El zaguán de las ánimas

El zaguán de las ánimas

lorena sari

26/10/2026

—¡Abuelita, ya se fueron la mami y la tía al centro! Ahora sígame contando esas historias tan lindas que me relató el sábado pasado. Quiero saberlo todo. Mi mami siempre me cuenta de sus aventuras, pero qué mejor que me las cuente usted.La mujer, ya anciana, se rió quedamente y con gran gusto se sentó en una silla ubicada en el pasillo de la vivienda de su hija, donde corría una leve brisa en ese día tan caluroso del enero mendocino. No estaba acostumbrada a esos calores, pero ya era una de las últimas visitas que les haría ; no era fácil viajar desde La Serena, Chile, para ir a verlas. Su hija era la menor de ocho hermanos, por lo que sentía un favoritismo especial por ella, intensificado por el viejo sentimiento de haber sido la beba que quedó huérfana de padre a los tres meses de vida.Sus ochenta años le pesaban, pero recordar esas anécdotas de juventud le daba, como a todo el que evoca el pasado, la energía necesaria para seguir viviendo.La nieta se sentó a sus pies, sobre el piso de baldosa que se sentía fresco en comparación con el resto de la casa.Entonces, la abuela empezó su relato:

—Íbamos con tu madre después de una jornada muy cansadora de trabajo. Ese día me había tocado lavar muchas sábanas en la casa de la señora Eugenia. Eran muchos en esa casa, así que era la semana de más trabajo porque arreglaban todos los dormitorios y sus camas, que eran como seis. Las empleadas cambiaban las cortinas y los tapetes de los muebles, que eran los más complicados, porque además de lavarlos debía almidonarlos. Así que ese día había entrado a las seis de la mañana y nos retiramos como a las siete de la tarde; ya se había puesto el sol. Era principio de verano, así que todavía no estaba oscuro. Eso sí, como siempre en La Serena, la gente se guardaba temprano en sus casas y las calles quedaban solitarias.El mes anterior, yendo también a trabajar a esa casa, un carro que llevaba leche se cruzó en el camino; el caballo se asustó y se subió a la vereda con tan mala suerte que una rueda me golpeó la pierna y me la lastimó. Yo no disponía de dinero para ir a un médico, pero el señor que conducía el carro conocía al enfermero del regimiento, así que me llevó hasta allí para que revisaran si me había quebrado. Gracias a Dios no fue así, pero la herida en la pierna izquierda era grande por el raspón que me hizo la rueda.

Yo decía que había corrido con suerte, porque de haberme pisado el caballo, me mata. Me pusieron unas vendas y, como pude, llegué al trabajo. Estuve lavando —ese día fue menos ropa—, pero cuando volví a la casa y me saqué la venda, la herida estaba muy fea, de un color rojo morado. Entonces me puse una cataplasma de hojas de árnica y empecé a rezar para que se me curara pronto. Pero eso no pasó; seguir trabajando y pasar tantas horas parada no ayudaba en nada.Un día viernes, cuando volvía del trabajo, ya me costaba mucho caminar, así que llevé a tu madre para poder apoyarme en ella; era mi bastón, pobrecita, tan chiquita y tan compañera. Ya estaba oscureciendo y las calles se ponían muy solitarias. Había pasado un mes desde el accidente y la pierna estaba cada vez peor, pero yo seguía rezando. Entonces le propuse a mi hija que empezáramos un rosario a las ánimas mientras caminábamos; íbamos tan despacito que seguro lo terminaríamos antes de llegar a la casa. Y así lo hicimos.

—Íbamos ya por el tercer misterio cuando tu madre me dijo: «Mamita, ahí hay una señora con un bebito en brazos, sentada en ese zaguán». Como siempre, aunque fuera pobre, yo llevaba unas monedas para ayudar a los que tenían más necesidades que yo. Nos acercamos en la penumbra del zaguán. Me incliné para dejar la moneda en su falda cuando escuché una voz, fuerte y clara, que pareció venir de todas partes y de ninguna: «Nicolasa, curarás».Y ¡plop!, el zaguán quedó completamente vacío. Solo el eco de esas palabras flotaba en la brisa de La Serena. Tu mami se asustó y me apretó la mano, pero yo miré el suelo donde debían estar las monedas. No había nada. Solo un ligero olor a flores frescas en medio de la tierra seca.Mire, mi hijita… a veces el camino es muy largo y las calles están muy solas, pero uno nunca camina realmente sola.La nieta, lejos de sentir miedo, miró de reojo la pierna de la abuela, que descansaba bajo la sombra del pasillo mendocino, intentando descubrir la marca de aquella rueda o el brillo invisible de un viejo milagro. Luego, sonrió y le pidió más historias.

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