¡Mierda! De nuevo este puto ciclo de mierda. Otra vez, sin saber que sentir, ni cómo clasificar a esta sensación. Tengo por certeza que es un maldito vacío en mi pecho, como un agujero negro que me absorbe cada día más hasta que de mí ya no queda nada. Pero no te sorprendas nací con este hueco en el alma y moriré con él. Nunca se irá, siempre me seguirá, no importa que cambie de cuerpo o me drogue con anfetamina y eleve mis niveles de dopamina y serotonina. Mi puta alma está conectada a ese sentimiento que me abruma hasta no creer en nada.

De hecho he realizado diferentes apuestas a lo largo de mi vida en torno a esta aflicción. La primera que hice fue a los veinte con las putas de la avenida dieciséis. Si se va este sentimiento les pagaré todo lo que ellas quieran e incluso les daré su libertad y claro como sé que van a perder, les coincidí el deseo y el beneficio de la esperanza de salir de su vida de infierno.

La segunda es mi favorita, la hice a los treinta y cinco con mi madre, que según su criterio »dios» me va a salvar de mi vacío interior, denominado psiquiátricamente como depresión. Pero el punto no es ese, sino su dios, si él que es tan omnipotente como se lo retrata en libros me lograra curar, me volvería el más fiel, creyente y servidor que se ha visto en el maldito mundo. De hecho, él sería mi única vocación, dejando atrás mis vicios y sacrilegios constantes del día a día.

La última es conmigo mismo, yo no me puedo imaginarme vivo después de los cuarenta. En especial, porque creo que para ese entonces mi agujero ya me habrá consumido por completo. Por eso yo digo que esta sensación es incurable y por cada día que sigo con esta sensación me recompezco con una cajetilla de mis cigarrillos favoritos, es una forma de condicionamiento, lo sé. De hecho el mismo Pablov fue el que me susurró la idea en un sueño.

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