Se reúnen en un lugar sin paredes, sin techo, sin nombre. Nadie los convocó; simplemente estaban allí, como se encuentran el miedo y el silencio en una habitación cerrada. No tienen rostros fijos: a veces parecen viejos, a veces niños, a veces nosotros mismos mirándonos desde el fondo de un espejo que no devuelve imagen. Son los siete, y hablan, aunque nadie pronuncie palabra.
La Soberbia habla primero, y su voz suena firme, como quien recita una ley que ella misma ha inventado:
—Yo soy la columna que sostiene el mundo. Sin mí, nadie sabría quién es, ni qué vale. Los hombres me buscan sin saberlo: cada vez que dicen «yo», cada vez que deciden, cada vez que juzgan, me invocan. Creen que soy orgullo; no comprenden que soy la única certeza que tienen en medio de tanta confusión.
La Envidia la escucha apretando las manos, y su voz es fina, amarga, como algo que se rompe por dentro:
—Certerza, dices. Yo no conozco esa palabra. Yo conozco lo que otros tienen y yo no. Veo la dicha ajena como un fuego que me quema: cuanto más brilla, más frío me siento. No deseo lo que poseen, sino lo que son. Sé que cada destino es único, y eso me desespera. Mi vida es la sombra de la vida de los demás.
La Gula ríe, un sonido espeso, lento:
—Para qué pensar en destinos si hay pan, si hay vino, si hay carne caliente. Lleno el hueco que llevo dentro, pero nunca se llena. Comer, beber, volver a empezar. Es la única tarea que no me pide explicaciones. Todo lo demás se desvanece; lo que entra en el cuerpo, al menos, es real… mientras dura.
—Dura poco —dice la Lujuria, suave, como si confesara un secreto al oído—. Yo persigo el instante que huye. Quiero atraparlo, retenerlo, hacerlo mío, y cuanto más lo aprieto, más rápido se escapa. Me dicen exceso; yo digo hambre de lo que no se puede detener. Cada abrazo es un adiós anticipado. Amo lo que se va, y me quedo siempre solo.
Entonces la Ira se levanta, y el aire se vuelve denso:
—Si algo duele, es porque hay un culpable. Si algo falla, es obra de alguien. El mundo no es confuso: es hostil. Y yo respondo con la misma moneda. Me transformo en lo que odio: eso no me importa. Prefiero el fuego que la duda. Cuando golpeo, al menos sé que existo.
La Avaricia habla con voz baja, cautelosa, como contando monedas:
—La existencia se asegura acumulando. Lo que se tiene, se tiene. Lo que se siente, se pierde. Por eso guardo, sumo, amontono. No es codicia: es miedo. Miedo a que un día no quede nada. Y mientras más poseo, más cerca siento el vacío que intento rellenar.
Queda la Pereza, que no se ha incorporado, que mira todo desde lejos:
—Ustedes luchan, sufren, arden… para nada. Todo está decidido antes de empezar. Caminamos hacia un sitio que no podemos ver. Para qué correr, para qué luchar, para qué construir si todo se derrumba. Yo me quedo aquí, en el borde. No fallo, porque no intento. No pierdo, porque no tengo nada que dar.
Se callan entonces. Ninguno ha convencido al otro. Ninguno ha hallado consuelo. Saben que no son extraños: son facetas de una misma grieta, nombres distintos para una misma soledad. Se miran y comprenden que no pueden separarse, que no pueden extinguirse, que mientras haya hombres, ellos estarán allí, sentados en la sombra, esperando, hablando sin hablar, eternos.
Y cuando el viento pasa, llevándose sus voces, queda solo el silencio… y la certeza de que alguno de ellos nos acompaña siempre, en cada elección, en cada noche, en cada nosotros.
OPINIONES Y COMENTARIOS