“Algún día” Pronunciaba religiosamente Laurita.

Laurita si que tenía pretendientes, ya que era muy bonita; su figura era delicada, pero al mismo tiempo con curvas definidas y no era muy exuberante, pero poseía algo que encaprichaba a todos los hombres, ¿Qué era? Ciertamente no lo sé, pero podrían ser sus ojos verdes, su piel morena y perfecta o incluso su voz dulce y armoniosa.

Cada sábado paseaba con su mamá por el parque de Lerdo y los admiradores instantáneos no se hacían esperar. De todos esos hombres destacaban al menos cinco y solo lo hacían realmente por su insistencia y terquedad.

Ese sábado de abril realizaba su paseo habitual, en custodia de la mujer que la vio nacer, cuando Abelardo Reyes, el hijo del panadero y poseedor de un fino bigote casi anecdótico, las abordó con una rosa en mano:

-Buenos días Laurita, Buenos días doña Dolores.

Laurita contestó sonrojada, su madre ni lo miró, ella no permitiría que su hija terminara con un panadero y menos con uno de tan raquítico bigote. El fallecido padre de Laurita: El Dr. Jacinto Armendáriz, tenía un bigote que opacaría al del General Don Porfirio. Su hija merecía un hombre de excelente bigote. Tomó del brazo a su hija y continuaron su camino.

Casi al dar por completo su primera vuelta al parque decidieron comprar un helado para disfrutarlo sentadas en una banca. Mientras escogían su sabor favorito vieron a lo lejos acercarse a Efraín Banzaldúa, hijo de boticario del pueblo; la madre de Laurita buscó apresurar al heladero, pero fracasó en el intento, Efraín ya estaba frente a ellas. El joven se ofreció a invitarles el helado y acompañarlas un momento. Ella descortesmente rechazó a su parecer la indignante oferta y le solicitó al pobre hombre enamorado que se alejara, porque era alérgica a los boticarios. Ya en la banca muy indignada le dijo a su hija que jamás permitiría para ella algo menos que un médico, se lo debía a su esposo.

Al terminar su helado se dirigieron al kiosco del parque, una banda tocaba sus dulces melodías a la concurrencia. Al acercarse a la música se detuvieron un momento a escuchar y el guitarrista del grupo Jorge Canales, dueño de florería del pueblo, sonreía sin parar a Laurita, ni tarde ni perezosa la madre de esta pellizcó fuertemente a su hija en el brazo y le advirtió que no podía ser, tocar la guitarra no tenía merito alguno, ella merecía la elegancia de un hombre que tocara el piano, tal como su padre.

La madre muy molesta por el descaro del florista tomó a su hija del brazo y caminó presurosa de regreso a casa, ya era suficiente para ella por hoy. Por su camino se divisaba a Rogelio Lara el hijo del presidente municipal que caminaba con chocolates en mano, rodearon la calle huyendo de él y llegaron a su casa; Laurita preguntó que tenía de malo Rogelio, su madre le contestó que aún no lo sabía, pero estaba segura era inferior a su padre: El admirable Dr. Jacinto Armendáriz.

Tranquila hija, aún eres joven, solo tienes 33 años.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS