Sobre qué escribir.
Descubrí que podía darme a la tarea de crear oraciones, y con ellas textos, cuando en mi adolescencia disfrutaba pasar el tiempo tallando mi lápiz sobre la fragilidad del papel, hiriéndolo para que testimoniara mis pensares sobre la vida, sobre los amigos o acerca de Dios mismo y mi idea de él, entre otros temas.
A medida que pasan los años, he postergado este llamado interno que me clama por perfeccionar el método, aprender lo necesario y crear desde la escritura. He sido esquivo (aunque no adrede), pero ahora me supera la fuerte voz de ese reclamo y, hágalo tan bien como quisiera o tan mal como otros pudieran criticarlo, es hora de sentarme y darle tiempo al devenir de las letras en mi cabeza.
Quise empezar por decidir cuál sería el tema a abordar, sin embargo, mi mente se trepa en un árbol de tantas ramas que tendría que empezar poco a poco a podar algunas que considere no necesarias hasta dejar aquellas que precipitadamente determine como útiles, pero ¿y si no vale la pena esa amputación? ¿si me excedo? ¿si termino decidiendo lisiar mi árbol de esa rama que luego iba a producir mejores flores y frutos? No, entonces no. Si ha de ser podado, que lo haga el viento. Por lo pronto pondré en estos renglones que me quise dar a la tarea de escribir y que tuve que abrir la caja de mi alma para buscar sobre cuál tema hacerlo.
No pretendo sonar experto en muchos temas, ¡ni más faltaba tal presunción!, más bien describo una cabeza con incertidumbre sobre cuál sería la mejor línea para el lector, no obstante considerar que más allá de aquello que pudiera amar el leyente, debería instarme a escribir aquello que ame yo. Que me guste leer cuando lo lea. Así sea un tema banal o el más profundo de los pensares. Que la mejor conclusión sea que para mí valió la pena dedicar mi mirada al monitor y mi presión al teclado o sobre un trozo papel con la punta del grafito abrazado por la madera en el lápiz de mi preferencia, cuando de escribir a mano se trate.
En el alba de mi adolescencia escribía renglones que quería que algún día tuvieran tonada y mutaran a canciones. Unos años más tarde me divertía creando diálogos y puestas en escena para el grupo de teatro amateur al cual tuve el honor de pertenecer. Después vinieron las responsabilidades académicas, donde ensayos y otros trabajos escritos ocuparon mi mente y mis manos; al día de hoy, mis labores piden que atienda acuciosamente a la creación de respuestas a oficios, consultas, pronunciamientos de los clientes ciudadanos y hasta responder a recursos de ley, como una tutela.
Pausas en los ires y venires del trabajo me invitaron a escribir para “Mi Capitán”, un peque que apenas empieza la vida y alegra la mía cuando me llama papá. Lo he tenido tan cerca como para hablarle al oído, y también tan distante para escribirle líneas que le enviaba con el viento.
De regreso al quehacer, creación de formatos, gestión de conocimiento, llevar al lenguaje escrito el por qué y cómo ha de hacerse aquello que hacemos en mi oficina. Convertir en letra tintada el día a día para enriquecer la documentación de la tarea cumplida.
Entre una y otra etapa, a la llegada del amanecer o cuando el ocaso me llama de regreso a casa, la mejor escritura… el papel, el correo electrónico y el whatsapp guardan como tesoro escondido las composiciones creadas pensando en ella. Las primeras y tímidas conversaciones que alimentaban mi interés por conocer sus preferencias, luego el adentrarme en su mundo y tratar de conquistarlo para mí, colonizando sus inclinaciones y haciéndome parte de su vida. Hoy, día con día, cada vuelta de la tierra construye las razones necesarias para enviar las frases que le recuerden su importancia para mi vida. Es la dueña del sofá en la habitación más escondida en lo profundo de mi alma, donde puede tenderse tranquila y disfrutar de su sueño mientras procuro ser su hombre y resguardarla hacia mi regazo.
Distraído por el trasegar del día, o quizá cuando mi atención esté puesta en un evento que logró impresionarme o un par de palabras que construyen una frase que impacta mi pensamiento, una parte de mí pareciera prometerme: «voy a escribir sobre eso» y otras veces «ampliaré ese tema desde mi mirada» así que no puedo menos que concluir que, seguramente, me ha llegado la hora de saciar ese hormigueo incesante que me invita a no bajar al sepulcro sin que haya dejado «mis rayones» a ojos de quienes consideren valioso regalarle minutos a mis líneas.
Ojalá haya ocasionado sonrisas, también despertado emocionados, ojalá, de pronto, logre sembrar impresiones, inquietudes, contradicciones, diálogos mudos, incluso, en los que alguien consideró la idea de estar de acuerdo con mis pensares o hasta contradecirlos.
Ojalá un día aprenda a inquietar al lector, y que aprenda también el arte de obligarlo a imaginar, de hacerlo mi compañero de andanzas escritas; de convocarlo como compinche silencioso del camino pavimentado de letras.
Que este sendero me traiga la satisfacción de haber logrado tallar improntas con formas de grafemas imborrables que cuestionen pareceres o motiven conclusiones y decisiones, o tan elemental como construcciones lingüísticas dignas de recordarse con agrado porque inspiraron una sonrisa. Creo que siempre que el escritor active la comisura de los labios de quien lee, dibujando en su rostro una sonrisa, no importa cuál sea la razón, la misión ya fue cumplida.
Entre la primera “a” que aprendí a dibujar en mis cuadernos, cuando mi muñeca aún no sostenía con firmeza el lápiz, hasta esta “z” que acabo de trazar, he pasado y pasaré mi vida, gustosamente, considerando y decidiendo sobre qué escribir.
OPINIONES Y COMENTARIOS