Sala de espera

Sala de espera

Roberto

20/10/2019

Me dirijo al hospital de traumatología; hoy es la cirugía de mi hijo, siento cierta culpa.

En la familia uno de nuestros padecimientos es la columna vertebral, pero no le damos importancia. Pero la genética no perdona y mi hijo heredo el mismo padecimiento.

La primera operación por desgaste de discos no resultó del todo satisfactoria, pues transcurridos unos cuantos años, comenzaron los problemas en su movilidad acompañado de dolor intenso. Era necesaria otra operación, en esta se requirió colocar placas y tornillos que sujetaran las vértebras.

Han pasado 45 años desde que dormido en mis brazos, le susurraba palabras amorosas procurando no despertarlo, acariciando aquella mano regordeta y pequeñita, ahora que lo veo vulnerable en su salud, vuelvo a acariciar su mano.

Es la tercera intervención quirúrgica; el objetivo es retirar aquellos implantes que según el médico tratante fueron rechazados por el organismo. Tengo la ligera sospecha que no existe tal rechazo y la realidad es una inadecuada colocación de ellos.

Pasaron 8 meses desde que los colocaron y en lugar de mejoría, día a día se volvió insoportable el dolor y la movilidad se perdió casi en su totalidad, lo he visto arrastrase con dificultad en el suelo para acercarse al baño, ya no era factible permanecer parado o sentado y, aun acostado, no había postura sin dolor extremo, el uso de morfina y otras drogas para aminorar el dolor tuvo que aumentar y el efecto de alivio no llegaba.

A dos días de la noche buena, lo citaron para operarlo. Lo vi partir a la sala de cirugía y me quedé pidiendo con fervor en su mejoría, verlo padecer y depender de ayuda para cualquiera de sus más elementales necesidades, era en verdad doloroso para mí.

Por mi mente no cruza la idea de muerte, pero me aterra la idea de verlo atado a una silla de ruedas de por vida.

El hospital es de seguridad social y te mantienen en sala de espera con total incertidumbre, solo tienes opción de preguntar al paso de cada hora el reporte médico.

– Su familiar continúa en sala de operación. –Es la única respuesta que obtienes.

En el cristal que separa la sala de espera y esa oficina de informes, existe una pequeña ventana con repisa, acercas tu boca para dar el nombre del paciente y luego la oreja para escuchar lo que te dicen, el bullicio del lugar es excesivo, ganas no me faltaban para voltear y gritarles que se callaran; vuelvo a mi lugar en aquella sala de espera, atiborrada entre familiares y enfermos, veo en primera fila una señora de vestir modesto, en su cara se nota la preocupación seguramente tiene algún hijo o al marido internado; a su lado un viejo que el cansancio no disimula; a saber cuántas horas o días lleva en espera; otra mujer con mueca de dolor y el rostro demacrado sus ojeras la acusan de algún padecimiento; llama mi atención una joven con los ojos enrojecidos que se dirige a la entrada y abraza a quien presumo es su madre y rompe en llanto, seguramente su familiar ha pasado a mejor vida; te confieso que tengo mis dudas respecto a esa frase. ¡Pero no puedo evitar conmoverme ante tal escena!

El ambiente está cargado de olores desagradables, después de un rato ya no lo percibes, pero basta que salgas de aquel lugar a tomar aire fresco y cuando vuelves sientes de golpe aquel tufo; no hay lugar para sentarse, donde hay asiento disponible se encuentra alguna revista o una prenda de vestir como señal de apartado para alguien que está por llegar y que posiblemente no llegará; no falta la presencia de niños corriendo entre las bancas y, madres llamándoles la atención, ¡qué imprudencia traer criaturas a un lugar como este!

Observo el reloj, nuevamente me acerco a pedir informes, igual a las cinco, a las seis y a las siete y la misma respuesta, sigue en sala de operación, (que de pensamientos pasan por tu cabeza todo ese tiempo), poco antes de las ocho de la noche, se presentó la enfermera llamando al familiar, me acerque inmediatamente, le hice saber que era el padre y por fin me dio informes.

–“El cirujano tuvo otra emergencia y, la cirugía de su hijo se pospuso”, –dijo sin más explicaciones; mi hijo estuvo esas cinco horas y media en camilla a la puerta de la sala de operaciones sin atención alguna.

Los días siguientes no había cirujano disponible, mi hijo solicitó alta voluntaria y le permitieron la salida a fin de pasar la fiesta navideña en casa.

A la siguiente semana fue intervenido; la cirugía fue exitosa, su recuperación ha ido en aumento, su calidad de vida ha mejorado sustancialmente, a mí me ha vuelto el alma al cuerpo.

Lo he dejado en su casa y regreso a la mía; me esperan cinco horas de viaje; la melancolía me acompaña, pareciera que ese hijo sigue siendo aquel bebé que tanto me preocupaba cuando enfermaba.

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