Carta I
No tengo nada para contarte, María, estoy solo como nunca imaginé, sin experiencias, sin recuerdos nuevos, ni siquiera mis pasiones individuales (que alegran colectivos), aplacan la incertidumbre sobre cuánta soledad me queda por experimentar, que, cuando lo pienso un momento concluyo que no me disgusta en su totalidad, en cuanto quita la responsabilidad de negociar tiempos con la sociedad, lo cierto es que aquel beneficio está trayendo por costo no saber quién soy.
Digo, en la medida que no pueda ponerme a prueba con alguien, que no esté convencido de si realmente he cambiado, no estaré tranquilo, porque si bien resulta lógico afirmar que las personas cambian, a pequeña o gran escala conforme avanza la historia, no es suficiente con acogerse a eso, a saberse cambiable. Si no, como te decía, lo que hace falta es desafiarse ante un otro, aunque signifique afrontar que continúo siendo el mismo, o por otra parte, si acaso he ganado el derecho, la libertad y la calma para contarte en una próxima carta: tengo nuevos recuerdos.
OPINIONES Y COMENTARIOS