– «Son las nueve… ¡tilín, tilín!»
Tocó la campana para que Luisa subiera.
Ella apenas tenía seis y su hermana, cuatro.
Disfrutaba enseñar más que aprender.
Con gran generosidad, compartía sus conocimientos con su primera alumna.
Luisa era prolija y cuidadosa. Su cuaderno, impecable. Todavía no iba a la escuela, pero ya sabía leer y escribir, sumar y restar y … la tabla del dos.
La mayor, copiando fielmente a su maestra, le dibujaba un SOTE con tinta roja en cada tarea.
Jugando a las escuelas, ambas aprendían al mismo ritmo.
Quería que su hermanita, cuando empezara primer año, se destacara de las demás. Y no sólo por la estatura. ¡A ella misma, la aventajaba por varios centímetros!

Leían «Campanita» y, en esas clases, practicaban en el pequeño primer libro de estudio que llegó a sus manos.
Sus padres nunca estaban. Las tías mayores, las cuidaban.
Y lo que empezó como un juego, se convirtió en su gran vocación: ser maestra algún día.
Mucho tiempo después, lo fue.
Y enseñó a muchos niños, durante más de treinta años.
OPINIONES Y COMENTARIOS