Y nació porque sí nomás, porque así tenía que ser. No fue hijo deseado ni esperado. Es más, aquella tarde, cuando la Teodora llegó con la criatura en los brazos, su mamá se dio cuenta enseguida de que la que había dado a luz era ella, la Teo.
No dijeron nada.
La recostaron sobre unos cueros y le dieron de comer tostado para que endureciera el cuerpo.
—Nada de peinarse hasta los nueve días —recomendó la abuela Eduviges.
Y después esbozó una sonrisa para su bisnieto.
Pasados los nueve días, después de lavar y peinar a la Teodora, empezaron los interrogatorios.
Que de quién era el hijo. Que adónde nomás había encontrado al hombre, si de ahí no salía. Que ahora qué iba a hacer. Que con hijo ya no se puede. Que qué nombre le iba a poner. Y así.
—El viento me ha voltiao una vez. De ahí he quedao en cinta.
Fue la única respuesta que obtuvieron.
Y desde ese día Beltrán —así le llamaron al chico— pasó a ser uno más de la familia.
Creció, como dice el refrán, más abandonao que una deuda.
En medio del patio cavaron un pocito y ahí lo ponían desde que cumplió los cinco meses. Cuando aprendió a caminar le envolvieron un pañal como pollerita y ahí andaba el pobre.
Una mañana sus pasitos lo acercaron demasiado al gallinero y el gallo le dio una zurra de perro huevero. Su abuelo se reía, pero el changuito no pudo dormir en toda la noche.
Al día siguiente, la abuela Eduviges hizo un muñequito con los pañalitos y las únicas ropitas que tenía la criatura. Cuando empezó a caer la noche salió al muladar a llamarle el ánimo.
—Beltrancito, venite… Beltranciiiito, venite…
Su voz era un susurro casi inaudible, pero no para los espíritus que andan en la oscuridad. Al menos, así decía la abuela Eduviges.
Cuando cumplió dos añitos y ya estaba pesadito, la Teodora lo dejaba en el cerro, donde podía, para ir detrás de las cabras o de las llamas. Sola quedaba la criatura, jugando con piedritas o con huesitos.
La Teo le dejaba un caranchito, una llamita, un torito enflorado. Todo de huesitos. Con eso se entretenía la guagua. Sabía contar.
Un día la Teo, no le perdía de vista, dice que vio aparecer un burro, rebuznando, y que pasó por encima del changuito. Cuando llegó corriendo, el pobrecito estaba morado y tenía el grito de espanto anudado en la garganta.
—Por eso mi hijito ha quedao tartamudo —contaba después.
Y así creció Beltrán.
Tartamudo.
Dejó la escuela porque los otros changos lo cargaban. De tartancho no le bajaban.
A los doce años fue a verlo al contratista, don Virgilio, y se anotó como cuarta para la temporada de cosecha de caña.
Beltrán les tenía un profundo respeto a sus abuelos y a su bisabuela. Y los quería. La Teodora lo había dejado con ellos cuando tenía cinco añitos. Claro, se había buscado marido y no iba a permitir que nadie maltratara a su hijo.
Beltrán era atento y comedido. Las veces que conseguía algunos pesitos, lo primero que hacía era comprar pan y coquita para sus abuelitos. De vez en cuando también iba a visitar a su madre.
Ya en Santa Rosa, don Virgilio lo presentó a don Telésforo y a doña Martina. Ellos serían sus patrones durante la zafra.
De alguna manera, Beltrán les cayó bien.
—Guapito el chango —decía don Telésforo.
Y Beltrán, en el surco dulce del azúcar, supo del sabor agrio de la ausencia. Extrañó sus cerros, la majada, el aire de la Puna. Y mientras endulzaba su soledad trabajando entre los cañaverales, enterró unas cañas para llevarles a sus abuelitos.
No le fue tan mal como cuarta. Con su magro salario se compró un sombrero negro con chacoña, un poncho salteño —aunque él era colla— y una bicicleta.
Después esperó. Contó con los dedos los días que faltaban para regresar a su tierra.
La última tarde en Santa Rosa esperó impaciente que el sol se ocultara. El cielo dejaba un incendio sobre los campos donde antes se habían levantado, desafiantes, los cañaverales.
Entonces fue a buscar las cañas que había enterrado durante los primeros días de la cosecha. Las desenterró, las acomodó y las metió en una bolsa. Cuando estaba por echársela al hombro, se le apareció.
Él.
El ser al que temían los cañeros.
Ahí estaba, parado delante suyo: astas de chivo, ojos brillantes y saltones como de sapo y patas de gallina.
Beltrán, valiente chango de la Puna, soltó la bolsa e intentó irse.
—Pe… permimimiso, se… seseñor…
El otro le cortó el paso.
Beltrán se iba para un lado y el otro también. Retrocedía y aquel avanzaba.
Así estuvieron hasta que el cielo maloliente de la zafra terminó de encender sus faroles y dejó ver una luna inmensamente pálida detrás de los montes.
A Beltrán se le vinieron a la cabeza todos los santos de sus abuelos. Hasta se acordó de la virgencita de su padrastro.
A todos se encomendó.
Y entonces gritó:
—¡Qué quiere conmigo!
El grito le salió límpido como el agua que baja de los cerros. Sin tropiezos. Sin titubeos. Clarito y fuerte como trueno de verano.
El otro no respondió.
Quiso agarrarlo.
Beltrán saltó como un chivo y empuñó el machete. Con la zurda se aferró al rosario que su padrino le había puesto cuando hizo la primera comunión.
—¡A ver, vení! —volvió a gritar.
Y otra vez las palabras le salieron enteras.
Sus ojos relampaguearon al pronunciar el convite.
¿Con quién creía que estaba luchando?
Esos no eran los changos de la escuela que tanto lo habían cargado.
Al amanecer, cuando doña Martina salió para el baño, lo encontró tirado en el patio de la pocilga que le servía de vivienda.
—¡Telésforo, vení! Este chango borracho está tirao aquí.
Don Telésforo salió y trató de despertarlo.
Nada.
Beltrán no respondía.
Tenía el machete apretado en una mano y el rosario en la otra.
De pronto abrió unos ojos que se le querían salir de las orbitas es como que veía algo .
—¡Qué! Gritó Martina
Beltrán solo indicaba con el dedo.
Telésforo y Martina se miraron sin entender.
Con mucho esfuerzo consiguieron meterlo a su piecita. Doña Martina trajo agua bendita.
Apenas la vio, Beltrán se volvió loco.
Los gritos despertaron a los vecinos. Entre varios consiguieron encerrarlo.
—No hay duda —dijo uno—. Este se ha peliao con el Tío. Miren cómo tiene los ojos. Miren la cara, toda rasguñada.
Otro lo miró desde la puerta y negó con la cabeza.
—No. Este se ha encontrao con el Familiar.
Don Telésforo, aconsejado por los vecinos, voló hasta Calilegua en la bicicleta de Beltrán. Allí encontró a una chaguanca curandera y se la trajo sin demora.
Mientras tanto, en Santa Rosa, Beltrán ya había destrozado casi todo lo que había comprado con tanto esfuerzo.
—Tá loco. Totalmente loco —decían los vecinos.
—Pelia con alguien —decían otros, asustados.
Cuando llegó doña Rosaura, así se llamaba la curandera, pidió ayuda en su idioma.
Abrieron la puerta.
Beltrán estaba tirado en el piso, completamente desnudo. Había hecho sus necesidades encima y permanecía inconsciente.
Doña Rosaura se acercó sin miedo. Le tomó una mano, lo observó un momento y dijo:
—Ya tengo la cura.
Levantó un poquito de materia fecal con una cucharita, la puso en un jarrito y se la entregó a uno de sus conocidos.
—Tostalo.
El hombre la miró.
—¿Cómo?
—Como café.
Cuando estuvo todo listo esperaron a que Beltrán despertara. Entonces le dieron de beber aquel preparado.
Apenas lo hizo, algo salió de su cuerpo.
Nadie supo bien qué.
Salió disparando y se perdió al trote por el campo, hacia donde pronto volverá a brotar el cañaveral.
Cuando Beltrán recobró la conciencia, parecía no recordar nada. Solo miraba a su alrededor, como buscando algo.
—¿No te acordás de nada, chango? —le preguntó Telésforo.
Beltrán no respondió. Sentía un fuerte dolor de cabeza. Buscó sus cosas y miró a los presentes, como esperando encontrar en sus caras alguna respuesta.
Mientras Telésforo le alcanzaba la última quincena, doña Rosaura se iba rumbo a Calilegua en la bicicleta de Beltrán.
Horas más tarde, emprendió el regreso.
Santa Rosa lo vio partir casi como lo había visto llegar: con pocas cosas encima.
En el pago todos se enteraron de lo que le había pasado. Beltrán no decía nada y nadie se atrevía a preguntarle; mucho menos, a molestarlo.
—Este ha peliao con… ja —decían algunos, y lo evitaban.
Con el tiempo, en su cabeza se cantó una copla:
Aquí está el fulanito
con su ropita rotosa,
hasta su almita ha dejao
en Colonia Santa Rosa.
Beltrán la silbaba bajito, como una brisa.
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