Había salido del trabajo. Era invierno y de noche. La calle estaba oscura. Las aledañas tenían luz. Estábamos en mil novecientos noventa y dos. Tenía veintidós años. Trabajaba en una sastrería y vestía con traje y corbata.
Oí un ruido y miré hacia atrás. Vi a un hombre en la misma acera, algo mayor que yo, a unos veinte metros. Iba en mi misma dirección y miraba hacia atrás en ese momento.
No le di importancia y seguí caminando. De pronto, sentí que alguien me agarraba el pecho desde atrás y me ponía una navaja en el cuello.
-Dame todo lo que tengas o te rajo-. Me dijo el tipo muy nervioso.
-Ahora. Tranquilo, pero suéltame un poco, que no me puedo mover.
-Vale, pero con cuidado-. Me avisó
Me quitó la navaja del cuello. Me di media vuelta y me la puso en el estómago. Le miré, parecía un pobre desgraciado. Le temblaba la mano, se había metido algo pero no parecía un yonqui.
-Dame la pasta-.Dijo sin mucha convicción esta vez.
-Pero hombre ¿Qué haces? Así no se piden las cosas. No puedes ir así por la vida, atracando a la gente-. Le abronqué
-Ya, pero necesito dinero-. Se disculpó.
-Seguro, pero yendo con la navaja te puedes meter en un lio muy gordo, hasta te puedes encontrar con la persona equivocada.
-Lo sé, pero dame el dinero.
-¿Qué dinero? Yo gano muy poco. Soy dependiente de una tienda y estamos a finales de mes.
-Dame mil pesetas-. Insistió
-Que no tengo. Guárdate eso-. Le dije señalando la navaja-. Como pase alguien y te vea, o un vecino se asome al balcón, pueden llamar a la policía.
Miró inquieto a su alrededor mientras se metía la navaja en el bolsillo, pero no se veía a nadie.
-Lo que tienes que hacer es buscar un trabajo-. Le expliqué.
-A mí no me cogen en ningún sitio-. Dijo con resignación.
-¿Cómo que no? Tienes que buscarlo. Pero con otra cara y otra actitud, claro.
Saqué la agenda que llevaba en un pequeño maletín que le di.
-Sujeta un momento.
Comencé a apuntar teléfonos de sitios donde yo había trabajado. Unos hacían mudanzas. Otros repartían propaganda. Otra empresa limpiaba edificios. Le di hasta el teléfono del VIPS para friega platos.
-Llámales y seguro que consigues algo.
-Sí, les llamaré, pero dame algo.
Saqué trescientas pesetas del bolsillo y se las di.
El sábado siguiente a mediodía, le vi en un parque. Estaba pidiendo monedas a unos chavales. Fui hacia él y le dije.
-¿Te acuerdas de mi?-. Me miró como asustado. Sin reconocerme.
-Soy el que atracaste el otro día.
-Ah, sí-.Dijo con desgana.
-¿Llamaste a los teléfonos de las empresas que te di el otro día?
-Todavía no-. Contestó encogiendo los hombros.
-Pues ya te vale-. Le dije mientras miraba su mano cerrada, apretando la calderilla que había mendigado.
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