La obertura de las Bodas de Fígaro suena en el radiocassette, es para despertarme. Me levanto de la cama sin ganas, pero lo hago porque no soy un mediocre. Mi madre dice que remolonear en la cama es señal de ello. Hace falta mojar la galleta María tres segundos en la leche caliente para que se deshaga en la boca. Hacen falta tres años de notas brillantes en el instituto para demostrar que merezco una Game Boy.
Ya me ha preparado mi madre en la silla la ropa que tengo que ponerme. Miro de reojo el tablero de ajedrez y la máquina de Tetris en el escritorio. Se acabaron los divertimentos de pringao, esta noche mi regalo dejaría en la cuneta a todos los demás. Me pregunto con qué juego vendría. Los conocía todos, tenía un catálogo bien escondido debajo del colchón junto a unas tijeras de coser.
Los tacones de mi madre suenan por el pasillo. Repaso rápidamente mi pelo con el peine, una raya perfecta. Todavía huele a la colonia de mi padre, pero ya se ha ido. Mi madre estira de mi oreja derecha catorce veces. Siempre serás mi niño dice, sus labios casi inmóviles y los cristales tintados de sus gafas me impiden adivinarle apenas una sonrisa.
Afuera las aceras están mojadas, el coche de mi madre está decorado con gotas de lluvia. Estampadas en el cristal me ayudan a mantener el anonimato. En las proximidades del instituto, los compañeros llegan en grupos por su propio pie. Parecen más altos, aunque no lo sean. La camisa por fuera, el pelo revuelto, la mochila colgando de un hombro, todo en ellos parece más guay si así lo deciden.
Acelero el paso para llegar con tiempo a clase. Hay serrín en la escalera, a alguien le ha sentado mal el desayuno. Antes del timbre tengo algo por fin de lo que hablar con mis compañeros. Me recomiendan juegos, me dan trucos y consejos. Soy uno más en el corro, quieren que la traiga mañana para verla al salir de clase. Tal vez me inviten a salir con ellos.
Las clases son para intentar pensar en otra cosa. Nadie nota mi emoción, en realidad nadie nota nada, pero eso va a cambiar. También hay varias clases de alumnos. La de Oliver es mejor que la de abusón. Él puede ser friki y deportista al mismo tiempo, es malo y bueno si le da la gana. Le cae bien a todo el mundo y ha dicho que quiere probar mi Game Boy.
En el recreo del comedor todo el mundo puede sacar la consola. Se sientan donde los arcones para los balones de basket. Pronto estaré sentado con ellos. Me acerco, intento hacerles preguntas, introducirme en su mundo. Hoy nadie me dice “fiera”, me lo dicen porque tengo los dientes algo torcidos. Se nota que empiezan a respetarme.
Por la tarde llega una mala noticia. Mi proyecto de plástica tiene un cinco. La profesora dice delante de todos que me aprueba, pero que se nota que lo han hecho mis padres. No me atrevo a negarlo porque tiene razón. La noticia me ha metido el miedo en el cuerpo, me temo lo peor. Confío en que se olviden de preguntarme después la nota.
En casa intento ser el mejor hijo posible. Pregunto a mi madre por sus temas, me intereso por el trabajo de mi padre, dejo todo extremadamente ordenado en el cuarto. Cuando se acerca la cena llega la pregunta sin previo aviso. Mi padre es una de esas mentes brillantes que puede recordar cuándo te dan una nota, pero no cuándo es tu cumpleaños (a no ser que se lo recuerde su mujer).
Les digo la verdad y ellos me echan la bronca por no saber mentir ¡Encima! Trato de defenderme, pero eso solo lleva a hacerme sentir más culpable. Ellos que lo hacen todo por mí… Que les he decepcionado. La tarta no sabe ni dulce y la amenaza no se hace esperar: con ese cinco no hay regalo hasta el curso que viene.
No lo aguanto más, me levanto de la silla y la dejo caer. Tan rápido como puedo salgo corriendo por el pasillo hasta mi cuarto. Cierro la puerta, busco debajo del colchón. Hay golpes afuera, ruegos, lloros. Vosotros os lo habéis buscado. Cuando despierto hay unas gasas en mi muñeca y un paquete de regalo en el escritorio. Sonrío satisfecho.
Mi Game Boy tiene la carcasa transparente, se le ven los circuitos. Nadie tiene una igual. Al salir de clase todos la comparan con la suya. Oliver dice que mola mucho, la coge de mis manos, la enciende, juega durante unos minutos. El corro se cierra en torno a él, soy otro espectador más, qué bien queda en sus manos.
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