Cinco lagartos

Cinco lagartos

Diego SC

25/02/2020

– ¡Date prisa, lo he visto! – grita el chico.

– No puedo correr más rápido – responde el otro – Además está todo muy oscuro y no quiero caerme y rasparme las rodillas otra vez.

Mientras, él espera impaciente en lo alto de la cuesta.

– Venga, cuanto más tardemos más de noche se va a hacer, y ya casi no quedan luces en la calle.

– ¿Estás seguro de que lo has visto?

– Si – responde con una amplia sonrisa.

– ¿Y tenía la cola blanca?

– Claro tonto, como iba a poder verlo si no. El resto del cuerpo es negro – dice sin dejar de sonreir.

Al otro lado de la cuesta la calle vuelve a descender, y por ella bajan dos chicos tan rápido como les permite la inclinada pendiente. El que va primero es alto y delgado, con pelo rubio y rasgos de alguien que acaba de entrar en la adolescencia, mientras que el otro es algo más bajito, y tiene el pelo oscuro tan desordenado que acentúa su cara de niño.

Sólo hay una débil luz en ese tramo de la calle, procedente del farol que cuelga en la puerta de una vieja estación de tren, con las ventanas rotas y el andén vacío. Los dos chicos pasan corriendo por delante suya, sin apenas pararse a mirar la puerta verde, a la que se le han empezado a caer varios trozos de pintura.

Al poco de dejar atrás la estación llegan a una plaza, con una gran fuente en el centro rodeada por cinco árboles de retorcidas ramas y pequeñas hojas ovaladas. De cada una de ellas cuelgan cinco frutos rojos con forma estrellada, cubiertos por unas pepitas azules.

No se ve a nadie más en el lugar, y en esta fuente el agua refleja la imagen de la luna de forma perfecta, sin ningún movimiento que rompa su figura. El más pequeño de los dos se queda quieto, sin dejar de mirar el agua.

– ¡Mira qué bonito! Parece como si hubiera otra luna dentro del agua.

– ¿No estarás pensando en meterte a intentar sacarla? Si no nos damos prisa, se nos va a escapar – le contesta con desdén.

– Pero, ¿y qué mas da? – sus ojos marrones se encuentran con los del chico más grande – Los otros niños me han dicho que el lagarto solo se va con quién él elige. Que es imposible atraparlo.

– Eso es porque los otros no tienen ni idea de cómo hacerlo, pero yo si – otra vez la misma sonrisa se dibuja en su cara – Si me sigues el ritmo te contaré mi secreto.

Agarrando al otro de la mano, se mete por uno de los callejones que salen de la plaza.

Tras un rato recorriendo el laberinto de calles estrechas, aparecen en un patio con cinco de estatuas. Representan a hombres y mujeres en llevando a cabo distintos trabajos; hay un médico, una carpintera, dos soldados y una costurera.

– Bueno, creo que ahora no pasa nada si paramos un poco – dice el chico mayor, resoplando.

– Si, por favor, creo que es la primera vez que corremos tanto sin parar.

El silencio se extiende por un momento entre los dos, mientras recuperan el aliento.

– Oye, ¿sabías que dicen que esas estatuas son de los otros chicos que sí lo consiguieron?

– ¿Los que se fueron con el lagarto?

– Si, esos.

– Pero si son todos hombres y mujeres mayores, y aqui solo hay niños. Bueno, salvo la encargada.

– Claro, pero las estatuas representan como son ahora esos niños.

El chico más pequeño seguía con esa mirada de duda. Con las cosas que dice, a veces piensa que le toma por tonto, pero otras suena tan seguro de sí mismo que es difícil no creerle.

– ¡Allí!

El dedo del chico mayor señala la esquina de la calle por la que han entrado al patio. En lo alto de ella, enganchado a los restos de la placa que antes daba nombre al lugar, se ve un lagarto totalmente negro, salvo por la cola blanca que destaca en la oscuridad.

El animal empieza a resbalar por los bordes de piedra de la placa, y se precipita al suelo, quedando a tan sólo unos metros de los dos chicos.

Ambos ponen cara de asombro, que les dura lo que tardan en reaccionar y echarse a correr tras el lagarto. Con energías renovadas, doblan la esquina justo despúes que el reptil, pero al llegar y alzar de nuevo la vista… nada. Ha desaparecido otra vez.

– Jobar, ya casi parecía que lo teníamos – se lamenta el más pequeño con la mirada abatida.

Fue a sentarse en una roca que está pegada a la pared y que, por la forma que tiene, podría hacer las veces de asiento para cualquiera que pasara por allí.

– Es la vez que más cerca hemos estado – sollozó.

– Venga hombre, no te preocupes, seguro que la próxima vez lo cogemos. ¡Mira qué poco nos ha faltado esta vez! – le sonrió – Estoy seguro de pronto estaremos fuera de aquí.

– Si tú lo dices… Es solo que cada vez que pienso que tenemos que pasar otro día más en este sitio… – baja la cabeza y fija la mirada en los pies – Sé que no es culpa tuya, siempre se nos escapa porque corro muy lento.

– Venga, no digas eso, esta vez has aguantado bastante.

El mayor se acerca y pasa un brazo por sus hombros. Nunca ha sabido que palabras escoger para consolar a la gente. Aún así el chico se deja abrazar, y no puede evitar que las lágrimas corran por sus mejillas.

-¿Sabes qué tenemos que hacer antes de volver? Acercarnos al balcón de las estrellas. Sé que te encanta.

-¿Nos dará tiempo?

El otro asiente mientras se levanta del suelo.

Deshacen el camino hasta la plaza de la fuente, y allí toman unas escaleras que suben desde la parte trasera. Por el día permanecen ocultas por los chorros de agua que salen de los tubos de la fuente, pero ahora son fáciles de ver. Están hechas de mármol blanco, y ascienden por unos jardínes en los que el olor a lavanda llena todo el aire.

Los últimos peldaños acaban en un balcón del mismo color, con cinco enormes columnas que parecen haber soportado una estructura mayor en otro tiempo, y desde el que se alcanza a ver la superficie en calma de un lago. En una de las orillas se perciben las ruinas de un viejo castillo, con un muelle de piedra que entra en el agua. El reflejo de la luna es lo único que se ve con claridad en esas aguas negras.

-La luna está en el punto más alto, así que no debe faltar mucho para la siguiente – dice el chico mayor.

Segundos después de acabar la frase, una estrella atraviesa el cielo, dejando una estela brillante tras de sí. Le siguen otras cuatro, procedentes de distintas direcciones y que parecen chocarse todas en el mismo punto.

No es lo mismo que ver un lagarto de cola blanca, pero a los dos les encanta subir ahí siempre que pueden.

-Si estás muy cansado puedo llevarte el camino de vuelta – dice ofreciendo su espalda.

El otro sube con torpeza, agotado por la carrera nocturna, y juntos toman el camino de regreso.

Al cabo de unos minutos empieza a respirar profundamente, señal de que se había quedado dormido. No le despierta como en otras ocasiones, sino que se limita a seguir cargando con él todo el camino de vuelta.

La sensación que le transmiten esas calles por las que pasan es extraña; siente que las conoce casi todas, pero por otro lado es como si llevase mucho tiempo sin pasar por allí.

A mitad del trayecto, unas pisadas detrás de él le hacen darse la vuelta. Allí está el lagarto, subido al hombro de un niño con pelo rizado y castaño. Tiene la piel clara y unos ojos que no dejan de mirar al animal, todavía sin poder creer que haya decidido escoger ese lugar para descansar.

El chico se vuelve y sigue su camino, no quiere que el pequeño despierte y lo vea. Saber que has perdido una oportunidad ya duele bastante, pero tener delante la imagen de aquel que ha tenido más suerte es aún peor. De todas formas, el niño del pelo rizado lleva un camino distinto.

Después de media hora de camino, llegan a un gran edificio en lo alto de una colina, apartado de las demás casas. La puerta principal está entreabierta, y de su interior llega una luz acompañada del aroma a un guiso que conocen muy bien.

– Despierta, ya estamos en la puerta – le susurra antes de entrar.

El pequeño se pone en pie y, con la cara somnolienta todavía, empuja la enorme puerta que se acaba de abrir, mostrando un comedor con cinco mesas viejas de madera.

A ambos lados de cada una se sientan cinco niños, devorando el contenido de sus cuencos con tantas ganas que apenas levantan la mirada cuando los dos entran. Sólo repara en su presencia una mujer anciana, que se encuentra de pie en el centro de la sala, vigilando a los demás.

– ¿Dónde estábais los dos? Casi os perdéis la hora de la cena. Espero que no hayáis estado de excursión por fuera de los terrenos.

– Lo siento mucho, solamente queríamos ir a jugar cerca del muro, y se nos pasó el tiempo – se excusa el mayor.

– Menos mal, estaba preocupada. Recordad que el pueblo está a cinco días de camino, y puede ser muy peligroso salir por el monte de noche. Por esta vez no pasa nada, pero daros prisa o se quedará frío.

La expresión severa de la mujer, tan habitual en ella, se sustituye por una sonrisa cansada, y añade:

– Pensábamos que se llevarían a Nate mañana, así que teníamos comida de sobra preparada, por si queréis repetir.

Con suavidad, arrastra un par de cuencos hacia los chicos.

Cuando la cena termina, un tiempo después, su mirada sigue a los dos hermanos que suben la escalera de vuelta a las habitaciones. Siempre es duro para ellos cuando es a otro al que escogen.

FIN

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