El árbol de durazno
Él cuidaba del durazno con todo su cariño, con devoción. Lo podaba, lo regaba, lo abonaba y en invierno lo cubría para que no lo dañara el frío.
Pero el arbolito no quería regalarle sus frutos. Sus cuatro hijos lo vieron por años seguir la rutina amorosa con el árbol y a éste lo vieron crecer y crecer.
En primavera florecía y se ponía frondoso y él, viendo lo espectacular que era, suponía que ese año sí le concedería el gusto de verlo cargado de frutos. Los imaginaba tersos, mullidos, coloridos, jugosos y bien dulces.
Pero no, cada año el árbol le negaba el gusto.
Al ver la cara de tristeza de aquel hombre que empezaba a envejecer, su hija Delia, la de en medio, le propuso varias veces quitarlo, sacarlo de la tierra y llevarlo a la basura. Sustituirlo por uno de naranjas.
-Ya que no sirve más que para causarte desánimo lo tiraré- decía, pero el viejo siempre se negó a matarlo, además a su favor estaba –decía- su belleza. Porque nadie podía negar que era una árbol hermoso.
Los hijos se casaron, bueno solo dos porque la mayor y la más pequeña decidieron no hacerlo y quedarse con sus padres por siempre.
Llegaron los nietos y, al igual que lo hicieron sus hijos, los nuevos niños de la familia observaban a aquel viejo mientras llevaba a cabo cuidadosamente el ritual del árbol de durazno.
Un día, el durazno amaneció lleno de frutos. Los había de todos tamaños, unos más rojos que otros, unos más redondos y otros más alargados, unos de una redondez perfecta y otros deformes, pero todos lucían espléndidos y hacían ver majestuoso al árbol.
De entrada la emoción les ganó a todos. No hubo nadie que no fuera por el abuelo para mostrarle los frutos y éste, ante cada uno de sus guías, festejó como lo más grande que le hubiera pasado en la vida.
La casa lucía como nunca antes. En su interior el jolgorio era superior a cualquiera de los festejos que hubiera tenido la familia anteriormente. Que navidad ni que quince años de las nietas, que bautizo de algún nieto ni que cumpleaños del abuelo. Eso sí fue un pachangón que se prolongó durante dos días.
Pero ninguna felicidad es eterna y la segunda noche Leila, la más pequeña de las hijas del viejo echó a perder la fiesta.
-Los duraznos son todos del mismo tamaño y todos son muy grandes, dijo.
¿Qué no nacen pequeños y van creciendo como los limones y las naranjas? Preguntó.
Uno de los nietos soltó con fuerza un sí prolongado y seco mientras corría por la escalera.
A nadie le pareció extraño que el viejo abandonara el hermoso patio central de aquella antigua casa y hubiera ido a refugiarse a su viejo sillón, donde acostumbraba leer diariamente los periódicos y escuchar sus programas de radio favoritos.
Desde lo alto de la escalera, Rodrigo, el nieto mayor, desveló el secreto y todos imaginaron inmediatamente la desilusión que abatiría al viejo al saber que había sido víctima de un engaño –como toda la familia pero especialmente él, porque la tomadura de pelo estaba rubricada a su nombre ya que adoraba aquel árbol y vivía esperando el día que diera frutos-.
-Los duraznos están amarrados a las raaaaammmmaaaaaaassssss, gritó Rodrigo.
Mientras todos buscaban al viejo para compadecerse de él y apapacharlo, no fuera a ser que el coraje acabara con él. A su edad, dijo alguien, se nos puede ir.
Las tres hijas mujeres pidieron que pararan ese tipo de comentarios y que trataran con todo respeto a su padre. Y mientras ponían orden a aquel desaguisado, el abuelo confesó
– Yo lo hice, amarré con cáñamo cada durazno a la rama. No aguantaba la idea de que pudiera morir sin ver el árbol cargado de frutos, dijo.
El siguiente invierno, en diciembre, el abuelo partió. Nadie pudo evitar el pensamiento de que, al menos, se había llevado la imagen del durazno cargado de frutos.
La siguiente primavera, el durazno se llenó de flores y, a su tiempo, de bellos frutos, jugosos y exquisitos.
Toda la familia festejó con la convicción de que, de algún modo, el viejo había hecho el milagro.
Hubo baile y canto. La plática giró en torno de don Juan y, por supuesto, todos comieron duraznos.
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