«Madrid 12 de agosto de 2022

Recuerdo el tiempo del estado de alarma, de la pandemia, fue hace dos años, unos meses de encierro forzoso, eterno. En ese período me ausentaba a un lugar, a un paraíso inventado de forma intermitente. Era un emigrante movido por la fuerza de la pasión, del deseo.

Unos años antes, había empezado a serlo de forma presencial. Una primera cita prohibida, un lugar escondido, una sensación … luego dos años de comidas inventadas, de reuniones que no existían, horas en las que emigraba de mi vida corriente para existir en otra. Después de nuestro primer viaje allí, los dos hicimos de ese lugar, un sitio habitual de encuentro, nuestro edén particular. Nos convertimos en exploradores, viajeros del tiempo, aves migratorias en busca del calor, inventores de palabras, carteros de risas olvidadas en el buzón de nuestros recuerdos, ensambladores de nuestros cuerpos que desde el primer momento encajaron a la perfección. Eso fuimos.

Cómo en un cuento, apareció un día un monstruo en forma de virus, se fue acercando sin hacer demasiado ruido al principio, con pisadas silenciosas, lejanas, Con el paso de los días sus pisadas se convirtieron en firmes, devastadoras, cercanas. El dragón de los cuentos intentó llevarse con él a todo aquel que se pusiese en su camino. Para salvarnos y salvar a los demás , debíamos de estar todos confinados, escondidos de la rabia del monstruo. En ese intervalo, dejé de ser un emigrante real, me convertí en un emigrante ilusionista. Era mi alma la que se desplazaba. No podíamos comunicarnos esos días pero yo, realizaba el mismo recorrido una y otra vez, un viaje con billete de ida y vuelta, con el precio de la añoranza combinado con la esperanza.

En ese periplo yo soñaba ser cómo Houdini , soltar mis cadenas atadas con candados. Candados cómo eran lo correcto, lo socialmente aceptado sin hacer fuerza, sin dañar a nadie. También anhelaba con que pronto pudiesen encontrar algo que abriese el nuevo candado que había aparecido de repente, el confinamiento. Durante ese tiempo sobreviví aprendiendo cómo mi mago preferido, me convertí en un escapista.

Inventé trucos, aprendí a hacer magia . Me declaré ilusionista, un desplazado hacia mis sueños y deseos.

Me preguntaba qué seríamos después de esta pandemia, si volveríamos allí, y mientras lo hacía, viajaba todos los días, caminaba hacia tí.

A veces en mitad del trayecto una voz, un ruido, un lloro, una risa, una pregunta, una canción, un color, un olor, un sabor, la brisa hacían que volviese sobre mis pasos. No me importaba, sabía que luego después de un rato, de unos minutos, de unos segundos, de unas horas, me ausentaría de nuevo. No me cansaba nunca de hacer el recorrido aunque lo tuviese que aplazar a veces. Cómo los emigrantes llevaba una maleta llena de ilusión. Siempre lista, preparada. Algunos días se abría sin querer, se desparramaba por el suelo de la tristeza, salían los trajes de la nostalgia, los zapatos de la melancolía, la cerraba cómo podía. Era imposible viajar así. Me sentaba encima de ella con fuerza. En esos momentos dejaba de ser Houdini. Sentada encima de la maleta esperaba a que luego se me ocurriese un truco, un ardid para emigrar de nuevo.

Pensaba en subterfugios para que mi fuga fuese más larga, no los encontraba, eran ráfagas de brisa, iba y venían, eran segundos, no logré atraparlos más tiempo. Intenté buscar maneras, formas de quedarme allí un poco más, pero cuando me adentraba en ese lugar, al verte, no lograba acariciar tu rostro sólo eras ilusión, recuerdo, sueño. La ventana de aquella habitación tan conocida por nosotros estaba abierta, yo cómo un ladrón entraba y salía.

Un emigrante hacia el cielo, un inmigrante hacia las responsabilidades, los problemas de la vida normal, una familia corriente. Era el aprendiz de mago, ilusionista, era la madre , la compañera, la amiga, Todos los días me sumergía con la camisa de fuerza en el acuario de mi existencia. Después de un rato me liberaba de la tela blanca, volvía a mi paraíso. Oía el aplauso de mi corazón por haberlo conseguido y feliz volvía…a mi hogar, a mis hijos. Mi maleta preparada siempre esos días para viajar, los trucos cada vez más dispares para intentar doblegar el tiempo de permanencia de mi alma en el paraíso sin abandonar mis deberes. Un día terminó nuestro encierro humano, no sabía cómo encontrarte, no sabía si me encontrarías…»

Este el pequeño escrito que he encontrado mirando en las fotos antiguas de mi madre, Es su letra y está fechado hace un año. Ella duerme tranquila mientras, siempre el sueño la ha arrullado, se siente cómoda allí. Cree en que en la vida todo se puede conseguir cómo en los sueños. Lo leo y yo que buscaba fotos de mi abuelo que emigró a Alemania, para escribir un relato sobre migración, me quedo perpleja. ¿Mi madre una emigrante ? ¿Una aprendiz de ilusionismo? ¿Somos emigrantes todos de nuestros sueños y deseos entonces ?

Sé que no seré capaz de preguntarle nada cuando se despierte, sé que he descubierto un tesoro suyo, la alcoba de su alma sin quererlo. Aparto la hoja, intento que mi cabeza vuelva a centrarse en la historia de mi abuelo. Rebusco sin ganas, sin centrarme demasiado. Entre las fotografías encuentro una hoja doblada de un periódico del año de la pandemia, el año negro, unos meses después de que acabase todo . Es una lista de los miles y miles de fallecidos de ese año ordenados de una manera alfabética. Hay una elíptica trazada con un lápiz rojo que rodea un nombre, unos apellidos. Ese trazo imagino que es el final de su relato, el final que nunca quiso plasmar por escrito para no perder sus sueños. La hoja del periódico tiene manchas, desconchones, son restos de lágrimas que se han quedado allí cómo testigos de la lectura. Una ventana llena de nombres que ha sido empañada por la lluvia que sale de dentro nuestro.

Ella duerme tranquila, siempre el sueño la ha arrullado, se siente cómoda allí.

Ella cree en que en la vida todo se puede conseguir cómo en los sueños.

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