ANTES QUE SEA TARDE

ANTES QUE SEA TARDE

Sabrina Poletto

27/10/2026

Atreverse a decir

que nunca me puse en tu lugar

es llegar tarde

a la puerta de tu dolor.

Y me duele.

Me duele no haber sabido comprenderte,

no haber encontrado la forma

de mirar el mundo desde tus heridas.

No entiendo del todo tu dolor,

y quizá ahí comience mi culpa:

en haber querido acercarme

sin saber cómo llegar hasta vos.

Tu dolor me atraviesa,

aunque no pueda habitarlo.

Hay tristezas que pertenecen a quien las vive,

abismos que ni siquiera el amor

consigue nombrar.

Quizá por eso me alejé.

Quise dejar de lastimarte

y terminé convirtiéndome en ausencia.

Creí que el silencio sería menos cruel

que mis propias contradicciones,

que marcharme era una manera

de no añadir más heridas a las tuyas.

Pero no supe que también se hiere

cuando se deja al otro

frente a una puerta cerrada

sin explicarle por qué.

Ahora te vas a otro país

y el tiempo, que nunca pregunta

si estamos preparadas para perder,

comienza a pronunciar tu despedida.

Entonces algo en mí se rebela.

Quisiera correr hacia vos,

desandar cada silencio,

poner mi miedo sobre la mesa

y decirte aquello que la cobardía

tantas veces me dejó en la garganta.

Quisiera encontrarte antes de que te vayas.

No para exigirte que me esperes,

ni para pedirte que olvides lo ocurrido,

sino para intentar reparar,

aunque sea con las manos temblando,

algo de lo que dejé caer.

Pero ¿cómo se busca a alguien

cuando no se sabe

si todavía desea ser encontrado?

¿Y si del otro lado

ya no queda nadie esperándome?

¿Si tus ganas de conocerme

se agotaron de tanto tropezar

con mis huidas?

No puedo reprocharte el cansancio.

No puedo pedirte que conserves intacta

una posibilidad que yo misma

no supe cuidar.

Y, sin embargo,

muero de ganas de conocerte.

Me asusta el encuentro,

sí, pero más me asusta

que la distancia termine decidiendo

lo que yo nunca me atreví a intentar.

Quiero conocer tu voz

más allá de las palabras,

descubrir si el silencio compartido

puede ser distinto de este silencio

que nos separa.

Quiero saber si todavía existe

un lugar para mí en tu horizonte,

aunque no tenga derecho a reclamarlo,

aunque la respuesta

no sea la que mi esperanza inventa.

Porque no sé si aún llego a tiempo.

No sé si tus manos

todavía querrían abrirse

o si aprendieron, por fin,

a no buscar las mías.

Y esa incertidumbre

me deja suspendida

entre el impulso de ir hacia vos

y el miedo de encontrar

una despedida que ya sucedió.

No quiero que mi silencio

sea la última explicación de lo que siento.

No quiero que confundas mi huida

con la ausencia de deseo,

ni que mis miedos hablen por mí

cuando ni siquiera yo

he conseguido comprenderlos.

Pero tampoco quiero convertir mi arrepentimiento

en una nueva exigencia para vos.

Tu dolor no me debe una oportunidad.

Tus heridas no tienen la obligación

de esperarme hasta que aprenda

a no escapar de las mías.

Por eso quisiera llegar

antes de que el país que te espera

se interponga definitivamente,

antes de que la distancia

deje de ser una posibilidad

y se vuelva un océano entre dos vidas.

Quisiera decirte:

me duele haberte dolido,

me duele no haber sabido escucharte,

me duele imaginar que quizá

ya no quieras conocerme.

Y, aun así,

no sé si debo buscarte

o respetar el silencio

que mi propia ausencia dejó crecer.

Afuera, el tiempo avanza.

Vos estás cada vez más cerca de partir.

Yo sigo aquí,

con todas las palabras que no dije

y una pregunta que no se atreve

a convertirse en voz.

Tal vez todavía exista un camino.

Tal vez ya no.

Entre ambas posibilidades

se extiende la neblina.

Y yo, que tantas veces elegí desaparecer

para no hacerte daño,

ahora no sé cómo acercarme

sin volver a herirte,

ni cómo dejarte ir

sin sentir que abandono

aquello que tanto deseé conocer.

La distancia ya pronuncia tu nombre.

Y yo todavía estoy aprendiendo

a pronunciar el mío

sin miedo.

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