La libertad me atrapa, seduciendo las partes de mi cuerpo que tú usabas cuando querías dormir…la personalidad femenina de la libertad sofoca mis labios secos, despedidos por el adiós de tu dulzura, por el adiós profundo de tu caricia perpetua paseada en la constelación de tu boca, misma regalada a mí por ti en la cavidad inerte de mi garganta lastimada.
Ése océano creado en la pieza va desapareciendo, evaporándose de tal manera que la distancia del mar al cielo se reduce a unas cuantas lágrimas estampadas en la idiotez de ver salir al sol en el horizonte. Va reduciéndose al punto de hacerme ver sobre el balcón un animal cantante, una sonrisa nueva en la mirada de la tristeza que empieza a creer que amar es una obligación después de ser lastimado. Aquí el secreto está en lo difícil de entender las cosas, en lo complicado de quitarse las manos de los ojos y comprender –repito, entender que el corazón tiene el don de amar en una fase dónde piensa, ya libre, que reanudar el movimiento anterior después de una alteración circunstancial eliminará la necedad de tener miedo por el alma de alguien que se fue.
Para mí, esta liberta me favorece, es una ventaja que me regalaste y puedo usar sobre mi cama, sobre la mesa, sobre y entre las paredes del baño, en la sala, en el sillón de tercio pelo donde cada noche escribo poemas…uso este regalo tuyo, como la herramienta para reanudar mi vida, en la conciencia gemela de otros sueños que por torpedad de mis manos sujete en la orilla del parque y las cosas chuscas en su bolso, que me hacían sentir cerca de ella, suponiendo, que el estar solos; la incertidumbre de saber nuestros nombres nos tocó involuntariamente, creyendo que ni ella, ni yo, simulábamos vernos; y volví hacer esclavo por un par de horas por la proa negra que hacia navegar ese barco en el mar oscuro de esa noche, cuando entendí que el final de “algo” no es un final, si no la continuación de <<mi amor>> por el destino de un alma más, en mi vida.
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