Después de horas de espera, las maletas empacadas, las camas desarmadas y todo el desbarajuste que se causa cuando uno decide que es hora de cambiar.

Ya que es cuando uno verdadera mente escombrar a profundidad revisándolo todo, todas las cosas que me llevaría, los papeles que tiraría y todas aquellas cosas que no eran mías. Sentada en la puerta esperando el camión de la mudanza, no pude evitar llorar.

Era la primera vez que me mudaba, años viviendo en el mismo lugar, quien hubiera dicho que las cosas terminarían así. Con una carta de despedida, el dinero en la mano para un flete y mis cosas amontonadas en un cielo que estaba a punto de llover.

-No realmente uno no se imagina esas cosas-

Menos cuando has decidido pasar toda la vida con alguien, que resulta no conveniente para ti al final.

-Y si en verdad no niego que mi matrimonio fue un maldito desastre desde el principio-

Pero aun defendiendo lo indefendible, esa tarde cuando llegue de trabajar, no me esperaba verlo en paños menores seduciendo a Susana la vecina, era todo lo que menos creí encontrar en mi recamara.

Y ¡No supe cómo actuar! ¿Creo que nadie sabemos cómo actuar en esas circunstancias?

Yo quería matarlo, insultarlo, abofetearlo, reclamarle. Pero no… no hice nada de eso, sólo lo mire como estatua de hierro, tome mi bolsa y me fui. Y ahora estoy aquí esperando un camión de fletes para mudarme del otro lado de la ciudad.

Aun escucho las voces de mis primas y amigas…

-Toma el riesgo Irene, que puedes perder-

¡PERDER…! ¡PERDER… JODER…LA MUJER SIEMPRE PIERDE EN ESTO!

Pero si yo era feliz, con mi pez Penélope, mi libro de cocina y mi horario enmarcado con listón azul en la puerta de mi habitación. Pero ¡No, tenía que hacerle caso al corazón!

-Estas muy sola-

-QUE DIABLOS SI ME QUEDABA A VESTIR SANTOS-

Al final yo era la que los vestiría ¿Qué no? Y ahora estoy aquí esperando un flete que lleva media hora de retraso, las gotas de lluvia comienzan a caer y yo no sé si refugiarme en la casa o irme caminando y dejar mis cosas ahí, para que después Alexis me las mande, en ese flete que lleva media hora y dos minutos de retraso.

Toda una vida, tirada ahí en ese cesto de basura. Porque he de enmarcar que fue ahí en ese cesto de basura azul que tire mi anillo matrimonial… ¿Porque me tenía que engañar? Y luego con la flaca, pálida, desabrida de Susana… Una tipa sin escrúpulos, enana y sin talento… «Quédatelo Susy a ver si le aguantas su olor de patas mañaneras».

Estaba en esa reflexión de despecho, cuando sonó mi teléfono. Eran los de la mudanza, que estaban perdidos en la calle contigua a la mía, entonces les mande la ubicación por el WhatsApp. Y en unos segundos ya estaban subiendo mis cosas en la parte trasera del camión, cuando terminaron uno de los jóvenes tomo el cesto azul que estaba en la entrada de la puerta y me pregunto:

-Esto también no lo llevamos doñita, o lo va dejar. –

«Doñita, ¿Como que doñita? Pelafustán igualado» Pensé y disimulando mi disgusto a su comentario, con una gentil sonrisa le dije…

-No, eso es basura-

Todo el camino hacia mi nuevo hogar me la pase mascullando, ya no la infidelidad de Alex con Susana mi vecina, si no que el sujeto de la mudanza me haya llamado «Doñita» ¿Dónde había quedado mi belleza? ¿Mi femineidad? ¿Acaso me veía tan anciana? ¿Porque me había dicho doñita? Doñita su abuela. Y mientras reflexionaba sobre mi edad y mis arrugas llegamos a mi nueva casa, un departamento alejado de la casa de Alex, mi aun latente marido bueno para nada. Y yo seguí mientras descargaban mis cosas, mascullando el que aquel joven me haya dicho «doñita», sin poder digerir la primer «Doñita» el joven me dijo:

-Ya terminamos Doñita, van a ser 4 500, por la dejada de sus muebles-

A lo que yo en protesta y desagrado le dije:

-En verdad crees que me veo tan vieja, ¿Porque dime porque me dices Doñita? A lo que el susodicho me dijo…

-Puesss. Porque usted es toda una Doñita-

Con ojos de plato lo mire. Entonces le pague y le indique la salida sin decir más. El resto de la tarde, me tome un vaso de vino y me la pase pensando en cuantas arrugas tenía en el rostro, en las canas que tenía en la cien de mi cabello y en la mucha falta que me hacia una buena manicura a mis largas y descuidadas uñas sin pintar. Al día siguiente, me fui al salón de belleza más cercano para mudarme de mi propio ser.

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