Colosal

JAP

10/04/2019

El mayordomo de la residencia se anunció con un leve toque en la puerta entreabierta, llevaba un vaso con agua sobre una bandeja de plata, para que el Señor Colosal tome sus pastillas. Sin ser visto, ni saludado, se le ordenó dejar el vaso sobre la mesa de noche. Cuando estaba presto a retirarse, la enorme masa le dijo: “¡Oiga! ¿Quién le ha dado permiso para que salga?”, El Obeso Varón sacó del saco un pastillero y tomó cuatro pastillas, una para la presión, otra para la depresión, otra un ansiolítico y una última para la acidez estomacal. Luego se acercó al mayordomo mirándolo con desprecio y le dijo: “Dele mis más sinceros agradecimientos a la señora embajadora” y se dio la vuelta para ver por la ventana a la muchedumbre que se había congregado frente a la residencia con el fin de insultarlo. La televisión de su habitación reproducía los ladridos de sus correligionarios de mayor valor, que intentaban piruetas retóricas para defenderlo, lamentablemente los periodistas estaban envalentonados y dejaban en ridículo los argumentos de sus perros de caza, que en realidad eran poca cosa. «¡Imbéciles!» pensaba ese cuerpo depredador y almacenador de excrementos de todos ellos. Qué lejos estaba Madrid y la comodidad de su lujoso piso y lejos también estaba su última pareja que tenía para él el inapreciable valor de dejarse humillar.

La inmensa y desagradable figura se aflojo la corbata, le entraron calores, pensó: «Es la menopausia.» Y soltó una carcajada socarrona. No era la primera vez que estaba en esta situación, entendía a sus aliados y rivales políticos como inferiores o imbéciles. Porque a las adversidades había que responder con la altura de un estadista, y de esos el único que había nacido en esta tierra de cacasenos era él. ¿Cómo es que a ninguno de los otros no se le ocurrió la salida del asilo político? Él ya había dado ejemplo hace más de cuatro lustros cuando se fugó con esta misma estrategia, no sólo tenía pruebas de una estafa al estado por una compra de aviones franceses, también se atrevió a cerrar los bancos, manipular el cambio, quebrar las empresas estatales y dejar a sus partidarios cometer el mayor latrocinio de la historia. Sobretodo el hambreo que no está tipificado en la ley como crimen, toda una generación hizo enormes colas para conseguir pan, por la calculada estupidez del control de precios, la leche las vacas las daban en polvo porque estaban influenciadas por los terrucos. Para El Seboso fueron unos benditos malditos, se aprovechó de ellos para echarles la culpa al desgobierno, que en realidad estaba provocado por la psiquis enferma que dominaba la razón de su gobernante. Y el asilo político lo llevo a Paris, ciudad de delfines, de libertad, de revolución. Había leído a los políticos de la revolución francesa y los citaba sin ningún criterio en sus alocuciones. Allí se sintió casi entre iguales, y por un tiempo estuvo bien. Y se creyó seguidor de Napoleón a pesar de no haber ganado ninguna guerra, tal vez eras como él al ser tu discurso republicano y a pesar de ello coronarte a ti mismo como emperador.

La noche avanzaba y él seguía esperando el perdón del presidente uruguayo, estaba seguro que llegaría en un comunicado por la madrugada, así es entre colegas, se conocen las mañas y la madrugada es el mejor momento para acometer contra la justicia y la democracia. Pero por el momento se le revolvió la mierda, y fue a sentarse en el trono de todos para evacuarla. Era lo mejor que hacía, cagarla. Terminado colosal soliloquio El Masivo olió sus gases y con un puchero y un signo de aprobación se convenció que el producto putrefacto de sus entrañas era seguramente el que mejor olía de toda la humanidad. Los juicios de su anterior gobierno fueron archivados sin ninguna comprobación de inocencia, sino más bien con el negociado de libertades del pueblo con la dictadura. Una funesta alianza que mantendría hasta ahora. Pero irónicamente volviste al país de los cacasenos para ser presidente nuevamente. Con kilos menos, siendo un falso delgado, te hiciste pasar por un falso tecnócrata, también falsos fueron sus nuevas ínfulas de mesura y lucidez, y falsos también sus deseos de desarrollo. Veinte años habían pasado y los cacasenos e imbéciles sacaron el país adelante. Mientras su grotesca majestad disfrutaba de los placeres de la finesa parisina. Porque su anterior gobierno, que fue el mismísimo Armagedón, y robó a los padres el placer de la crianza, a los niños la felicidad y a los viejos la tranquilidad, pero no pudo quitarle al pueblo su esperanza. Y al volver con una canción criolla en la televisión El Cerdo Encebado se entronó en los esforzados logros de la gente y se llevó los galardones del esfuerzo ajeno. Y de ese gobierno hizo festín opíparo y le regalaron los brasileños un cristo, para aplacar su ego colosal y poder hacer mayor el latrocinio. Que como no, compartió y fue arquitecto. El fastuoso festín le dejó el ensanchamiento de sus cuentas y de sus grotescas dimensiones. Colmó los pasillos judiciales con magistrados pertenecientes a la mafia, los usó en ese momento, y hasta hace poco, para perseguir a los adversarios, someter los obstáculos de los negocios de los socios y limpiar a sus sicarios. No le bastó esto y por edicto liberó a miles de reos, sobretodo narcotraficantes. Trató a los indígenas como sub humanos, pues la distancia entre ellos y él eran galácticas. Y sobre su amigo, el artista carismático que le apoyo en campaña y cantó en coro, a él lo dejó morir solo y en la miseria. Luego contrató un carísimo funeral y lo exhibió a su lado en casa de gobierno, como un héroe de la causa de la desmedida ambición, robándole el último adiós al pueblo. Para mí eso fue realmente ruin.

Fuera la muchedumbre recibió a un correligionario del Mórbido Depredador con abucheos, huevos y golpes. Porque el odio que le tenían era visceral y con razón, acumulado por años de frustraciones, humillaciones e injusticias. Entonces El Despreciable se ajustó el saco, se arregló los cabellos levantando la mano y añoró sus años de cocaína. Salió de la habitación y dirigió sus pasos por la escalera, mientras bajaba a recibir a su peón, se soslayó con la idea de ser un estratega fantástico. Lo demostraban las barbaridades cometidas y como se había librado. Se creía a sí mismo como una excepción, un dotado. Y el juego político era un ajedrez, por ello jugaría siempre sucio y vedado, mejor si se realiza la trampa y haces que los demás se crean las mentiras de tu próximo movimiento. Claro, pensabas que tú eras el rey y que los demás eran simples peones que sacrificabas por un bien superior, los tirabas de cabeza al lodo y los pisoteabas sobre el barro. Una de sus víctimas fue la madre de tus hijos y primera dama, a quien trató peor que al enemigo haciendo públicas sus humillaciones y pidiéndole que sea estoica frente a los medios, lo hizo con un argumento eficaz y a la vez rastrero: «Hazlo por nuestros hijos.» Le dijo. Lo gracioso de esto es que era un muy mal jugador de ajedrez, un bruto e impaciente. Pero, ¿Cómo era posible este desenlace?, ¿Será que perdiste el toque?, ¿Cómo es que ya no se sentía tan seguro? Eso lo respondo yo a modo de epifanía, a mitad de la escalera, pues ciego como estaba el Señor Colosal, viéndose el ombligo, era imposible que se diera cuenta.

El tiempo había pasado, todos aprendimos la lección y nos emancipamos de caudillos. A pesar que arruinaste el futuro, hubieron miles y millones que se sacrificaron por quienes venían tras ellos. Sufrieron hambre, vejaciones, abusos y enfermedades. Guardando las migajas para sus hijos, sobrinos y nietos. Edificaron sus propios colegios, institutos y universidades. Si, la gente se dio a la labor y fueron lágrimas de sangre las que lloraron por el incierto futuro de los siguientes. Y otros renunciaron a su identidad y familia y se convirtieron en desplazados, mandaron dinero, pero también nuevas ambiciones. Y muchos de las cenizas hicieron negocio y bajo el sol, o el frío, o la tormenta juntaron centavos y compraron ladrillos y se agarraron a piedras contra plomos, para ganarse un lugar. Y a pesar que en tus dos gobiernos intentaste destruir la educación para mantenernos en la oscuridad y sin formar argumentos, el tiempo era otro. La información comenzó a llegar por otras fuentes y la gente se educó sola y se hizo crítica. Porque nunca supiste que los tiempos eran otros, que éramos postmodernistas, cínicos y sobretodo incrédulos. Y desde abajo y agazapada la nueva masa comenzó a llegar a la base del poder. El estado que habías destrozado tampoco era el mismo, ni el omnipresente, ni tampoco el mayor comprador. No lo supiste porque eres negado en economía, el libre mercado y el mercado interno nos emancipó y ya nadie necesita de tus dadivas y negociados. Sí, las lacras del poder judicial están allí todavía, los que son parte de tu mafia. Pero los nuevos se cansaron de agachar la cabeza y tomaron en sus manos la justicia, porque ésta, y tú no lo sabías a pesar de ser abogado, no es jerárquica y los fiscales, jueces y magistrados son independientes y así juzgaron a la nefasta clase política y tú panzón eres un símbolo. Y luego de comprometer a todos, te dejaron como último plato pues luego de acabar contigo tendríamos indigestión. Algo más que no sabes es que la forma de hacer política cambió en el mundo y te agarraron con los pantalones abajo. Sí, la gente intercambia ideas, protesta, instala posiciones políticas y se organiza por las redes sociales desde cualquier lugar y en cualquier momento. Tenías esperanza en que nosotros cacasenos imbéciles olvidáramos, pero fuiste presidente en la edad de la imagen. Allí están los videos de tus discursos vacíos y retóricos, que ya no convencen a nadie, están también las fotos de cuando hambreaste al pueblo y de tu mórbida obesidad por tu infatigable voracidad, las matanzas, tus mentiras, tu asquerosa soberbia. Y hay un cristo que como nunca es gordo y le hiciste poner tu cejas colgado del morro y construido por tu corrompido socio. Y están los testimonios que te condenan, que no son testigos coaccionados ni seducidos, son los hermanos, los tíos, los padres, los abuelos que sufrieron tu nefasta influencia.

La bola humana recibió a su partidario, lo abrazó magnamente y le dijo que era un mártir. El mártir lo vio como siempre lo había visto con incredulidad y lástima, no sabía muy bien que hacía allí pero tenía deudas con Su Enormidad y lo sabía cruel. El embajador llamó a su huésped que no había invitado al su despacho. Sentados en sillones de cueros como no El Cachalote de Vanidades abrió la conversación diciendo: “Dígame mi cortés anfitrión, para que ha requerido mi presencia, seguro tiene noticias de nuestro amigo en común”, a lo que el embajador seriamente le dijo: “Le pediría doctor que no se refiera al presidente como nuestro amigo, a mi señora esposa como la embajadora y a mí mismo como su anfitrión”. Hizo una pausa y continuó: “Me han llegado noticias de Montevideo, el asilo no saldrá prontamente, las bancadas de oposición y oficialistas tienen dudas, el asunto se solucionará por la vía legal, su situación es complicado y la resolución puede tardar meses.” La moral del Mamut pareció extinguirse y una horrible mueca de terror colosal se instaló en su rostro. El futuro no era promisorio y El señor colosal era sólo un gordo.

JAP.

El mayordomo de la residencia se anunció con un leve toque en la puerta entreabierta, llevaba un vaso con agua sobre una bandeja de plata, para que el Señor Colosal tome sus pastillas. Sin ser visto, ni saludado, se le ordenó dejar el vaso sobre la mesa de noche. Cuando estaba presto a retirarse, la enorme masa le dijo: “¡Oiga! ¿Quién le ha dado permiso para que salga?”, El Obeso Varón sacó del saco un pastillero y tomó cuatro pastillas, una para la presión, otra para la depresión, otra un ansiolítico y una última para la acidez estomacal. Luego se acercó al mayordomo mirándolo con desprecio y le dijo: “Dele mis más sinceros agradecimientos a la señora embajadora” y se dio la vuelta para ver por la ventana a la muchedumbre que se había congregado frente a la residencia con el fin de insultarlo. La televisión de su habitación reproducía los ladridos de sus correligionarios de mayor valor, que intentaban piruetas retóricas para defenderlo, lamentablemente los periodistas estaban envalentonados y dejaban en ridículo los argumentos de sus perros de caza, que en realidad eran poca cosa. «¡Imbéciles!» pensaba ese cuerpo depredador y almacenador de excrementos de todos ellos. Qué lejos estaba Madrid y la comodidad de su lujoso piso y lejos también estaba su última pareja que tenía para él el inapreciable valor de dejarse humillar.

La inmensa y desagradable figura se aflojo la corbata, le entraron calores, pensó: «Es la menopausia.» Y soltó una carcajada socarrona. No era la primera vez que estaba en esta situación, entendía a sus aliados y rivales políticos como inferiores o imbéciles. Porque a las adversidades había que responder con la altura de un estadista, y de esos el único que había nacido en esta tierra de cacasenos era él. ¿Cómo es que a ninguno de los otros no se le ocurrió la salida del asilo político? Él ya había dado ejemplo hace más de cuatro lustros cuando se fugó con esta misma estrategia, no sólo tenía pruebas de una estafa al estado por una compra de aviones franceses, también se atrevió a cerrar los bancos, manipular el cambio, quebrar las empresas estatales y dejar a sus partidarios cometer el mayor latrocinio de la historia. Sobretodo el hambreo que no está tipificado en la ley como crimen, toda una generación hizo enormes colas para conseguir pan, por la calculada estupidez del control de precios, la leche las vacas las daban en polvo porque estaban influenciadas por los terrucos. Para El Seboso fueron unos benditos malditos, se aprovechó de ellos para echarles la culpa al desgobierno, que en realidad estaba provocado por la psiquis enferma que dominaba la razón de su gobernante. Y el asilo político lo llevo a Paris, ciudad de delfines, de libertad, de revolución. Había leído a los políticos de la revolución francesa y los citaba sin ningún criterio en sus alocuciones. Allí se sintió casi entre iguales, y por un tiempo estuvo bien. Y se creyó seguidor de Napoleón a pesar de no haber ganado ninguna guerra, tal vez eras como él al ser tu discurso republicano y a pesar de ello coronarte a ti mismo como emperador.

La noche avanzaba y él seguía esperando el perdón del presidente uruguayo, estaba seguro que llegaría en un comunicado por la madrugada, así es entre colegas, se conocen las mañas y la madrugada es el mejor momento para acometer contra la justicia y la democracia. Pero por el momento se le revolvió la mierda, y fue a sentarse en el trono de todos para evacuarla. Era lo mejor que hacía, cagarla. Terminado colosal soliloquio El Masivo olió sus gases y con un puchero y un signo de aprobación se convenció que el producto putrefacto de sus entrañas era seguramente el que mejor olía de toda la humanidad. Los juicios de su anterior gobierno fueron archivados sin ninguna comprobación de inocencia, sino más bien con el negociado de libertades del pueblo con la dictadura. Una funesta alianza que mantendría hasta ahora. Pero irónicamente volviste al país de los cacasenos para ser presidente nuevamente. Con kilos menos, siendo un falso delgado, te hiciste pasar por un falso tecnócrata, también falsos fueron sus nuevas ínfulas de mesura y lucidez, y falsos también sus deseos de desarrollo. Veinte años habían pasado y los cacasenos e imbéciles sacaron el país adelante. Mientras su grotesca majestad disfrutaba de los placeres de la finesa parisina. Porque su anterior gobierno, que fue el mismísimo Armagedón, y robó a los padres el placer de la crianza, a los niños la felicidad y a los viejos la tranquilidad, pero no pudo quitarle al pueblo su esperanza. Y al volver con una canción criolla en la televisión El Cerdo Encebado se entronó en los esforzados logros de la gente y se llevó los galardones del esfuerzo ajeno. Y de ese gobierno hizo festín opíparo y le regalaron los brasileños un cristo, para aplacar su ego colosal y poder hacer mayor el latrocinio. Que como no, compartió y fue arquitecto. El fastuoso festín le dejó el ensanchamiento de sus cuentas y de sus grotescas dimensiones. Colmó los pasillos judiciales con magistrados pertenecientes a la mafia, los usó en ese momento, y hasta hace poco, para perseguir a los adversarios, someter los obstáculos de los negocios de los socios y limpiar a sus sicarios. No le bastó esto y por edicto liberó a miles de reos, sobretodo narcotraficantes. Trató a los indígenas como sub humanos, pues la distancia entre ellos y él eran galácticas. Y sobre su amigo, el artista carismático que le apoyo en campaña y cantó en coro, a él lo dejó morir solo y en la miseria. Luego contrató un carísimo funeral y lo exhibió a su lado en casa de gobierno, como un héroe de la causa de la desmedida ambición, robándole el último adiós al pueblo. Para mí eso fue realmente ruin.

Fuera la muchedumbre recibió a un correligionario del Mórbido Depredador con abucheos, huevos y golpes. Porque el odio que le tenían era visceral y con razón, acumulado por años de frustraciones, humillaciones e injusticias. Entonces El Despreciable se ajustó el saco, se arregló los cabellos levantando la mano y añoró sus años de cocaína. Salió de la habitación y dirigió sus pasos por la escalera, mientras bajaba a recibir a su peón, se soslayó con la idea de ser un estratega fantástico. Lo demostraban las barbaridades cometidas y como se había librado. Se creía a sí mismo como una excepción, un dotado. Y el juego político era un ajedrez, por ello jugaría siempre sucio y vedado, mejor si se realiza la trampa y haces que los demás se crean las mentiras de tu próximo movimiento. Claro, pensabas que tú eras el rey y que los demás eran simples peones que sacrificabas por un bien superior, los tirabas de cabeza al lodo y los pisoteabas sobre el barro. Una de sus víctimas fue la madre de tus hijos y primera dama, a quien trató peor que al enemigo haciendo públicas sus humillaciones y pidiéndole que sea estoica frente a los medios, lo hizo con un argumento eficaz y a la vez rastrero: «Hazlo por nuestros hijos.» Le dijo. Lo gracioso de esto es que era un muy mal jugador de ajedrez, un bruto e impaciente. Pero, ¿Cómo era posible este desenlace?, ¿Será que perdiste el toque?, ¿Cómo es que ya no se sentía tan seguro? Eso lo respondo yo a modo de epifanía, a mitad de la escalera, pues ciego como estaba el Señor Colosal, viéndose el ombligo, era imposible que se diera cuenta.

El tiempo había pasado, todos aprendimos la lección y nos emancipamos de caudillos. A pesar que arruinaste el futuro, hubieron miles y millones que se sacrificaron por quienes venían tras ellos. Sufrieron hambre, vejaciones, abusos y enfermedades. Guardando las migajas para sus hijos, sobrinos y nietos. Edificaron sus propios colegios, institutos y universidades. Si, la gente se dio a la labor y fueron lágrimas de sangre las que lloraron por el incierto futuro de los siguientes. Y otros renunciaron a su identidad y familia y se convirtieron en desplazados, mandaron dinero, pero también nuevas ambiciones. Y muchos de las cenizas hicieron negocio y bajo el sol, o el frío, o la tormenta juntaron centavos y compraron ladrillos y se agarraron a piedras contra plomos, para ganarse un lugar. Y a pesar que en tus dos gobiernos intentaste destruir la educación para mantenernos en la oscuridad y sin formar argumentos, el tiempo era otro. La información comenzó a llegar por otras fuentes y la gente se educó sola y se hizo crítica. Porque nunca supiste que los tiempos eran otros, que éramos postmodernistas, cínicos y sobretodo incrédulos. Y desde abajo y agazapada la nueva masa comenzó a llegar a la base del poder. El estado que habías destrozado tampoco era el mismo, ni el omnipresente, ni tampoco el mayor comprador. No lo supiste porque eres negado en economía, el libre mercado y el mercado interno nos emancipó y ya nadie necesita de tus dadivas y negociados. Sí, las lacras del poder judicial están allí todavía, los que son parte de tu mafia. Pero los nuevos se cansaron de agachar la cabeza y tomaron en sus manos la justicia, porque ésta, y tú no lo sabías a pesar de ser abogado, no es jerárquica y los fiscales, jueces y magistrados son independientes y así juzgaron a la nefasta clase política y tú panzón eres un símbolo. Y luego de comprometer a todos, te dejaron como último plato pues luego de acabar contigo tendríamos indigestión. Algo más que no sabes es que la forma de hacer política cambió en el mundo y te agarraron con los pantalones abajo. Sí, la gente intercambia ideas, protesta, instala posiciones políticas y se organiza por las redes sociales desde cualquier lugar y en cualquier momento. Tenías esperanza en que nosotros cacasenos imbéciles olvidáramos, pero fuiste presidente en la edad de la imagen. Allí están los videos de tus discursos vacíos y retóricos, que ya no convencen a nadie, están también las fotos de cuando hambreaste al pueblo y de tu mórbida obesidad por tu infatigable voracidad, las matanzas, tus mentiras, tu asquerosa soberbia. Y hay un cristo que como nunca es gordo y le hiciste poner tu cejas colgado del morro y construido por tu corrompido socio. Y están los testimonios que te condenan, que no son testigos coaccionados ni seducidos, son los hermanos, los tíos, los padres, los abuelos que sufrieron tu nefasta influencia.

La bola humana recibió a su partidario, lo abrazó magnamente y le dijo que era un mártir. El mártir lo vio como siempre lo había visto con incredulidad y lástima, no sabía muy bien que hacía allí pero tenía deudas con Su Enormidad y lo sabía cruel. El embajador llamó a su huésped que no había invitado al su despacho. Sentados en sillones de cueros como no El Cachalote de Vanidades abrió la conversación diciendo: “Dígame mi cortés anfitrión, para que ha requerido mi presencia, seguro tiene noticias de nuestro amigo en común”, a lo que el embajador seriamente le dijo: “Le pediría doctor que no se refiera al presidente como nuestro amigo, a mi señora esposa como la embajadora y a mí mismo como su anfitrión”. Hizo una pausa y continuó: “Me han llegado noticias de Montevideo, el asilo no saldrá prontamente, las bancadas de oposición y oficialistas tienen dudas, el asunto se solucionará por la vía legal, su situación es complicado y la resolución puede tardar meses.” La moral del Mamut pareció extinguirse y una horrible mueca de terror colosal se instaló en su rostro. El futuro no era promisorio y el señor colosal era sólo un gordo.

JAP.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS