Cuando pequeño, mi padre me dijo

que no existía Santa Claus,

pero no me importó,

porque era más urgente

acariciar su barba entre crecida.

La gente dice: es cruel

que los niños no tengan ilusiones.

Por eso representan al gordo fantástico.

Para mí fue más cruel ya no ver a mi padre,

pero aún conservo los momentos mágicos

en que brotó su risa discreta

cuando acariciaba sus ásperas mejillas.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS