“Imitaré, en cambio, a los antiguos…”*
* – Erasmo. Elogio de la locura, cap. II.
El problema de la periodización literaria
Suele decirse en los manuales de literatura que un escritor pertenece a tal período literario (barroco, romántico, etc.), y se determina para cada período un rango de fechas sobre las que existe acuerdo dentro de los ámbitos académicos. Ello presenta al menos dos problemas. El primero es que dichos períodos nunca son establecidos a priori ni vividos como tal por sus protagonistas; es una convención establecida a posteriori, por los especialistas. Lo mismo puede decirse del carácter artificial de dicho “parcelación” (Llovet, 2005, p. 85): una obra, un movimiento, una corriente, una escuela o un período literario no se conforman por generación espontánea sino que son consecuencia, reacción o reformulación de otros tantos momentos previos en la historia de la literatura dado que esta es un continuum. Un flujo temporal dentro del cual es posible hermanar a Homero con Joyce, a Petronio con F. Scott Fitzgerald.
Erasmo y su tiempo
Expuesta tal advertencia, corresponde situar históricamente a Erasmo, intelectual y escritor perteneciente al humanismo renacentista, movimiento iniciado por Petrarca en el siglo XV y que, en la figura del holandés y más específicamente en su obra “Elogio de la locura”, encuentra su expresión literaria más “moderna”, si por tal entendemos que sus críticas son compartibles y aplicables al mundo secular actual.
La época de Erasmo fue crucial para Occidente. A través de la cuidada restauración filológica de los antiguos manuscritos grecolatinos, los intelectuales humanistas habían tomado de éstos ideas y valores en pos de una restauración cultural que fomentara la educación del ciudadano cuando se produjo una singular sinergia tecnológica y cultural. El desarrollo de la imprenta de tipos móviles en 1440 y la traducción de La Biblia al alemán iniciaron una Reforma que sacudió los cimientos de la Iglesia Católica. Del cisma resultante emergió Lutero como la máxima figura de la reforma protestante, oponiendo una nueva cristiandad a los vicios y corrupciones del status quo católico. La nueva tecnología creada por Gutenberg favoreció la difusión de estas ideas, y ello contribuyó al fortalecimiento político y económico de los príncipes y las ciudades, ampliando la independencia iniciada siglos atrás por las Universidades carolingias respecto del papado romano. La reacción por parte de la Iglesia Católica consistió en recluirse e iniciar un férrea vigilancia, lista para extinguir en la hoguera a cualquier ánimo innovador. Erasmo, quien seguiría siendo católico sin perder cierta distancia crítica frente a la corrupción de la Iglesia, logró expresar a través del “Elogio de la locura” una crítica ácida pero no vacía. No buscaba el riesgo solo por la risa cómplice sino que también confiaba que de su lectura despertara conciencias dentro de las jerarquías más ilustradas de la Iglesia Católica y así provocar un cambio, no tan dramático como el de Lutero, a quien criticó por atraer la persecución sobre sí al “atacar la tiara de los Papas y la panza de los frailes”. (Vidal, 2020).
El elogio
Publicado en 1511 y dedicado a su mentor Tomás Moro, el “Elogio de la locura” es un ensayo en el que la voz narrativa corresponde a una entelequia: la locura, que se elogia a sí misma por todos los bienes y favores que le hace a la humanidad. Sin ella, la realidad sería insoportable. Un ensayo es la exposición de una hipótesis que no requiere pruebas. Se trata de la opinión del autor acerca de un aspecto del mundo, de la sociedad o de un asunto en particular. Su discurso es producto del pensamiento profundo y la voz narrativa es, por lo tanto, opinión. Aunque algunos especialistas lo ubican como un género más cercano a la lírica debido a esa característica interna, en rigor de verdad pertenece al género didáctico-ensayístico, tal como fuera propuesto por Huerta Calvo (2006) en tanto éste es un grupo de textos “destinados a la exposición de ideas”. (p. 148).
El ensayo de Erasmo, sin embargo, no se agota en la exposición de ideas. Determinado por las circunstancias, enmascaró dichas críticas para no sufrir la persecución y muerte en la hoguera que un discurso de tal naturaleza le hubiera asegurado. Esta treta le permitió desdoblarse en dos (personaje y autor), y así eludir responsabilidades.
El tono
La vida social, los sentimientos amorosos, el patriotismo, nada de esto sería viable sin la estupidez, tendiendo un manto de engaño sobre cada uno de los hombres y mujeres. El tono en que tales razonamientos se expresan, sin embargo, dista de ser amable. La locura se ensaña con las debilidades humanas, tan imperdonables que sin su intervención se harían insoportables. No parte de la piedad sus arreglos sino de la ironía. En su propio halago la locura finge compadecerse de la humanidad. Engaña al hombre por su propio bien, pero la descripción de las flaquezas espirituales y físicas de los humanos desnuda la ignorancia fingida. La locura conoce al mundo y a sus habitantes mejor que nadie. A medida que progresa la obra, en cada capítulo el ataque asciende hacia el poder, primero al mundano y luego al religioso. La escalada derrama su acidez desde lo general a lo particular: son los monjes, los obispos y el Papa los destinatarios últimos de su abrasión.
¿Es el “Elogio un clásico”?
Son múltiples y omnipresentes en el “Elogio…” las referencias a personajes y obras clásicas (Trofonio en el capítulo I, Midas, Pan, Hércules y Solón en el II, etc.), así como el empleo de procedimientos típicos de la antigüedad (ya en el primer capítulo nos encontramos con una analogía: “Al modo que, cuando el bello sol naciente muestra a las tierras su áureo rostro … así apenas he aparecido yo, habéis mudado el gesto”). Ello permite ubicar a la obra como clásico, de acuerdo a las características que releva Italo Calvino (1993): “VII. Los clásicos… nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra …”; “… Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce en seguida su lugar en la genealogía.”
Por otra parte, aunque Erasmo critique al poder y al clero, sus dardos apuntan específicamente a una cuestión general a todas las clases y ceremonias de cualquier sociedad: la hipocresía como forma de aceptar lo injustificable. Tal atemporalidad del asunto le asegura su carácter clásico por cuanto “… Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo…”, “… Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.” (Calvino, 1993) Esta caracterización también encuentra apoyo en la “Teoría de la literatura”, de Aguiar E Silva (1972). En el capítulo dedicado al Clasicismo se enumeran algunos de los principios relativos a la naturaleza de lo clásico en la literatura renacentista. Destaco el principio de verosimilitud: “El clasicismo no busca lo particular, el caso único y aislado, sino lo universal y lo intemporal” (p. 306). De acuerdo a esta afirmación, Erasmo no se concentra en lo que sucedió aquí o allá, ni a un dignatario de la Iglesia en particular. La denuncia sobre la falta de ética religiosa de su época que la locura realiza es universal, atemporal, y puede ampliarse a otros tantos aspectos de esa fatigosa e imperfecta estructura social que, a lo largo de ese río llamado tiempo, todos padecemos y protagonizamos.
Bibliografía:
Aguiar E Silva, Vítor Manuel De. (1972) Teoría de la literatura. España: Editorial Gredos.
García Berrio, Antonio, Huerta Calvo, Javier. (2006) Los géneros
literarios: sistema e historia (una introducción). España: Editorial
Cátedra.
Llovet, Jordí, (et. al.)(2005) Teoría Literaria y Literatura Comparada. España: Editorial Ariel.
Webgrafía:
Calvino, Italo. Por qué leer los clásicos. Recuperado de: https://urbinavolant.com/archi…
Erasmo. Elogio de la locura. Recuperado de: http://www.cervantesvirtual.co…
Vidal, César. El Elogio de la locura. Recuperado de: https://cesarvidal.com/blog/le…
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