Todos lo admiraban.

Todos, menos yo.

Era el profesor de Filosofía y Ética. Así, con mayúsculas. Llegó el año en que nosotros empezábamos a creernos adultos y, en pocas semanas, logró algo que otros no habían conseguido en años: que lo escucháramos.

Alto, flaco, barba prolija, traje gris repetido, valija gastada. Tenía ese aire de quien parece traer algo importante, incluso cuando no dice nada. Sus clases eran buenas. Eso no lo discuto. Bajaba a los clásicos al barro, cruzaba ideas con la actualidad, incomodaba. Hablaba de la Iglesia tercermundista, del capital, de la explotación. Nos hacía sentir que pensar era una forma de rebeldía.

Un grupo empezó a seguirlo fuera del horario escolar. Cafés, reuniones, charlas en su casa. Le decían “el cholo”. Nunca supe por qué.

Todos lo admiraban.

Todos, menos yo.

No tenía pruebas. Era algo más simple: una incomodidad. Una sensación de artificio. Como si todo estuviera demasiado bien dicho.

El tiempo pasó. Dejamos el colegio. Estudié Derecho. Aprendí que la ley no discute ideas: organiza hechos.

Años después, en un expediente, apareció el nombre de su barrio. Lo mencioné sin pensar.

—¿Ah, lo conocés? —me dijo mi cliente.

No pregunté cómo. Escuché.

Lo que siguió no fue una sorpresa. Fue una confirmación.

El cholo no vivía de la docencia ni de las rentas familiares. Era el eje de un circuito clandestino de quiniela. Recaudaba, distribuía, prestaba dinero a tasas imposibles. No gritaba órdenes ni se ensuciaba. Había otros para eso.

Pensé en sus clases sobre la explotación.

Pensé en las palabras que habría usado para justificarlo.

Tiempo después lo vi en las noticias. Lo habían interceptado camino al colegio. No fue grave, dijeron. Un episodio de inseguridad. La imagen cerraba perfecto: el docente víctima del sistema que criticaba.

La investigación fue rápida. Hubo un allanamiento. Encontraron lo que tenían que encontrar. El circuito salió a la luz.

En el colegio le ofrecieron una licencia. Después, una renuncia.

Desapareció.

Durante años no volví a verlo.

Hasta hace unos meses.

Entré a un café en el centro. Lo vi de espaldas. La misma postura. La misma valija, más gastada.

No dudé.

Me acerqué.

—Profesor.

Se dio vuelta despacio.

Me reconoció.

Sonrió.

—Qué gusto verte —dijo—. Siempre es bueno saber que uno dejó algo.

Me senté sin que me invitara.

—Dejó bastante —le dije.

Pidió dos cafés. Como si nada hubiera pasado.

—Los tiempos cambian —dijo—. Uno tiene que adaptarse.

—¿A qué?

—A la realidad.

Lo miré.

—¿La realidad o el negocio?

No se incomodó.

—Son la misma cosa —respondió—. Vos deberías saberlo.

Tomó un sorbo.

—¿Y la ética? —pregunté.

—Una herramienta —dijo—. Como cualquier otra. Sirve mientras sirve.

Asentí.

No estaba justificándose. Estaba enseñando.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ahora vuelvo a dar clases.

No me sorprendió.

—En otro colegio, imagino.

—Siempre hay lugares donde hace falta alguien que enseñe a pensar.

Pagó los cafés antes de que termináramos. Se levantó con dificultad. Había engordado. Caminaba más lento. Al pasar a mi lado, apoyó una mano en la mesa.

—Me alegra que hayas seguido estudiando —dijo—. Prometías.

No respondí.

Caminó hacia la puerta.

Lo vi salir a la calle.

Lo seguí.

A mitad de cuadra, el paso se le volvió más inseguro. No por la edad, por descuido.

Aceleré apenas.

Cuando estuve cerca, corrí un poco el pie.

Tropezó.

No fue una caída espectacular. Apenas perdió el equilibrio y cayó hacia adelante. La valija se abrió al golpear contra el suelo. Papeles, anotaciones, números.

Nadie miró.

Se incorporó con dificultad. Juntó todo sin apuro, como si ya estuviera acostumbrado.

No me vio.

No sabía que yo estaba ahí.

Siguió caminando.

Lo dejé ir.

No sentí nada.

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