Atreverse a decir
que nunca me puse en tu lugar
es llegar tarde
a la puerta de tu dolor.
Y me duele.
Me duele no haber sabido comprenderte,
no haber encontrado la forma
de mirar el mundo desde tus heridas.
No entiendo del todo tu dolor,
y quizá ahí comience mi culpa:
en haber querido acercarme
sin saber cómo llegar hasta vos.
Tu dolor me atraviesa,
aunque no pueda habitarlo.
Hay tristezas que pertenecen a quien las vive,
abismos que ni siquiera el amor
consigue nombrar.
Quizá por eso me alejé.
Quise dejar de lastimarte
y terminé convirtiéndome en ausencia.
Creí que el silencio sería menos cruel
que mis propias contradicciones,
que marcharme era una manera
de no añadir más heridas a las tuyas.
Pero no supe que también se hiere
cuando se deja al otro
frente a una puerta cerrada
sin explicarle por qué.
Ahora te vas a otro país
y el tiempo, que nunca pregunta
si estamos preparadas para perder,
comienza a pronunciar tu despedida.
Entonces algo en mí se rebela.
Quisiera correr hacia vos,
desandar cada silencio,
poner mi miedo sobre la mesa
y decirte aquello que la cobardía
tantas veces me dejó en la garganta.
Quisiera encontrarte antes de que te vayas.
No para exigirte que me esperes,
ni para pedirte que olvides lo ocurrido,
sino para intentar reparar,
aunque sea con las manos temblando,
algo de lo que dejé caer.
Pero ¿cómo se busca a alguien
cuando no se sabe
si todavía desea ser encontrado?
¿Y si del otro lado
ya no queda nadie esperándome?
¿Si tus ganas de conocerme
se agotaron de tanto tropezar
con mis huidas?
No puedo reprocharte el cansancio.
No puedo pedirte que conserves intacta
una posibilidad que yo misma
no supe cuidar.
Y, sin embargo,
muero de ganas de conocerte.
Me asusta el encuentro,
sí, pero más me asusta
que la distancia termine decidiendo
lo que yo nunca me atreví a intentar.
Quiero conocer tu voz
más allá de las palabras,
descubrir si el silencio compartido
puede ser distinto de este silencio
que nos separa.
Quiero saber si todavía existe
un lugar para mí en tu horizonte,
aunque no tenga derecho a reclamarlo,
aunque la respuesta
no sea la que mi esperanza inventa.
Porque no sé si aún llego a tiempo.
No sé si tus manos
todavía querrían abrirse
o si aprendieron, por fin,
a no buscar las mías.
Y esa incertidumbre
me deja suspendida
entre el impulso de ir hacia vos
y el miedo de encontrar
una despedida que ya sucedió.
No quiero que mi silencio
sea la última explicación de lo que siento.
No quiero que confundas mi huida
con la ausencia de deseo,
ni que mis miedos hablen por mí
cuando ni siquiera yo
he conseguido comprenderlos.
Pero tampoco quiero convertir mi arrepentimiento
en una nueva exigencia para vos.
Tu dolor no me debe una oportunidad.
Tus heridas no tienen la obligación
de esperarme hasta que aprenda
a no escapar de las mías.
Por eso quisiera llegar
antes de que el país que te espera
se interponga definitivamente,
antes de que la distancia
deje de ser una posibilidad
y se vuelva un océano entre dos vidas.
Quisiera decirte:
me duele haberte dolido,
me duele no haber sabido escucharte,
me duele imaginar que quizá
ya no quieras conocerme.
Y, aun así,
no sé si debo buscarte
o respetar el silencio
que mi propia ausencia dejó crecer.
Afuera, el tiempo avanza.
Vos estás cada vez más cerca de partir.
Yo sigo aquí,
con todas las palabras que no dije
y una pregunta que no se atreve
a convertirse en voz.
Tal vez todavía exista un camino.
Tal vez ya no.
Entre ambas posibilidades
se extiende la neblina.
Y yo, que tantas veces elegí desaparecer
para no hacerte daño,
ahora no sé cómo acercarme
sin volver a herirte,
ni cómo dejarte ir
sin sentir que abandono
aquello que tanto deseé conocer.
La distancia ya pronuncia tu nombre.
Y yo todavía estoy aprendiendo
a pronunciar el mío
sin miedo.
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