Miro al cielo e imagino tu rostro; miro al cielo y anhelaría que tomaras mi mano y me llevaras a volar contigo. Es tan grande tu hermosura y tan ancha tu inmensidad, que es difícil dejar de mirar. Es grata tu sonrisa y tan cálida tu amistad.
Aunque no te conozco, estás lleno de secretos. Tan solo he escuchado tu voz y jamás he visto tu rostro, pero me siento enamorada de aquella dulce voz que me habla, diciendo que eres mi Papá.
Me imagino contigo quizás en todo momento: unas veces hablando, otras veces riendo o llorando, y, ¿por qué no?, perdiéndome en todo lo que has creado.
Mientras en silencio observo todo lo que hay a mi alrededor, puedo amarte más de lo que pudiese sentir o imaginar. Lo sabes, me conoces porque me creaste; conoces lo más profundo de mi corazón y sabes que, aunque calle al observar, mi espíritu no deja de hablar, diciendo cuánto te ama.
Quisiera algún día saber qué piensas de mí cuando te hablo, o saber qué sientes cuando estás cerca de mí. Y aunque pocas veces hables de lo que piensas o sientes, no me queda duda de que vives enamorado de mí, como la primera vez que me llamaste por mi nombre.
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