La lluvia golpeaba con fuerza el cristal del café, borrando las luces de la calle en un rastro borroso de colores. Dentro, Mateo miraba su taza de café ya fría, con los hombros caídos y la mirada fija en ningún lugar. Llevaba semanas arrastrando el peso de malas noticias, decisiones difíciles y un cansancio que parecía haberse instalado directamente en sus huesos. Se sentía profundamente solo en medio de su tormenta.Sara llegó corriendo, sacudiéndose el paraguas y quitándose la chaqueta empapada. Se sentó enfrente, lo miró a los ojos y, sin decir una palabra, estiró la mano sobre la mesa de madera hasta cubrir la de él. La mano de Sara estaba cálida.—No sé qué hacer, Sara —susurró Mateo, con la voz rota por primera vez en mucho tiempo—. Siento que todo se me va de las manos y que no puedo con esto.Sara apretó su mano con suavidad, transmitiéndole una firmeza que él creía haber perdido.—No tienes que poder con todo hoy, ni mañana —le dijo con voz tranquila, mirándolo fijamente—. Sé que ahora mismo ves todo oscuro y que el camino parece gigante. Pero quiero que recuerdes algo: me tienes a mí.Mateo levantó la vista, encontrándose con una mirada que no juzgaba, que no pedía explicaciones y que no exigía que fuera fuerte.—No te voy a dar consejos que no me has pedido, ni a decirte que todo se arreglará mágicamente —continuó Sara con una sonrisa ligera—. Pero no vas a caminar a oscuras. Si hay que resolverlo, lo resolvemos juntos; y si solo necesitas sentarte aquí a ver llover sin decir nada, también lo hacemos. Pero grábatelo bien: me tienes a mí.
OPINIONES Y COMENTARIOS