Extraño tus ojos,
su modo de mirar,
esa luz tan secreta
que no supe descifrar.
Te busco en el arte,
en la imagen detenida,
en tus páginas escritas,
en lo que amabas de la vida.
Miro aquello que amabas
y algo tuyo vuelve a mí;
qué extraño es encontrarte
donde no te puedo ver,
sentirte en tantas cosas
y no tenerte otra vez.
Te sueño. Y en mis sueños
vuelve tu voz a llamar;
abro una puerta en la noche
y solo encuentro oscuridad.
A veces quiero escribirte,
volver tu nombre a decir,
preguntarte si en tus ojos
queda un sitio para mí.
Pero me detiene el silencio,
su sombra sobre mi voz;
yo, que quisiera buscarte,
no sé si debo o no.
Entonces hago del arte
un refugio para el dolor;
te vuelvo imagen y palabra,
te guardo dentro de una canción.
Y me pregunto, en la noche,
si esperarte es insistir,
o si aprender a soltarte
es aprender a no insistir.
Porque aún sueño una puerta
que no me atrevo a cruzar;
y aunque mis manos te busquen,
no sé si debo llamar.
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