A mi corta o larga edad, según por donde se mire, he conocido muchos lugares de diferentes colores y sabores pero hay uno en especial que me marcó, de hecho dejó en mí una huella indeleble.
Se sitúa allá en el sur, donde las estrellas iluminan toda la ciudad, donde el sol se exhibe y presume de su belleza sin piedad.
Es un paraíso pero no porque la naturaleza haya sido generosa con él, sino por su esencia, por la energía de su gente y por el aire que lo envuelve.
Allí se duerme bajo las estrellas, se vive cantando, se baila con las manos y se habla con las miradas.
Allí el tiempo no entiende de horas, minutos ni segundos, sólo pasa.
Allí se engatusa con sonrisas al paraíso hostil llamado hamada.
Allí se cosen las heridas con hilo fino. Para que curen bien. Sí, allí también hay heridas muy profundas, pero menos mal que en ese lugar siempre hay un vas de té a mano.
En definitiva, allí «la gente vive feliz aunque no tenga permiso»
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