que bajara el ascensor. Al llegar al rellano del cuarto piso, llamó al timbre y la puerta del piso también se abrió automáticamente. Ernesto asomó la cabeza al interior, y dijo:

Nadie contestó.

Repitió Ernesto, un poco más fuerte

Entró en el cuarto de la derecha, en el que sólo había una camilla y un espejo muy grande. Ernesto se quitó la chaqueta y la dejo sobre la camilla. Sin saber muy bien que hacer, se quedo mirándose en el espejo, de espaldas a la puerta.

Enseguida sacó el cuestionario de su cartera de piel empapada y lo colocó sobre una tablilla, sujeta con una pinza metálica. Cogió su bolígrafo y se dispuso a repasar las preguntas. Alzó la mirada y se vio reflejado en el espejo de la pared. El pelo mojado, las gafas empañadas, sosteniendo un bolígrafo y una absurda encuesta.

Entonces, una mujer morena, vestida con un conjunto de ropa interior sugerente, zapatos de tacón alto y una bata de tul negro transparente, entró en la habitación y dijo:

Jessica era una mujer estupenda, alta y bien formada, de esas que Ernesto sólo ha visto en la pantalla de su ordenador. Se quedó mirándola sin poder reaccionar, y aunque a primera vista aparentaba más edad de lo que decían sus datos, se sintió inmediatamente atraído por ella.

Acertó a decir, balbuceando, mientras el bolígrafo caía, junto con varias hojas de la encuesta, de una forma cómica que hizo sonreír a la peluquera.

Ernesto comenzó a escupir su cuestionario de preguntas, a medida que iba recogiendo los papeles del suelo, apenas podía articular palabra, y al final, muy nervioso, arrodillado frente a Jessica, formuló la última pregunta, la única importante, la pregunta definitiva:

Ernesto se sentó en el borde de la camilla, avergonzado y abatido. En ese momento acudieron a él otras citas anteriores. Otros encuentros anteriores, que al final, solo fueron ocasiones perdidas, seguidas de largos periodos de retiro. Jessica le gustaba y los pocos datos que había obtenido eran esperanzadores, pero no había solución, su universo numérico desapareció como si alguien, de repente, hubiera borrado la pizarra.

Ya estaba a punto de incorporarse para ponerse la chaqueta, dispuesto a marcharse, cuando Jessica se le acerco, envolvió suavemente su cuerpo contra el suyo y con voz sensual le dijo al oído:

Ernesto, sin decir nada, se tumbó en la camilla, y se abandonó al azar.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS