Hay pensamientos que uno no suele decir en voz alta. No porque sean necesariamente terribles, sino porque parecen pertenecer a una parte de nosotros que los demás prefieren no mirar.
Durante mucho tiempo creí que pensar en ella era una forma de temor. Hoy no estoy tan seguro. Quizás simplemente he dejado de esquivar una verdad que siempre estuvo ahí, respirándonos en la nuca, acompañándonos desde el mismo instante en que llegamos al mundo.
La muerte.
Esa presencia silenciosa que no necesita anunciarse, que no hace promesas ni amenazas, que no distingue entre quienes tienen mucho por vivir y quienes sienten que ya lo han vivido todo.
A veces me detengo a pensar en lo extraño que resulta estar vivos. Despertar cada mañana, caminar por las mismas calles, escuchar las mismas voces, preocuparnos por cosas que mañana quizá no tengan ninguna importancia. Y, sin embargo, vivir como si el tiempo fuera una propiedad privada, como si tuviéramos firmado un contrato de eternidad.
Pero no. Somos apenas un paréntesis en medio de algo que no alcanzamos a comprender. Un breve destello en una inmensidad que existía mucho antes de nosotros y que seguirá existiendo cuando ya no quede nadie que pronuncie nuestro nombre.
Y lejos de asustarme, esa idea me produce una extraña serenidad.
No quiero llegar a viejo suplicándole al tiempo unos minutos más, como si pudiera negociar con él. No quiero que mi último pensamiento sea una rebelión desesperada contra lo inevitable.
Quisiera aceptar mi condición de mortal con la misma naturalidad con la que acepto que alguna vez fui un niño y que aquellos días ya no volverán.
Me inquieta más la idea de una vida desperdiciada que la certeza de una vida que termina. Me pesa más imaginarme llegando al final sin haber sido fiel a lo que sentía que pensar en ese último instante del que nadie regresa para contarnos nada.
Quizás por eso ya no necesito imaginar la muerte como una enemiga. No necesito ponerle rostro, inventarle respuestas ni atribuirle promesas. Es el límite. La última frontera. El silencio al que todos, tarde o temprano, llegaremos.
No sé qué habrá después. Tal vez nada. Tal vez algo que nuestra conciencia no puede siquiera imaginar. Y por primera vez siento que no necesito saberlo todo.
Hay noches en las que pienso en lo pequeño que es nuestro paso por este mundo. En cuántas personas vivieron antes que nosotros, amaron, sufrieron, tuvieron miedo, hicieron planes y se despidieron. Hoy sus voces están apagadas y sus historias sobreviven apenas en algún recuerdo, una fotografía o un objeto olvidado.
Algún día también seremos eso.
Una ausencia en la mesa. Un nombre pronunciado en pasado. Una fotografía que alguien encontrará al ordenar un cajón. Una canción que, por alguna razón, hará que alguien nos recuerde.
Y después, lentamente, el mundo continuará.
Esa es quizá la parte más oscura y más honesta de todo esto: comprender que somos importantes para quienes nos aman, pero que no somos indispensables para la continuidad del universo.
Y está bien.
No le temo a la última noche como antes imaginaba que debía temerle. Me inquieta lo desconocido, como a cualquier ser humano, pero ya no siento la necesidad de combatir mentalmente contra una certeza.
No quiero adelantarla. Pero tampoco quiero pasar mis días escondiéndome de su existencia.
Y cuando llegue ese momento, cuando el tiempo deje de contar para mí, quisiera poder mirar mi propia historia sin sentir que pasé la vida intentando escapar del final y me olvidé de vivir el principio, el medio y todo lo que había entre ambos
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